¿Se vuelve a llevar el amor?

Alguien nos dijo con rotundidad: “hoy el amor está devaluado”, haciendo alusión a los encuentros amorosos en Internet. Era tan rotunda la afirmación que se nos ocurrió ponerla a prueba preguntándonos: ¿es hoy como ayer el amor, o es diferente? Y la verdad es que no se nos ocurría qué decir.

En lo accesorio, vemos que en algunas papelerías siguen existiendo esas postales representando a una pareja de novios que se miran arrobados, algunas incluso con bordados y lentejuelas. También sigue celebrándose San Valentín todos los 14 de febrero. Los de nuestra generación que vivimos el mayo del 68, considerábamos francamente cursi todo lo relacionado con dicha festividad, mientras que hace muy pocos años se puso de moda en algunos Institutos que el 14 de febrero los chicos regalen una rosa a la chica que les gusta (¡un dramón para las que no reciben rosa!).

En cuanto a la manera de emparejarse, aparte de que ahora muchas parejas optan por inscribirse bajo el rubro “De hecho”, han venido a engrosar las filas de las relaciones oficiales los homosexuales de ambos sexos que ya no tienen que disimular el amor que los anima. Entonces parecen haber cambiado algunos modos, pero no vemos que haya cambiado nada en el fondo de la cuestión.

Un experto en comunicación nos dio la idea de una posible diferencia entre el antes y el ahora, al comentar que en los chat de Internet le parecía muy curioso que cuanto más joven era la gente, más soeces eran los comentarios, más burradas se decían. Quien quiere acceder a estas charlas de chat tiene que entrar con un alias en el que muchos intentan reflejar lo que es su punto de interés al chatear, por ejemplo, uno se llama “chicofacil”, otra “besucona”; otros buscan hacerse reconocer mediante un rasgo del Ideal del Yo: “Stradivarius”, “Picasso”, “Catalana”, mientras que el resto más faltos de imaginación o de esperanza se contentan con poner un nombre de pila, seguido a veces de un número que significa los años que tienen, o los que quisieran tener, porque los chat son un carnaval en el que cada uno presenta al otro los rasgos con los que les gustaría ser mirado.

Cuando éramos niños y Madrid era Eldorado para la gente que quería trabajar, los jóvenes venían a la capital desde otras provincias con la esperanza de labrarse un porvenir y los domingos acudían al baile de la Casa Regional de su provincia: la Casa de León, la de Guadalajara, etc., lo que les permitía conocer otros jóvenes o no tan jóvenes, hacer amigos, pareja, y encontrarse ‘como en casa’ en la capital. Lo cierto es que no he visto nada más parecido a esto que el Facebook, en el que uno puede buscar gente que hable valenciano o euskera, gente de su propia ciudad o no, de su misma edad o no y, del mismo modo en que de las Casas Regionales acababan por citarse algunas parejas fuera de ellas, hoy también hay gente que se cita para conocerse fuera de la red.

Volviendo a lo que nos decía el comunicador, en la red de los adolescentes, incluso de los niños mayores, se da bastante descontrol pulsional. Lógico. De todos modos, ahora en Facebook o Tuenti ya no existe el anonimato, por lo que hay un poco más de control del que había en los antiguos chat en los que las amenazas por cuestiones de celos eran de una violencia inaudita. Una joven nos contó cómo una desconocida que se sintió abandonada en la red por algún otro joven que la prefería a ella, le dijo que ojalá el gato de la vecina estuviera jugando con el corazón de su madre. Esa desconocida merecería estar hoy en alguno de los realitys de Tele5. Quizá lo esté.

Recordemos las palabras de Freud acerca de la metamorfosis de la pubertad[1]: “El instinto sexual, hasta entonces predominantemente autoerótico, encuentra por fin, el objeto sexual. (…) Ahora aparece un nuevo fin sexual, a cuya consecución tienden de consuno todos los instintos parciales, al paso que las zonas erógenas se subordinan a la primacía de la zona genital. (…) La normalidad de la vida sexual se produce por la confluencia de las dos corrientes dirigidas sobre el objeto sexual y el fin sexual, la de ternura y la de sensualidad…“.

Pero para que haya sensualidad amorosa y sexual y no violencia descontrolada, es preciso que se hayan efectuado algunas operaciones previas al momento de pasar a tener una vida sexual con otro que esté presente, no en la red, y que estos inicios de la vida sexual no hayan pasado por demasiadas contrariedades. En efecto, hay una línea divisoria entre los jóvenes que pueden dirigirse hacia un objeto sexual en tanto sujetos deseantes, que son los que en la red pueden ofrecer frases amorosas y futuros de felicidad eterna a las chicas (lo de toda la vida), y otros que permanecen en el autoerotismo, que no llegan a tocar otra piel, una piel real, y que si la tocan lo harán con torpeza y con prisa por terminar pronto.

Si lo que se ama en el amor es verdaderamente al otro como persona… eso ya es harina de otro costal. Claro, cuando ya se lleva un tiempo de relación con alguien, se puede llegar a valorar su bondad, su inteligencia, su generosidad… También es cierto que una mujer desea de un modo diferente que un hombre y que este último, como el psicoanálisis nos enseña, lo que desea en el otro es el brillo que cree que emana de ella, no que está en ella, y que es además un brillo parcializado.

Como ejemplo de esta acción saludable que es dirigirse hacia el brillo que emerge en el campo de la mujer amada, tenemos un ejemplo literario en Gustavo Martín Garzo. En su novela “Historias de Marta y Fernando”, el protagonista define así a su novia:

“Con Marta era distinto. Ella no pertenecía a ese mundo. Era como si de pronto, en aquel paraje inclemente, hubiera aparecido una criatura preciosa, una criatura que nadie hubiera visto antes y que no se supiera de dónde venía. Que hubiera aparecido una cierva. Una cierva delicada y vivaz, con esos ojos líquidos que a cada instante parecen decir bébeme“.

La chispa que parece emerger del objeto deseado, aparece en este caso para Fernando en los ojos de Marta, y más concretamente en su cualidad de líquidos, y su herramienta de escritor le permite a Martín Garzo promover en esta frase tan breve una alta concentración pulsional; fíjense cuántas pulsiones aparecen entretejidas en ella: la pulsión de la mirada, la pulsión oral y la pulsión invocante, nada menos, para configurar con unos pocos trazos lo que Lacan llamó “objeto a” y que tiene la particularidad de ser el que causa el deseo de Fernando, siendo por lo tanto el objeto que le constituye a él, no a ella, como sujeto deseante (ya que nos quedaremos sin saber si la mujer real que inspira el personaje de Marta tenía o no ojos acuosos). ¿Está el objeto entonces en Marta o en Fernando? ¿En los ojos que le miran o en lo mirado?

En este ejemplo podemos comprobar lo que para Lacan significa sublimar, ya que para él no implica una renuncia al objeto sexual, sino que más bien al contrario, el objeto deseado puede ver dibujados sus contornos gracias a la sublimación. Cito a Lacan: “La sublimación, en efecto, no es lo que piensa el común de la gente, ni se ejerce siempre obligatoriamente en el sentido de lo sublime. El cambio de objeto no hace desaparecer, lejos de ello, el objeto sexual – el objeto sexual, acentuado como tal, puede nacer en la sublimación. El juego sexual más crudo puede ser el objeto de una poesía, sin que ésta pierda sin embargo su mira sublimante“.[2]

Imaginemos el extremo opuesto a la sublimación: Fernando decide beberse los ojos de Marta que como sabemos son líquidos y a él “le parece” que se lo piden. Sigamos imaginando que Fernando saca entonces un bisturí, se dirige a Marta y… No estamos tan lejos de la realidad. En un suceso que circuló en la prensa en los primeros años 80 y que Gustavo cita también en esta novela, un estudiante japonés decide descuartizar a su novia holandesa e írsela comiendo poquito a poco. Fue un hecho muy comentado en aquel momento entre los jóvenes estudiantes de psicoanálisis entre los que nos contábamos. El joven japonés, después de haber sido declarado demente por los holandeses, es enviado a Japón donde tras una terapia se convierte en pintor, y creo recordar que escribe también un libro titulado algo así como “Apetito”, no digan que no es genial. En fin, no sabemos si la eficacia sublimatoria de las psicoterapias niponas es alta (puesto que contamos también con el ejemplo de Yayoi Kusama a la que tanto tranquiliza hacer lunares), si pudo hacer un síntoma exitoso, o si nuestro héroe continuará almacenando en su congelador europeas o rubias, como humanos depósitos de yo qué sé qué diantres será para él lo que brilla en las europeas o rubias. Para el protagonista de la novela “El perfume” era de las pelirrojas de las que emanaba aquel aroma enervante de los sentidos.

Con el japonés estamos claramente en el territorio de las psicosis, ya que ha tomado como real ese brillo que es en gran medida imaginario y que emergía para él de algún rincón del cuerpo de la pobre holandesa. Pero sin necesidad de hablar de psicosis, Lacan, en su Seminario sobre la Angustia, comentará que los varones tendrán que renunciar a su sadismo de querer encontrar el objeto “a” en lo real del cuerpo de su pareja sexual, justamente en relación con esa manera que tiene el sádico de seguir buscando en las heridas de la piel de su pareja un objeto que, aunque brille, desde siempre está perdido. Y si los varones convierten a su compañera sexual en joyero que esconde el brillante objeto, ¿por qué no son sádicos todos los varones?

No es raro que estemos poniendo en relación el arte aquí la escritura y la pintura como fabricante de objetos de deseo, con el amor sexuado y con la angustia. No es raro, ya que el amor es un gozne, un punto de bisagra como lo es la angustia, quizá porque están animados —aunque de distinto modo—  por el mismo objeto.

Pero para hablar de amor no es necesario quedarse en la juventud; se vuelve a llevar el amor, no porque nuestros tiempos traigan nuevas/viejas formas de encuentro, sino porque en edades más maduras, tras los desengaños y ya con la mirada puesta en la vejez, el amor sigue siendo una de las añagazas con las que burlar a la muerte para que espere aún un ratito.


[1] S.Freud: “Tres ensayos para una teoría sexual”, in O.C., Tomo III, Biblioteca Nueva, Madrid 1972.

[2] J.Lacan: Seminaire “Le Sinthôme”, inédito.

La barbarie suave-1

“Combatir esta barbarie suave, implica traer a la plaza pública los discursos confusos y las prácticas de manipulación a los que aquella da lugar, desenmascarando las legitimidades y las caretas de las que se cubre, desmontando las herramientas que aplica a los individuos. Pero también es necesario comprender cómo una sociedad ha llegado a dejar que se desarrollen esos discursos y esas prácticas, y cómo las instituciones mismas han llegado a usarlos y a legitimarlos”.

         Jean-Pierre Le Goff: La barbarie douce, Ed. La découverte sur le vif, Paris 1999, pág. 9.

            Traducción casera.     

El silencio ‘ejpañol’

Es un hecho: en España la gente no se habla salvo para gritarse, lanzarse epítetos o meterse puyas. No lo hacen porque hablar significa, sobre todo, ser capaz de escuchar* al otro cuando habla, poder intercambiar y, para intercambiar, es necesario previamente que haya dos posiciones diferentes y que cada cual respete la otra posición.

Cosa imposible durante los duros años de la dictadura, en que había que callar las propias ideas a riesgo de ser denunciado, censurado o represaliado, ya que sólo era posible pensar como pensaba el Régimen que machacaba vivo al que se desmandaba. Era la manera de que hubiera una sola voz.

Cuarenta años que han dejado marcas. En el país en el que, antes de la sublevación militar del 36, los parlamentarios no hablaban jamás con un papel delante, ahora pocos se atreven a arriesgar una palabra que sea propia, distinta, con estilo y, sobre todo, de la que sean autores, y no que se la hayan escrito sus asesores.

En las comidas, cuando la familia se reúne, se pone la tele. “Es un modo de no pelearnos”, dicen algunos. En otras familias hay consenso para no hablar de política: “Es que discutimos”. Pues claro, se discute, se intercambia… No; aquí el conflicto** aún da miedo, como mucho miedo se tiene también a las pasiones desatadas en la familia, como en la idea de que “empezamos discutiendo por si el arroz está pasado o duro, y terminamos en una guerra civil”. El miedo a la guerra, siempre el miedo a la guerra si se habla.

Así que nos queda el fútbol, magnífica cortina de humo para silenciar lo importante.

Pues en este contexto desgraciado y silente, nuestro Presidente del Gobierno ha tomado la costumbre de enfrentarse a los periodistas ante una pantalla de TV. No los quiere con él, no quiere sus preguntas, el conflicto que ellas harían surgir, no quiere que le encuentren las vueltas a su discurso y que algo haga que su imagen, que él quiere impecable, peque de incongruente, de falsa. Tampoco quiere salir a cuerpo a dar cuentas de lo que está ocurriendo ante el parlamento.

Esto es la peor caspa en varias generaciones de políticos, y mira que los hemos tenido casposos, empezando por el ínclito hacedor de todo esto.

Ustedes quieren pasar por la vida política sin pagar sus deudas. Son como el padre que regañara a su hijo y luego se escondiera para no ver la cara enfadada de éste. Son como aquella Presidenta de la Comunidad de Madrid que quería prohibir la acampada en Sol cuando el 15-M  “porque los comerciantes no pueden vender en paz”. Caspa, pura caspa y pura mentira. Y miedo a lo que no controlan.

Apenque con lo que está promoviendo, Sr. Rajoy, pague la deuda que tiene por el hecho de haber decidido estar en esa posición de Presidente del Gobierno. Su palabra, su deseo, le pusieron en esta posición, pues venga, pague su deuda respondiendo desde ella. Y parte del pago de esa deuda supone enfrentarse al descontento, a las preguntas molestas de los periodistas.

Usted —que algún que otro cuento infantil debió leer en su infancia—, cree todavía que el séptimo cabrito, aquel a quien no se comió el lobo por haberse escondido en el reloj, salió indemne de todo aquello. Pero no salió ileso; no defendió a los suyos. Aquel cabrito salió con la culpa del superviviente que lo trajo a mal traer toda su vida. Un poquito más de vergüenza torera, y un poco menos de cobardía, por favor.

 * Ver en esta misma bitácora nuestra entrada “la escucha”.

** Ver en esta misma bitácora nuestra entrada “el conflicto”.