La generación que sabía demasiado

Hace unos cuantos siglos, la ignorancia reinaba en el mundo, al menos la ignorancia referida a no saber leer y escribir, aunque existían, sin embargo, algunos saberes populares sobre farmacopea o alimentación, había galenos con ojo clínico para diagnosticar mirando el cuerpo y hablando con el enfermo. También se sabía, en función de saberes ancestrales sobre los fenómenos naturales, cuándo había que sembrar y qué. Sin embargo, la tendencia siempre fue a considerar como “de segunda” este tipo de saberes, para considerar importante sólo lo que se decía en latín —lengua desconocida por el pueblo— o mediante fórmulas, saber que se mantenía medio oculto en los monasterios.

Hoy día el saber es algo prácticamente universal (aunque más que saber, llamaríamos a lo de ahora conocimientos) y, gracias a la invención de Internet, difícilmente encerrable, lo que es magnífico. Sin embargo, con la universalización del conocimiento y, sobre todo, con el uso que se da en muchos ámbitos a la ciencia, se han producido dos fenómenos con sus claros y sus oscuros:

Por un lado, los conocimientos están cada vez más especializados Así, por ejemplo en el terreno de la salud, se desprecia el ojo clínico, incluso el cuerpo de los pacientes —hasta ahora fuente rica en signos interpretables—, para fijarse los médicos tan sólo en las cifras y resultados de pruebas diagnósticas. Se ha suprimido pues la relación médico-enfermo que, como todo el mundo sabe, cuando es buena ayuda bastante a curar. Y en lo referido a la vida psíquica, poco importa ya lo que el paciente diga sobre su mal, ya que ahora se enseña a los jóvenes practicantes de la psiquiatría y la psicología a diagnosticar trastornos a partir de un par de síntomas. A partir de ahí, cualquier cosa que diga el paciente no interesa, porque una vez que se le ha puesto la etiqueta diagnóstica, se basarán en los síntomas que diga el catálogo de trastornos para sustituir el decir del paciente.

Además, el prestigio está del lado de la ciencia y de todo lo que huela a científico, positivo y demostrable. Se desprecia por lo tanto el saber doméstico de las abuelas y las mamás acerca de qué hacer con el llanto de su hijo o nieto. Dicho saber hacía poner un tallo de geranio mojado en aceite de oliva en el trasero del bebé para que superara su estreñimiento, o le daba una infusión de anises para que no tuviera gases. Ahora su saber ancestral ha sido sustituido por un conocimiento científico que anula el saber subjetivo de aquéllas, aunque lo científico consista en recetar un supositorio o un carminativo que viene a ser lo mismo pero más “pijo”. Lo que ocurre entonces es que cuando el bebé llora, ellas se angustian si no pueden recurrir inmediatamente al saber oficial que tratará el síntoma del bebé como si éste fuera un enfermo. Así los laboratorios ganan dinero… y ellas quedan lejos de la experiencia.

Porque ese es ell otro fenómeno promovido en la modernidad por el cambio en los saberes, es que las personas están cada vez más lejos de su experiencia. El ejemplo anterior lo muestra, pero hay otro ejemplo más pedestre aún. Hace años no era raro ver cualquier domingo, sobre todo en los pueblos, a un hombre delante de su casa o en su garaje desmontando piezas del motor de su coche o de su moto, limpiando, enderezando, volviendo a ponerlas en su sitio, con trapos manchados por doquier y él mismo embadurnado hasta las cejas. Pasaba horas en ello. Por delante del garaje pasaban los vecinos que se detenían a echar un ratito y a veces una mano; le daban palique y hacían lo mismo con su motor en otros momentos, lo que hacía que la puesta a punto del vehículo cumpliera además un papel social. Hoy las piezas son cambiadas en bloque por los mecánicos y los problemas diagnosticados por control remoto. No cabe duda de que la modernidad es más limpita, pero se ha perdido la relación próxima y subjetiva de cada uno con sus objetos.

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Un pensamiento en “La generación que sabía demasiado

  1. Cada una de tus entradas rezuman humanidad, sabiduría y sentido común. Y encima provienen de una profesional como la copa de un pino y tienen el aval de la experiencia. ¡Qué más se puede pedir!. En estos tiempos casi feudales son un bálsamo.

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