El maltrato a las mujeres y su tratamiento

RESUMEN

Veremos las razones por las que tratamientos con mujeres maltratadas fracasan. Repasaremos con Freud el devenir mujer: el desamparo radical del ser humano —la Hilflosighkeit freudiana— tiene connotaciones de cataclismo para las mujeres, y con él se confrontan frecuentemente. El punto en común de maltratadores y profesionales de la salud mental: el horror a la diferencia, que dará como consecuencia graves interferencias en su escucha. La dificultad para separarse del maltratador, perdiendo a veces la vida, apunta, paradójicamente, al temor de ver amenazada su existencia como sujeto. El sufrimiento: intento de elaboración de la falta en ser mediante la falta en tener.

SUMMARY

We are going to see the reasons why some treatments with battered women fail. We are going to revise with Freud to become woman: the radical helplessness of the human being —the Freudian  Hilflosighkeit  has connotations of cataclysm for women, and with it  they confront frequently. The common point of batterers and mental health professionals: the horror to difference, that will give as a consequence severe interferences in her listening. The difficulty to split up with the batterer, loosing sometimes your life, points out, paradoxically, the fear to see her existence threaten as a subject. The suffering: trial of elaboration of the lack of being through the lack of having.

No es fácil explicar ni explicarse, algo que sin embargo todo el mundo comenta cuando se habla de maltrato a las mujeres. Se trata de la manida pregunta: “¿Por qué no sale de ahí? ¿Por qué no se separa?”  Las respuestas que suelen darse se agrupan bajo uno de estos rubros:

–         La mujer en cuestión no dispone de medios económicos para sostenerse ella y, eventualmente, a sus hijos en el caso de la separación.

–         Se encuentra tan baja de moral y con tan poca seguridad en sí misma —efectos del maltrato— que está deprimida y ni fuerzas tiene para tomar una determinación.

–         Ama, a pesar de todo, a su maltratador y no puede pensar en vivir separada de él. Razón por la cual, además, minimiza durante mucho tiempo la gravedad de los actos de maltrato, y cree en su arrepentimiento y “bondad de fondo”.

–         La mujer se siente culpable de provocar la situación y teme ser señalada socialmente.

Razones que a veces se combinan entre sí en un intento de explicar lo que parece inexplicable, y que pueden llegar a ser válidas, aunque no siempre coincidan todas en un mismo caso.

A estos intentos de respuesta se suma a veces otra opinión de corte más oficioso, que viene a decir que ella misma provoca al marido a causa de su posición masoquista; opinión que se suele dar al mismo tiempo que la toma de posición del padre o hermano de la víctima al afirmar: “la próxima vez que él te pegue, después te pego yo por consentirlo”, lo que, hasta ahora, no creemos que haya permitido cambiar la posición de ninguna mujer salvo, por supuesto, que a partir de esta respuesta silenciará cada vez más el infierno por el que pasa.

Es por eso que, con una mirada configurada a partir de la teoría psicoanalítica, intentaremos encontrar algunas claves que nos sirvan para seguir pensando en este difícil tema que tantos tratamientos convierte en fallidos.

Y si se convierten en fallidos suele ser por tres tipos de error cometidos por el psicoterapeuta, muchas veces llevado a ello por lo que los programas sanitarios le aconsejan o le enseñan, pero también otras veces al dejarse llevar en el tratamiento mismo por la ideología personal (ideología en la que estamos acostumbrados a ver perfilarse los contornos de la neurosis de cada uno), por los ideales compartidos con el grupo social al que pertenece, incluso por una cultura como la occidental; ideales que son absolutamente legítimos pero que en el trabajo con pacientes de salud mental hay que poder dejar de lado para escuchar con una escucha plena, escucha que es la única que da un lugar al otro. No olvidemos a Michel Balint cuando decía: “Plantéense preguntas y no obtendrán sino respuestas a sus preguntas”, es decir, tenderemos a escuchar en el otro solamente lo que ya tenemos en la cabeza, o bien nos empeñaremos en llevar al paciente por el camino de lo que Lacan llama “la ética de los bienes”[1] —de lo que para cada uno son los bienes, claro está—, con lo que, finalmente, le estaremos imponiendo nuestra propia Weltanshaaung, nuestra propia concepción del mundo, lo sepamos o no. Y ¿acaso no es esa imposición una forma de violencia?[2]

Veamos entonces los tres errores más frecuentes en la clínica del maltrato:

1. El que consiste en hacer deslizarse el Ideal del Yo hacia el Superyo, al aconsejar a la mujer maltratada algo del tipo: “No deberías soportar más esta situación”. No sólo la toman muchos y muchas terapeutas, sino también las amigas, madres, hermanas de la mujer maltratada; frase que se complementa con el consejo: “deberías separarte”. Lo que sabemos, o deberíamos saber los profesionales que tratamos a personas con este problema, es que cualquier intento de ayuda que venga por ese lado, no sólo no sirve para ayudar a las mujeres, sino que suele culpabilizarlas aún más, porque ellas tampoco entienden realmente por qué aguantan tanto, ni tampoco tienen las fuerzas para separarse. Esto las lleva a angustiarse más y, con ello, a distanciarse de la amiga, hermana, madre o psicoterapeuta que así la aconsejan, angustiadas —también ellas— por el miedo de que las cosas tomen un giro dramático. Queda entonces, aparte de maltratada, sola; y quienes querían ayudarla quedan frustradas.

2. Otro error —error de matiz, pero fundamental— es que hace ya unos diez o doce años, cuando se empezó a considerar la posibilidad de tratar a mujeres víctimas de maltrato como tales, era bastante general que se intentara que asumieran su responsabilidad en lo que les ocurría, sobre todo cuando se comprobaba que, a pesar del tratamiento, seguían con su maltratador, o que era altísimo el índice de mujeres que, una vez alejadas, volvían al domicilio familiar. Se repetía así hasta la saciedad, y se sigue haciendo, frases como: “la mujer no es culpable, pero sí responsable”, o “hay que distinguir entre culpabilidad y responsabilidad”.

Por ello, dada la dificultad de hacer esta sutilísima distinción, eran muchas las mujeres que abandonaban el tratamiento.  Y no es que sea falso del todo, pero para que estas frases cobren todo su peso, necesitamos poder distinguir QUIÉN es el agente de la responsabilidad y sobre QUÉ se es responsable.

Por esa misma razón, responsabilizar en exclusiva al maltratador o maltratadora, al colocar toda la parte activa de la pulsión en el partenaire, deja a la mujer maltratada la posición pasiva, es decir el lugar del objeto, lugar que es justamente del que habrá de poder salir para no ser maltratada.

3. Tampoco nos parece interesante la vertiente que toman muchos tratamientos que consisten en dar el estatuto de víctima, en este caso a las mujeres que sufren maltrato por parte de su compañero, aunque se haga también con niños víctimas de abuso, u otros “colectivizables”, incluso tratarlos en grupos especializados en “víctimas de tal o de cual”. Y no nos parece interesante, por dos razones:

3.1. Que a partir de que se colectiviza a alguien, ya no se le puede escuchar como sujeto. Sólo se escuchará, tal como planteábamos más arriba, lo que ya “sabemos” de la víctima de maltrato (decir que la maltratada actúa así, o asá, antes de escucharla), no a la persona que tienen delante, y aun menos lo singular, lo subjetivo, lo que se dice entre líneas acerca de las razones por las que esa persona —no otra, ni un colectivo— no puede salir de su situación de maltrato. Cualquier aplicación protocolaria de una terapia (salvo la medicamentosa), cualquier tratamiento estereotipado desde la teoría, no dejará escuchar lo que cada mujer formule a propósito de sus problemas para salir de la situación en que se encuentra. Y lo mismo vale para otros colectivos. Volveremos a esto más adelante.

3.2. Que a partir de serle incorporado ese nuevo nombre: el de víctima, que se une al suyo propio, forma con él desde entonces una unidad indisoluble, lo que se convierte así en algo del orden de una identidad: la de ser víctima de maltrato; identidad que hace que, a partir de ese momento, el maltrato deje de ser una circunstancia de la que se puede salir, para formar parte de su persona; algo así como que lo que es del orden de un estar, se convierte en algo del orden del ser. Entonces puede comprenderse bien el porqué le cuesta tanto desprenderse de esa nueva identidad gracias a la cual ha empezado a existir socialmente pues que por fin pertenece a un colectivo; el problema es que no figurará en él como sujeto, sino en tanto objeto nombrado por una instancia superior.

Eso explica también el que en los últimos tiempos en que todo está mucho más clasificado desde lo social, así como desde la psiquiatría y la psicología, en una confusión de la taxonomía con el saber, las mujeres acudan a nuestras consultas presentándose directamente, e incluso a veces antes de dar su nombre, mediante esa supuesta identidad: “Soy mujer víctima de maltrato”, lo que nos muestra que han encontrado una falsa consistencia en el nivel de su yo. Tremenda identidad la que añaden los profesionales sanitarios y/o sociales al “ser” o al nombre que les dieron sus padres al nacer.

Intentaremos entonces un desarrollo que nos permita ir encontrando las claves para pensar en estos errores y sentar así algunas bases para llegar a evitarlos.

Decíamos que el primer error consistía en tratar a la mujer que sufre violencia de un modo tal, que se produce un deslizamiento entre el Ideal del Yo y el Superyo. En efecto, el Ideal del Yo —instancia creada por Freud para definir toda la serie de cualidades que para cada uno es necesario cumplir para ser aceptado y sentirse parte integrante de una familia, de un linaje, de un medio social determinado, de un grupo, cualidades que lo dotan de un valor, primero ante sus padres y luego ante los demás— cuando es imposible cumplir con él a causa de determinadas interferencias que impiden la normal realización de algunas operaciones psíquicas, se convierte en cadena que ahoga, ya que lo que eran una serie de condiciones a cumplir para lograr el amor de los demás y, como consecuencia, el amor por uno mismo, se torna en agobio por no poder cumplirlo, por no poder alcanzar esas expectativas que hacían que la mirada de los padres se centraran con amor en la persona de su hija o hijo; esta transformación del Ideal del Yo en censura moral —que a partir de este momento es fuente de angustia— tomará entonces el nombre de Superyo, aspecto menos amable del Ideal del yo, instancia encargada de la censura moral. El Superyo es la instancia que nos hace comparar las expectativas con lo conseguido y nos convierte en culpables de no haber conseguido más y, en definitiva, culpables de no haber conseguido ser más felices. Es evidente que una instancia así, en lugar de estimular, hunde más a quien es su víctima por lo que en los tratamientos que tienen este tipo de inicios, suele haber un alto índice de abandono.

Entonces, el conminar —porque el consejo ya se ha visto que se transforma en conminación, en intimación— a la mujer maltratada a salir de su cárcel, no la ayudará en absoluto, más bien al contrario, la atornillará más en su desgraciada posición.

En cuanto al segundo error que comentábamos más arriba, planteábamos la pregunta de quién es responsable del maltrato. Evidentemente hay una primera respuesta: el maltratador. El problema se plantea cuando a la pregunta de por qué la mujer aguanta, incluso vuelve a la situación de maltrato sin haber un motivo económico y sí un claro riesgo de muerte, pretendemos creer que la decisión la toma una mujer desde su yo consciente. Para aclarar este punto, necesitamos dar un rodeo a través del concepto de sujeto en Lacan.

En efecto, Lacan distingue absolutamente al sujeto del yo, un yo cartesiano al que se pretende por completo identificado con el enunciado consciente, versus un sujeto de la enunciación inconsciente. De no hacer esta distinción, por mucha culpabilidad que quiera quitarse a la mujer, se volverá a actuar a partir de los ideales que tan fácilmente convocan al Superyo, con lo que volvemos al problema planteado más arriba.

Y si hablamos del inconsciente, tendremos que hablar de sus inicios, de ese momento en que el infans, el que aún no habla, se limita a apropiarse de lo que le evita o le calma las tensiones, y a expulsar lo que es fuente del aumento de la excitación del aparato psíquico o, lo que es lo mismo, de la tensión corporal[1]. Primeros momentos pues del aparato psíquico que sabe arreglárselas para vivir con un mínimo de tensión. El problema vendrá con lo que Freud llama los nebenmensch, los demás que rodean al niño y le hacen vivir experiencias gratificantes; Freud nos dirá que a partir de este momento, el aparato psíquico se dedicará también a intentar repetir dichas experiencias, y ya no solamente a mantener el aparato en un nivel de tensión próximo a cero. Esto supone un nivel de impotencia y de dependencia absoluta del otro, cosa de la que el bebé se queja llorando. En estos momentos tempranos se instalará una deuda primordial, una especie de culpa primigenia a la que Freud denomina “masoquismo primordial” (ver punto 3).

Poco después, el niño entrará en el mundo del lenguaje y, a partir de ese momento, quedará obligado a buscar lo que desea a través del mundo de las palabras. Veremos de qué modo se llega a enlazar este masoquismo primordial que afecta a todo ser humano (en tanto ser de palabra), con el no-evitar del dolor, no-evitar la posición de víctima que es propio de algunas mujeres. Para ello necesitamos dar un rodeo por el proceso de devenir mujer, lo que nos permitirá responder también a las cuestiones planteadas en el punto 3.

En el proceso de devenir mujer —porque una mujer no nace sino que se hace, tal como ya dijo Simone de Beauvoir[1] y corrobora el psicoanálisis— ésta tendrá que hacer frente a dos faltas fundamentales. La primera es una falta que marca a todo ser de palabra más allá de su género y que Lacan llamaba “falta en ser”[2]: “La falta es la falta del ser propiamente hablando. No es la falta de esto o aquello (…)”. Falta, en relación con el hecho de que al nombrar lo que deseamos, perdemos la relación directa con la cosa, por lo que siempre nos quedará un resto de insatisfacción que promoverá el incesante movimiento del deseo; y falta también en relación con que a partir de la entrada en el mundo del lenguaje, cualquier objeto que se presente en nuestro horizonte como siendo aquél que nos proporcionará satisfacción y felicidad, será simplemente un señuelo que aparece en el lugar donde hay sólo un vacío puesto que, como nos dice Lacan, no hay objeto alguno ni en el macrocosmos ni en el microcosmos, preparado para la felicidad del ser humano. El objeto, tal como nos indicó Freud y corroboró Lacan, está perdido desde siempre desde el momento en que cualquier intento de obtenerlo nos obliga a pasar por la palabra. El otro objeto al que hemos llamado señuelo, es al que podemos a veces acercarnos más y nos proporciona alguna satisfacción que nunca es completa. Pero también en esta posición de objeto señuelo, podemos ubicarnos los seres humanos para darnos consistencia, y de hecho lo hacemos, lo que no siempre tiene buenas consecuencias.

Y no sólo eso, sino que esa deuda de muerte con lo que Freud llama la Cosa[1]Das Ding, nos hace estar faltantes de por vida; tendremos como centro mismo una falta de ser, o falta en ser, por lo que tampoco podemos estar seguros de tener una identidad, contentándonos con tener identificaciones. Por eso, tanto Freud como Lacan hablarán del proceso identificatorio como eso que sustituye a la conciencia de tener un ser; un ser que, tal y como pensaba Descartes, coincidiría con la certeza de un yo consciente.

Para el psicoanálisis, el ser humano, el ser que habla, no tiene pues una identidad, sino identificaciones según las cuales, y más allá de sus determinaciones anatómicas (aunque en cierto modo determinado por éstas), hará su proceso de sexuación como hombre o como mujer. Con una particularidad: el devenir de nuestra civilización dirá que son hombres los dotados de un pene, es decir que disponen de ese significante que hace que se considere miembro de un conjunto, distinto de otros conjuntos justamente por ser los que tienen ese significante ligado a un apéndice de su cuerpo. Esa misma civilización dirá que son mujeres las que… ¿no tienen pene? ¿las que pueden tener un hijo? ¿Es el tener o no tener lo único que puede definir a un ser humano? Parece ser que nuestra civilización no ha encontrado hasta ahora ningún significante que permita a las mujeres colectivizarse salvo, en todo caso, por una ausencia, por una falta justamente de ese mismo significante, lo que hace que las cosas no sean nada fáciles para estos seres llamados mujeres. La mirada que impera en nuestra civilización sobre las mujeres, así lo busquemos desde la filogenia como desde la ontogenia, es entonces, y asombrosamente, la misma que tiene un niño. Veamos el porqué.

En efecto, cuando un niño o una niña pequeños descubren la diferencia de los sexos, no es una diferencia como tal lo que ven, a causa del escaso nivel de simbolización que han alcanzado hasta ese momento, sino una desigualdad; ellos suponen que ambos, hombres y mujeres, deberían estar hechos igual, pero el niño y la niña creen descubrir que a uno de los sexos le falta algo para ser como el otro; de una igualdad supuesta como premisa universal, se llega a una desigualdad percibida, como dando por hecho que a una mujer le falta el pene porque debería tenerlo ahí donde lo tiene un hombre.

Esto dará lugar, nos dice Freud, a un desprecio por parte de los varones hacia ese ser al que ellos creen tan infradotado, o a ese ser que quizá ha perdido su apéndice como castigo a una maldad[1], lo que le hará, en un doble movimiento, considerar inferiores a las mujeres[2], y dar una extremada importancia a ese apéndice del que, si fuera castrado, se convertiría el varón en algo así como una mujer ante sus congéneres, lo que es fuente de terror entre ellos. Ese temor de castración, nos dice Freud, hará entrar al varón en las reglas del juego, en el mundo de las negociaciones, aceptando la autoridad de los padres y sus sustitutos, en resumen, liquidando su complejo de Edipo[3].

A esta interpretación de lo percibido creemos que contribuye sólo en parte la educación sexista —ya que desde luego vivimos en una cultura falocéntrica. Lo que influye mucho en las consecuencias de esa percepción primera es el trato que se dé a las mujeres en su medio social; desde luego que producirá como efecto unas u otras consecuencias el que las niñas sean vistas exclusivamente a través de ese prejuicio pueril, sin que la educación, o lo social, vengan después a corregir esa percepción desfavorable para las mujeres, aunque en definitiva, también lo es para los hombres.

Entonces, padeciendo ya de las consecuencias de esta interpretación desde lo imaginario que convierte a las niñas en seres de segunda categoría, van creciendo niños y niñas, estas últimas buscando quien las dote de un significante con el que sentir que pertenecen a un conjunto para, gracias a ello, ser tratadas como alguien amable, alguien con tanto valor como el varón, lo que no es lo mismo que buscar ser como el varón, o envidarles el pene, ni nada por el estilo. Aceptarán así las niñas la educación y las normas, por miedo a que las expulsen de la familia encontrándose desamparadas —lo que hace que, a cualquier edad, una mujer pueda tener el temor subjetivo al cataclismo de ser abandonada, importante para el tema que tratamos. Es más raro que en momentos de abandono el hombre tenga esa sensación de cataclismo; eso es mucho más frecuente en las mujeres, al unirse la falta en ser —propia de cualquier ser humano— con la impresión de ser alguien a quien se le atribuye escaso valor y por lo tanto que corre más el riesgo de ser abandonada; y serlo, para una mujer, supone muchas veces dejar de existir como sujeto.
 

Ese cataclismo amenazante, hará que las niñas adopten uno de los tres destinos que Freud dirá que son los propios de la salida de la infancia de la niña[1]: el primero es el apartamiento general de la sexualidad al quedar la niña ligada en exclusiva a la madre; el segundo, la tenaz autoafirmación de su masculinidad amenazada (no encontrar otra salida que la reivindicación), y el tercero, que Freud llama normal —pero dice también que es bastante complejo— buscar a un hombre como heredero del padre que sustituyó a la madre en el amor de la hija para, a través suyo, apropiarse al fin de un significante con el que obtener la pertenencia a un conjunto. Sin embargo, ese significante que su hombre le da, seguirá sin ser el de mujer; será el de esposa, o el de madre, significantes con validez universal que harán de ella un ser digno —siguiendo con la interpretación desde lo imaginario que liga abusivamente la “falta en ser” con la “falta en tener”, falta en tener un órgano que en realidad no necesita para ser mujer. Pero también los demás la mirarán de otro modo, puesto que se liquidará la inquietud que se siente socialmente ante una mujer sola, ya que gracias a su maternidad (por fin tiene algo) será parte integrante de un conjunto humano. Pensemos cuántas mujeres hay aún en el mundo, que sólo obtienen un estatus social como esposas de un hombre, o como madres… del hijo de un hombre (mujer que tranquiliza a los demás porque ya tiene “algo”, dejando de ser un extraño animal sin alma). Y pensemos también en las dificultades sociales de una mujer soltera a través de los tiempos, siempre sospechosa —incluso lo que es más sorprendente, en medios intelectuales— de tonta, de hechicera, o de mala mujer. Pensamos que la segunda salida edípica: la reivindicación de la masculinidad, quizá pudiera escribirse ahora de otra manera y pensar que los estados depresivos de muchas mujeres, maltratadas o no, son la otra cara de la moneda de una posición vindicativa, seguramente tras una regresión ante un fracaso en la tercera salida, o “normal” según Freud, lo que les haría intentar dar solución a la falta en ser por una reacción reivindicativa frente la falta en tener, siendo la depresión la consecuencia del fracaso de esta vindicación.

Además, ese sentimiento de “falta en tener”, al que son abocadas muchas mujeres por el mal tratamiento dado a la diferencia, es otra de las causas de ese sentimiento de inadecuación, de inoportunidad que tienen multitud de mujeres, con la sensación de que si no tienen un hombre que defina su posición como esposa, madre, amante, corren continuamente el peligro de la desaparición subjetiva, de afánisis, que tanto les dificulta separarse, por muy dramática que sea su situación. Sentimiento de “falta en tener” que, en lugar de conducir al deseo, conducirá a la permanente demanda insatisfecha, según nos dice Lacan.

A partir de entonces, la mujer tendrá una posición reconocida en tanto madre, pero seguirá sin pertenecer a un “universal mujer”, por faltarle un significante del que ni la madre ni el padre supieron proveerla, según la escritura que hace Lacan al decir que la mujer no existe, lo que se escribe: “La (que aparece tachado con una barra diagonal) mujer no existe”[1], aludiendo a que en nuestra civilización que está organizada desde hace muchos miles de años en torno al falo y su falta, al no disponer de un significante que le sea propio, sino atendiendo a esa interpretación pueril, no existe el universal de mujer.

 

Es de nuevo una lectura ingenua la que cree que Lacan pensaba que las mujeres no existían, la que toma esta formulación como una expresión machista (lo que es una manera rápida de resolver lo que no entendemos, sin tomarnos el esfuerzo de trabajar lo que en las teorías aparece como “diferente”, o “difícil de entender”), como es bastante tonto también creer que Freud se inventaba que las mujeres a las que él atendía tenían envidia del pene de los hombres; otra cosa es que llamara así a las reivindicaciones que él escuchaba. En la clínica se escucha muchas cosas, entre ellas, que las niñas quieren ser tratadas como personas de primer nivel, igual que sus hermanos. Es absurdo seguir acusando a Freud de machista porque alguien preferiría escuchar que las mujeres se sienten plenas y seguras desde el inicio, y entre otras cosas tiene que ver con miles y miles de años de una civilización falocéntrica, no siendo el psicoanálisis quien lo ha inventado, sino quien se atreve a escucharlo y señalarlo; y también quien ayuda a las mujeres a formular las cosas de otro modo y a encontrar su manera singular de ser mujer. Es algo de cajón que si alguien es tratado como un ser de segunda desde que nace, tendrá algo que decir al respecto, sea por el lado de la queja por la injusticia, sea por el lado del reclamo. En todo caso lo interesante será escuchar la solución singular que cada mujer se dé ante esta cuestión.

 

Dicho todo esto, no resultará extraño que consideremos negativo el endosar a una mujer ese significante “víctima” en un absurdo intento, no sólo de resolver su falta en ser —falta que comparte con el varón por el hecho de hablar—, sino también su supuesta castración. Aunque podríamos ir más allá pensando que el sufrimiento no sólo puede dar carta de identidad a una mujer, sino que puede ser el camino que ella ha elegido —inconscientemente, por supuesto— para intentar resolver, para intentar elaborar esa falta en ser a través de la falta en tener, en tanto “ser castrado” o ser insuficiente. Desde luego es un intento fallido que sólo le proporciona más sufrimiento y más sumisión, y pensamos que esto se debe a que es un intento de elaboración desde lo imaginario, no desde lo simbólico. Hay un dolor de existir en el que una mujer puede instalarse a falta de otros recursos, del que es muy difícil ayudarla a salir. Lacan en su Seminario sobre la Ética[1] dedicará varias páginas a hablar de la ética del psicoanálisis, que es una ética del deseo, ya que supone atravesar la falta con que todo ser humano nace, sin quedar atrapado en el goce letal de sus peores efectos.

Ojo, que esto no quita ni una brizna de responsabilidad al maltratador —o maltratadora, que también las hay—, es solamente un intento de explicar por qué cuesta tanto a una mujer salir de la posición de víctima una vez que ha entrado en ella, incluso por qué es tan frecuente la posición de sumisión en una mujer. Pensamos que seguir explicándolo exclusivamente por la historia, sin dejar de ser cierto, es una explicación incompleta y todos lo sabemos.

¿Cómo ayudar entonces a esta mujer? Sólo a través de la escucha a quemarropa de sus significantes: de esos que nos hablarán, quizá, de sus fantasías de esclavitud, del aceptar escuchar su sentir de que sin ÉL no será “nada” (pensemos en la relación de esta nada con la falta en ser). A veces también, al escuchar a algunas mujeres, el terapeuta tendrá que tolerar que relaten cómo provocan a su hombre hasta que obtienen una prueba de su fuerza, sin que la indignación femenina o el hambre de justicia hagan al terapeuta hablar irritadamente, interrumpiendo la escucha y enviando a la mujer contra las cuerdas del Superyo. Si una mujer no puede desplegar en la cura esos significantes que tanta vergüenza le da exponer, ¿cómo podría llegar a renunciar a ellos? Y de no hablar, por miedo a la censura de quien la escucha, la alternativa está clara: llegar a desaparecer como sujeto, a lo que muchas veces contribuyen los profesionales, cuando la angustia no las salva a tiempo del tratamiento.

Los profesionales de la salud mental son los primeros en tener mucho miedo a lo inaudito, a la sorpresa en el mensaje que puede venir del otro, a su singularidad, y por qué no decirlo con todas sus letras: a la diferencia. No nos resultará raro entonces que se hagan guerras contra el diferente, drama que jalona la historia de la humanidad[1]. También pensamos que la guerra y la desconfianza hacia el Psicoanálisis tienen mucho que ver con esta dificultad ante el encuentro con la diferencia, con lo inesperado, con lo inaudito o, como decimos los psicoanalistas que estudiamos a Lacan, con lo Real.

Diferencia que como expresión simbólica, empieza siendo en la mente humana diferencia de los sexos, para después servir de troquel a sucesivos modos de diferencia: de raza, de religión, de concepción del mundo, etc. y también de la manera de estar en el mundo como mujer, puesto que si bien no hay un universal femenino, cada una, en revancha, podrá encontrar —si sus condiciones se lo permiten, o consigue un buen profesional que la ayude— una manera singular de ser mujer.

Contra las manifestaciones de esa diferencia lucha el terapeuta como gato panza arriba poniendo nombres, clasificando, anotando y reconociendo los ítems que hacen de alguien una mujer víctima de maltrato, o un niño víctima de abusos, o un niño hiperactivo, o lo que ahora está de moda: un futuro delincuente visto desde sus tres años por reunir en su persona incipiente equis rasgos que se pretende van a determinarlo de por vida. Si el terapeuta “ya sabe” lo que dicen los libros, se evita el escalofrío de lo que le gustaría no tener que escuchar, que siempre pasa por una diferencia con su propio pensamiento, y en ese movimiento pierde al sujeto; al sujeto de sus propias palabras, en su diferencia con los demás sujetos, en su singularidad. Ser, en tanto profesionales, como esos niños que presuponen una igualdad anatómica entre los sexos, ahorra al terapeuta el encuentro con sus propios límites, con el “no puedo hacer nada, sólo escuchar y estar a la espera de que el otro llegue a su momento de concluir en un acto”. De ese modo, el terapeuta se ahorra tener que escuchar, por ejemplo, que para algunas mujeres el despojarse de ese significante de victimas, las hará confrontarse con la amenaza de desaparecer como sujeto mismo, como sujeto de la palabra. “Soy maltratada, soy víctima, luego existo”, significante, el de víctima, propuesto desde lo social, o desde la Ciencia para un sujeto moderno, en contraposición al que propone el psicoanálisis: el que se va produciendo —más allá de su sexo— en su propia palabra, en su devenir en torno a la falta en ser.


[1] Cf. el libro de Robert Lévy de nota 2.


[1] Cf. nota 1.


[1] J. Lacan: Seminario 20: Aún, Barcelona, Paidós 1981.


[1] S. Freud: “Sobre la sexualidad femenina” (1931), en O.C., Biblioteca Nueva, Madrid 1974, Pág. 3080.


[1] Cf. S. Freud: “Tres ensayos sobre una teoría sexual”, en O.C., Biblioteca Nueva, Madrid 1974.

[2] Recordemos autores que se han preguntado a lo largo de los tiempos, no ya como Aristóteles si las mujeres tenían alma, sino incluso qué tipo de animal eran. Cf. al respecto Lemoine-Luccioni, Eugénie: ¿Las mujeres tienen alma? Barcelona, Ed. Argonauta, 1990.

[3] S. Freud: “La disolución del Complejo de Edipo”, en O.C., Biblioteca Nueva, Madrid 1974.


[1] La palabra mata a la cosa, decía Hegel.


[1] S. de Beauvoir: El segundo sexo, Buenos Aires, Ediciones Siglo Veinte, 1972.

[2] J. Lacan: Seminario II: El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica. Barcelona, Ed. Paidós, 1982.


[1] S. Freud: “El problema económico del masoquismo”, en O.C., Madrid, Biblioteca Nueva 1974.


[1] J. Lacan: Seminario La Ética, Paidós, Barcelona 1988, Págs. 370 y ss.

[2] Sobre este tema me aclaró mucho el libro de Robert Lévy: Un deseo contrariado, Ed. Kliné, Buenos Aires 1998.

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