A lenguaje exagerado, todo desbordado

Todos hemos visto esas imágenes en blanco y negro de padres, madres y novias despidiendo a sus hijos o novios en un muelle, o en una estación. Los jóvenes partían a la guerra, o a la emigración, destinos ambos de cuyo porvenir se podía dudar. Podíamos ver al padre con cara seria y conteniendo la emoción, a la madre soltando alguna lágrima, a la novia abrazando a su amado. Son imágenes en las que podría esperarse que hubiera emociones desbordadas, y sin embargo si bien son emotivas, hay poco desborde.

Pero ¿qué hacen todos esos jóvenes concursantes de la televisión abrazándose con emoción desbordada con otros jóvenes que también lloran con hipos y pucheros, porque uno ha sacado un punto más que el otro, o porque uno abandona el concurso, o porque el otro no ha conseguido la puntuación necesaria para entrar en él?

Hoy día da la impresión de que cualquier palabra que no sea sinónimo de extrema gravedad, o que no vaya acompañada de un desborde de la emoción, no es verdadera. Quizá la cosa empezara por los medios de comunicación que suelen hablar de tragedia en lugar de drama, o de catástrofe climática cuando hay una tormenta un poco aparatosa, pero lo cierto es que ahora todo lo que ocurre parece ser importantísimo.

Escuchamos a la gente decir, por ejemplo: “Y entonces fulanita se derrumbó”, y nos asustamos y preguntamos qué pasó y se nos contesta que es que entonces fulanita se puso a llorar. ¡Ahhhhh, bueeeeno, que se puso a llorar, qué susto me diste! Caramba, entre eso y el derrumbe hay una buena distancia.

También la hay entre el drama y la tragedia. En el drama, algo ocurre a algunas personas sin que éstas puedan remediarlo: han matado a su hijo en Libia, o en Kaboul, y vemos a una madre sostenerlo en sus brazos, a veces llorando a gritos, otras en silencio, sin poder evitar su angustia. Vemos incluso ceremonias militares, un ataúd con una bandera recibiendo honores militares, y algunos civiles de luto y conteniendo su dolor. Eso es un drama. Romeo y Julieta es también un drama —de ficción, pero un drama—, igual que La vida es sueño. También Ama Rosa fue un drama de la radio de los cincuenta: esa pobre criada a la que el señorito convierte en madre soltera sin que ella pueda hacer nada más que sufrir. Hay dramas reales y dramas de ficción.

Edipo podría haber sido también un drama, el de un pobre niño al que su padre destina a morir cuando aún es un bebé, por el miedo que le da que su hijo al crecer llegue a matarle, tal como la Esfinge había predicho. Incluso más adelante, cuando Edipo que ha sido salvado de morir, ha crecido y se dirige a Tebas cumpliendo su destino, si hubiera muerto habría sido un drama, ya que en el camino encuentra a un caballero que está dispuesto a no dejarle continuar. Edipo podría haber sido menos ágil, o menos hábil, o un tanto dubitativo, y haberse dejado matar por dicho caballero sin saber que se trataba de Layo, su padre, que tampoco sabía que aquel al que amenazaba era su propio hijo que no había muerto. Pero Edipo no se deja matar, es decir, ante la angustia no se lamenta, no duda, sino que salva su vida matando al caballero. Por eso se trata de una tragedia, porque ante la angustia, la persona hace algo más que llorar o que lamentarse. A veces no se puede hacer más que llorar; otras veces se puede hacer algo más, o distinto. Eso distingue al drama de la tragedia, aunque hoy se confunden ambos términos.

Encontramos pues que ante un problema, aparte de llorar, a veces hay varias maneras de actuar posibles. Y si entendemos perfectamente la pena de aquellos padres, madres y novias que despedían a su ser querido en la estación, o el desgarro de esas madres palestinas, o afganas, no entendemos sin embargo que a cualquier cosa que ocurra haya que responder con lágrimas de dolor o de emoción desbordada, o de gran afectividad: abrazos y besos apretados con gente casi desconocida (y ni hablemos de esos que van ofreciendo abrazos por la calle como si hubiera una epidemia de buenismo), sobre todo porque un concurso de televisión, dudamos que lo merezca.

Y es que la realidad de la vida es algo bastante diferente de un reality de televisión.

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