El cuerpo, ese extraño que somos

Cuando nace un bebé, nace a un mundo que está ya organizado por las palabras. Palabras que organizan también las relaciones entre las personas, porque cuando uno se llama Jefe, hay que obedecerle, y cuando se llama hermano, es alguien con quien en principio vas a poder contar en los malos momentos.

Pero es necesario que alguien hable a ese bebé, porque como decimos los psicoanalistas, un niño no aprende a hablar, sino que aprende a responder. De ese modo, las palabras no sólo van a regular sus relaciones con los demás seres humanos, sino que también van a modelar y a marcar su cuerpo.

Y lo sigue haciendo toda la vida, ya que cuando alguien nos cae mal, decimos: “no lo trago”, o bien “me pone del hígado”, o llamamos “corazón” a alguien a quien amamos, o “mi mano derecha” a quien colabora con nosotros.

Sin embargo, nuestro cuerpo no deja de sernos siempre extraño de algún modo. Lo es cuando se enferma, o cuando en la pubertad, en ese recinto hasta entonces tranquilizador, empiezan a despuntar goces ignorados. Lo es también cuando la persona bella siente que no lo es lo bastante, o cuando una enfermedad hace que no se pueda coincidir con el ideal de belleza o de fuerza que se creía que uno mismo habría de ser.

Muchos dicen que somos sólo cuerpo. Bien. Cierto es que, al final, todo puede reducirse a reacciones bioquímicas. Pero no olvidemos que dichas reacciones, si bien en alguna medida son autónomas (es decir, que si falta una sustancia o hay una pieza malformada, esa persona va a tener problemas con seguridad), también en buena medida están comandadas por el lenguaje. Por eso hay palabras que nos hacen enfermar, pero también palabras que nos curan, nos alivian, nos dan esperanza…

Sobre ese extraño que, sin embargo, somos, Marcel Proust dice lo siguiente:

Es en la enfermedad donde nos damos cuenta de que no vivimos solos, sino encadenados a un ser de otro reino, del que nos separa un abismo, que no nos conoce y del que es imposible hacernos entender: nuestro cuerpo. A cualquier bandido que encontráramos en un camino, quizá llegáramos a sensibilizarlo al menos por su propio interés, si no por desgracia nuestra. Pero pedir piedad a nuestro cuerpo, es como intentar razonar con un pulpo, para quien nuestras palabras no pueden tener más sentido que el ruido del agua, y con el que nos espantaría estar condenados a vivir.

M.Proust: À la recherche du temps perdu, tomo 7: “Le coté de Guermantes”-2, Gallimard, Paris 1946-47, p.245. La traducción es nuestra.

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