El conflicto

Con la noción de conflicto pasa algo bastante raro, sobre todo por la evolución que ha tenido. Hoy día, todo lo que suponga conflicto, lo conflictivo, hay que corregirlo o bien dejarlo fuera, ya que el conflicto se ve como algo negativo. Desde luego, si lo que queremos mantener a toda costa es un ideal de la vida como una balsa de aceite, algo así como el mundo feliz que describía Huxley, un mundo de seres idiotas que trabajan para unos pocos listillos, entonces evidentemente el conflicto es algo que debemos rechazar. Pero es que no vemos lo interesante de ese mundo ideal.

Sin embargo, hace no mucho más de un siglo, Freud no paraba de elogiar el conflicto como fuente nada menos que de la vida psíquica. En efecto, ya desde su “Proyecto de una psicología para neurólogos”, uno de los primeros escritos suyos, y en el que leemos a un Freud que era todavía más médico que psicoanalista, dice que el bebé tiene regulado su cuerpo para calmar cualquier estado de tensión, y siempre tiende a una tensión cero. Qué bien, qué calma. Ya, pero si no hay tensión podría quedarse en ese estado de plenitud boba el resto de su vida. Se quedaría así, si no fuera por lo que Freud llamaba en aquel momento “los apremios de la vida”, es decir, el hambre, el frío, los gases de las tripas, los ruidos y la luz excesivos, los meneos, o ese maldito pellizco que le da su tío en el moflete cada vez que pasa por su lado. Esos apremios que podemos llamar tranquilamente conflictos, hacen que el bebé salga de su estado de nirvana y proteste. Y que al protestar, entre en relación con ese mundo y madure.

Podemos imaginar, por ejemplo, que el bebé llore de hambre y a la mamá no le da la gana todavía de volver a prestarse al papel de vaca lechera. Ahí hay un conflicto. Es un buen conflicto. La mamá se permite por unos minutos no tener que ser la madre ideal (aunque seguro que lucha contra su culpabilidad, otro conflicto), y hace que el niño espere mientras ella se hace unos mimos con su marido, o mantiene una interesante conversación telefónica, o tiene que terminar un capítulo de su tesis doctoral. Y mientras tanto el niño grita y aprende así a no quedarse en el molde en el que los demás le quieren colocar para que no moleste (de ahí la consabida frase “el que no llora no mama”).

Entonces ¿es bueno o no es bueno el conflicto? Y entonces ¿por qué se empeña ahora la gente en querer suprimirlos? En lugar de eliminarlos, investiguemos de dónde vienen los conflictos y su utilidad.

El pensamiento mismo nace de otro conflicto: resulta que el bebé lo quiere todo, lo quiere ya mismo, lo quiere sin hacer ningún esfuerzo y lo quiere sin tener que dar nada a cambio. Qué listo. Pero aquellos que les tocó ser sus padres están obligados a educarlo, es decir, a convencerlo:

–              De que no se puede tener todo (y por lo tanto es una estupidez insistir en ello).

–              De que existen los plazos, las esperas…

–              De que todo lo interesante exige esforzarse para obtenerlo.

–              De que es necesario entrar en intercambios con los demás, en lugar de considerarlos máquinas a su servicio u objetos desechables.

Sólo teniendo que enfrentarse a las cortapisas que les ponen los padres y la vida misma, los bebés serán obligados a usar el pensamiento para encontrar salidas. ¿Ven lo útil del conflicto?

Vamos a pensar en otro conflicto saludable: el que se produce en la adolescencia. Hasta ahí, el niño y la niña habían aceptado las consecuencias de la educación y eran fantásticos: estudiosos, deportistas, buenos nietos, sobrinos, hijos, es que no cabía más. Y de pronto, con los ardores de la pubertad, los niños y niñas empiezan a darse cuenta de que sus padres no actúan cotidianamente por el bien de la humanidad, ni siquiera siempre por el bien de la familia, sino por sus propios intereses humanos, o bien por sus deseos como hombre o como mujer (y eso que los niños aún no se han percatado de que sus padres, además de serlo, son un hombre y una mujer o dos hombres o dos mujeres). Entonces los niños no quieren renunciar a ese placer que empieza a insinuarse, o incluso a golpear en su cuerpo, aunque responder a ese placer suponga dejar de ser el niño o la niña maravillosos y decepcionar a sus padres. Ya no querrán ese lugar, esa jaula de oro que habían labrado para ellos sus mayores, sino más bien irse fabricando su propio lugar, su propio camino. Pero todo esto no se hace sin un duro conflicto con la generación de más arriba.

¿Y a quién se le ocurriría decir que este conflicto es malo? ¿No es más bien necesario para el progreso de la vida, para la maduración de cualquier ser humano? No entendemos entonces por qué el DSM (catálogo de enfermedades mentales) ha creado el “Trastorno de oposición desafiante”, en el que se pretende encasillar a cualquier adolescente o joven que se enfrente a sus mayores con cierto grado de hostilidad. Qué vivillos los laboratorios farmacéuticos… así consiguen que se mediquen toooodos los adolescentes del mundo y de ese modo consiguen más dinerito en el bolsón.

Cierto es que no todos los adolescentes que se oponen, lo hacen en su progreso hacia la madurez. Hay algunos, cada vez más, cuya negatividad y oposición los hace incapaces de convivir y de labrarse un futuro. Son los que necesitan ayuda. Ahora bien, ¿podemos sostener que estos jóvenes tienen un trastorno? ¿Hemos escuchado a sus familias? ¿Seguro que la ayuda que necesitan es farmacológica?

Si los escuchamos, vamos a encontrarnos con algunos problemas en la generación de sus padres. Veamos:

  • Por un lado encontramos a madres muy seductoras con sus hijos, que para no tener conflictos con ellos (ojo a lo perjudicial del conflicto rechazado), les han concedido todo, haciéndoles creer que sus hijos y ellas pertenecen a la misma generación, como si fueran amigos, consensuando todo, haciendo sentir a sus hijos que son los reyes de la casa. Mientras el niño fue pequeño (este caso les sucede sobre todo a los varones y sus madres) la cosa tenía gracia, el niño era algo repipi y se las daba de mayor, pero qué gracioso. Ahora bien, cuando el niño tiene ya dieciocho años y unos músculos que para qué, cuando se pasa el día amenazando a su madre con partirle la cara o la casa, el tema deja de ser gracioso.
  • Otras veces encontramos a padres también muy seductores con sus hijas, a las que rápidamente colocan en un estatuto de esposa-madre para que los sostenga y les haga la vida cómoda. El problema es que si las niñas ceden, las jóvenes pronto se avergüenzan de tener un padre tan flojo y empiezan a insultarle y a no poder soportar su presencia. ¿Seguro que habría que medicar a estas chicas?
  • También encontramos padres y madres que niegan la evidencia a sus hijos y sin una sola palabra que se sostenga, veraz. Todo por huir de los conflictos con ellos.

Imponer la autoridad (que no el autoritarismo) a los hijos es algo muy incómodo y necesita padres y madres maduros para hacer que su palabra se sostenga, padres y madres que no tengan miedo de mostrar a sus hijos que no son amigos de ellos, que hay una brecha generacional insalvable. Enseñarles eso es permitirles ver que no todo es posible en la vida. Es incómodo imponer autoridad porque cuando los padres lo hacen, los hijos los miran con odio, porque se enfadan, porque dejan de hablarles. Claro, los hijos siempre tocan donde duele y empujan a ver dónde los padres ceden, y cuando los padres no ceden, los hijos se enfadan. Es normal. Es un conflicto normal. No vemos qué habría que medicar aquí.

¿Pero qué adultos ha generado el siglo XX que no son capaces de sostener la mirada enfurruñada de sus hijos? Poner el nombre de un nuevo trastorno a cada mirada enfurruñada e intentar eliminarla a base de medicamentos, ¿seguro que es mejor que educar?

6 pensamientos en “El conflicto

  1. Estimada María Cruz. Como siempre ilustrador y sugerente. Me animo a comentar porque, siendo padre, sin que el hecho de ser hija única haya condicionado, creemos, la relación, ella nunca dejó ser orientada, ni aun cuando era pequeña y flexible. No sé si por orgullo o por inseguridad, dado su problema o dificultad de aprendizaje que ya hemos comentado. Ahora adolescente ya hemos determinado que lo mejor es que cometa sus propios errores -esperemos que no graves- y que se enfrente a tareas y responsabilidades sola. Lo único que temo es que se abandone al hedonismo y la búsqueda de placeres sin mesura y se convierta en una indolente. No creo, pero ese es el temor que mueve.
    Te aseguro que no somos padres que entren en uno de esos 3 tipos que expones: siempre con la verdad y los hechos por delante o rodeando la circunstancia para que los conflictos se entendieran o fueran expuestos, no pospuestos y siempre exponiendo todos los límites que enumeras: la necesidad de las cosas, el merecimiento y el no, siempre antes que la mera satisfacción… Pero el entorno y la presión del grupo son muy poderosos en ellos como sabes.
    Hace tiempo, años, comentábamos en un correo-e sobre violencia en las relaciones humanas; pues bien, sigo opinando que la violencia, bien administrada, no gratuita o degradante, es necesaria. Ojo, se administra de muchas formas, desde la verbal que se manifiesta en el pulso de una discusión, con las subidas de tono y demás, hasta la última, la física, y aunque a ésta he de reconocer que he tenido que recurrir con mi hija no hace mucho ante el plante, la chulería y el desafío –con el peligro de ver caer todo el orden jerárquico que hemos construido (orden no arbitrario, sino como apuntas, justo o necesario)–, has de saber que fue toda una lección de vida por ambas partes, que no rompió en absoluto la convivencia, antes al contrario, pues afortunadamente el cariño y las manifestaciones de afecto siempre han estado detrás, desde el principio.
    Gracias.

    • Eduardo, mil gracias por este comentario en el que reflejas de modo clarísimo la dificultad inmensa que tiene el educar. No lo he dicho en mis entradas sobre educación, pero Freud decía que en la vida había tres tareas imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar. Y lo son las tres porque la altura de miras exigida para llevar adelante a la perfección cualquiera de estas tareas, implicaría que uno dejara de ser en absoluto un ser humano para ser una especie de ideal de perfección que no tuviera ni intereses, ni ideales y sólo gobernara, educara o psicoanalizara. Así a botepronto se me ocurren dos casos estudiados por el Psicoanálisis en que la maternidad y la paternidad se ejercieron de manera “perfecta” (si puedo hablar así). Uno es el caso de la madre de Hildegart que quería una hija perfecta (es decir, a su gusto totalmente) pero no viva, porque quien no es respetado en su subjetividad corre el peligro de des-subjetivarse. Hildegart se opuso a ese plan letal de su madre y por eso ésta la mató. Era una madre loca. El otro es el padre del Presidente Schreber (Presidente de la Corte de Apelaciones de Leipzig en el siglo XIX), caso estudiado por Freud. El padre era un médico y pedagogo que aplicaba sus métodos nazis a sus hijos para que fueran perfectos. En este caso fue el pobre Presidente Schreber el que terminó loco.
      Lo que comentas del peligro de la presión del grupo es a veces escalofriante. Pero qué difícil la actuación de los padres ahí, por no poder ni querer aislar tampoco al hijo o hija del mundo.
      En cuanto a la violencia… para los analistas es sólo cuando se va a dañar. Si es para poner una distancia con el otro -como parece que comentas-, para poner límite a una situación de desborde, lo llamamos agresividad y es algo absolutamente necesario y saludable. Lo que comentas lo intentaba expresar en la entrada “Chicote: pesadilla en la educación” cuando digo que, después de argumentar, hay un momento en el que hay que poner un stop y punto. Cada uno y en cada ocasión lo hace como puede.
      En fin, podríamos estar hablando del tema sin parar porque es tremendo. Yo intentaré seguir usando del cine, la literatura, la política y los cómic para acercarme a él desde distintos lados, a ver si así componemos algo que sirva a alguien.
      Por favor, no dejes de comentar, porque eso orienta los trabajos sucesivos.
      Un abrazo

  2. Investigando sobre la rebeldía y qué tiene qué decir el psicoanálisis al respecto me encontré con su escrito, me atrapó desde el inicio. aunque no encontré exactamente lo que buscaba (referencias bibliográficas freudianas), si obtuve una reafirmación de algunas cosas que vengo escuchando desde lo clínico y trabajando en lo académico: al conflicto o a la rebeldía se les quiere callar con medicamentos. Y vaya problemas que esto representa, no cree? Si lo llevamos a un plano social, tal vez mundial, qué problemas provocaría como dice usted, una medicación generalizada en los adolescentes, por ejemplo?

    • Fíjese, Abraham, que en mis peores pesadillas he imaginado muchas cosas a nivel local y familiar -cosas a veces incluso no imaginadas sinovistas en la clínica-, pero nunca había pensado en lo que usted sugiere que va a dejarme sin sueño un tiempito. Por cierto, no sólo le agradezco el comentario, sino que me ha dado una idea para un próximo escrito. Si usted viene por aquí de paseo, lo verá. Saludos.

      • Bueno, no esperaba inquietarla más de “lo normal”, y espero tampoco tenga que tomar tranquilizantes, verdad? No, pero ya en serio, estaré al pendiente de sus palabras, me parece que se maneja en un discurso muy interesante al hablar desde el psicoanálisis de temas como éste que en lo particular me interesa, pues estoy trabajando en diferentes textos con el concepto de rebeldía, y sinceramente no lo había pensado bajo el término de conflicto que empleara Freud, a pesar de que hablo de la lucha que experimenta el sujeto en tanto presa de un superyó ante el que se rebela. Saludos.

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