Uvas y dignidad

Iba a ser una noche especial. Era el 24 de diciembre y a los niños nos enviaban a última hora de la tarde a casa de los abuelos con el pretexto de ayudarles a preparar la gran cena, o para que echáramos más harina sobre el Portal de Belén simulando una gran nevada. A la entrada de su calle había una galería comercial con muchos puestos en los que los vecinos compraban el pescado y la carne, las aceitunas y los calcetines. Pero ese día era especial. Ya desde las seis de la tarde sonaban villancicos a toda potencia en la radio que los pescaderos habían colgado del techo, los tenderos no abandonaban la botella de champaña (del barato) y se gritaban cosas de un puesto a otro, de una acera a otra, frases de doble sentido, picardías, y se deseaban felices fiestas. A las ocho de la tarde, poco antes de cerrar para irse cada uno a su casa, estaban ya francamente borrachos, el champaña regaba el suelo, los pescados, el jamón… y hasta los calcetines, pero ellos seguían celebrando las frases de unos y otros con más champaña y más risotadas. A los vecinos les gustaba acercarse por los puestos en el último minuto para comprar esas gambas que adornarían el budín, o un poco más de turrón no vayamos a quedarnos cortos, mientras se contagiaban de la alegría de la calle. Los habituales recibían inmediatamente una invitación para sumarse al jolgorio y tenían suerte si no resbalaban en el suelo mojado de líquido con burbujas y daban con su figura sobre los cangrejos o las gambas. Lo que inmediatamente sería celebrado con más risotadas y se convertiría en anécdota que contar un rato después durante la cena.

Los niños no teníamos ningún problema en andar ese día entre borrachos, porque se sabía que estos eran inofensivos, es más, que estaban ahí cumpliendo una función, que era parte de su dignidad hacer el festejo esa tarde para que los vecinos de la calle fuéramos entrando en el espíritu festivo que era lo suyo ese día. Por eso todos deseábamos que la abuela nos diera diez pesetas para comprar un poco de huevo hilado o unas peladillas con las que rodear el turrón, y así poder formar parte del jolgorio por unos minutos, aunque fuera desde una esquina y sólo mirando y acompasando el cuerpo al sonido de los villancicos.

La cosa no va de Navidad, sino de dignidad, de la de cada uno en relación con su cometido en la vida. Hace sólo unos años me encontraba con varias personas en una cena veraniega de esas en un jardín con olor a dondiegos recién abiertos, en la que se hablaba de algunas particularidades de la gente del campo que no entendemos los de ciudad.

Uno de los comensales, al que llamaremos A, trajo la siguiente anécdota. Hacía unos meses le había pedido al vendedor de lotería del pueblo que le diera varias series para llevar a compartir con el personal en la gran empresa en la que trabajaba en la capital de la provincia. El vendedor de lotería puso mala cara y como dudando le dijo que ese era justamente el número de series que le quedaban y que eso “cómo podía ser”. Mi conocido le dijo que sí, que le compraba todas las series que le quedaran. El lotero volvió a repetir que eso “cómo podía ser”. Y vuelta a empezar: ni el lotero le daba las series, ni el otro podía responder a esa simple pregunta de que eso “cómo podía ser”, porque tampoco podía entender gran cosa.

Otro de los comensales, una mujer a la que llamaremos B, dijo que ella sí que lo entendía y que le había pasado algo parecido hacía unos días. Era la encargada de abastecer de alimentos a una gran institución de la zona, y personas de dicha institución le habían comentado que las últimas uvas que había comprado eran extraordinarias. Decidió pues dirigirse a uno de los hortelanos del pueblo, justamente aquel que le había vendido dicha uva exquisita y le pidió que le vendiera una determinada cantidad de kilos. El campesino había quedado dubitativo y le dijo que él no podía darle toda esa uva, pero que si quería, tenía dos hermanos que producían también uva y podían coger un poco de cada huerto hasta completar dicha cantidad. B se extrañó y le dijo que si él tenía esa cantidad que le demandaba, que le compraba toda la producción. El campesino le dijo que entonces qué podría vender él. B le comentó que no le haría falta vender nada, puesto que ya se lo habría vendido todo a ella. Pero eso no convenció al otro que rompió a sudar y tardó aún un rato en responder a B que no podía quedarse sin uva para vender, porque eso era su dignidad.

Pues eso, que para unos el trabajo es una condena, pero que para otros sigue siendo parte de su dignidad en la vida, a partir de la cual entran en relación social con los demás y sin la cual se encontrarían sin sentido. Que mientras animan a los vecinos a celebrar la Nochebuena, o venden lotería, o uva, o lo que sea, echan una parrafadita y quizá también un pitillo y una broma con sus convecinos; y que éstos saben que aquel con el que comparten la charla tiene tal o cual función en el gran montaje social. Y que aún hay lugares en los que ese “vamos a echar un ratito” —como se suele decir por el sur para referirse a los momentos de charla relajada— y esa dignidad de cada uno, valen más que vender toda la mercancía, por mucho que algunos se hayan cegado con el brillo del dinero en las últimas décadas.

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