El buen camino

Es una frase muy escuchada. Suelen decírsela las personas mayores a los jóvenes: “No estás en el buen camino”, “Tienes que tomar el buen camino”.

Los padres, los abuelos, lo suelen tener muy claro; ellos piensan que saben lo que le conviene a su hijo, a su nieta.

Una noticia nos llamó la atención hace un par de años. Alguien nos dijo que en su clase de primero de la Facultad de Veterinaria (se trataba de una Universidad privada) sus compañeros eran muy mayores, con veintiséis o veintisiete años. Eso nos extrañó y preguntamos el porqué. Resulta que casi todos los “rezagados” habían iniciado a los dieciocho o diecinueve años otra carrera aconsejados por sus padres: Ingenierías, o alguna relacionada con la Economía, aunque a ellos les apetecía la Veterinaria, pero no habían podido seguir adelante con lo que querían porque sus familias decían que era una carrera sin salidas, y ellos habían cedido a la voluntad de sus padres.

¿Qué ocurría? Que tras un par de años o tres de fracaso y desaliento, decidían dejar la carrera en un estado de abatimiento que hacía pensar que estaban sufriendo una depresión. Otro año después o dos los padres, desesperados, decidían permitir a su hijo (casi todos eran varones) hacer la carrera que le gustaba con tal de no verle así.

Esto debería hacernos pensar que nadie sabe el camino que ha de seguir otra persona porque el camino de cada uno no lo ha recorrido nadie antes. De hecho, sólo podemos saber cuál es nuestro camino cuando en un momento avanzado de nuestra vida miramos para atrás y nos damos cuenta de que llevamos un tiempo marchando por un camino determinado.

Seguir por una senda que no es la propia, por mucho que nos hablen de sus ventajas económicas u otras, sólo lleva al abatimiento y la tristeza. Y, al contrario, al buen camino sólo se llega cuando uno puede confrontar su proyecto con el que sus mayores tienen para él o para ella (lo que no es fácil y para algunas personas es dificilísimo) y hace lo que a uno le parece mejor para su vida. Eso supone pasarlo mal al principio porque se ve a los padres sufrir o enfadase, pero también sentir más adelante que uno está donde siempre quiso estar.

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