Fresas salvajes – Ingmar Bergman 1957

El profesor Borg, físico jubilado, va a recibir un premio de la Universidad de Estocolmo. Premio que de algún modo es un caramelo envenenado, ya que con él quieren que se aleje definitivamente de la Facultad, lo que para el profesor supone acelerar en exceso el tiempo que necesita para hacerse cargo de la proximidad de su muerte.  Bergman nos hace vivir con él los días anteriores a la recepción de dicho premio, días que son una especie de memorial de su vida.

Se nos retratará al doctor como alguien bien obsesivo, puritano y falto de deseo, siendo su vida un digno ejemplo de lo que Lacan llamaba “un desierto de goce”. Tal y como le dice uno de los personajes es también un culpable de culpabilidad, como tantos otros personajes retratados por Bergman.

El film tiene una estructura irreprochable, ya que nos muestra por ejemplo, la adolescencia del profesor —con su falta de decisión, su miedo a fallar a las reglas impuestas por sus mayores, y su no lanzarse con las chicas—, como lo más opuesto a las fresas salvajes. De ahí, el film salta a la vejez. Resulta que para mostrarnos la vida de madurez del protagonista, Bergman lo hace mostrándonos cuatro rasgos del hijo del profesor, cuatro rasgos que bastan para hacernos suponer que el hijo no hace sino repetir los pasos timoratos del padre cuando tenía su edad.

Ese hijo cuarentón no ha logrado disolver aún su complejo de Edipo, lo que vemos por un lado en que sigue recibiendo dinero de su padre, ya que no quiere pagar a éste el dinero que le prestó para comprar su casa. Se ve también en que no tiene hijos porque no quiere repetir la falta de amor que él vivió en la relación con su padre, lo que nos habla de un problema en la transmisión de la paternidad y en el pago de la deuda simbólica, esa que obliga a cada ser humano a arreglárselas por sí mismo.

Curiosamente, el profesor, en su camino hacia el premio, va a detenerse a ver a su propia madre, anciana nonagenaria que sigue guardando los juguetes de sus hijos, muchos de ellos ya muertos. Momento del film bastante siniestro que nos habla de niños viejos, o de viejos niños que nunca liquidaron su infancia.

Hay algo muy brillante en esta película y es que es como si Bergman quisiera responder al enigma que la Esfinge de Tebas dejó a Edipo. De ese modo, nos muestra las tres edades del hombre:

1-    La juventud: nos muestra tanto en el flash-back de la adolescencia del doctor, como en los jóvenes a los que cogen en autostop, que las mujeres prefieren al hombre que las hace reír.

2-    La madurez: vemos cómo es frecuente que en muchas parejas, se sustituya el goce sexual de la juventud, el pasarlo bien juntos, por un goce de la pelea y el odio entre ambos miembros de la pareja. Esto nos lo mostrará, tanto en el matrimonio del autostop, como en la relación que mantienen el hijo y la nuera.

3-    La vejez: dominada por un lado por el miedo a la muerte y, por otro, por el ansia que provoca la imposibilidad de recuperar lo que se perdió. La clave nos la da en el poema:

“Cuando el día muere

lo busco todavía

Voy siguiendo sus huellas… etc.”

Tomaremos la imagen del reloj sin manecillas que aparece en algún sueño del Doctor, para preguntarnos si será ése el reloj que marca la hora de la muerte de cada uno, hora que nadie sabe. Dicha ignorancia es una de las realidades que nos impone la muerte. Otra es que las cosas no vuelven y otra que uno no puede verse muerto, sólo en sueños.