Seis grados de separación – Fred Schepisi – 1993

Si hubiera que resumirla de algún modo, diría que cuando el cosmos y el caos se encuentran, ninguno queda indemne.

Se trata de una película de Hollywood nada simple, en la que hay cuatro actantes no humanos:

–         La obra “El guardián entre el centeno”, de Sallinger.

–         Los frescos de la Capilla Sixtina.

–         Los cuadros de Kandinsky y Cézanne.

–         Una pequeña escultura de un Husky siberiano que sitúan en uno de los bordes del Central Park de Nueva York, justo bajo las ventanas del super apartamento que tiene la pareja protagonista en Park Avenue.

Los protagonistas son una pareja americana muy rica entrando ya en la sesentena, con bula para abofetear/chocar la mano de Dios, esa mano, ese dedo que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina que va al encuentro de otro dedo de Adán al que se supone que va a insuflar… ¿vida, deseo, conocimiento? La estatua del Husky que se ve desde sus ventanas nos habla también de salvamento. Insuflar vida, salvar la de los perdidos en la nieve…  Vemos que se nos abre un campo semántico que habla de salvar y ser salvados.

Ouisa, la esposa (Stockard Channing) tiene necesidad de que el deseo toque su vida de algún modo. Ella ha hecho todo “lo que hay que hacer”, se ha casado, ha tenido hijos, se ha mantenido bella, bien vestida y simpática para la vida social que ha llevado junto a su marido. Éste (Donald Sutherland), no necesita nada salvo quizá un poco más de dinero con el que verse reflejado en el espejo de la vida y sentirse un triunfador. Un poco más de dinero y un poco más de adrenalina de esa que le da el juego de los mercados.

Son ambos personas de esas cada vez más abundantes en occidente que pretenden rebajar la experiencia vivida al nivel de la anécdota, que prefieren la opinión a una verdadera idea y que con tres o cuatro opiniones sobre la actualidad, ya han hecho un barrido que, supuestamente, les permite entender el mundo entero. La película nos muestra esto, por ejemplo, en un momento en que la pareja protagonista, en la acera por la que pasa encuentra un joven suicida rodeado de un charco de sangre, y en lugar de dejar que los conmueva y los lleve a una reflexión, pasan la vivencia por la máquina picadora y la convierten en anécdota que contar a sus conocidos en las reuniones con sus amigos, en salones neo-versallescos que hacen pensar en los de Mme. Du Barry.

Ahí está el cuadrito de Cézanne para mostrarnos también cómo su vida son simples pinceladas sin sentido en sí mismas pero que, juntas, componen algo que parece una vida. A condición de distraerse para no ver los blancos entre pinceladas.

Y de pronto lo real y el objeto de deseo asoman en medio del orden de su vida y la hacen entrar en caos: llega a su vida Paul Poitier.

En un primer momento, el caos queda fagocitado bajo la forma de una simple pincelada anecdótica que rodear de más pijismo neoyorkino.

Paul Poitier (magnífico personaje interpretado por el no menos magnífico Will Smith) es el hijo que a ella le gustaría tener… ¿el hijo o el amante? Ahí hay un borde difuminado. Si fuera blanco, claro. Y rico, claro. Y eso por mucho que atraiga sexualmente a las Wasp el color moreno en la piel de los hombres.

Los hijos de la pareja son tan repugnantes que los padres no consiguen interesarse por ellos. Por eso dejan claro que no quieren saber ni su orientación sexual, ni si se drogan, ni si les va bien o mal en la Universidad. Los padres les sueltan dinero abundante, como quien suelta la pitanza a las bestias del establo para que no bufen y punto. Frente a ellos, Paul es educado, cariñoso, interesante. Y, al contrario que sus hijos, parece además mirarlos a ellos y no a lo que representan.

Y de pronto se impone el caos. Y se impone a partir de que Paul muestra a Ouisa que ella está en su deseo, que ella es el Husky que puede venir a rescatarlo de su soledad inmensa, de su vida desolada. Pero el amor verdadero -que es el amor con deseo-, según Lacan no es algo unilateral. Por eso lo define como una mano que al ir a tocar un leño ardiente, otra mano sale de éste, fundiéndose ambas en un apretón caliente. Entonces Ouisa abre el cerrojo de su cinismo y se da cuenta de que Paul es también el Husky que podría salvarla a ella del frío de su vida.

Pero la vida no es una película de Hollywood. Ni siquiera algunas películas de Hollywood parecen películas de Hollywood.

Quiénes van al psicoanalista

Al psicoanalista vienen muchas personas que orientaron su vida de un modo mientras eran adolescentes o muy jóvenes, y que cuando están ya cerca de los treinta años o de los cuarenta, se dan cuenta de que, aunque aparentemente han hecho lo que debían, el camino que siguen no es del todo suyo, que no se sienten contentos ni cómodos con la vida que llevan, que la alegría parece haber escapado por la ventana, pero no se encuentran con fuerzas para salir de ahí ellos solos y cambiar el rumbo. También personas que creyeron que el futuro les entregaría una vida estupenda según sus merecimientos… y encuentran al contrario que la vida no da nada si uno no hace lo necesario. A todos ellos, el psicoanálisis los sostiene en su búsqueda o en su decisión de poner los pies en su verdadero camino que es un camino del que nadie puede saber nada porque no se ha recorrido aún.

Vienen también personas que tienen una vida lo bastante satisfactoria, pero a quienes de pronto les surge un síntoma que les produce mucha inquietud, o bien que les impide realizar sus tareas cotidianas con facilidad. Se encuentran en este grupo quienes de pronto empiezan a tener lo que se llama fobias, que no es sino un miedo irrefrenable a subir en ascensor, o en avión, o a los perros, o a las cucarachas… a cualquier cosa se le puede tener ese tipo de miedo, incluso a cosas que para otros son bonitas. Pero también podemos poner aquí los tics, los síntomas físicos como jaquecas repentinas a las que el médico de cabecera o los especialistas no encuentran motivo, problemas de la piel; o bien el fracaso continuado en el emprendimiento de proyectos. También podemos situar aquí a personas que acaban siempre sintiéndose excluidos, o peleándose con sus amigos, sus compañeros de trabajo, la familia… aunque ellos sienten que se comportan correctamente con los demás. El psicoanálisis les ayuda en unos casos a sostenerse sin necesidad de hacer síntomas y en otros a ver más claramente la realidad sin filtros deformantes.

Vienen por supuesto niños y niñas traídos por sus padres. Menores casi siempre muy despiertos, pero que han empezado a desarrollar o bien algún síntoma (el fracaso escolar, hacerse pipí en la cama, no poder comer de nada, no querer salir de casa por miedo a algún animal… etc.), o bien algún comportamiento como la agresividad contra los mayores o contra los hermanos pequeños, que ha conseguido alterar ya sea la vida del menor, o la de la familia. El psicoanálisis ayuda a los padres a ayudar a su hijo o hija a clausurar etapas infantiles, y otras veces ayuda a los hijos e hijas a encontrar su propio lugar sin necesidad de tantos problemas.

Por supuesto vienen también adolescentes que mantienen una relación de excesivo encono con sus mayores y no por eso terminan de encontrarse bien en su piel, o los que se quedan pegados al ordenador o al móvil hasta el punto de perder su vida social, o no animarse a establecer relaciones afectivas. En general los que no pueden tirar para adelante en realizaciones de “adulto”. Hay también jóvenes que encuentran problemas a la hora de atravesar fronteras vitales y permanecen inhibidos, por ejemplo ante la salida del colegio (y por eso se eternizan en terminar sus estudios), o ante la terminación de los estudios previos a la vida laboral (y por eso les queda esa tonta asignatura que no les deja tener el título), o ante el tener que terminar una relación afectiva que no va bien (y por eso aguantan carros y carretas que les hacen sentir mal), problemas estos últimos que tienen que ver con el vacío que se abre ante todo el mundo frente una nueva etapa. No todo el mundo gestiona igual de bien los vacíos, pero el psicoanálisis les sirve para encontrar una mano que les sostiene en el salto a lo nuevo.

Vienen personas a quienes de pronto parece que la vida les hizo un movimiento extraño y ellos no entienden lo que pasa ni lo que están viviendo. El psicoanálisis les ayuda a evitar que caigan en crisis innecesarias, ayudándoles a reunir las herramientas necesarias para que, llegado el momento, puedan luchar con las solas armas del pensamiento y la palabra.

Y por supuesto vienen personas mayores, a veces muy mayores, que han perdido las ganas de seguirse sosteniendo saludables y con proyectos, que empiezan a abandonarse y, por lo tanto, a deprimirse, lo que se suele convertir en un infierno para ellas… y para sus familias. El psicoanálisis les ayuda a recordar cómo era cuando se sostenían sobre sus propios pies y les ayuda a recuperar el amor por sí mismas y la confianza en lo que aún puedan recorrer.

El buen camino

Es una frase muy escuchada. Suelen decírsela las personas mayores a los jóvenes: “No estás en el buen camino”, “Tienes que tomar el buen camino”.

Los padres, los abuelos, lo suelen tener muy claro; ellos piensan que saben lo que le conviene a su hijo, a su nieta.

Una noticia nos llamó la atención hace un par de años. Alguien nos dijo que en su clase de primero de la Facultad de Veterinaria (se trataba de una Universidad privada) sus compañeros eran muy mayores, con veintiséis o veintisiete años. Eso nos extrañó y preguntamos el porqué. Resulta que casi todos los “rezagados” habían iniciado a los dieciocho o diecinueve años otra carrera aconsejados por sus padres: Ingenierías, o alguna relacionada con la Economía, aunque a ellos les apetecía la Veterinaria, pero no habían podido seguir adelante con lo que querían porque sus familias decían que era una carrera sin salidas, y ellos habían cedido a la voluntad de sus padres.

¿Qué ocurría? Que tras un par de años o tres de fracaso y desaliento, decidían dejar la carrera en un estado de abatimiento que hacía pensar que estaban sufriendo una depresión. Otro año después o dos los padres, desesperados, decidían permitir a su hijo (casi todos eran varones) hacer la carrera que le gustaba con tal de no verle así.

Esto debería hacernos pensar que nadie sabe el camino que ha de seguir otra persona porque el camino de cada uno no lo ha recorrido nadie antes. De hecho, sólo podemos saber cuál es nuestro camino cuando en un momento avanzado de nuestra vida miramos para atrás y nos damos cuenta de que llevamos un tiempo marchando por un camino determinado.

Seguir por una senda que no es la propia, por mucho que nos hablen de sus ventajas económicas u otras, sólo lleva al abatimiento y la tristeza. Y, al contrario, al buen camino sólo se llega cuando uno puede confrontar su proyecto con el que sus mayores tienen para él o para ella (lo que no es fácil y para algunas personas es dificilísimo) y hace lo que a uno le parece mejor para su vida. Eso supone pasarlo mal al principio porque se ve a los padres sufrir o enfadase, pero también sentir más adelante que uno está donde siempre quiso estar.

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