En cien años… ¡todos locos!

Eso ocurrirá si seguimos concibiendo la enfermedad mental según los criterios del DSM5 y otras fórmulas de diagnóstico para las que hay que mirar el manual en lugar de escuchar a los pacientes. ¡Gran negocio para las farmacéuticas! Hacer clic aquí: http://revistaepoca.globo.com/Sociedade/eliane-brum/noticia/2013/05/acordei-doente-mental.html

La interpretación (*)

Desde la antigüedad contamos con ejemplos de interpretación mediante los cuales, a partir de las entrañas de animales o los posos del café, los antiguos adivinaban la razón del sufrimiento, o el camino a tomar. Eran interpretaciones, o más bien adivinaciones de orden chamánico.

En otro orden, los jeroglíficos egipcios fueron señalados por Freud en el momento de escribir su Interpretación de los Sueños, como más próximos al lenguaje usado por éstos para hablar de lo profundamente reprimido. Pero era el primer Freud, el de 1900 que aún soñaba con poder fabricar un catálogo del significado de los sueños que hiciera más fácil su interpretación.

            No parece, sin embargo, que este Freud sea el mismo que aquel que, también en su teoría sobre los sueños, nos muestra cómo escucha literalmente la interpretación hecha por el adivino Aristandro de un sueño de Alejandro Magno. En dicho sueño —hecho en un período en que Alejandro dudaba de si tomar la ciudad de Tiro que tenía sitiada—, un sátiro bailaba sobre su escudo. El adivino no se dejó llevar por el sentido que podía aportar la imagen, ni por lo que podía representar un sátiro en la cultura macedonia, sino que lo interpretó literalmente, con lo que el sueño se convertía en: Σάτυρος = σά Τύρος, sa Tiros = tuya es Tiro. Si bien seguramente en aquellos tiempos esto se creería una capacidad para la adivinación del futuro, Freud no se engaña y nos enseña cómo las formaciones del inconsciente, si las tomamos en su literalidad, sólo apuntan a la verdad inconsciente del sujeto, a la verdad de su deseo. En este caso, tras el deseo de Alejandro de poner la ciudad de Tiro bajo su imperio, lo que para él significara dicha posesión.

            No será ésta la última vez que Freud nos aporta una interpretación por el estilo. Muchos años después, en su artículo sobre el fetichismo nos hablará de un analizante con un curioso fetiche, ya que se sentía atraído por las mujeres que tenían un cierto brillo en la nariz: Glanz auf der Nase, un brillo que sólo él veía. Curioso pasaje éste de Freud[1] en que el equívoco se basa en la homofonía de la palabra alemana Glanz(brillo) con la inglesa Glance (mirada), lengua materna del sujeto. Mirada del paciente de Freud sobre ese presunto falo de la madre escondido tras el equívoco producido entre dos lenguas y que entre ambas pasará como de matute.

Y es que no se interpreta a partir de las asociaciones del analista, aunque éstas sirvan para orientar la cura. Tampoco se trata de explicar, ni de dar sentido, esto último al menos cuando hablamos del análisis con adultos.

Para Freud, hay que interpretar los sueños como si fueran jeroglíficos egipcios de los que no sólo puede tomarse el sentido, sino también su materialidad. Y Lacan, que tomará como base a este Freud de lo literal, dice que la interpretación no debe hacerse por el lado de la imagen, sino de lo que los franceses llaman rebus, tomando éste a la letra, es decir, tomando sus elementos por su valor fonético y no por lo que representan[2]. Por eso dice Freud que es más justo comparar el sueño con un sistema de escritura que con una lengua, y Lacan que la interpretación tiene más que ver con la escritura poética. Ambos subrayan entonces el carácter enigmático de lo que nos interesa, más la verdad medio dicha que lo verdadero, más las sombras que las luces, más el olvido que el recuerdo que apantalla.

            La interpretación a partir de Lacan y hasta los años sesenta, se parecerá más a la de Aristandro, o a la de Freud en el trabajo sobre el fetichismo que a la de los post-freudianos (que siguen intentando aportar sentido), y cobrará una forma nueva en función de la evolución de su teoría sobre el inconsciente. A partir de ahí interpretar, para un psicoanalista, será escuchar el sonido y la disposición de las letras que esconden lo pulsional, no dejándose llevar por lo icónico del sentido, ni por sus propias opiniones. Por eso Freud no se dejó deslumbrar por el brillo de aquella nariz, sino que fue capaz de encontrar tras ella una mirada pícara.

Habrá que ir más allá de la lengua, más allá de sentido, ahí donde en lo real hay un trazo ligado a un sonido en la letra ya que no es aportar sentido —como se pretende aún en tantos círculos psicoanalíticos—, lo que el analista propone con su interpretación, sino disolverlo, apuntando a producir la mayor distancia posible entre identificación y objeto, teniendo como punto de mira que siempre le faltará un significante al Otro.

Decimos que la interpretación es así hasta los años sesenta, porque Lacan en la última década de su vida empieza a preguntarse si en el trabajo con los equívocos significantes no se produce también un goce del analista. ¿Fetichizarán los analistas en su afán por los juegos de palabras, como si éstos fueran una manera más moderna de aquel clásico “devolver algo” a los analizantes? Pensamos que a esto se refiere cuando comenta en su Seminario RSI que la interpretación va más lejos que la palabra, o cuando ejecuta determinadas acciones con sus pacientes ya en los últimos años de su vida.

Esto último ha sido tomado muchas veces como una expresión de su enfermedad y su vejez, pero quizá podemos preguntarnos si lo suyo no era una nueva vuelta de tuerca en su intento de vaciar de goce el trabajo del analista y si esto no nos abre acaso a una nueva teoría sobre el inconsciente como inconsciente-real, más que como inconsciente-lenguaje.

A nosotros nos queda esa tarea.

* (Introducción al libro: Un cambio en el mundo, un cambio en el sujeto, ¿cómo interpreta hoy un psicoanalista?, Actas de las XXI Jornadas de Clínica Psicoanalítica, Ed. Acto, Barcelona 2013).


[1] S.Freud: Fetichismo, in O.C. Tomo VIII, Biblioteca Nueva, Madrid 1974, p. 2993.

[2] Por eso en algún momento de su obra, Lacan recuerda la pregunta que el gato le hace a Alicia en el País de las Maravillas: Did you say pig, or fig?, es decir que le da a elegir entre una oclusiva y una fricativa, sin que el tema tenga nada que ver con los cerdos o los higos, sino con el sonido y los órganos de la fonación.

 

La escucha

Todo el mundo cree que por el hecho de tener dos oídos y oír por ellos, sabe escuchar. Sin embargo podemos poner varios ejemplos de situaciones de la vida cotidiana en la que eso no se produce.

Ejemplo 1: Hay una persona en duelo, es decir que se le ha muerto un ser querido o ha perdido algo importante y está muy triste. Llegará una persona y ante sus lágrimas le dirá que se sobreponga, que no puede seguir así. Otros le dirán: “Venga, venga, que tú eres fuerte y lo vas a superar”. Y otros: “Hazlo por tus hijos”. Es decir que, según eso, la persona en duelo no debería ni llorar ni estar triste, sino ser fuerte y sobreponerse. Pues ante esas frases la persona en duelo se sentirá mucho peor, con conciencia de culpa por hacer sufrir a otros, y con una rabia horrorosa que no puede expresarle a quien le dice esas barbaridades porque quedaría fatal.

Ejemplo 2: Alguien acaba de recibir una fuerte agresión, una gran faena y se siente triste porque no lo esperaba de cierta persona, pero también con ganas de machacarle a ésta alguna parte blanda. Si se le ocurre expresar la tristeza o la rabia, recibirá las mismas frases que expusimos en el ejemplo 1, pero además: “Pero si seguro que te lo ha hecho sin querer, no por hacerte daño”, o bien, “Pero si lo ha hecho inconscientemente”, como protegiendo al agresor, y no a la persona agredida.

Ejemplo 3: Unos padres prohíben a su hijo/a estudiar lo que quiere, o ir a un campamento de verano a encontrarse con otros niños… Se queja y alguien le dice: “Por algo lo habrán hecho. Los padres lo hacen todo por el bien de los hijos”.

            En los tres ejemplos, vemos como las palabras de la persona que expresa un dolor o una queja, no son acogidas por quien supuestamente lo está escuchando, sino rechazadas. Es como si le estuvieran diciendo: “Tu dolor, tu queja, son inadecuados, yo no puedo recibirlos y, además, deberías comportarte como dicta el ideal”. Así, no se le está ni escuchando, ni ayudando en su duelo o en su dolor; no se está dando lugar a su modo particular de expresarse, todo lo contrario.

            Es difícil escuchar a los demás sin intentar llevarlos al territorio de los ideales propios, como si algunas personas pensaran que el mundo es un conjunto de espejos que le reflejaran y que por esa razón los demás tienen que hacer lo que él o ella piensan que tienen que hacer..

            Hace muchos años tuvimos ocasión de escuchar a un místico japonés que explicó lo siguiente. Los japoneses más bien mayores (se lamentaba de que los jóvenes han perdido esa costumbre), saludan a otro inclinándose, doblándose ligeramente por la cintura, al mismo tiempo que el otro se inclina ante él. Dijo que en realidad no se inclinan ante el otro, sino ante un vacío que consideran que hay entre los dos. Que ese vacío representa la separación entre ambas personas, para que partan de la base de que son dos y no uno, para que  ninguna de las dos piense que sabe lo que al otro le conviene o que sabe lo que el otro está pensando, lo que son dos modos en realidad de suprimir al otro como tal otro, y de considerarlo sólo como un reflejo de uno mismo. Eso sería como creer que entre las personas lo que hay son vasos comunicantes, pero eso no es sino una de las muchas formas que existen de velar ese vacío.

            Respetar el vacío que hay entre las personas, supone no intentar aplicar al otro nuestros ideales, nuestra manera de ver el mundo, no juzgarle según éstos y acogerle tal como es y tal como habla.

Emociones aprendidas

“Los espacios mediáticos, que son los que construyen el imaginario de las sociedades democráticas actuales, declinan las diversas maneras de hacer con los sentimientos según una ubicuidad que liga un sentimiento: odio, desamparo, amor, envidia, celos, valor, miedo, cobardía, grandeza de alma, generosidad… con una imagen simplificada de lo que lo causa, y una representación igualmente unívoca de cómo resolverlo mediante acciones. Se supone entonces que la acción contiene sin deformación las intenciones y los sentimientos de los personajes. Las series televisivas como The Bold and the Beautiful son su exacta ilustración. La infatuación del planeta entero por el desamparo ante la muerte de Michael Jackson, o el júbilo por la boda del Príncipe Carlos, destacan dichas representaciones: gloria y dinero son sinónimos de felicidad. Soledad y oscuridad, pobreza, aseguran la infelicidad. De todos modos, nada nuevo bajo el sol, ya que ¿no era acaso “pan y circo para el pueblo” la máxima que el poeta Juvenal atribuía a los emperadores romanos? La publicidad y las cadenas informativas son los principales difusores en bucle de esta idea básica de la vida y de los hombres con sus objetos, idea en la cual nuestros hijos están inmersos antes incluso de su primer biberón.

(…) La juventud actual se encuentra confrontada con dos dificultades. La primera consiste en recibir de la pequeña pantalla sentimientos o ideas a una edad precoz, antes incluso de haber podido experimentarlos por ellos mismos. La segunda consiste en recibir en el mismo momento, códigos de pensamiento unívoco, que a la vez difuminan los matices y la libertad de deliberar en cuanto a las lecturas y reacciones posibles a las expresiones dadas así al afecto y a lo pulsional. Lo que antes se aprendía de los demás por las relaciones que la vida creaba y las conversaciones que se iban entablando, hoy se descubre a menudo de modo solitario y precoz”.

Martine Fourré, La folie de vivre. Quelle présence offrir au mal de vivre?, EFEditions, Paris 2012, p 107.

Traducción casera