El amor según Hanecke

La película, como dice Luis Revenga (@LRevenga ), es puro desenlace. Desenlace que se anuncia desde el inicio pero cuyo momento definitivo parece no llegar nunca. No hay un solo golpe bajo, y el primer 90% del film sólo contiene una metáfora, lo que lo hace inquietante; es la metáfora del grifo abierto. Por lo demás el film es casi pura metonimia, pura realidad, transcurso de la vida que corre y se escapa, igual que el agua que fluye del grifo sin que nadie le ponga un tope, siendo el tope de la metáfora lo que permite respirar a los seres pensantes.

Antes de que la esposa caiga enferma, viene a visitarles el pianista, ahora famoso, y que fue su alumno de piano. El joven les ofrece regalarles el disco del concierto, pero la mujer lo rechaza; tampoco quiere que su marido lo compre. ¿Qué significa esa negativa? ¿Es una manera de anticipar el final, un modo melancólico de empezar a cerrar la vida? Ella empieza también a hacer caer los semblantes, por eso ya no está dispuesta a aguantar al yerno. Sic transit gloria mundi.

No nos gusta la metáfora de la paloma; no está a la altura de Hanecke, a no ser que en el guión aparezca como alucinación y, en ese caso, no esté bien construido fílmicamente. Sí nos gusta la de la postal llena de estrellitas que él le envía de niño a su madre pidiéndole que lo rescate del campamento. Al relatar este recuerdo que la esposa dice no haber escuchado nunca, se materializa aun más ese real de la falta de auxilio para él, que ha decidido esclavizarse a esa mujer que tanto sufre y que no quiere seguir viva. Ese real de la soledad absoluta, puesto que en algunos momentos de la vida y frente a lo real, ya no hay quien nos rescate.

Desde el estreno del film, asistimos a numerosas discusiones, desde los partidarios de ese tipo de final para quien sufre, a quien piensa que Hanecke es un psicópata que busca para sus personajes salidas fáciles. Por eso nos parece lo mejor salirnos un poco de lo que el director nos cuenta, para tratar a los personajes como si fueran vecinos nuestros frente a los que pensamos qué haríamos nosotros en su lugar.

Hemos de partir de la base de que la esposa no quiere de ningún modo seguir vegetando —que eso no es vivir— y sufriendo de ese modo. Lo sabemos porque en primer lugar lo dice explícitamente: “prométeme que no me llevarás a un hospital”; después, mientras puede mover la silla de ruedas, intenta tirarse por la ventana. Cuando ya no puede moverse se niega a comer y a beber para poder morir.

OPCIÓN 1: Que hicieran lo que dice la hija, es decir, que la madre vaya a una residencia asistida donde el marido podría ir en las horas de visita. Desde el punto de vista de la higiene es estupendo. Hay dos problemas. El primero es que supondría considerar a esa señora como un objeto ya que no se le permitiría decidir sobre su vida, y ese es un tipo de violencia que se suele ejercer con los débiles, ancianos y niños. El segundo es que el marido no sabe qué hacer con su vida sin su mujer y necesita tiempo para tomar una decisión, sabiendo que tiene una edad en la que no le queda mucho por delante. Esta es la opción que adoptaría cualquier persona moderna: la muerte hay que alejarla de los territorios de lo vivo para que no incordie y no nos recuerde adónde va a parar la gloria del mundo.

OPCIÓN 2: Si el marido hubiera querido respetar la voluntad de su mujer (lo hizo) y la cabeza pudiera funcionarle bien aunque su mujer esté tan mal, habría llamado a una de las asociaciones que hay de muerte digna, donde no sólo se acompaña al moribundo con química, sino también con palabras, y también al familiar que queda.

OPCIÓN 3: Es la que Hanecke nos cuenta. El marido no puede superar que su compañera de tantos años se venga abajo y, mientras se esclaviza más allá de sus fuerzas físicas y psíquicas al cuidado de su mujer, se va dando tiempo para concluir, tiempo que en él se eterniza más allá de lo sensato, incluso patológicamente. Al mismo tiempo eso le hace sufrir más al darse cuenta, por un lado del sufrimiento de su esposa, y por otro, al haberse condenado a la soledad de peor rostro. Más tiempo, más tiempo: el precintar todas las rendijas del dormitorio, del que ha dejado la ventana abierta, servirán para prolongar un poco el tiempo de poder quedarse en la casa para comprender y decidir cuál será la conclusión para él. Es una opción melancólica.

Todo el mundo conoce personas que se han consagrado a su pareja u otro familiar enfermos y que lo han hecho por amor. Algunos lo hacen con alegría porque mantienen mientras tanto su vida social y tienen hijos, nietos, amigos que les arropan como pueden en esa situación. Esos familiares vienen a decirles: tu decisión sacrificada tiene sentido en nuestro mundo. Pero en el film estamos fuera del ámbito de la familia mediterránea. Aunque transcurra en Paris, no olvidemos que el director es alemán y esas relaciones que vemos entre la hija y sus padres nos habla más de la frialdad de la familia protestante que de la calidez del sur de Europa. La amabilidad de los porteros españoles y su entrega solidaria, no hace sino subrayar la falta de calor familiar.

LA HIJA: Muy interesante la conversación última entre padre e hija. La hija —muy de hoy— se empeña, como la mayoría de los hijos, en llevar a sus padres a una vida mejor a latigazos. Lo que no quita cierta sensatez en sus palabras (al mostrarle que él no es omnipotente), aunque mal expresada. Pero el padre —que sólo en ese momento del film parece tenerlos bien puestos— sabe ponerla contra las cuerdas: ¿Estás dispuesta a ocuparte de ella? En ese caso comprométete con tus palabras y, si no, te callas. Gran momento de un director psicoanalizado.

La hija quiere una casa en el centro de Paris, ¡nada menos! Y la madre en su media lengua le dice que esa es la casa de la abuela y que podrá quedársela cuando ella muera. Pero la hija no puede comprenderla porque para eso es necesario acompañar más a la gente que no habla bien. Al final consigue la casa y es tremenda esa imagen de la hija cuando llega sola a la casa desierta y se sienta desolada.

Muy interesante el cotejo a que nos obliga Hanecke entre el compromiso de alguien con una persona a la que ama (aunque aquí lo lleve a cabo de manera patológica), y el cinismo de la hija que está dispuesta a aguantar situaciones de infidelidad pública y continuada de su marido para poder mantener su estatus.

LA CONCLUSIÓN: Tras unos días en la casa, el marido ha tomado una decisión y puede salir de ella. Lo vemos vacilante hasta que una ¿alucinación, fantasía? de su mujer, le dice que se ponga el abrigo para salir. A partir de ahí, Hanecke no nos cuenta más sobre el marido. Y nos da igual. Era otra cosa lo que estaba en juego en el film.

 

 

 

 

 

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Psicoanálisis y felicidad

El psicoanálisis no es una disciplina de la felicidad, pero tampoco una cultura de la infelicidad. Un psicoanálisis es lo que permite “al sujeto situarse en una posición tal que las cosas, misteriosamente y casi milagrosamente, le salen bien, las toma por el lado bueno”. Lleva su tiempo poder elegir este lugar, poder abandonar aquel en el que uno está siendo golpeado. ¿Por qué tendría que gustarle a nadie seguir siendo golpeado?

Cita de Lacan del Seminario de la Ética, dentro de un texto de Marie-Jose Latour en la revista L’en-je lacanien, érès 2012.

Cómo fastidiarte la vida si eres mujer-1

Al igual que ocurre con los hombres, es infinita la variedad de oportunidades que una mujer encuentra para fastidiarse la vida. De todas ellas vamos a seleccionar la que tiene que ver con la relación de una mujer con su hombre. Veamos.

Enamórate de alguien que desde el primer momento has dudado de si es o no trigo limpio. Culpabilízate por pensar algo así de un ser tan divino. Paga la penitencia siendo extremadamente amable con él y sus cuitas. A partir de ahí:

Vete a vivir con él, con o sin papeles, aunque él aún no ha terminado ese master que no duda que le hará triunfar. Renuncia a hacer tu master o posponlo para cuando él termine sus estudios, ya que es necesario que en casa entre dinero. Demuestra que puedes con todo y que no eres melindrosa ni se te caen los anillos. Trabaja como una posesa en ese trabajo de categoría inferior a tus posibilidades, esperando que llegue tu momento. Trabaja como dos posesas al llegar a casa: limpia, friega, cocina, vete a ver a su madre y haz la declaración de la renta y las gestiones para que él no tenga que perder ni un minuto de su estudio. Haz el amor en cualquier forma, momento y situación; lo importante es que él suelte tensión. Ya volverás a disfrutarlo más adelante cuando no estés tan cansada.

¡Cómo!, ¿que él se ha enrollado con la hija del dueño de la escuela de negocios donde hacía su máster? Compréndelo, tú te has dejado mucho y ella y su padre tienen tantas posibilidades…

Dedica un par de años o tres a quejarte con las amigas solteras de cómo son los hombres y sigue esperando que sean ellos los que cambien…

Cómo fastidiarte la vida si eres hombre-1

No pretendemos exagerar, pero la verdad es que hay infinitas maneras de fastidiarse la vida, y además el ser humano parece tener una tozudez especial para insistir en acciones que ya sabe que lo van a dañar. Freud llamaba a esta insistencia Tánatos, o pulsión de muerte.

Sin embargo, seguro que hay personas de lo más saludables que una vez que han recibido un daño de alguien, no vuelven a insistir por ese camino y, de ese modo, evitan que les vuelvan a pegar en el mismo carrillo. Debe de haberlas, vamos. Digo yo. En fin, sería deseable y esperanzador que los bebés, en lugar de venir con un pan debajo del brazo, vinieran con un escudo psíquico para poder luchar contra su propia pulsión de muerte.

De hecho, las personas que han pasado por un proceso de psicoanálisis y que han conseguido llevarlo hasta el final, saben bien de esta contumacia psíquica, de esta testarudez en volver a colocarse en posición de recibir un daño, y ¡a veces incluso recibirlo de la misma persona que lo recibieron antes! El psicoanálisis les permite no engañarse de nuevo y encontrar sus propias fuerzas para salir de esa posición nefasta.

Pero hay una manera de fastidiarse la vida que es común a las personas de sexo masculino. En esto también hay diferencias entre los sexos.

Si eres hombre la cosa está clara: encuentra un trabajo con un jefe amable, quiérelo, trabaja como un burro para merecer su aprecio, considéralo como un padre para ti… a partir de ese momento estás perdido. Sigue trabajando como un burro, hiere de muerte tu vida de pareja o familiar, ten palpitaciones a media mañana, a media tarde, disfruta de las horribles consecuencias de comer basura a diario, empieza a trabajar también con alguna cosilla que te llevas a casa los fines de semana, sigue recibiendo los parabienes de ese que es como un padre para ti, comprende que él tiene ahora otro trabajo y que la empresa la tienes que llevar tú adelante aunque cobréis los dos. Demuéstrale que puedes llevarla tú solo, déjale que él trabaje en la otra empresa, es decir, que cobre de dos sitios aunque sólo trabaje en uno, y conténtate con la palmadita que te dará en el hombro. A su vuelta verá que no hay trabajo para los dos, tendrás que comprender que te eche con una buena patada y se quede con los frutos de lo que tú has trabajado.

¿Y por qué un hombre tendría que esclavizarse ante otro al que pone en posición paterna? ¿Seguro que la deuda a pagar al padre es esa?