Hannah Arendt – Margarethe Von Trotta 2012

Magnífico film sobre el significado del verbo “pensar”. Pensar como actividad que fabrica seres humanos, sujetos, frente a la ‘obediencia debida’ que defiende Eichmann que convierte al obediente en objeto de otro que piensa por él. Al menos eso es lo que algunos pretenden, ya que elegir se elige siempre, aunque lo que se elija sea seguir, obedecer o someterse a otro, y la elección no es sino un acto subjetivo.

            El pensamiento es una actividad libre, propia de sujetos. Es algo que a una persona le permite confrontarse con los demás sujetos como diciendo “éste o ésta soy y pienso esto”. Pero como bien nos muestra el film, el pensamiento es también algo que, de llevarlo lejos, a uno lo deja solo.

            En efecto, es mucho más fácil pensar como piensa el conjunto, compartir los ideales de los vecinos, de los amigos, del medio social bienpensante en el que cada uno se desenvuelve, identificarse con la gente cuyo pensamiento es prêtàporter. Que alguien sea independiente en el análisis que hace de las cosas, puede ser insoportable para la gente estúpida, por ejemplo, porque estos siempre tienen que apoyarse en lo que dicen los demás y eso los condena a envidiar y denostar a quienes piensan por sí mismos.

            Uno de los monumentos que aparece en el film, es una conversación, o una clase que da Hannah, en la que viene a decir que la existencia de la solución final, rompe el pensamiento automático que hasta entonces mantenía todo ser humano, según el cual el bien algún día será recompensado; el actuar con justeza o con justicia, obtendrá sus merecimientos en el futuro. Pues no, viene a decir Arendt. En un campo de exterminio, si tú te comportabas estupendamente, si hacías el trabajo que te pedían, si obedecías en todo, podías ser machacado vilmente ya que no había pacto posible del agresor con las víctimas. Ese es, justamente, uno de los modos que usaron los nazis para deshumanizar a sus víctimas que nunca sabían lo que podían esperar, con lo que la confianza básica en el otro, quedaba aniquilada. Eso le ocurre también a la víctima de un perverso no nazi.

            Hannah Arendt dijo lo que pensaba que era fruto de su finísimo análisis y le costó la exclusión por parte de los suyos. Pero hay muy poca gente que esté dispuesta a llevar lejos su pensamiento, porque es más cómodo pensar en bloque. Así, cuando ella dice que los nazis no pudieron actuar solos, es acusada de ir en contra del pueblo judío. ¡Pero si ella sólo hablaba de los dirigentes, y no daba la razón a los nazis! Pero la gente no quiere molestarse en ir más allá, y sobre todo cuando la masa se aúna en contra de alguien en un grito inflamado.

            Si hubiéramos sido personajes de esa época, por ejemplo, si fuéramos alguno de los amigos o amigas que frecuentaban la casa de la filósofa, hubiéramos pensado que tanta inquina y tanta violencia contra ella, quizá venía propulsada también por la envidia que podía producirle al personal la relación abierta que mantenía con su marido, y su libertad sexual que si bien no proclamaba a los cuatro vientos, tampoco ocultaba. O por ser mujer, o por ser judía, o por ser una intelectual de éxito, o por poder escribir y publicar, o por haber decidido no tener hijos —lo que no suele ser perdonable entre la gente bienpensante. En cualquier caso, en ella aparecía la diferencia dentro de la diferencia, lo que la hacía particularmente insufrible a muchos de sus contemporáneos.

            Finalmente, no podemos dejar de envidiar a esos alumnos de la filósofa, nosotros que hemos sido tan carentes en las aulas…

 

 

Matar al padre

Es una metáfora, claro, y también una frase que se escucha y se lee con frecuencia: “hay que matar al padre”, o “tienes que matar al padre”. Y en general, cuando lo escuchamos, nos parece que no se entiende bien el sentido ya que se suele usar como sinónimo de ser rebelde, de oponerse a los designios paternos como hace un adolescente.

            Y algo de eso hay, claro, pero quizá tendríamos que matizarlo. Y es que en el proceso mediante el que un ser humano se hace hombre o mujer, pasará por una etapa infantil en la que el modo que tendrán de fusionarse imaginariamente con su madre, será —o eso creen los niños— matando previamente al padre que es el rival. La fantasía de los niños (más que de las niñas aunque también de éstas) les dice que una vez muerto su padre, ellos y ellas podrán tener junto a su madre el lugar privilegiado de ser el único. Esto es inconsciente para todos, claro, uno no va pensando esas cosas por la calle.

            Claro, el problema es que esa fantasía, como toda fantasía, pasa olímpicamente de la realidad. Y que una de las cosas con las que el humano se choca constantemente es con los imposibles lógicos. ¿Que cuáles son? Pues por ejemplo el que no se puede estar en la misma generación que los padres. ¿Porque está prohibido? ¡No! Porque lógicamente es imposible. De ahí ese refrán español que dice: “No puedes enseñar a tu padre a hacer los hijos”. ¿Y por qué no puedo? —dicen algunos—; ¿es que está prohibido? ¡No, hombre, no! ¿Cómo va a estar prohibido algo que es sencillamente imposible? Pues algunos se empecinan en decir que si no está prohibido, entonces es posible. Durillos de mollera que son.

            Vamos a ver, atentos, si pudieras enseñar a tu padre a hacer los hijos, querría decir que él no sabe cómo se hacen y entonces… ¡tú no habrías nacido!

            Hay que ver lo tontos que nos ponemos los seres humanos cuando sólo podemos entender algunas imposibilidades si se les añade alguna prohibición.

            Otra imposibilidad lógica: el pasado no vuelve. ¡Vaya que no! A mí me dijeron que en mi anterior reencarnación fui un cernícalo —dice uno; ¡Pues a mi tío se le apareció Sai Baba que murió hace miles de años! —dice la otra. Vale, diremos nosotros, pero eso es cuestión de fe. También en la película Regreso al futuro el niño se encontraba con la misma edad que su madre siendo adolescente. Bueno, pero eso es lo que tienen la fe, una fantasía o una peli, que nos hacen aparecer como posibles cosas que a veces no lo son.

            Pues algunos se pasan la vida deseando que muera su padre, creyendo los muy ilusos que eso les va a cambiar la vida para mejor, porque mamá entonces no tendrá reparo en guardarlos para ella sola. ¡Si es que no te enteras! Esperando que muera tu padre, tú puedes dejarlo todo en tu vida para más adelante, puedes no aprobar nunca la Selectividad, ni arriesgarte nunca a buscar un trabajo, puedes no encontrar nunca novia y esperar tanto para tener un hijo que tus espermatozoides se jubilen. Vale, puedes dejarlo todo para mañana, pero lo único que vas a conseguir es una vida mustia. Porque mamá, desde luego, es alguien con sus propios intereses, no con los tuyos.

            Y decimos nosotros, matar al padre ¿no será seguir el propio camino aunque los padres se disgusten (que no para disgustarlos), aunque no les parezca bien? ¿No será algunas veces echarse una novia o un novio que no coincide con el ideal que los padres tenían para su hijo o hija? Ahora bien, si matar al padre es no seguir el camino que aquel o tu madre trazaron, sino el tuyo propio, a partir de ahí tienes una responsabilidad, tienes que dejarte los dientes, las pestañas y hasta los higadillos para que ese camino que emprendiste salga bien. De lo contrario, más que matar al padre, lo único que haces es pisarle el dedo gordo.

            Pero oye, si lo tuyo es obedecer y dejarlo todo para más adelante… ¡tú mismo con tu mecanismo!.

Las neurociencias reductoras

” (…) hoy las neurociencias y la psiquiatría biológica, intentan hacernos comprender de una vez por todas que los recuerdos, (la memoria) han durado demasiado y que no es necesario atribuirles lugar ninguno en la dinámica del sujeto ya que, como opción terapéutica, son más un inconveniente que una ventaja (…).

Pero en lugar de que los beneficios y defectos de estos enfoques, sean evaluados de modo diferenciado y pragmático, lo que hacen es lanzar un asalto contra los derechos de la subjetividad y los valores humanistas de las Luces, reduciendo al ser humano a tener un comportamiento animal, o a ser tan sólo una máquina neuronal. El psicoanálisis, al contrario, ha sido presentado como la última muralla contra el materialismo y el ‘cientificismo’ anglosajones.

Elisabeth Roudinesco explicaba en un folleto dirigido contra la psicofarmacología y contra los ‘teóricos del cerebro-máquina’, por qué el psicoanálisis escapa a cualquier evaluación objetiva de sus resultados, diciendo que una cuantificación como ésas, ‘reduce siempre el alma a ser una cosa’. “

Robert Lévy en su Seminario de Madrid del 15-06-2013.

Traducción libre

La autonomía en el niño

“La manera en que los niños son recibidos por su madre al llegar al mundo, va a jugar un papel decisivo. Con ayuda de la madre, el niño diferenciará progresivamente lo que él es, del mundo exterior.

            Durante mucho tiempo, el niño ha sentido su cuerpo como a trozos, y también el de su madre; tanto el pecho de ésta como el biberón aparecen como si fueran un objeto separable, parcial.

            Muy pronto, desde el nacimiento, el cuerpo es objeto de goce. El dominio progresivo de su cuerpo es goce para el niño: cuando llega el momento de andar, vemos al niño como emborrachado en cierto modo por este dominio de su cuerpo. Se pone a andar para todos lados por el placer que esto le procura, olvidando cualquier otra ocupación, incluso desinteresándose a veces del propio alimento. De modo metafórico, Françoise Dolto dice ‘es como si el erotismo se desplazara de su boca a sus piernas’.

            Dado que el desarrollo motor y, en particular, la motricidad de locomoción es una etapa hacia la autonomía, el deseo de la madre interviene, según que ella desee o no que el niño sea autónomo. Si prefiere a un hijo-bebé y dependiente, el niño tardará más en andar.

            Si la madre es atenta y juega con el niño, la motricidad manual se desarrollará rápidamente”.

Jenny Aubry: “Psychanalyse des enfants séparés“, Champs essais, Paris 2003.

 Traducción libre

El síntoma en el niño

“… no se puede aislar el síntoma del niño ‘enfermo’ no sólo de su propio discurso, sino del discurso que lo constituye, sobre todo del discurso de los padres.

El síntoma del niño viene a llenar, en el discurso familiar, el vacío que ha dejado una verdad no dicha. Así, el síntoma es necesario para protegerse contra la verdad en cuestión. Por eso, cuando se quiere tratar el síntoma, es el niño a quien se rechaza”.

 Maud Mannoni et al.: Enfance aliénée, Ed. Denoël

Traducción casera