Los imposibles-2

Cita

“No puedes enseñar a tu padre a hacer los hijos”

Refrán español

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Ese luminoso objeto de deseo

“La sonrisa te aletea en la cara como una mariposa”. Este esbozo de poema lo escribió el cartero de Pablo Neruda, aquel joven moreno y tímido que, en la novela de Skármeta (1), llevaba las cartas al poeta desterrado. El joven cartero estaba enamorado de Beatriz y quería poder comunicarle su amor con palabras tan hermosas como las que usaba el poeta; palabras que ella merecía.

            “Desnuda (…)Tienes líneas de luna, caminos de manzana (…)Tienes enredaderas y estrellas en el pelo” (2), le escribía el poeta a su amada y el cartero decidió que él quería aprender a hacer metáforas como esas.

Otra Beatrice, la amada del Dante (3), tan sólo con un levísimo aleteo de sus párpados —debido seguramente al temor pudoroso que le causara la mirada persistente y algo loquiza del poeta—, deja a éste perdido de amor para siempre. Qué fuerte. No es que nos queramos poner proustianos, pero es que Dante se enamoró sólo por el paso repetido de los párpados y pestañas de Beatriz, pongamos unas cuatro veces, por un recorrido entre medio y un centímetro. Quizá pudiéramos pensar también en el delicadísimo soplo que ese aleteo repetido produjo, un nanodesplazamiento de aire que milímetro a milímetro (imaginémoslo a cámara lenta y con el sonido de unas enormes alas batiendo) llegara a los labios del Dante y, cual pócima de amor, lo dejara embelesado a perpetuidad.

            Por desgracia no hemos sabido encontrar alabanzas equivalentes dedicadas por una mujer a su amado, o a su amada. Los comentarios de la protagonista de “50 sombras de Grey” preferimos ni mentarlos y no somos muy duchos en la poesía hecha desde que las poetas se han soltado el pelo.

¿O será que como dice alguno, las mujeres se enamoran más por el oído que por la vista? ¿Que al final se quedan con el feo que las hace reír? Tendríamos entonces que dedicar algún comentario a la forma de hablar de algunos hombres, un hablar con burbujas, con fuegos artificiales que por el arte de birlibirloque hacen estallar en mil pedazos el diafragma de severidad de las mujeres.

Hablamos en todos los casos del amor que desea, que busca la fusión con el amado o la amada para siempre jamás y chimpún. Otra cosa es que luego la madurez de cada uno le haga relativizar esos presupuestos; por eso obsérvese que en el título decimos “de” deseo y no “del”. Bueno, en fin, Dante decía que no, que él sólo quería amar a Beatrice por puro amor, sin deseo y tal, pero no sé yo, qué quieres que te diga…

 Escuchamos decir a algunas personas de la onda New age que no se debe desear, que no hay que apegarse, que hay que ser super zen. ¿Seguro que lo han entendido bien? Que sepamos, lo que dicen algunos orientales es que, al no existir un objeto o una persona que satisfaga para siempre, no tiene sentido aferrarse a ellos para conseguirlos o para no perderlos hasta el punto de machacarse la vida (Véase nuestra entrada “El deseo” http://wp.me/p2EKBM-6z).

Otro que no lo entendió muy bien fue el prota del film “Herida” (en Francia lo llamaron “Fatal”, mucho más apropiado). Hay que ver el lío que hizo por no poder dejar las cosas como estaban y por creerse que sólo había una persona en el mundo a la que tenía que conseguir como fuera y cayera quien cayese. Sólo cuando ya lo había perdido todo, pudo decir esa frase del final que es todo un testamento que nos ofrece Louis Malle en la que creemos recordar que fue su última película: “Al final, ella no era distinta de las demás”. ¡Anda, díselo al Dante y nos deja sin La Divina Comedia!

Tomarse las cosas del amor y del deseo con filosofía, es decir, con cierta distancia, no es lo mismo que renunciar. Como dice Caro: da tanta vidilla …

 (1) El cartero de Neruda, de Antonio Skármeta. Ed. Debolsillo, 2009. Aquí las dos páginas que nos parecen las más bellas de la novela: http://www.um.es/tonosdigital/znum11/secciones/teselas-elcartero.htm

 (2) Poemas de Neruda http://ficus.pntic.mec.es/~jmas0085/NERUDA.HTM

 (3) La Divina comedia, de Dante Alighieri, O.C., BAC, 1994.

El deseo

“El deseo suele aparecer bajo la forma de lo que uno no quiere” (Jacques Lacan: Subversión del sujeto, Escritos).

Esta es una frase que mosquea bastante y, lo que es raro, incluso a los psicoanalistas. Cada vez que se le dice a alguien, pone cara de extrañeza, o sea, que arruga la nariz, el ceño y hace un pequeño gesto con el cuello como quien se aleja para mirar mejor.

Y es que el ser humano se ha acostumbrado a poner en el mismo plano lo que quiere, lo que le da ganas, su voluntad, y lo que inconscientemente causa su deseo. Pero no son lo mismo. La cosa es de Perogrullo: sólo se puede desear lo que a uno le falta, por eso cuando se consigue algo, se abre de nuevo el deseo por otra cosa… ¡por suerte! Pero es que, además, el proceso por el que deseamos es inconsciente. Claro, es cierto que después la persona intentará dar un nombre a eso que le falta creyendo, no sólo que es eso lo que le falta, sino además que, al poseerlo, va a quedar ya para siempre satisfecho. ¡Y ahí le duele!

Pero Lacan lo dice muy clarito y es que el ser humano se pasa la vida transitando entre la insatisfacción y la angustia, o bien acepta que no existe ni en el macrocosmos ni en el microcosmos un objeto que le satisfaga por completo y para siempre, —y en ese caso, en lugar de quejarse de insatisfacción, se dedica a hacer proyectos, búsquedas que suponen hacer algo activo con esa insatisfacción, búsqueda que le produce alegría (no felicidad)—, o bien decide que nada merece la pena sino ese único objeto que falta, y entonces no sólo se pasa la vida quejándose y dando la lata a los demás, sino que también se angustiará pero, eso sí, seguirá creyendo a pies juntillas que existe el objeto que produce la felicidad, pero que a él o ella no les ha tocado en la vida, o bien que alguien lo posee pero no se lo quiere dar. Así, a la queja unirán como mucho la reivindicación de justicia, que para un momento puntual está bien, pero como algo que tiñe la vida es una gaita y con ello no harán nada más que entristecerse.

Así que no sólo lo que causa el deseo es algo que falta, sino que ir en pos del deseo, los proyectos, el esfuerzo por conseguir algo que ilusiona… pues eso, que aunque luego da alegría, así de momento es un esfuerzo y eso da a veces mucha pereza y hace creer que lo que uno desea es lo que le da ganas, por ejemplo comer helado a todas horas. Pero eso no es el deseo, sino la apetencia. Y la pereza que da preparar un trabajo o una conferencia, llamar a un psicoanalista para iniciar unas conversaciones o actualizar el Currículum Vitae, se identifica con lo que uno NO quiere, cuando en realidad eso no es más que parte de las dificultades que se encuentran en el camino hacia el deseo.

De ahí la frase de Lacan en el inicio.