“Dar por cierto el conocimiento del otro es ignorar que este presunto conocimiento es una mera proyección de nuestro yo. Suprimida esa proyección ocultante, el otro sólo puede ser percibido como esencialmente desconocido: la faz misteriosa del otro. Y, también, sólo en la medida en que es percibido como un misterio, puede el otro ofrecérsenos como fuente posible del conocer y del amar. Con el que yo así percibo como otro y con el que así como a otro a mí mismo me percibe puedo construir un mundo, una relación o un espacio de fluido intercambio de la diferencia con la diferencia. El misterio está en la diferencia misma; y, en ella, la raíz del conocimiento y del amor. Pensamiento, éste, que no traiciona su estirpe: la del pensar, la de la radical heterogeneidad del ser. Su naturaleza esencialmente dialógica”.

José Ángel Valente: Cuaderno de versiones, Ed. Galaxia Gutenberg, pág. 237.

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