Supervivencia

“Nuestra existencia es un hecho tan grave, que no sólo no queremos, sino que tampoco podemos arrostrarlo, creo yo. Admiro (…) nuestra ignorancia, nuestra fragilidad, nuestra caducidad, nuestra inconcebible osadía (¿o será impotencia?), que nos lleva a atrevernos a vivir”[1].

Toda la teoría de Freud está llena de indicaciones sobre el hecho de que la renuncia a lo pulsional y el progreso en la vida intelectual y del espíritu es lo que nos hace humanos. También decía que nuestra subjetividad tiene tendencia a quedar fijada en el dolor, en lo traumático; conclusión a la que llegó tras el estudio de tres fenómenos dispares:

–         La repetición de lo “malo” en los juegos infantiles,

–         Los sueños traumáticos: cualquiera que haya sufrido un acontecimiento con efectos traumáticos, repite después en sus pesadillas éste u otro acontecimiento similar lo que, según él, permite enlazar lo traumatizante con otras ideas e ir diluyendo en el pensamiento su efecto perturbador.

–         El ir y una y otra vez por la vida repitiendo relaciones o acontecimientos dañinos, o simplemente el tratarse mal uno mismo haciendo malas elecciones y fastidiándose las cosas, lo que suele llamarse repetición neurótica, que encuentra su fuente en la pulsión de muerte o Tánatos, piedra angular de la teoría freudiana.

En la vida de un ser humano se producen varias veces hechos o emociones que le dejan sin palabras, o como se suele decir, son acontecimientos traumáticos (aunque se suele decir así, lo traumático no es el hecho, sino el efecto que produce en unos sí y en otros no). Un trauma se produce cuando un acontecimiento ha sido de una intensidad excesiva para la subjetividad de una persona, que en general se produce cuando no ha tenido tiempo para prepararse, para “hacerse a la idea”. El trauma es entonces una especie de colapso de ideas y emociones que no pueden derivarse a través de la palabra y el pensamiento, por lo tanto no pueden elaborarse intelectualmente en el momento de ocurrir aunque sí más adelante y que, en consecuencia, son productoras de angustia. Y paradójicamente es tan fuerte para la subjetividad esa situación traumatizante, que a veces la persona decide pasarse la vida buscando una emoción similar, aunque la haga sufrir; claro que el sufrimiento es consciente, pero inconscientemente se promueve un goce muy intenso. Por eso muchas personas quedan atrapadas en el dolor y el auto maltrato… la subjetividad funciona así. Como dice Mirta Goldstein[2]:

 “La búsqueda de una correspondencia estricta entre memoria y verdad puede desviarse hacia el crimen debido a una especie pasional del amor por la verdad que se ajusta al calificativo de caníbal, un amor que engulle toda la verdad, con lo cual se asemeja al odio y destruye. Cuando dejamos de lado una cuestión ideal respecto de ambas, o sea, que desidealizamos el sentido absoluto otorgado a la verdad y la memoria hallamos, como dice Lacan, las variedades de la verdad, es decir, una verdad plural con por lo menos dos consecuencias: hacer posible el no olvidar en un sentido histórico, y sostener un sujeto de las verdades olvidadas que retornan parcialmente y de a poco, y a las cuales el sujeto del trauma desea desgastar en el tiempo, desea desgastar el dolor psíquico con tiempo. Ese tiempo le es arrebatado al hombre cuando los sucesos del mal irrumpen y arrasan con la subjetividad y con los cuerpos; las variedades del mal devastan por su tragedia más que por su dramatismo, por sus excesos reales más que por sus ficciones, excesos que suspenden la dimensión del paso a paso que el duelo requiere para elaborar lo sufrido y lo perdido”.

También algunas personas ante situaciones difíciles tienden a abandonarse, o bien quedan bloqueadas por el miedo al hundimiento psíquico y deciden entonces hacerse seguidores de otro. “La supervivencia radicaliza la intrincación de los registros corporal, relacional y psíquico que caracteriza la confrontación con la dependencia vital frente al otro, para existir y sentirse existir[3].

Sin embargo hay personas que ante estas fortísimas emociones que dañan, cuentan con herramientas psíquicas que les permiten desarrollar estrategias que les ayudan a superarlas. Son personas que, sin necesidad de olvidar, desarrollan una apuesta por la vida que les hace volver a tener deseo por las cosas, consiguen mantener un ideal, o un objetivo que alcanzar fuera de ellos y hacia el cual se proyectan, que es lo que les da alegría y les ayuda a vivir. Pero para ello lo primero que tendrán que hacer es salir de la posición de victima.

En efecto, el victimario cosifica a la víctima y ésta, ante eso, tiene dos recursos: aceptar la cosificación como manera de alargar el tiempo hasta poder escapar, cuando la relación dura como en los campos (e incluso encontramos tanto en los testimonios como en la literatura o en el cine, víctimas que llegan a enamorarse de su carcelario como modo inconsciente de sobrevivir[4]), pero también poder salir de la identificación con esa posición de víctima. Por un lado porque una víctima es una “cosa” y una cosa pronto puede ser reemplazada por otra “cosa” y por lo tanto morir. Y también porque a la hora de hacerse reconocer por los demás una vez fuera de esa situación traumática, algunas personas se sienten más cómodas en esta posición de víctima que en la de quien tiene que esforzarse por salir adelante.

En efecto, como señala Mirta Goldstein[5]:

Voy a considerar sobreviviente a todo aquel que pudo hacer algo con la experiencia real traumática para salir de la posición de víctima, y víctima a aquel que no ha encontrado ninguna elaboración psíquica supletoria al horror padecido, luego ha perdido la memoria“.

Y también[6]:

La víctima se construye en algún discurso; el sobreviviente deconstruye la “posición de víctima” para no quedar enajenado en ella o continuar siendo “objeto” de la victimización“.

Hay condiciones básicas que promueven una mayor generosidad en algunas personas y que les hace estar también mejor preparadas para la adversidad. Quizá la más importante nos parezca el haber tenido una infancia tranquila. Obsérvese que no decimos infancia feliz porque eso no existe, aunque la capacidad para reprimir de los seres humanos haga que se olvide todo lo oscuro y en el recuerdo sólo queden las alegrías. Pero no es lo mismo haber sido querido y deseado por los padres que no haberlo sido. No es lo mismo haber sido aceptado con el sexo que se nació que no haberlo sido. Y cuando no se ha sido querido, no es lo mismo haber tenido una familia extensa de hermanos, abuelos, tíos, etc que haya podido dulcificar de algún modo esa falta de amor de los padres, o no haberla tenido. El amor que un niño o una niña reciben, los dota de seguridad en sí mismos, de fe en el futuro y de confianza en que van a superar los problemas y harán frente a lo que venga, lo que es lo mismo que ser capaz de generar, en su momento, estrategias de supervivencia.

Aun así, encontramos reflexiones que ponen límites a esto: “Pero de dónde provienen estos valores si todos a mi alrededor los niegan? ¿De dónde mana nuestra confianza en tales valores, si en la vida cotidiana sólo encontramos su negación? Confianza quiere decir en este caso que uno basa la vida en estos valores y se queda luego solo con ellos (…)”[7].

¿Cuáles son los modos que emplea el ser humano en situación de máximo peligro para su supervivencia? Empezaremos por decir aquello de lo que no vamos a hablar. En efecto, no son esas estrategias que los yanquis han reducido a “qué hacer en caso de holocausto nuclear”, o a uno de esos estúpidos reality show de supervivientes de lujo en los que, como aceptamos que el hombre es un lobo para el hombre, pues vamos a ser nosotros más lobos que nadie.

Tomamos de la interlocución con Ricardo Grinberg que habría dos tipos de estrategia: una que habría que desarrollar ante el amo (la prisión, el campo), es decir, en una relación durable en el tiempo. La otra sería ante el recuerdo (de un atentado, una violación, o tras la liberación del campo o el final de una guerra).

En el primer caso se trata de salvar la vida (lo psíquico es una herramienta más, junto con la salud o la rapidez en tomar decisiones, por ejemplo) y en el segundo, se trata de salvar la propia humanidad  (y ahí el trabajo de y con lo psíquico es esencial).

Hablaremos en primer lugar de los elementos que han de darse en la subjetividad de un ser humano para ser capaz de generar estrategias para sobrevivir, nos detendremos en un modo particular de sobrevivir como es la escritura, el testimonio, y dejaremos para el final los comentarios acerca de la supervivencia de lo humano.

Por estrategia de supervivencia entendemos aquí los pensamientos organizados que conducen:

  • a darse una explicación, una razón coherente del porqué se ha producido determinado hecho traumático que permita prever y protegerse de algún otro en el futuro,
  • a implementar las acciones necesarias para poner a salvo la propia vida y proyectarse en el futuro, teniendo o no en cuenta ciertos parámetros simbólicos. Decimos esto último porque en cierto sentido es tan estrategia de supervivencia que alguien esconda el alimento para que nadie pueda robárselo, como el organizarse para que todo el mundo pueda comer un poco. Sin embargo, tendemos a pensar que a los que están dotados de una ideología o de una fe y tienden a buscar soluciones colectivas, se les supone disponer de capacidades simbólicas que les van a facilitar las salidas, más que a los que responden siempre egoístamente.

¿Qué nos han enseñado las mujeres y los hombres que han vivido experiencias enormemente traumáticas pero que han sabido construir algo para el futuro mientras duraba el horror y después? ¿Y cómo está conformada la subjetividad de quienes son capaces de generar métodos para sobrevivir?

No se pretende dar aquí una lista exhaustiva de estrategias de supervivencia que, por otro lado, sería tan extensa como el número de habitantes de la tierra. Se trata sólo de intentar alimentar algunas reflexiones y de lanzarlas a ver si germinan y cómo vuelven.

En cualquier caso, sí que podemos intentar definir algunas características de la subjetividad de las personas que favorecerían por un lado la no identificación con la posición de la víctima y por otro que les haría más fácil no sólo no abandonarse sino incluso sobrevivir.

1. La fortaleza de pensamiento o entereza

No nos resulta interesante el término de resiliencia —últimamente puesto de moda en este intento de convertir al ser humano en un resultado de la combinación de esencias bioquímicas—, que quiere expresar o explicar la capacidad de algunos seres humanos para recuperarse más rápidamente de las experiencias negativas, ya que dicho término lleva a pensar en esta posibilidad como innata y debida a una cualidad del sistema nervioso, dejando fuera las condiciones afectivas, sociales y culturales que han sido el caldo en el que un sujeto se ha cocinado, así como el deseo subjetivo. Finalmente, pensamos que la resiliencia consiste en la mayor posibilidad para hacer los duelos en unas personas que en otras. Y para calificar esto, preferimos un término como “entereza” que habla más del sujeto y del proceso mediante el cual se ha ido formando, de su disposición a no ceder en el momento de desear y de su fortaleza para sostenerse ante las dificultades. Por supuesto, para un psicoanalista, esta mayor facilidad para hacer los duelos tendrá que ver con una ‘Metáfora del nombre del padre’ bien construida y ésta a su vez, con una represión lograda, lo que es lo mismo que decir que hacen mejor los duelos las personas que han abandonado por completo la infancia.

Salvo en algunos casos en que la posibilidad de la supervivencia pasa, paradójicamente, por un descreimiento y una desconfianza total en el ser humano —tal como veremos más adelante en personas que han hecho una escritura de sí descarnada (en particular los testimonios de Imre Kértesz y de Elie Wiesel)—, las estrategias de supervivencia suponen en general que se tiene una confianza en el mundo y en el ser humano. Sin esa confianza es muy difícil vivir, aunque no imposible, como hemos podido comprobar en testimonios como los citados. Supone, como dijimos al inicio del trabajo, que se tiene un ideal, un punto último de creencia que se convierte en la metáfora del sujeto. Lo veremos más adelante.

Dicha confianza dota a los seres que la poseen de un sentimiento de tener la razón y de que van a hacer frente a lo que venga por negativo que sea. En relación con esto podemos relatar una anécdota. En los días posteriores al 11-S y en medio de los discursos sobre los ejes del mal y las fuerzas diabólicas —que fue la explicación ofrecida por el poder de las barras y las estrellas, una batería de significantes con la que se quiso dar una explicación de lo ocurrido, aunque fuera manipulada y del orden del delirio, para tranquilizar a quienes habían sido víctimas directa o indirectamente del atentado—, escuchamos a una persona adulta preguntar a otra qué haría si se desencadenaba una guerra nuclear —seguramente esperando que esa persona le contaría las varias estrategias de supervivencia que tenía preparadas—, a lo que la otra persona respondió: “intentar arreglármelas”. Vemos ahí una confianza no ya en que se va a saber qué hacer, sino en saber que siempre se hará algo y que ese algo será lo más adecuado posible a las circunstancias. Pero no todas las personas reaccionan así, sino buscando protección en otros a los que creen más sabios, lo que les debilita, por suponer un abandono de las propias fuerzas y el propio pensamiento.

Estas personas que confían en su capacidad para arreglárselas, suelen también tener mucha curiosidad por las cosas, es decir, DESEO, y ese deseo en lugar de hacerles creer que poseen un objeto que hay que atesorar, es como si dieran por hecho que el objeto que interesa siempre está fuera de ellos y más allá de lo que se puede obtener, es decir que es inalcanzable, lo que les sirve de palanca para ir hacia él sin intentar atesorarlo. Este movimiento es el mismo que lleva a hacer proyectos para el futuro que es un signo más de fortaleza de pensamiento y una buena base para lograr sobrevivir.

El lazo social es otra buena muleta para seguir adelante, ese sentirse formando parte de un colectivo o bien al que se ama, o bien con quien se comparte ideales. En este sentido, en toda la historia de la humanidad encontramos que ante acontecimientos luctuosos, pero también celebraciones, se procura acompañar a las personas a quienes les toca vivirlos. Si leemos las memorias de Isak Dinesen en “Lejos de África”, vemos cómo cuando moría alguien de una de las tribus de Kenia, los familiares viajaban para acompañar a los parientes desde todos los puntos del país, tardando a veces varios días teniendo en cuenta que hablamos de los inicios del siglo XX. Luego se quedaban allí varios meses practicando rituales y celebraciones, pero sobre todo acompañando a los familiares del finado hasta que estos podían encaminar su duelo. También se hace en una boda, desplazándose parientes y amigos desde todos los rincones de un país para acompañar a los nuevos esposos que están a punto de atravesar una frontera. Parece que es para el atravesamiento de fronteras como el nacimiento, el casamiento o la muerte, para lo que se necesita de la compañía y testimonio de otros seres humanos. No es raro teniendo en cuenta que sexo y muerte, amor y destrucción, son los dos ejes en torno a los que gira la vida de un ser humano.

Por otro lado, es necesaria una gran entereza para soportar daños físicos —sobre todo los intencionales—, abusos y sevicias sexuales. Hemos podido comprobar cómo algunas personas sometidas a dichos horrores, utilizan como estrategia un desdoblamiento, una separación entre el cuerpo y la subjetividad que les permite pensar que eso que les hacen se lo hacen sólo a su cuerpo, pero no a ellas. Tiene que ver con una preservación de la intimidad para resistir: “A partir de la resistencia interior del superviviente que ha sido amenazado con el aniquilamiento por el otro, se trata de pensar la interioridad como lugar de resistencia[8].

Pensamos también que a veces una parte de la entereza necesaria para sobrevivir, proviene de la espiritualidad que remite al deseo de trascendencia propio del ser humano. Dimensión espiritual que era objeto de odio en los campos de exterminio. Lo espiritual, en efecto, tiene que ver con los velos puestos no sólo sobre lo pulsional, sino también y sobre todo sobre el vacío sobre el que se sostiene nuestra existencia. En los campos se trataba de que no hubiera velo ninguno y de que todo fuera posible. En ellos se producía continuamente un ‘no’ a los límites, a lo enigmático, a lo velado, a lo sagrado y al enigma. Odio, en consecuencia, a la intimidad y a lo femenino.

¿Qué hay de nuevo entonces acerca del vínculo social entre los sexos en este fin de siglo? En definitiva, nada muy novedoso. ¡Mutiladas en África, prostituidas en Asia, quemadas en la India, asesinadas al nacer en China, degolladas en Argelia, aterrorizadas en Irán, violadas en la ex Yugoslavia!… O lisa y llanamente, borradas de la mirada, como si fueran incluso impuras para ser vistas, en Afganistán“.[9]

Algo que proporciona por sí mismo una gran fortaleza de pensamiento es la ingenuidad de la juventud. Según Imre Kertész, esa confianza ilimitada en el futuro protege del sentimiento de desesperanza y desamparo absolutos. Por eso es más fácil quebrar a un adulto que a un joven[10].

Por último, pensamos que causa y efecto de la fortaleza de pensamiento es también la capacidad para la risa. Tanto en nuestra clínica como en testimonios de víctimas del horror, encontramos curiosas perlas que nos hablan de momentos de risa y de felicidad en medio del horror. El poder reír aun en circunstancias penosas, es de una gran ayuda para sobrevivir.

2.  El amor, el odio y el deseo

El ser humano necesita lazos afectivos que le devuelvan una imagen amable de sí mismo. Y sólo se ama a otro ser humano, ya sea una pareja, un hijo o cualquier otro familiar o amigo, cuando se siente que encarna algo de lo que uno carece; es decir que sólo se ama o se desea a partir de lo que a cada uno le falta, de un vacío que es constituyente del ser humano. No por todos ellos se está dispuesto a dar la vida, pero sí que la vida de uno parece depender de eso que a uno le falta y que cree que otro posee. Además, como dijimos más arriba, mantener un ideal, un punto último de creencia, es la metáfora del sujeto, metáfora que es necesaria para no hundirse que es lo mismo que decir para vivir, ya que mientras la metáfora se mantenga en pie, el sujeto se mantendrá en pie.

En este mismo volumen tenemos el testimonio de nuestra colega Janine Altounian que relata cómo en el momento del genocidio de Armenia (1915) y cuando ya no les quedaban recursos para subsistir, la abuela de Altounian entregó a sus hijos (uno de ellos el padre de Janine) a los árabes para que no murieran de hambre. Su razón para seguir adelante fue salvar la vida de sus hijos; eso supone, aparte del amor, la esperanza de que la vida continuara aunque fuera sin ella misma, como si algo de ese “sí misma” pudiera seguir viviendo, metafóricamente, en sus hijos. ¿Ideal de la maternidad?

Lo mismo ocurre en el terreno de la ficción; el film “La vida es bella”, de Roberto Benigni, muestra también los esfuerzos de un padre para salvar la vida de su hijo —su metáfora—, y no sólo la vida física, sino también la vida psíquica, ya que no permite que su hijo conozca el horror de aquello de lo que el ser humano es capaz y también lo entrega, aunque en este caso a los americanos y, en principio, con distinto futuro. En ambos ejemplos encontramos este hecho del don de lo más amado, que desde el origen de los tiempos se considera lo propio de una buena madre, pero que no es sino la metáfora del propio sujeto y su afán de seguir vivo, de trascender.

Pero existen también casos contrarios, cuando la metáfora del sujeto no se tiene en pie. Hay varios testimonios, en particular el de Elie Wiesel[11] de lo que sucedía en los campos de exterminio nazi, en los que se relata lo que un cuerpo era capaz de aguantar cuando había alguien amado que le esperaba fuera del campo, o en otro campo. Y podemos encontrar también el relato de los escasos minutos que esa misma persona tardaba en morir cuando le informaban de que, por ejemplo, su mujer había muerto. Según los testimonios que nos han llegado de los campos, a veces el cuerpo tarda apenas quince minutos en morir cuando se produce:

“El hundimiento del punto de ‘creencia’ en el cual el hombre se había apoyado hasta ese momento para sobrevivir psíquicamente. (…) Wiesel describe muy bien cómo en ese instante preciso la ciencia del exterminio no sólo llegaba al asesinato de la persona física, sino que también —y para conseguirlo— producía en primer lugar el aniquilamiento de su metáfora. (…) Primo Levi no dice otra cosa cuando evoca cómo para no morir en el campo de exterminio, le había sido necesario restablecer cada día esa metáfora, impedir su asesinato fingiendo lavarse mañana tras mañana sin agua, ni jabón, ni cepillo, sino únicamente, escribe, con los gestos repetitivos a los que se entrega un ser humano cuando todavía es digno de ese nombre”[12].

De ese modo, Robert Lévy extrae de este último autor la enseñanza acerca de lo necesario que es el semblante como un modo posible de resistencia contra el asesinato de la metáfora.

Amar a alguien y sentirse amado es en sí mismo, entonces, una razón y una fuerza para sobrevivir.

Si hemos colocado el odio en el epígrafe es porque el odio y el deseo de venganza o de justicia dan también fuerzas y razón para sobrevivir. Al fin y al cabo ambos, el amor y el odio tienen en común que tienen como aspiración la fusión con el otro ser. Un testimonio de esto lo encontramos en Elie Wiesel cuando dice: “Una llaga más en el corazón, un odio suplementario. Al menos, una razón de vivir[13].

3        La ideología, la fe

Hay una diferencia entre las personas que han sufrido persecución a causa de sus ideas políticas o de su fe religiosa —que es algo elegido—, de aquellos a los que les ha caído encima sin razón ninguna que lo justificara, y de esos cuyo “delito” es haber nacido en una determinada comunidad (judíos, armenios, gitanos…), es decir, poseer un rasgo de identidad determinado —lo que es del orden de lo padecido. En el primer caso, el efecto traumático es mucho menor, primero porque la posible persecución forma parte de lo esperable y, además, porque existe el sentimiento de formar parte de un conjunto de personas con un objetivo común, lo que dota a la resistencia de sentido humanitario. En los dos últimos casos, sin embargo, la persecución es del orden de lo padecido pasivamente.

De todos modos, lo peor que se puede hacer a un ser humano no es tanto atacarlo por su ideología o su religión, sino atacarlo por algo que tiene que ver con su genética o sus orígenes: ser judío, armenio, gitano… todos ellos rasgos importantes, radicalmente constitutivos de la persona, transmitidos por sus mayores y que no se puede elegir poseerlos o no. Es cuando alguien ha de ser suprimido de entre los humanos por un significante de los que componen su Nombre del Padre (su etnia, raza, e, incluso, cuando tiene una profesión con reconocimiento social, médico, por ejemplo), cuando la desesperación es mayor, no sólo por no existir un segundo significante o batería de ellos que pueda explicar con coherencia la razón de ese acto violento, sino porque la razón de la violencia forma parte inevitable de la propia identidad.

Pensamos que este ataque contra la identidad, proporciona una parte de la explicación del porqué muchos judíos internados en los campos de exterminio, después de pasados unos primeros momentos de desconcierto, se dirigían a sus verdugos para informarles de que eran profesores, o músicos, o que tenían tal cargo o tal otra virtud[14], en la creencia de que al conocer la excelencia de ese interno, su valor como ser humano, el capo nazi iba a valorarlo como algo más que materia de trabajo o que basura para el horno crematorio. Y cuando esa primera estrategia fallaba, la confianza de estas personas se hacía añicos; ya no había más que hacer que identificarse a un desecho, puesto que eso era lo que se pretendía que eran. Toda víctima reclama en algún momento el reconocimiento del Otro. Vemos un ejemplo en la obra “Hamlet” de Shakespeare cuando Hamlet quiere presenciar el entierro de Ofelia, pero no quiere que lo sepa nadie y entonces va escondido; en un momento dado en que está oculto tras unas tumbas le descubren y, como eso podía ponerle en peligro, él se apresura a decir quién va y cuáles son sus emblemas: “¡soy Hamlet, príncipe de Dinamarca!”, es decir, soy alguien valioso para que me respetéis. Desde luego, si algún lector de este trabajo piensa que esto es sólo una idea romántica y que el que los judíos se dirigieran al capo no era buscando reconocimiento, no era buscando algo del orden del ser, sino del orden del tener, por ejemplo tener derecho a más ración de pan, desde luego que también tiene razón. Claro que esto ocurría, pero nos gusta dejar esa primera hipótesis que no deja de parecernos válida y que conocemos a partir no sólo de los testimonios de los campos, sino del de los niños abusados y mujeres maltratadas que hemos atendido en consulta. Todos ellos en algún momento hablan de haber intentado hacerse valer frente a sus verdugos o abusadores o, incluso más adelante, frente a su psicoanalista.

Una posible explicación del porqué en España no se han dado más testimonios de supervivientes de la sublevación militar y posterior guerra y represión de 1936, quizá sea que las brutalidades ahí ejecutadas no tenían como objetivo al ser mismo de la persona, sino sus elecciones: su ideología, su adscripción al conjunto de los “rojos” —salvo cuando en el fondo era simplemente una razón económica, por ejemplo, la del vecino que quería anexionarse unas tierras. En el caso de los judíos en los campos de exterminio el “delito” era algo constitutivo de su identidad. Ser rojo es una elección, mientras que ser judío o armenio tiene que ver con los orígenes ineludibles. Tras el 36 habrá entonces necesidad de sobrevivir, pero no tanto de testimoniar, aunque por supuesto se den también casos de testimonios.

La importancia que tiene para el ser humano su amor propio y la estima que tenga por su valía, puede explicar bien la dureza que supone para algunas personas el tener que traicionar los propios ideales para sobrevivir. Pongamos como ejemplo quienes en cualquier guerra se pasan al otro bando para sobrevivir. De ellos, los que tienen fortaleza de pensamiento quizá puedan separar lo que supone una traición a un rasgo del Ideal del yo (que apunta a la traición de algo del ser), de lo que sería la traición a uno mismo. Para tolerar esto hay que ser muy sólido (o muy cínico), sobre todo porque hay que reconocer que las fronteras entre ambas traiciones son muy débiles y no son tan fáciles de levantar y de mantener. Dice Freud en “Neurosis y psicosis”[15]: “El yo tendrá la posibilidad de evitar la ruptura hacia cualquiera de los lados deformándose a sí mismo, consintiendo menoscabos a su unicidad y eventualmente segmentándose y partiéndose”.

Distinto es cuando las personas, en una situación de gran conflicto, pierden su metáfora. Del mismo modo que vimos más arriba que una persona amada puede ser el punto último de creencia, es decir la metáfora de un sujeto, también puede serlo la fe en Dios. Un ejemplo lo tenemos en el testimonio de Elie Wiesel, cuando habla de un anciano y santo rabino, prisionero también en el campo de Buchenwald, que pasaba los días recitando páginas enteras del Talmud. Un día el anciano rabino le dijo “Todo ha terminado. Dios no está ya con nosotros”. Se preguntaba cómo Dios podía permitir las atrocidades que allí se cometían y cómo podría seguir creyendo en Él. Y añade Wiesel: “Pobre Akiba Drumer, si hubiera podido seguir creyendo en Dios, considerando ese calvario como una prueba de Dios, no habría sido arrebatado por la selección. Pero, desde que experimentó las primeras fisuras en su fe, perdió el motivo para luchar y comenzó a agonizar[16]. Si decimos que sin metáfora el sujeto muere, estamos diciendo entonces que tanto las personas amadas, como la fe, como la ideología, todos ellos elementos susceptibles de servir como metáforas del sujeto, ayudan a vivir. Y, al contrario, la pérdida de la confianza dificulta mucho la vida: “Quien la ha perdido una vez está condenado a una eterna soledad entre los hombres. Nunca verá en el otro a un prójimo, sino siempre sólo a un enemigo[17].

Parte de las representaciones mentales que conforman lo que llamamos ideología, consisten, por ejemplo en casos de genocidio, en hacer pervivir la propia cultura. Hay todo un trabajo de los descendientes de armenios, ya nietos y bisnietos de los que sufrieron el genocidio, por mantener la cultura de sus ancestros y evitar que desaparezca. Y lo mismo puede decirse de los judíos sefardíes que han mantenido no sólo la música y tradiciones sino incluso el ladino, la lengua de los que vivían en la península Ibérica antes de la expulsión por los Reyes Católicos. Todos ellos han trabajado para convertir algo sombrío de los orígenes en un buen objeto que ayude a vivir a los supervivientes y a sus descendientes, lo que es una manera de luchar contra la herencia y transmisión traumáticas convirtiéndolas en algo positivo. Tal como plantea Chiantaretto, se trata de encontrar continente para el vacío de los ancestros a partir de los restos de vida del padre superviviente.

4.    El descreimiento

Dado lo que hemos planteado al inicio de este trabajo acerca del punto de creencia que constituye el soporte de la metáfora del sujeto, como razón para sobrevivir, parecerá increíble o, al menos, paradójico que digamos ahora que el descreimiento puede ser también causa de fortaleza.

En efecto, no creer en nada, en el sentido de no creer que exista ningún objeto preparado en el mundo para satisfacer para siempre el deseo, al igual que no creer en la bondad innata del ser humano al modo de Rousseau, son un parapeto contra la frustración y la desilusión. Se trata de un descreimiento en el objeto como tal objeto y, al mismo tiempo, supone la soledad más radical. Éste puede ser el punto de llegada en el caso de que un psicoanálisis sea llevado hasta el final (aunque por un lado quisiéramos alejarnos de cualquier idealización sobre lo que es un análisis y, por otro, explicar más sobre este punto nos alejaría del objetivo de este trabajo), pero este descreimiento como efecto del fin de análisis es, desde luego, algo parecido a lo que encuentran quienes han pasado por la experiencia de los campos de exterminio.

En estos casos, el punto de creencia sería saber que no hay objeto que llene, lo que es lo opuesto a poner cualquier objeto como ideal e intentar atesorarlo.

Sobre este descreimiento, nos llamó mucho la atención el final de la trilogía de Elie Wiesel, cuando un Elie hospitalizado e inmóvil, hablando de su amiga dice:

“(Ella) no comprende que el enemigo no es la muerte. Sería demasiado fácil si lo fuera. Ella no comprende. Cree demasiado en la potencia, en la omnipotencia del amor, Ámame y estarás protegido. Amaos los unos a los otros y todo irá bien: el sufrimiento abandonará la tierra de los hombres para siempre. ¿Quién ha dicho esto? Cristo probablemente. Él también creía demasiado en el amor. En cuanto a mí, me río del amor como de la muerte. Yo podía reír pensando en ellos. Ahora también podría reírme de ellos a carcajadas”[18].

Y también cuando intenta discutir acerca de la vida con Paul Russel, joven médico que le atiende y expresa lo que piensa de él:

“Ha adivinado que no le tengo apego a la vida, que en el fondo no me queda ya ningún deseo de proseguir el camino. Y ello socava los cimientos de sus concepciones y de su sistema de valores (…) Para él rechazo la vida “.

Y más adelante:

“Si yo hubiera hablado en voz alta, Paul Russel habría comprendido por qué no hay que hacer demasiadas preguntas a aquellos que han vuelto: no son seres normales. En ellos un resorte interior se ha roto bajo el impacto. (…) Pero yo no quería que él comprendiera. No quería que perdiera su equilibrio, que entreviera una verdad que en todo momento amenaza con estallar.

Para que me dejara solo, para que se fuera, me empeñé en demostrarle que estaba en un error. Claro que me interesaba la vida. Evidentemente, quería vivir, crear, hacer cosas duraderas, ayudar al hombre a avanzar, contribuir al progreso, a la felicidad, al desarrollo de la humanidad. Discurrí largo rato con pasión, empleando a propósito palabras rebuscadas, grandilocuentes, términos de resonancia abstracta. Y como todavía no estaba convencido del todo, lancé el argumento al cual no podía permanecer sordo: el amor. Amo a Kathleen, la amo con todo mi corazón. Pero ¿cómo se puede amar si, al mismo tiempo, a uno no le interesa la vida, si uno no cree en ella y en el amor?

El rostro del joven doctor recuperó suavemente su expresión habitual. Le había dicho las palabras que él quería oír. Sus cimientos no estaban pues amenazados. Todo retornaba al orden. ¡Viva la amistad entre enfermos y médicos! Nada hay más sagrado que la vida, nada más noble, más sano, más grande. Negar la vida es un pecado, una tontería una locura. Hay que aceptar la vida, quererla, amarla, luchar por ella como si se tratara de un tesoro, de una mujer, de una dicha secreta”[19].

¿Acaso Elie Wiesel en su conversación con el médico no procura dejar que  éste siga con su ‘es imposible pensar otra cosa’? ¿Y acaso la imposibilidad para ir más allá con el pensamiento no es un rechazo a lo inaudito, lo imposible, lo impensable, lo inesperado, todos ellos nombres de lo real?

No es pues tan ingenuo el humanista que pretende encontrar lo humano en lo inhumano y no lo contrario (que es lo que se produjo), es que simplemente huye de lo real.

 “La crítica virulenta de ‘la inocencia’ del ‘humanista profesional’ pretende la negación de Auschwitz en su forma menos visible: denuncia la recepción bien intencionada del testimonio de los supervivientes que se supone que van a testimoniar sobre su victoria sobre el mal y de paso testimoniar sobre un aislamiento del mal y proteger de él al resto de los hombres, dispensados así de apencar por sí mismos en la relación con los demás. Esto es lo que permite salvar una imagen idealizada del Hombre.  Quien no ha vivido Auschwitz no podría pretender  apelar a ello para vivir o contar su vida, pero Auschwitz ha revelado de modo catastrófico e irremediable las capacidades autodestructoras de la humanidad a través del potencial destructor y autodestructor inscrito en cada hombre”[20].

De nuevo, entonces, nos encontramos con esta fuerza destructora y autodestructora, la pulsión de muerte o Tánatos, inscrita en el corazón del ser humano. ¿Será por la misma razón que los negacionistas niegan Auschwitz y los humanistas profesionales intentan envolverlo y ponerle alrededor un lazo rosa, por lo que algunas escuelas psicoanalíticas, en su desvarío, siguen negando la pulsión de muerte, e incluso le dan la vuelta hasta poder considerarla una estrategia de supervivencia? (Cf. Chiantaretto, op.cit.)

 “La dominancia de un mundo en el que todo es formulable, en el que reina la mentira sincera, es decir, la mentira de uno hacia sí mismo, que apunta a preservar la inocencia de una vida posible por fuera de la catástrofe”[21].

Recordando inevitablemente la novela de Cormac McCarthy “La carretera”, coincidimos con Jorge Camón (www.facebook.com/jorge.camon.716?fref=ts) en la pregunta de cómo un hombre puede transmitir a su hijo una confianza en el mundo que él mismo no puede tener. Cómo sostener el Nombre del Padre para que éste nos sostenga a nosotros.

UN MODO DE SUPERVIVENCIA: DAR TESTIMONIO DE LO OCURRIDO (LA ESCRITURA DE SÍ)

Los seres humanos, para poder vivir tranquilos, están obligados a levantar barreras ante el mal o, como diría Freud, ante la Cosa (Das Ding). Dichas barreras intentan oponer lo bello a lo horroroso, el bien a la maldad, usan el dolor como herramienta de evitación de un mal mayor, y oponen una bonita imagen de uno mismo a ese interior del cuerpo orgánico, ese amasijo de vísceras, nervios y huesos que no es en absoluto bello ni controlable por el ser humano consciente. Levantan también prohibiciones a lo incestuoso que permitan la exogamia, y relaciones de respeto por encima de la utilización del otro. Sin embargo, las personas con rasgos o estructura perversos tienden justamente a derribar todas esas barreras y prohibiciones y así usarán del otro como si fuera un objeto y procurarán o no intentarán evitar su daño.

La consecuencia es que hay seres humanos que se han visto obligados a vivir el horror, tanto en la vida doméstica (casos de maltrato o de abuso a menores), como en la vida pública y más aún en tiempos de gran conflicto. Esto, a menudo, se vive en soledad y sin testigos (o aun peor, con testigos negacionistas), lo que acrecienta el daño sufrido.

Por ello, al igual que restaurar el pasado cultural o familiar, la necesidad de dar testimonio de lo ocurrido y hacerlo, es una estrategia de supervivencia. No se es capaz de resistir el sufrimiento, el ataque a la subjetividad, si no se piensa en contarlo, si no se cree que habrá testigos y que a esos testigos les parecerá injusto el trato que el sujeto está recibiendo y, por lo tanto, que reconocerán y acogerán su sufrimiento, lo que es lo mismo que decir que la víctima tiene un valor para dicho testigo y no es un pedazo de basura.

Esta estrategia del testimonio es usada tanto por personas de alto nivel cultural, como por personas de toda condición que han empleado para ello, no sólo la palabra, sino también el escrito, desde cuadernos lujosos a bastas envolturas; desde pintadas en los muros a cualquier resto de papel, tal como se puede encontrar, por ejemplo en las vitrinas del Museo Judío de Berlín, o en un cajón de la casa de los abuelos en cualquier pueblo de España.

Chiantaretto se pregunta si se trata de contar para vivir o de vivir para contar:

Contar la propia vida para vivirla, para hacerla vivible a pesar de todo, contándosela a otro que es instituido en la escritura de sí como testigo garante de una escucha, vuelve a materializar el más allá a título de una necesidad de trascendencia. (…) La escritura de sí, al confiarse a otro que garantiza una escucha, materializa el más allá como punto a partir del cual se puede uno ver, es decir, verse mirado por el otro gracias a la confianza que se tiene en las palabras. La escritura de sí salva del aniquilamiento de la confianza comprometida por la doble catástrofe íntima y colectiva, y salva el futuro (…)[22].

Aquí nos interesa especialmente el testimonio escrito, que toma al lector como ese otro necesario para poder escucharse a uno mismo. De todos modos, Chiantaretto nos avisa del peligro de ese testimonio del superviviente cuando se basa en el yo pleno, ése yo que lo tiene todo claro, no tiene dudas, o el que, como dice Kertész “promete vengarse de un mundo que ha hecho posible su desgraciado destino“, o —pensamos nosotros— quien en un happysmo de aires orientalizantes se empeña en convertirlo todo en una oportunidad para aprender. Podemos citar como ejemplo de esto último el libro de Víctor Frankl[23] que convierte su experiencia de los campos de exterminio en una búsqueda de sentido, fruto de la represión. Nos parece también carente de interés, aunque por otros motivos, un libro de ficción como “Las benévolas”[24] en el que se invita al lector a un banquete de goce voyeurista de los sufrimientos en los campos de exterminio, sin más.

Muy diferentes son éstos del caso de Imre Kertész, quien como tantos otros nació a la literatura después de los campos. Su escritura bajo la forma de un diálogo interior se produce “como único lugar posible de habitación psíquica, el único modo posible de experiencia de sí, de un sí mismo condenado a la más extrema precariedad”[25].

Nuestro interés se centra en testimonios sin mundos de Yupi y sin golpes bajos, que tratan de dar testimonio del ataque que han sufrido a su subjetividad, a su ser mismo de humanos, y reflexionan en torno a lo inhumano que yace en el interior de lo humano (y no lo contrario). “La escritura viene a materializar la continuidad de una experiencia de sí mismo como dotado de una vida no vivible, en que la única salida es hacer de la propia vida una realidad contable[26].

Sin pretender ser exhaustivos, entre otros autores cuya escritura es no sólo un modo de vida posible tras los campos, sino también un verdadero testimonio de cómo atravesaron la experiencia del intento por parte de otro de aniquilarlos, y siguen sobreviviendo a la curiosidad morbosa y el rechazo de sus coetáneos tras los campos, destacamos a Primo Levi, Elie Wiesel, Jean Améry e Imre Kertész. También nos parece que tiene ese valor el film Shoah, de Claude Lanzmann, quien renuncia en él al uso de la imagen del horror para evitar la fascinación y facilitar la escucha, por lo que es una larga película hecha prácticamente de testimonios hablados.

Pensamos que, además, en el hecho de la escritura testimonial, tiene también mucha importancia el que sea una oportunidad para volver a utilizar el lenguaje de modo no perverso. En efecto, los triunfadores de todas las guerras, en su modo de utilización de determinadas palabras de uso común para la invasión ideológica a través de la vida cotidiana, hacen una torsión de su significado usándolo en beneficio de su bando y a favor de la manipulación. Un ejemplo de esto lo tenemos en la expresión “guerra civil del 36” cuando en realidad se trató de una sublevación militar que atentó contra el poder constitucional. Otro ejemplo fue llamarlo Cruzada, intentando poner sutilmente a Dios, representado por la Iglesia Católica, del lado del poder militar. Como puede verse en estos y otros ejemplos, la lengua es el primer lugar en el que se ejerce la negación de lo humano.

En efecto, para Victor Klemperer “el lugar del desastre es antes que ningún otro la lengua, ya que las víctimas son primero violentadas en las palabras metamorfoseadas por la ‘LTIsacion’[27] fulminante de la lengua. El nazismo se insinúa en la carne y la sangre de mucha gente a través de expresiones aisladas, de giros, de formas sintácticas que se imponían en millones de ejemplos y que fueron adoptadas de forma mecánica e inconsciente“. Y a propósito de esa nueva lengua, Victor Klemperer añade: “Cuanto más se dirige un discurso a los sentidos, cuanto menos se dirige al intelecto, más popular es”. Y como dice Ghyslain Lévy: “Ya no hay fronteras entre la imagen lingüística que hace metáfora y la imagen real que se auto engendra en su efecto sin mediación. El impacto de las palabras que es inherente a todo sistema totalitario apunta a dicha des-metaforización, puesta en marcha por la instrumentación misma del lenguaje[28].

Esta es una de las razones por las que pensamos que dar testimonio, sea por la palabra o por el escrito, es también una estrategia para devolverle a la lengua materna su capacidad de metáfora, limpia ya de contaminación y por ello mismo, es una necesaria estrategia de supervivencia.

LA SUPERVIVENCIA DE LO HUMANO

Una sociedad no puede coexistir con lo “inhumano” o lo “deshumanizado”.  La Real Academia de la Lengua, da la siguiente definición de deshumanizado: “Que ha perdido ciertas características humanas, especialmente los sentimientos”. La pérdida de los sentimientos supone no sentir nada frente al sufrimiento del otro lo que, a su vez, indica la imposibilidad de la identificación, lo que sólo puede darse en formas muy severas de psicosis o en la psicopatía.

Es necesario pues, para la supervivencia de lo humano, no sólo la limitación personal de la pulsión o la capacidad de identificarse con el otro que sufre, sino que la sociedad misma sea capaz de señalar, juzgar y segregar a quienes usen a los demás seres humanos como cosas.

Y el único instrumento que tiene la sociedad para que lo inhumano se humanice, aparte de la educación[29], es la ley escrita. Si una sociedad no hace pasar a sus victimarios por la ley, esa sociedad tiene un agujero negro. De ahí que la iniciativa del Magistrado Baltasar Garzón para llevar ante los tribunales a distintos dictadores y hacer justicia con las víctimas, es el único modo eficaz de que las heridas cierren y la sociedad quede limpia. Es decir, es el modo de devolver un rostro humano a la historia. Como ya hemos explicado al tratar el tema del negacionismo, y tal como nos explica Ricardo Grinberg, si el victimario no ha sido juzgado (aunque haya sido socialmente desvalorizado) el acercamiento de la víctima a la verdad es tan solitario como cuando sufrió el padecimiento. Fue cosificado y sus posibilidades de “humanizarse” son tan limitadas como la del victimario que no ha pasado por la ley.

De modo que podemos pensar en que habría dos tipos de sociedad ante el recuerdo: la sociedad que ha juzgado a la historia y ha reconocido a las víctimas y la que no lo ha hecho. En este último tipo de sociedad, las víctimas seguirán siéndolo, teniendo muy difícil salir de esa posición.

  CONCLUSIONES

 Para que la experiencia del superviviente no desaparezca, necesita ser reanimada por la acción y el pensamiento de los demás. El objetivo de la realización de Jornadas de estudio, de la publicación de libros como éste, de conferencias, de charlas, de actos públicos, permiten reapropiarse paso a paso de una verdad histórica. Verdad que no terminará nunca de ser dicha, pues como ocurre con todos los acontecimientos que han hecho mella en la subjetividad, encierran una parte de intraducible, de real, que no termina nunca de decirse.

Cualquiera de dichas puestas en público tiene además un papel de testigo, ya que los horrores vividos en las guerras u otros acontecimientos de orden traumático se han vivido en soledad y sin testigos, por muchas personas que hubiera en torno. Esa ausencia de testigo constituye en sí misma una experiencia traumática. Cada persona que haga de testigo del sufrimiento vivido en un conflicto colectivo, aunque sea participando en unas Jornadas o yendo a una manifestación, estará entonces representando a toda la humanidad que se hace testigo a través de ella.

Por eso mismo, uno de los peores crímenes que pueden concebirse, tras el de los verdugos de la Shoah u otras persecuciones y crímenes, es el de los negacionistas, los que niegan lo que ocurrió. Esto se ha dado y se sigue dando lo mismo tras la segunda guerra mundial y los horrores de los campos de exterminio, como tras la sublevación militar del 36 en España. Es negacionismo querer hacer borrón y cuenta nueva de lo ocurrido, aunque claro que todo el mundo quiere mirar hacia el futuro con esperanza. También es negacionismo oponerse al derecho a localizar y enterrar a los muertos, como si hubiera tras ello una pretensión revanchista. De hecho podemos preguntarnos y preguntar a quién se le ocurrió la idea de revancha, en cualquier caso no a los que pretenden dar sepultura a sus muertos, puesto que lo que quieren es que descansen en paz.

El negacionismo es un gran crimen porque impide el reconocimiento por el Otro social de los daños sufridos. En efecto, los seres humanos tienen una absoluta y vital necesidad de reconocimiento para existir y nada deja a la persona en mayor desamparo que el que los demás fallen en su papel de testigo que acoge las palabras, reconoce el sufrimiento y da por ello un valor a quien lo padeció. El testigo tiene el papel de legitimar el esfuerzo de los supervivientes por contar lo ocurrido, lo que supondría “el reconocimiento definitivo e irreductible de Auschwitz, su integración incondicional en la escritura de la historia de los hombres[1]. Y quien habla de Auschwitz, habla de los horrores del 36 en España o de tantos otros que se han dado y se dan en diversos escenarios.

Desde luego, negar lo ocurrido es una forma de regresar a lo humano que se ha deshumanizado (“es imposible que haya ocurrido algo así, por eso lo niego”) y por lo tanto es una aparente aplicación de la ley. Nos referimos aquí a la ley de prohibición del incesto, como aquella que nos constituye como humanos y que no se refiere sólo a la prohibición de yacer en el lecho con la propia madre o el propio padre o un familiar próximo, sino a la prohibición de tratar como cosas a los demás seres humanos. Fijémonos en que cuando se pregunta a un padre abusador de sus hijos e hijas por qué lo hizo, es frecuentísimo que comenten: “a él, a ella, le gustaba”, es decir, que evocan la subjetividad del menor, negando que lo hayan tratado como objeto. De igual modo, el violador asegurará que la mujer quería mantener relaciones con él, como un modo en ambos casos de decir: “¡Pero caramba, si ellos eran sujetos, no objetos de mi capricho!”. Y al mismo tiempo, tanto ese “no es posible que haya ocurrido algo así”, como el “ellos lo querían como sujetos”, no deja de ser una estrategia de los victimarios ya sean abusadores, violadores, dictadores, ya que borrar los vestigios de ese haber tratado a los demás como si fueran objetos, es también impedir que se pueda reconocer y resarcir a las víctimas que han sido cosificadas. Por eso es tan importante que la “negación“ se prohíba por ley; ese es el sentido de leyes como la de la “Memoria histórica”. Y es que hay una cosa segura y es que la paz nunca podrá venir del ocultamiento de la verdad histórica.

En consecuencia, si el ser humano quiere seguir mereciendo ese nombre de humano, tendrá que seguir añadiendo libros a los miles de libros ya escritos, añadiendo investigaciones a las ya hechas, realizando Congresos, Actos públicos. Sí, habrá que hacer uno y otro más, ya que son modos de seguir luchando, puesto que no hay nada, ni un solo punto de la historia que merezca ni deba ser olvidado.

Madrid, abril de 2012


[1] Jean-François Chiantaretto: Ibidem, Pág. 27.

—————-

[1] Imre Kertész: Yo, otro. Crónica del cambio, Acantilado, Barcelona 2010, Pág. 136.

[2] Mirta Goldstein: Xenofobias, terror y violencia. Erótica de la crueldad. Lugar Editorial, Buenos Aires, 2006, Pág. 19.

[3] Jean-François Chiantaretto: Trouver en soi la force d’exister. Clinique et écriture, Ed. Campagne Première, Paris 2011, pág 23.

[4] Por ejemplo en el film “Portero de noche”, de Liliana Cavani.

[5] Mirta Goldstein: Xenofobias, terror y violencia. Erótica de la crueldad. Lugar Editorial, Buenos Aires, 2006, Pág. 19.

[6] Idem. Pág. 17.

[7] Imre Kertész: Ibídem.  Pág. 117.

[8] Jean-François Chiantaretto: Ibídem, pág 19.

[9] Robert Lévy: Un deseo contrariado, Ed. Kliné, Buenos Aires 1998, Pág. 288

[10] Imre Kertész: Dossier K, Acantilado, Barcelona 2010, Pág. 16.

[11] Elie Wiesel: Trilogía de la noche, El Aleph, Barcelona 2008.

[12] Robert Lévy: Ibídem, Pág. 300-301.

[13] Elie Wiesel: Ibídem, Pág. 123.

[14] Todos ellos significantes que componen para cada uno al igual que su etnia o su apellido, el conjunto de significantes que en psicoanálisis se llama Nombre del Padre y sirve para mantener la cordura.

[15] S. Freud: Neurosis y psicosis, O.C., T. VII, Biblioteca Nueva, Madrid 1974.

[16] Elie Wiesel: Ibídem, Pág. 89.

[17] Imre Kertész: Dossier K, Acantilado, Barcelona 2010, Pág. 15.

[18] Elie Wiesel: Ibídem, Pág. 243.

[19] Idem, Pág. 295.

[20] Imre Kertész: Le Refus (1988), Arles, Actes Sud 2001 p. 40. Citado por Jean-François Chiantaretto: Ibidem, Pág. 34.

[21] Idem, Pág. 35.

[22] Jean-François Chiantaretto: Ibidem, Pág. 45-46.

[23] Víctor Frankl: El hombre en busca de sentido, Barcelona, Herder, 2004.

[24] Jonathan Littell: Las benévolas, Barcelona, RBA, 2007.

[25] Jean-François Chiantaretto: Ibidem, Pág. 29-30.

[26] Jean-François Chiantaretto: Ibidem, Pág. 27.

[27] LTI: lengua del tercer Reich. La LTI es una lengua pobre desprovista de diferencia entre oral y escrito: todo es discurso. Ignora cualquier diferencia entre lo privado y lo público, se esfuerza por hacer perder al individuo cualquier huella de individualidad. (Tomado de la Wikipedia).

[28] Victor Klemperer, LTI, La langue du IIIe Reich, Pág. 39-40, Pocket Agora, 1996, Albin Michel. Cita tomada en Ghyslain Lévy: L’ivresse du pire, Campagne Première, 2010, Pág. 140-144.

[29] En efecto, Freud propugnaba la educación (es decir, la represión) como único modo para que el bebé omnipotente pudiera ir renunciando a las dos pulsiones básicas y universales en el ser humano: el incesto (fusión con el otro) y el asesinato (la violencia).

[30] Jean-François Chiantaretto: Ibidem, Pág. 27.

Anuncios

2 pensamientos en “Supervivencia

  1. Mil gracias Maria Cruz, por tu interesante artículo, que pone en permanente actualidad la importancia de lo histórico en la subjetividad. Y especialmente en el aquí y ahora.

    • Gracias, María Teresa. Sí, en efecto los hechos históricos dejan su huella en la subjetividad; en cada uno la suya, es decir que no porque un hecho histórico haya sido tremendo, quiere decir que traumatiza a todo el mundo. Lo traumático es una consecuencia de la subjetividad de cada uno, de que haya podido hacerse cargo, o no, de ese exceso vivido.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s