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“El budismo no es ni una religión ni una filosofía sino un medio que consiste en dominar el espíritu con el fin de acceder a la armonía y, por compasión, ofrecérsela a los demás”.

De Henri Cartier-Bresson, tomada del muy interesante blog: http:/triffidos.tumblr.com

Esquizofrenias, Psicosis, su tratamiento… Un libro recomendable

Comentario del libro “Tratamientos de Esquizofrenias, Psicosis y otras Yerbas”, de Laura Lueiro y Sergio Rodríguez.

Psicosis, Esquizofrenia, Hitler, Paranoia “Tratamientos de Esquizofrenias, Psicosis y otras Yerbas” es el libro que acaban publicar Laura Lueiro y Sergio Rodríguez a través de Lugar Editorial. Como lo sugiere el título se trata de un trabajo eminentemente clínico en el cual los autores dan cuenta de su vasta experiencia en dicho campo. La variedad de casos, presentados con la lógica de quienes se han atrevido a navegar en la intensidad de transferencias turbulentas dan vida al trabajo teórico que no se relaja haciendo la plancha en lugares comunes. Centrándose en la enseñanza de Jacques Lacan y Sigmund Freud, los autores no son mezquinos con psicoanalistas agudos que han dejado su marca en ellos: Ferenczi, Abraham, Deutsch, Ulloa, Rodrigué y otros. Bleger ocupa un lugar especial, ya que la lectura que hace Sergio de “Simbiosis y ambigüedad” valiéndose del aparato conceptual lacaniano, al ubicar la lógica discursiva que determina dichos fenómenos es realmente aguda y novedosa.

Permite, entre otras cosas, analizar las psicosis como un objeto que va produciéndose transgeneracionalmente y trabajar los casos sin quedar atrapado en el encorsetamiento de las estructuras clínicas (neurosis, perversión y psicosis) como les sucede a algunos lacanianos.

Tampoco falta la lectura atenta de autores valiosos por fuera del psicoanálisis como el epistemólogo Gregory Bateson, el neurólogo Oliver Sacks y los neurobiólogos Eric Kandel y Antonio Damasio. Estos últimos permiten a los autores incurrir audazmente en un campo en el que pocos han ingresado y nadie lo ha hecho con tanta pertinencia: la articulación entre el psicoanálisis lacaniano y la neurobiología en un movimiento que enriquece a ambas disciplinas.

La lectura atenta y rigurosa del texto “Para un tratamiento posible de las psicosis” los guía en la explicación del funcionamiento paranoico donde la metáfora delirante es producto de la forclusión del nombre del padre. Y dando un paso más Rodríguez incursiona en un terreno en el que Lacan apenas dijo algo, proponiendo una hipótesis sólidamente fundamentada y ejemplificada: que en la esquizofrenia lo que está forcluido es la estructura significante. No se olvidan para ello de visitar uno de los capítulos, a mi juicio, fundamentales de la metapsicología freudiana: aquel en el que el maestro vienés articula la representación Cosa, la representación palabra y la representación objeto.

Tiene un lugar destacado a la hora de revisitar la clínica y la teoría dos de las herramientas más novedosas y eficaces dejadas por Lacan para el desarrollo de sus discípulos: los discursos y los nudos. Estas herramientas se destacan, a mi parecer, por acentuar la apertura del campo psicoanalítico, cuyo surco novedoso se abre camino entre la psicología y la sociología, haciendo estallar la falsedad del límite entre el individuo y la sociedad a lo que nos condenan las teorías deudoras de una topología esférica. Ni individuos formando sociedades ni sociedades determinando individuos. El agujero real que lalengua deposita en la cultura es trauma y llamado al sujeto, que determinado por las cadenas significantes que lo habitan se ve conminado a producir una respuesta desde el deseo inconciente y los goces que lo tensan.

Hitler y su articulación con el pueblo y la cultura alemana es un caso paradigmático que los psicoanalistas despejan con una sutileza encomiable. Otro famoso, esta vez de cabotaje, abordado también en el libro es el odontólogo Ricardo Barreda y su desestabilización paranoica.

Habiendo presentado las esquizofrenias y las paranoias no voy a dejar de mencionar otros fenómenos clínicos que se trabajan en el libro: melancolías, adicciones, suicidios, perversiones, uso de psicofármacos y otros que los clínicos “psi” se encuentran en su trabajo cotidiano.

Antes de terminar esta presentación y recomendar realmente éste libro quiero hacer referancia al último tópico señalado en el título: las Otras Yerbas.

¿Qué hace semejante sintagma en un título que comienza prometiendo “rigurosidad científica”? ¿es producto del relajamiento de los autores por efecto de haber fumado alguna yerba? ¿o aludirá acaso a una producción eminentemente argentina como es la yerba mate? ¿o será acaso que de cuestiones del “mate” de los seres hablantes se trata?

Pues estas otras yerbas son el quid de la cuestión de la clínica actual y futura que no deja de interrogar a quienes trabajan seriamente en el psicoanálisis y/o el campo de la salud mental.

Hace rato que se viene hablando, según la capilla a la que se pertenezca, de borderlines, locuras, pre-psicosis, trastornos límites, trastornos narcisistas, etc… También fenómenos nuevos en su intensidad y extensión como las adicciones, anorexias, bulimias, despersonalizaciones, etc.. cuestionan permanentemente la práctica y la teoría de quienes nos dedicamos al tratamiento de los efectos del malestar en la cultura. El aparente “fuera de lugar” del sintagma “Otras yerbas” indica el punto de fuga de cualquier teorización. Allí donde lo inclasificable e incalculable desbarata cualquier esquema se encuentra lo real de la vida, como lo llamaba Lacan. De nada sirve inventar nuevas clasificaciones, estructuras o trastornos que intenten suturar dicha brecha. Nutrirse de esa apertura real haciendo lo simbólico para producir nuevos imaginarios que enriquezcan la vida es el guante que recogieron los autores, en éste caso, para mejorar la práctica y la teoría psicoanalíticas. Gustosamente me arriesgo a sostener la apuesta de que la lectura de esta obra abrirá las mentes y espíritus de aquellos que la lleven a cabo.

Vía blog de Alejandro del Carril

Cruces entre psicoanálisis y neurobiología

presentación crucesDel blog de Alejandro del Carril:

Hace unos años un grupo de psicoanalistas convocados por Sergio Rodríguez nos lanzamos a investigar lo que venía pasando en la neurobiología. Sergio ya había empezado a desbrozar el camino entre tan intrincada maleza. Nos internamos en la huella trazada por él. Cada uno iba luego buscando y abriendo senderos por los que se sentía más a gusto. Cada tanto nos juntábamos alrededor de un fuego a intercambiar relatos sobre lo acontecido en cada viaje para volver a partir de nuevo. En el 2007 realizamos un seminario sobre los cruces entre psicoanálisis y neurobiología que se continuó en 2008 cruzando psicoanálisis y otras prácticas psicoterapéuticas y/o corporales. Este libro está armado sobre la base de las clases impartidas, en la primera parte de aquel seminario, por Miguel Calvano, Alejandro del Carril, Laura Lueiro, Carlos Názara, Cristina Oyarzábal, Sergio Rodríguez y Silvia Sisto. Invitamos a que participaran del mismo al psiquiatra Gabriel Brarda y al neurólogo Fernando Álvarez.

El cruce devino posible porque pudimos dejar los prejuicios en suspenso. La neurobiología actual como la presentan los que investigan y teorizan seriamente ya no es la que era. Eric Kandel y Antonio Damasio fueron nuestros principales referentes en ese campo. La nueva concepción de la plasticidad neuronal ha barrido con las teorías localizacionistas y con la creencia en una herencia genética inmodificable. Han podido comprobar lo que los psicoanalistas conjeturábamos: que la organización del sistema nervioso se produce gracias al intercambio con lo que ellos llaman el medio ambiente, fundamentalmente durante la primera infancia. También la importancia que tiene la adolescencia en la reconfiguración del mismo y las modificaciones que se dan en él debido a la producción de nuevas sinapsis llevadas a cabo gracias al desarrollo de espículas dendríticas a lo largo de toda la vida.
El lector podrá apreciar en este libro la mutua influencia permanente que existe entre el Otro y el hablante-ser: quienes cumplen la función materna y del nombre del padre, luego la cultura; los efectos que estos tienen sobre el cuerpo, a través de las zonas erógenas, organizando el funcionamiento del sistema nervioso; las respuestas del hablante-ser a ese gran Otro que lo interpela; los efectos de lalengua sobre el cuerpo y las posibilidades materiales que puede aportar o no el sistema nervioso para las producciones del sujeto del inconsciente y los efectos retroalimentadores de éstas producciones sobre aquél.
El cruce de conceptos como los de representaciones disposicionales (organización dinámica del cerebro) y marcador somático(influencia del cuerpo profundo en el pensamiento y la acción) de Damasio con el fantasma, la producción metafórica, la función de la letra como litoral entre simbólico e imaginario, los goces anudados borromeanamente, el deseo causado por el objeto a, entre otros, son una de las vías posibles para que psicoanalistas y neurobiólogos se animen a salir de sus respectivas tribus para encontrarse y desencontrarse en terrenos desconocidos que de lejos parecen inhóspitos y peligrosos. Dicha travesía augura un fructífero trabajo que permita repensar y actuar más eficazmente en las encrucijadas que la práctica clínica y la cultura nos presentan.

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“Dar por cierto el conocimiento del otro es ignorar que este presunto conocimiento es una mera proyección de nuestro yo. Suprimida esa proyección ocultante, el otro sólo puede ser percibido como esencialmente desconocido: la faz misteriosa del otro. Y, también, sólo en la medida en que es percibido como un misterio, puede el otro ofrecérsenos como fuente posible del conocer y del amar. Con el que yo así percibo como otro y con el que así como a otro a mí mismo me percibe puedo construir un mundo, una relación o un espacio de fluido intercambio de la diferencia con la diferencia. El misterio está en la diferencia misma; y, en ella, la raíz del conocimiento y del amor. Pensamiento, éste, que no traiciona su estirpe: la del pensar, la de la radical heterogeneidad del ser. Su naturaleza esencialmente dialógica”.

José Ángel Valente: Cuaderno de versiones, Ed. Galaxia Gutenberg, pág. 237.

La impudicia del capital (de ‘El tercer hombre’ a ‘Un dios salvaje’)

– Viena 1947, el novelista Holly Martins (Joseph Cotten) llega a la Viena dividida tras la guerra buscando a Harry Lime (Orson Welles), amigo de la infancia que le ha ofrecido trabajo. Al llegar se encuentra con que su amigo es perseguido ya que dirige el mercado negro de medicamentos que se adulteran para ganar más dinero, lo que ha producido la muerte a varios niños. Harry Lime pasa todo el film huyendo y escondido. No hay ninguna duda: Harry ha de esconderse porque lo que hace no sólo es ilegal, sino que su actividad repugna absolutamente a todos los personajes que con él se cruzan en la cinta. Tampoco creemos equivocarnos mucho si pensamos que repugna a todos los espectadores que desde hace más de sesenta años siguen viendo la película. Para eso el director de El tercer hombre, Carol Reed, ha hecho que los espectadores nos identifiquemos con el novelista que le persigue, incluso con la policía, es decir, con quienes le censuran.

– Nueva York, 2011, dos parejas se encuentran en la casa de una de ellas para solucionar el problema surgido entre sus hijos, uno de los cuales ha pegado al otro. Durante noventa minutos pasamos por situaciones hilarantes y también tremendas. Uno de los personajes, interpretado por Christoph Waltz, es un abogado cuyo móvil está sonando constantemente y que mantiene conversaciones con su bufete y clientes sin pudor ninguno. Una de las conversaciones la mantiene con un cliente, dirigente de un laboratorio que ha sacado un medicamento que se ha demostrado gravemente dañino para muchas personas. En cada conversación con dicho cliente su postura es clara: hay que enfocar las cosas en los medios de comunicación de modo tal que el laboratorio pueda seguir vendiendo el medicamento sin problemas. Lo más curioso del tema es que el abogado puede hablar prácticamente sin pudor delante de las otras tres personas presentes que tampoco parecen inmutarse en exceso.

¿Cuál es entonces la diferencia entre ambos filmes? Desde luego la obra maestra del cine británico no puede compararse al film de Polanski, por bueno que éste sea. Además, hay un tema común: siempre habrá desalmados a quienes no preocupe dañar la salud de los demás con tal de no perder ni un dólar de beneficio.

La diferencia está en que en El tercer hombre dicha actividad está “reprimida”; reprimida en todos los sentidos, por un lado el policial, es decir que se persigue por la ley y, por otro, censurado por las personas de bien que en algún punto del proceso de su educación, se prohibieron a sí mismas ese tipo de actividades y ha llegado un momento en que incluso les repugna a su moral personal, pudiendo llegar a sostener que no se trata de ganar más dinero a cualquier precio. Y porque esta actividad está “reprimida”, Harry es el malo de la historia.

Sin embargo en Un dios salvaje, vemos cómo la sociedad occidental ha sacado de las sombras de la represión comportamientos francamente delictivos en un  “todovalismo” posmoderno, de modo que cualquier delincuente puede hablar de sus fechorías en la casa de personas de bien, sin que a nadie le tiemble el pulso o sin que se le quede la cara de horror que se le quedó en El tercer hombre al personaje interpretado por Joseph Cotten cuando le contó la policía a qué actividades se dedicaba su viejo amigo Harry.

Por eso en Un dios salvaje, el abogado no es el malo. Curiosamente el malo viene a ser el niño que ha pegado al otro, cuando en realidad al final del film se ve en una escena a ambos niños reconciliarse. Ahí está claro que Polanski no se moja en absoluto desde el punto de vista moral, cosa que sí hizo Carol Reed, y no nos invita a identificarnos con ninguno de los personajes.

Quizá este último film nos muestra las grandes, las inmensas tragaderas que tiene occidente que incluso llega a borrar las fronteras entre lo que está bien y lo que está francamente mal.

Más sobre anorexia y bulimia

“¡Hay que terminar con todos estos lugares comunes sobre ‘las anoréxicas’ que rechazan el mundo mientas que ‘las bulímicas’ cederían voluntariamente ante el magma de las pulsiones! No hay ‘las anoréxicas’ por un lado y ‘las bulímicas’ por el otro, sino una multitud de personas que utilizan el alimento para decir algo. Que no saben muy bien cómo y cuándo ‘abrirse’ o ‘cerrarse’ al mundo”. (pág. 110)

“Nada cambia si no conseguimos dar un sentido a nuestro problema y a integrarlo en nuestra vida. Para encontrar la fuerza de volver a empezar. Para renunciar al sufrimiento cuando es tan difícil puesto que es lo que mejor se conoce. Y ‘curarse… como oímos que nos repiten. Pero ¿curar de qué realmente? Porque no hay nada que reparar, que normalizar. Sólo hay que abrirse a la alegría de vivir y dejar de pensar que todo es un ‘peso’. Sólo hay que comprender que no es tanto el ‘síntoma’ lo que hace sufrir sino el sufrimiento lo que se convierte en síntoma. (…) Incluso si las heridas no se borran nunca. Incluso si esta falla profunda sobre la que he reconstruido el mundo permanece tras los pliegues de la existencia… El vacío puede abrirse en cualquier momento como un abismo. A menudo puedo sentir que todo se hunde. Que la tristeza a veces es de nuevo inconsolable. Pero eso forma parte de la vida. Le ocurre a todo el mundo, incluso a quienes no quieren admitirlo y se lanzan al torbellino del ‘hacer’ para pensar en otra cosa. La diferencia está ahí, basta con saberlo. Y parar de ‘hacer’ para evitar ‘sentir’. No pretender ya más que todo va bien… que el sufrimiento era inevitable… que eso no les ocurre a los demás. De todos modos, la interioridad acaba siempre por atraparnos y no deja a nadie a salvo”. pág 113

Michella Marzano: Legère comme un papillon, Grasset 2012.

Mystic River – Clint Eastwood 2003

Mystic River es dura, intensa, llena de matices y de profundidad. Clint Eastwood se atreve aquí con el tema de los abusos a menores y las consecuencias traumáticas que este hecho tiene para la mente de un niño, incapaz aún para elaborar simbólicamente la invasión de la sexualidad adulta en su vida, hecho comparado por algunos con un “asesinato del alma”.

Pero no sólo habla de esto; también de la ética más allá de las leyes escritas, de pactos traicionados y pactos sostenidos, de los fantasmas personales como cristales turbios que conforman una realidad personal y, más en filigrana, de cómo los pequeños hechos de dicha realidad son capaces de torcer cualquier programa que uno pudiera hacer sobre su vida futura.

El film empieza con una pelota que, lanzada por algún niño, se cuela por una alcantarilla. Magnífica metáfora de lo que ocurre con la infancia de los niños cuando los adultos los invaden, los aplastan con su sexualidad de adultos. Inicio que se abrocha con la última frase y la última imagen del film: “La última vez que vi a Dave fue yéndose en ese coche”.

Son tres amigos de unos diez años los que juegan en la calle: Dave Boyle, el abusado, se convertirá en un adulto como un gran peluche que nos deja ver que algo de la infancia quedó bloqueado. Su papel lo hace Tim Robbins que consigue un aspecto de niño grande, desarticulado y triste. Con el tiempo, Jimmy Markum (Sean Penn) se hará delincuente, aunque se reformará al encontrar el amor. El tercer amigo, Sean Devine (Kevin Bacon), se hará policía, quizás buscando un escudo para evitar que le sucediera lo que a su amigo Dave.

La inteligencia con la que trata el guión el tema espinoso de los abusos a niños, volvemos a verla cuando Jimmy se refiere a cómo dichos abusos interrumpen la progresiva maduración sexual, diciendo que su primera mujer era muy brava hasta el punto de que pocos chicos se atrevían a acercarse a ella, y que si él hubiese subido en aquel coche —en el que obligaron a subir a su amigo Dave— nunca se hubiera atrevido a abordarla, es decir, a dar pruebas de su virilidad. Hoy en día vemos a muchos jóvenes que son capaces de decir a las chicas muchas cosas en los chat, pero que se inhiben de hacerlo en persona, es decir, en el momento de dar una prueba de virilidad.

Otro de los puntos que más me interesa en Mystic River, es las referencias que hace a lo difícil que es escuchar. Veamos algunas:

  •  Cuando Dave está contando a su mujer lo que le ocurrió de niño, ésta le interrumpe diciendo “¡Pero eso fue cuando eras pequeño!” y él le responde “¿Es que no puedo contar lo que ha pasado?” Y seguidamente dice: “Uno se siente muy solo cuando le hacen daño”; y yo añadiría: y cuando el otro no nos puede escuchar se redobla la soledad.
  • Jimmy intenta hablar en la escena del río, al final; contar a los hermanos Savage el drama que estaba en el origen de todo aquello que estaban viviendo. Sin embargo aquellos hombres que hacían honor a su apellido siendo los más duros del pueblo, no le dejan hablar: aquello es demasiado duro para sus oídos.
  • Otra manera de no tener que escuchar, es cuando el poli negro dice que el asesino de la hija de Jimmy tiene que ser Dave, ya que da el perfil: blanco, de treinta y tantos años y abusado de niño. Esa manera de no escuchar, es muy frecuente hoy en día. Se trata de una pretendida búsqueda de objetividad y cientificismo que consiste en encontrar los perfiles, y a partir de ahí dejar de escuchar a las personas y de seguir haciéndose preguntas. Por eso a los psicólogos todo el mundo nos pregunta: “¿Cuál es el perfil del hombre maltratador?”, o bien “¿Cuál es el perfil del niño que sufre acoso?”; y si se lo contestara, se quedarían tan anchos, en lugar de escuchar uno por uno a las personas que les pasa eso, para aprender más acerca de lo singular.

Esta película, como otras de Clint Eastwood, rebosa de espíritu yanqui. Por eso, en el fondo, hay una gran desconfianza hacia la ley escrita, y la gente se toma la justicia por su mano, lo que parece bastante consensuado entre todos. La esposa de Jimmy hace todo un discurso en el que si por un lado es impecable en su papel de esposa que sostiene la actuación de su marido en lugar de criticarle, por otro vemos bien que hace toda una apología de la ley no escrita para resolver los problemas.

Terminaré con mis preguntas a propósito del comportamiento de otra de las esposas del film: la esposa de Dave, quien denuncia a su marido justamente a Jimmy quien de seguro iba a matarle, en lugar de denunciarle a la policía si es que ella creía de verdad que lo había hecho él. No podemos saber qué le pasó por la cabeza a esta mujer, porque esto es un guión de cine. Si fuera una historia de la vida real, yo me preguntaría en qué fantasmagoría comienza a meterse esta persona a partir de saber que han matado a la hija de Jimmy y hacerse ella la fantasía de que ha sido su propio marido quien la ha asesinado. ¿Acaso se identificó ella con la víctima porque le hubiera gustado tener un marido más viril?