Fresas salvajes – Ingmar Bergman 1957

El profesor Borg, físico jubilado, va a recibir un premio de la Universidad de Estocolmo. Premio que de algún modo es un caramelo envenenado, ya que con él quieren que se aleje definitivamente de la Facultad, lo que para el profesor supone acelerar en exceso el tiempo que necesita para hacerse cargo de la proximidad de su muerte.  Bergman nos hace vivir con él los días anteriores a la recepción de dicho premio, días que son una especie de memorial de su vida.

Se nos retratará al doctor como alguien bien obsesivo, puritano y falto de deseo, siendo su vida un digno ejemplo de lo que Lacan llamaba “un desierto de goce”. Tal y como le dice uno de los personajes es también un culpable de culpabilidad, como tantos otros personajes retratados por Bergman.

El film tiene una estructura irreprochable, ya que nos muestra por ejemplo, la adolescencia del profesor —con su falta de decisión, su miedo a fallar a las reglas impuestas por sus mayores, y su no lanzarse con las chicas—, como lo más opuesto a las fresas salvajes. De ahí, el film salta a la vejez. Resulta que para mostrarnos la vida de madurez del protagonista, Bergman lo hace mostrándonos cuatro rasgos del hijo del profesor, cuatro rasgos que bastan para hacernos suponer que el hijo no hace sino repetir los pasos timoratos del padre cuando tenía su edad.

Ese hijo cuarentón no ha logrado disolver aún su complejo de Edipo, lo que vemos por un lado en que sigue recibiendo dinero de su padre, ya que no quiere pagar a éste el dinero que le prestó para comprar su casa. Se ve también en que no tiene hijos porque no quiere repetir la falta de amor que él vivió en la relación con su padre, lo que nos habla de un problema en la transmisión de la paternidad y en el pago de la deuda simbólica, esa que obliga a cada ser humano a arreglárselas por sí mismo.

Curiosamente, el profesor, en su camino hacia el premio, va a detenerse a ver a su propia madre, anciana nonagenaria que sigue guardando los juguetes de sus hijos, varios de ellos ya muertos. Momento del film bastante siniestro que nos habla de niños viejos, o de viejos niños que nunca liquidaron su infancia.

Hay algo muy brillante en esta película y es que es como si Bergman quisiera responder al enigma que la Esfinge de Tebas dejó a Edipo. De ese modo, nos muestra las tres edades del hombre:

1-    La juventud: nos muestra tanto en el flash-back de la adolescencia del doctor, como en los jóvenes a los que llevan en autostop, que las mujeres prefieren al hombre que las hace reír.

2-    La madurez: vemos cómo es frecuente que en muchas parejas, se sustituya el goce sexual de la juventud, el pasarlo bien juntos, por un goce de la pelea y el odio entre ambos miembros de la pareja. Esto nos lo mostrará, tanto en el matrimonio del autostop, como en la relación que mantienen el hijo y la nuera.

3-    La vejez: dominada por un lado por el miedo a la muerte y, por otro, por el ansia que provoca la imposibilidad de recuperar lo que se perdió. La clave nos la da en el poema:

“Cuando el día muere

lo busco todavía

Voy siguiendo sus huellas… etc.”

Tomaremos la imagen del reloj sin manecillas que aparece en algún sueño del Doctor, para preguntarnos si será ése el reloj que marca la hora de la muerte de cada uno, hora que nadie sabe. Dicha ignorancia es una de las realidades que nos impone la muerte. Otra es que las cosas no vuelven y otra que uno no puede verse muerto, sólo en sueños.

Para más info sobre este film, les recomiendo: https://diegozpy.wordpress.com/2015/05/24/fresas-salvajes-ingmar-bergman/

 

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Uvas y dignidad

Iba a ser una noche especial. Era el 24 de diciembre y a los niños nos enviaban a última hora de la tarde a casa de los abuelos con el pretexto de ayudarles a preparar la gran cena, o para que echáramos más harina sobre el Portal de Belén simulando una gran nevada. A la entrada de su calle había una galería comercial con muchos puestos en los que los vecinos compraban el pescado y la carne, las aceitunas y los calcetines. Pero ese día era especial. Ya desde las seis de la tarde sonaban villancicos a toda potencia en la radio que los pescaderos habían colgado del techo, los tenderos no abandonaban la botella de champaña (del barato) y se gritaban cosas de un puesto a otro, de una acera a otra, frases de doble sentido, picardías, y se deseaban felices fiestas. A las ocho de la tarde, poco antes de cerrar para irse cada uno a su casa, estaban ya francamente borrachos, el champaña regaba el suelo, los pescados, el jamón… y hasta los calcetines, pero ellos seguían celebrando las frases de unos y otros con más champaña y más risotadas. A los vecinos les gustaba acercarse por los puestos en el último minuto para comprar esas gambas que adornarían el budín, o un poco más de turrón no vayamos a quedarnos cortos, mientras se contagiaban de la alegría de la calle. Los habituales recibían inmediatamente una invitación para sumarse al jolgorio y tenían suerte si no resbalaban en el suelo mojado de líquido con burbujas y daban con su figura sobre los cangrejos o las gambas. Lo que inmediatamente sería celebrado con más risotadas y se convertiría en anécdota que contar un rato después durante la cena.

Los niños no teníamos ningún problema en andar ese día entre borrachos, porque se sabía que estos eran inofensivos, es más, que estaban ahí cumpliendo una función, que era parte de su dignidad hacer el festejo esa tarde para que los vecinos de la calle fuéramos entrando en el espíritu festivo que era lo suyo ese día. Por eso todos deseábamos que la abuela nos diera diez pesetas para comprar un poco de huevo hilado o unas peladillas con las que rodear el turrón, y así poder formar parte del jolgorio por unos minutos, aunque fuera desde una esquina y sólo mirando y acompasando el cuerpo al sonido de los villancicos.

La cosa no va de Navidad, sino de dignidad, de la de cada uno en relación con su cometido en la vida. Hace sólo unos años me encontraba con varias personas en una cena veraniega de esas en un jardín con olor a dondiegos recién abiertos, en la que se hablaba de algunas particularidades de la gente del campo que no entendemos los de ciudad.

Uno de los comensales, al que llamaremos A, trajo la siguiente anécdota. Hacía unos meses le había pedido al vendedor de lotería del pueblo que le diera varias series para llevar a compartir con el personal en la gran empresa en la que trabajaba en la capital de la provincia. El vendedor de lotería puso mala cara y como dudando le dijo que ese era justamente el número de series que le quedaban y que eso “cómo podía ser”. Mi conocido le dijo que sí, que le compraba todas las series que le quedaran. El lotero volvió a repetir que eso “cómo podía ser”. Y vuelta a empezar: ni el lotero le daba las series, ni el otro podía responder a esa simple pregunta de que eso “cómo podía ser”, porque tampoco podía entender gran cosa.

Otro de los comensales, una mujer a la que llamaremos B, dijo que ella sí que lo entendía y que le había pasado algo parecido hacía unos días. Era la encargada de abastecer de alimentos a una gran institución de la zona, y personas de dicha institución le habían comentado que las últimas uvas que había comprado eran extraordinarias. Decidió pues dirigirse a uno de los hortelanos del pueblo, justamente aquel que le había vendido dicha uva exquisita y le pidió que le vendiera una determinada cantidad de kilos. El campesino había quedado dubitativo y le dijo que él no podía darle toda esa uva, pero que si quería, tenía dos hermanos que producían también uva y podían coger un poco de cada huerto hasta completar dicha cantidad. B se extrañó y le dijo que si él tenía esa cantidad que le demandaba, que le compraba toda la producción. El campesino le dijo que entonces qué podría vender él. B le comentó que no le haría falta vender nada, puesto que ya se lo habría vendido todo a ella. Pero eso no convenció al otro que rompió a sudar y tardó aún un rato en responder a B que no podía quedarse sin uva para vender, porque eso era su dignidad.

Pues eso, que para unos el trabajo es una condena, pero que para otros sigue siendo parte de su dignidad en la vida, a partir de la cual entran en relación social con los demás y sin la cual se encontrarían sin sentido. Que mientras animan a los vecinos a celebrar la Nochebuena, o venden lotería, o uva, o lo que sea, echan una parrafadita y quizá también un pitillo y una broma con sus convecinos; y que éstos saben que aquel con el que comparten la charla tiene tal o cual función en el gran montaje social. Y que aún hay lugares en los que ese “vamos a echar un ratito” —como se suele decir por el sur para referirse a los momentos de charla relajada— y esa dignidad de cada uno, valen más que vender toda la mercancía, por mucho que algunos se hayan cegado con el brillo del dinero en las últimas décadas.

Lo angélico y lo demoníaco

«El novelista Milan Kundera escribió en El libro de la risa y el olvido sobre lo que él llama los estados “angélico” y “demoníaco” de la humanidad. Por “angélico”, se refiere a los ideales vacuos y grandilocuentes que carecen de enraizamiento en la realidad. Lo demoníaco, sin embargo, es un arrebato de risa socarrona y desdeñosa ante la idea misma de que alguna cosa humana pueda tener algún tipo de significado o valor. Lo angélico está ahíto de sentido, mientras que lo demoníaco está demasiado desprovisto de él. Lo angélico está formado por tópicos altisonantes como “Dios bendiga a este maravilloso país nuestro”, a lo que lo demoníaco responde: “Sí, claro”.

“Si hay demasiado sentido indiscutido sobre la faz de la tierra (el reinado de los ángeles) —escribe Kundera—, el hombre se desmorona bajo tanto peso; si el mundo pierde todo sentido (el reinado de los demonios), la vida se vuelve del todo imposible”.

(…) Los angélicos son como los políticos, optimistas e ilusos incurables: el progreso avanza, se superan retos, se cumplen cuotas y Dios sigue teniendo a Texas en un rinconcito de su corazón. Los demoníacos, por el contrario, son unos burlones y cínicos innatos cuyo lenguaje se aproxima más a lo que los políticos murmuran en privado que a lo que sostienen en público. Creen en el poder, los apetitos, el interés propio, el cálculo racional y nada más. Estados Unidos, en un caso nada habitual entre las naciones del mundo, es angélico y demoníaco al mismo tiempo. Pocos países más conjuntan una retórica pública tan exagerada con ese flujo sin sentido de materia conocido como capitalismo de consumo. La función de la primera es proporcionar cierta legitimación para el segundo».

de Terry Eagleton: Sobre el mal, Ed. Península, 2010, p. 75-76.

El conflicto

Con la noción de conflicto pasa algo bastante raro, sobre todo por la evolución que ha tenido. Hoy día, todo lo que suponga conflicto, lo conflictivo, hay que corregirlo o bien dejarlo fuera, ya que el conflicto se ve como algo negativo. Desde luego, si lo que queremos mantener a toda costa es un ideal de la vida como una balsa de aceite, algo así como el mundo feliz que describía Huxley, un mundo de seres idiotas que trabajan para unos pocos listillos, entonces evidentemente el conflicto es algo que debemos rechazar. Pero es que no vemos lo interesante de ese mundo ideal.

Sin embargo, hace no mucho más de un siglo, Freud no paraba de elogiar el conflicto como fuente nada menos que de la vida psíquica. En efecto, ya desde su “Proyecto de una psicología para neurólogos”, uno de los primeros escritos suyos, y en el que leemos a un Freud que era todavía más médico que psicoanalista, dice que el bebé tiene regulado su cuerpo para calmar cualquier estado de tensión, y siempre tiende a una tensión cero. Qué bien, qué calma. Ya, pero si no hay tensión podría quedarse en ese estado de plenitud boba el resto de su vida. Se quedaría así, si no fuera por lo que Freud llamaba en aquel momento “los apremios de la vida”, es decir, el hambre, el frío, los gases de las tripas, los ruidos y la luz excesivos, los meneos, o ese maldito pellizco que le da su tío en el moflete cada vez que pasa por su lado. Esos apremios que podemos llamar tranquilamente conflictos, hacen que el bebé salga de su estado de nirvana y proteste. Y que al protestar, entre en relación con ese mundo y madure.

Podemos imaginar, por ejemplo, que el bebé llore de hambre y a la mamá no le da la gana todavía de volver a prestarse al papel de vaca lechera. Ahí hay un conflicto. Es un buen conflicto. La mamá se permite por unos minutos no tener que ser la madre ideal (aunque seguro que lucha contra su culpabilidad, otro conflicto), y hace que el niño espere mientras ella se hace unos mimos con su marido, o mantiene una interesante conversación telefónica, o tiene que terminar un capítulo de su tesis doctoral. Y mientras tanto el niño grita y aprende así a no quedarse en el molde en el que los demás le quieren colocar para que no moleste (de ahí la consabida frase “el que no llora no mama”).

Entonces ¿es bueno o no es bueno el conflicto? Y entonces ¿por qué se empeña ahora la gente en querer suprimirlos? En lugar de eliminarlos, investiguemos de dónde vienen los conflictos y su utilidad.

El pensamiento mismo nace de otro conflicto: resulta que el bebé lo quiere todo, lo quiere ya mismo, lo quiere sin hacer ningún esfuerzo y lo quiere sin tener que dar nada a cambio. Qué listo. Pero aquellos que les tocó ser sus padres están obligados a educarlo, es decir, a convencerlo:

–              De que no se puede tener todo (y por lo tanto es una estupidez insistir en ello).

–              De que existen los plazos, las esperas…

–              De que todo lo interesante exige esforzarse para obtenerlo.

–              De que es necesario entrar en intercambios con los demás, en lugar de considerarlos máquinas a su servicio u objetos desechables.

Sólo teniendo que enfrentarse a las cortapisas que les ponen los padres y la vida misma, los bebés serán obligados a usar el pensamiento para encontrar salidas. ¿Ven lo útil del conflicto?

Vamos a pensar en otro conflicto saludable: el que se produce en la adolescencia. Hasta ahí, el niño y la niña habían aceptado las consecuencias de la educación y eran fantásticos: estudiosos, deportistas, buenos nietos, sobrinos, hijos, es que no cabía más. Y de pronto, con los ardores de la pubertad, los niños y niñas empiezan a darse cuenta de que sus padres no actúan cotidianamente por el bien de la humanidad, ni siquiera siempre por el bien de la familia, sino por sus propios intereses humanos, o bien por sus deseos como hombre o como mujer (y eso que los niños aún no se han percatado de que sus padres, además de serlo, son un hombre y una mujer o dos hombres o dos mujeres). Entonces los niños no quieren renunciar a ese placer que empieza a insinuarse, o incluso a golpear en su cuerpo, aunque responder a ese placer suponga dejar de ser el niño o la niña maravillosos y decepcionar a sus padres. Ya no querrán ese lugar, esa jaula de oro que habían labrado para ellos sus mayores, sino más bien irse fabricando su propio lugar, su propio camino. Pero todo esto no se hace sin un duro conflicto con la generación de más arriba.

¿Y a quién se le ocurriría decir que este conflicto es malo? ¿No es más bien necesario para el progreso de la vida, para la maduración de cualquier ser humano? No entendemos entonces por qué el DSM (catálogo de enfermedades mentales) ha creado el “Trastorno de oposición desafiante”, en el que se pretende encasillar a cualquier adolescente o joven que se enfrente a sus mayores con cierto grado de hostilidad. Qué vivillos los laboratorios farmacéuticos… así consiguen que se mediquen toooodos los adolescentes del mundo y de ese modo consiguen más dinerito en el bolsón.

Cierto es que no todos los adolescentes que se oponen, lo hacen en su progreso hacia la madurez. Hay algunos, cada vez más, cuya negatividad y oposición los hace incapaces de convivir y de labrarse un futuro. Son los que necesitan ayuda. Ahora bien, ¿podemos sostener que estos jóvenes tienen un trastorno? ¿Hemos escuchado a sus familias? ¿Seguro que la ayuda que necesitan es farmacológica?

Si los escuchamos, vamos a encontrarnos con algunos problemas en la generación de sus padres. Veamos:

  • Por un lado encontramos a madres muy seductoras con sus hijos, que para no tener conflictos con ellos (ojo a lo perjudicial del conflicto rechazado), les han concedido todo, haciéndoles creer que sus hijos y ellas pertenecen a la misma generación, como si fueran amigos, consensuando todo, haciendo sentir a sus hijos que son los reyes de la casa. Mientras el niño fue pequeño (este caso les sucede sobre todo a los varones y sus madres) la cosa tenía gracia, el niño era algo repipi y se las daba de mayor, pero qué gracioso. Ahora bien, cuando el niño tiene ya dieciocho años y unos músculos que para qué, cuando se pasa el día amenazando a su madre con partirle la cara o la casa, el tema deja de ser gracioso.
  • Otras veces encontramos a padres también muy seductores con sus hijas, a las que rápidamente colocan en un estatuto de esposa-madre para que los sostenga y les haga la vida cómoda. El problema es que si las niñas ceden, las jóvenes pronto se avergüenzan de tener un padre tan flojo y empiezan a insultarle y a no poder soportar su presencia. ¿Seguro que habría que medicar a estas chicas?
  • También encontramos padres y madres que niegan la evidencia a sus hijos y sin una sola palabra que se sostenga, veraz. Todo por huir de los conflictos con ellos.

Imponer la autoridad (que no el autoritarismo) a los hijos es algo muy incómodo y necesita padres y madres maduros para hacer que su palabra se sostenga, padres y madres que no tengan miedo de mostrar a sus hijos que no son amigos de ellos, que hay una brecha generacional insalvable. Enseñarles eso es permitirles ver que no todo es posible en la vida. Es incómodo imponer autoridad porque cuando los padres lo hacen, los hijos los miran con odio, porque se enfadan, porque dejan de hablarles. Claro, los hijos siempre tocan donde duele y empujan a ver dónde los padres ceden, y cuando los padres no ceden, los hijos se enfadan. Es normal. Es un conflicto normal. No vemos qué habría que medicar aquí.

¿Pero qué adultos ha generado el siglo XX que no son capaces de sostener la mirada enfurruñada de sus hijos? Poner el nombre de un nuevo trastorno a cada mirada enfurruñada e intentar eliminarla a base de medicamentos, ¿seguro que es mejor que educar?

La generación que sabía demasiado

Hace unos cuantos siglos, la ignorancia reinaba en el mundo, al menos la ignorancia referida a no saber leer y escribir, aunque existían, sin embargo, algunos saberes populares sobre farmacopea o alimentación, había galenos con ojo clínico para diagnosticar mirando el cuerpo y hablando con el enfermo. También se sabía, en función de saberes ancestrales sobre los fenómenos naturales, cuándo había que sembrar y qué. Sin embargo, la tendencia siempre fue a considerar como “de segunda” este tipo de saberes, para considerar importante sólo lo que se decía en latín —lengua desconocida por el pueblo— o mediante fórmulas, saber que se mantenía medio oculto en los monasterios.

Hoy día el saber es algo prácticamente universal (aunque más que saber, llamaríamos a lo de ahora conocimientos) y, gracias a la invención de Internet, difícilmente encerrable, lo que es magnífico. Sin embargo, con la universalización del conocimiento y, sobre todo, con el uso que se da en muchos ámbitos a la ciencia, se han producido dos fenómenos con sus claros y sus oscuros:

Por un lado, los conocimientos están cada vez más especializados Así, por ejemplo en el terreno de la salud, se desprecia el ojo clínico, incluso el cuerpo de los pacientes —hasta ahora fuente rica en signos interpretables—, para fijarse los médicos tan sólo en las cifras y resultados de pruebas diagnósticas. Se ha suprimido pues la relación médico-enfermo que, como todo el mundo sabe, cuando es buena ayuda bastante a curar. Y en lo referido a la vida psíquica, poco importa ya lo que el paciente diga sobre su mal, ya que ahora se enseña a los jóvenes practicantes de la psiquiatría y la psicología a diagnosticar trastornos a partir de un par de síntomas. A partir de ahí, cualquier cosa que diga el paciente no interesa, porque una vez que se le ha puesto la etiqueta diagnóstica, se basarán en los síntomas que diga el catálogo de trastornos para sustituir el decir del paciente.

Además, el prestigio está del lado de la ciencia y de todo lo que huela a científico, positivo y demostrable. Se desprecia por lo tanto el saber doméstico de las abuelas y las mamás acerca de qué hacer con el llanto de su hijo o nieto. Dicho saber hacía poner un tallo de geranio mojado en aceite de oliva en el trasero del bebé para que superara su estreñimiento, o le daba una infusión de anises para que no tuviera gases. Ahora su saber ancestral ha sido sustituido por un conocimiento científico que anula el saber subjetivo de aquéllas, aunque lo científico consista en recetar un supositorio o un carminativo que viene a ser lo mismo pero más “pijo”. Lo que ocurre entonces es que cuando el bebé llora, ellas se angustian si no pueden recurrir inmediatamente al saber oficial que tratará el síntoma del bebé como si éste fuera un enfermo. Así los laboratorios ganan dinero… y ellas quedan lejos de la experiencia.

Porque ese es ell otro fenómeno promovido en la modernidad por el cambio en los saberes, es que las personas están cada vez más lejos de su experiencia. El ejemplo anterior lo muestra, pero hay otro ejemplo más pedestre aún. Hace años no era raro ver cualquier domingo, sobre todo en los pueblos, a un hombre delante de su casa o en su garaje desmontando piezas del motor de su coche o de su moto, limpiando, enderezando, volviendo a ponerlas en su sitio, con trapos manchados por doquier y él mismo embadurnado hasta las cejas. Pasaba horas en ello. Por delante del garaje pasaban los vecinos que se detenían a echar un ratito y a veces una mano; le daban palique y hacían lo mismo con su motor en otros momentos, lo que hacía que la puesta a punto del vehículo cumpliera además un papel social. Hoy las piezas son cambiadas en bloque por los mecánicos y los problemas diagnosticados por control remoto. No cabe duda de que la modernidad es más limpita, pero se ha perdido la relación próxima y subjetiva de cada uno con sus objetos.

A lenguaje exagerado, todo desbordado

Todos hemos visto esas imágenes en blanco y negro de padres, madres y novias despidiendo a sus hijos o novios en un muelle, o en una estación. Los jóvenes partían a la guerra, o a la emigración, destinos ambos de cuyo porvenir se podía dudar. Podíamos ver al padre con cara seria y conteniendo la emoción, a la madre soltando alguna lágrima, a la novia abrazando a su amado. Son imágenes en las que podría esperarse que hubiera emociones desbordadas, y sin embargo si bien son emotivas, hay poco desborde.

Pero ¿qué hacen todos esos jóvenes concursantes de la televisión abrazándose con emoción desbordada con otros jóvenes que también lloran con hipos y pucheros, porque uno ha sacado un punto más que el otro, o porque uno abandona el concurso, o porque el otro no ha conseguido la puntuación necesaria para entrar en él?

Hoy día da la impresión de que cualquier palabra que no sea sinónimo de extrema gravedad, o que no vaya acompañada de un desborde de la emoción, no es verdadera. Quizá la cosa empezara por los medios de comunicación que suelen hablar de tragedia en lugar de drama, o de catástrofe climática cuando hay una tormenta un poco aparatosa, pero lo cierto es que ahora todo lo que ocurre parece ser importantísimo.

Escuchamos a la gente decir, por ejemplo: “Y entonces fulanita se derrumbó”, y nos asustamos y preguntamos qué pasó y se nos contesta que es que entonces fulanita se puso a llorar. ¡Ahhhhh, bueeeeno, que se puso a llorar, qué susto me diste! Caramba, entre eso y el derrumbe hay una buena distancia.

También la hay entre el drama y la tragedia. En el drama, algo ocurre a algunas personas sin que éstas puedan remediarlo: han matado a su hijo en Libia, o en Kaboul, y vemos a una madre sostenerlo en sus brazos, a veces llorando a gritos, otras en silencio, sin poder evitar su angustia. Vemos incluso ceremonias militares, un ataúd con una bandera recibiendo honores militares, y algunos civiles de luto y conteniendo su dolor. Eso es un drama. Romeo y Julieta es también un drama —de ficción, pero un drama—, igual que La vida es sueño. También Ama Rosa fue un drama de la radio de los cincuenta: esa pobre criada a la que el señorito convierte en madre soltera sin que ella pueda hacer nada más que sufrir. Hay dramas reales y dramas de ficción.

Edipo podría haber sido también un drama, el de un pobre niño al que su padre destina a morir cuando aún es un bebé, por el miedo que le da que su hijo al crecer llegue a matarle, tal como la Esfinge había predicho. Incluso más adelante, cuando Edipo que ha sido salvado de morir, ha crecido y se dirige a Tebas cumpliendo su destino, si hubiera muerto habría sido un drama, ya que en el camino encuentra a un caballero que está dispuesto a no dejarle continuar. Edipo podría haber sido menos ágil, o menos hábil, o un tanto dubitativo, y haberse dejado matar por dicho caballero sin saber que se trataba de Layo, su padre, que tampoco sabía que aquel al que amenazaba era su propio hijo que no había muerto. Pero Edipo no se deja matar, es decir, ante la angustia no se lamenta, no duda, sino que salva su vida matando al caballero. Por eso se trata de una tragedia, porque ante la angustia, la persona hace algo más que llorar o que lamentarse. A veces no se puede hacer más que llorar; otras veces se puede hacer algo más, o distinto. Eso distingue al drama de la tragedia, aunque hoy se confunden ambos términos.

Encontramos pues que ante un problema, aparte de llorar, a veces hay varias maneras de actuar posibles. Y si entendemos perfectamente la pena de aquellos padres, madres y novias que despedían a su ser querido en la estación, o el desgarro de esas madres palestinas, o afganas, no entendemos sin embargo que a cualquier cosa que ocurra haya que responder con lágrimas de dolor o de emoción desbordada, o de gran afectividad: abrazos y besos apretados con gente casi desconocida (y ni hablemos de esos que van ofreciendo abrazos por la calle como si hubiera una epidemia de buenismo), sobre todo porque un concurso de televisión, dudamos que lo merezca.

Y es que la realidad de la vida es algo bastante diferente de un reality de televisión.