¿Mujeres poderosas?

Están por todos lados: en las tertulias de la tele y la radio, en los realitys, en la cola del puesto del pescado y, por supuesto, en las reuniones de nuestras comunidades de vecinos; son compañeras de trabajo, vecinas e, incluso familiares nuestras. Muchos dirán que son mujeres al fin empoderadas tras milenios de opresión, otros dirán que son mujeres libres. Lo que está claro es que hoy día muchas son las mujeres que creen que hablar interrumpiendo cuando otro habla, hacerlo en un tono más alto que el de los demás y, sobre todo, dejar escapar impulsivamente insultos o simplemente frases que molestan a otros, es sinónimo de mujer de hoy cuando, en realidad, esa actitud las hace energúmenas de hoy.

         ¿Pero cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Podremos aplicar al estudio de un modo actual de ser mujer algunas ideas que nos aporta el psicoanálisis?

         Comencemos por el prejuicio número uno: el pensar que el hecho de que una mujer no tenga pene, quiere decir que le falta algo. A ver, a ver, vamos despacito. Las personas que sostienen esto, ¿dirían también que al elefante le faltan plumas? No, ¿verdad? Y ¿por qué? Pues porque el elefante es una especie que tiene trompa, orejas como edredones de grandes y colmillos potentes… pero nadie espera que tenga plumas como un pájaro. Pues lo mismo ocurre con las mujeres… que las mujeres tienen ovarios, les crecen las mamas para poder alimentar a sus crías, y poseen también un recinto mullido llamado útero para acoger a los embriones y que allí se desarrollen, al que se llega por un conducto llamado vagina que es el lugar adecuado no sólo para que salgan las crías una vez desarrolladas, sino para que entre el órgano masculino y haga las delicias de la susodicha y el susodicho, haya o no después descendencia.

         Ah, ¿que nos decís que el elefante es de otra especie y la mujer de otro género? ¡Ay listillos, que ya estáis reivindicando… ! Vale, esperad un poquito.

                  Cierto que durante milenios, el no tener pene la mujer, ha sido motivo para que se la considerara un ser de segunda. Aristóteles, filósofo y todo oiga, se preguntaba si una mujer tiene alma, lo que es grave porque, si no la tiene, entonces es un animal. Y ya sabemos las perrerías que se le pueden hacer a un animal…

¿Y cuál es la razón de este prejuicio que hace de la mujer un ser carente? Pues es la siguiente: hay un momento en que los bebés, niños y niñas, advierten una diferencia en su cuerpo y en el de los demás bebés. Por supuesto son demasiado pequeños, no por la edad o por el tamaño, sino porque su registro simbólico no está aún desarrollado y por eso no pueden entender el concepto de “diferencia” en estado puro. Sí que pueden ver desigualdades: este tiene el pelo largo, esta otra los ojos verdes y aquel de allá un instrumento entre las piernas. Pero una desigualdad no es lo mismo que una diferencia. Si un canguro macho no tiene bolsa marsupial, a nadie se le ocurre pensar que es un ser carente, sino que pensarán que es un macho y que por eso no debe tenerla (aquí sí que son de la misma especie ¿eeeehhhh?). Sin embargo, al mirar a un hombre y a una mujer, un bebé pensará que a uno de los dos le falta algo. Es simplemente una manera infantil de mirar la vida que, en algunos casos, se corrige más tarde, cuando hay un acceso pleno a lo simbólico (a las metáforas, por ejemplo).

¿Nos damos cuenta entonces de que quienes consideran a la mujer un ser de segunda, están a la altura mental del bebé?

         Por suerte llegó Lacan y, con él, la cuestión de la diferencia de los sexos dio un giro espectacular, al no hacer depender por completo de la anatomía la cuestión de estar en posición masculina o en posición femenina. Se trata entonces de acceder a una posición, no de tener un género o una identidad, y ni siquiera de una posición que se adquiera de una vez por todas y chimpún. Lacan partirá de la base de que a todos, hombres y mujeres, nos falta eso que nos hace estar vivos porque su falta nos pone a buscarlo como posesos. Todos buscamos lo que nos falta para ser por completo felices, tanto los hombres como las mujeres, otra cosa es que lo consigamos. Todos somos carentes. Es cierto que la manera masculina de buscar, suele incluir el hecho de querer que los demás admiren su poder (económico, político, familiar) y que quienes están en posición masculina gastan mucha energía en reivindicar (tanto hombres como mujeres).

         Hace muchos años nos contaron una anécdota, que aunque no reproduciremos fielmente, nos servirá para contar otra forma de reivindicar que no es masculina, sino a nuestro entender, femenina. Ocurrió en Italia. Una gran empresa hacía vertidos contaminantes y no había manera de evitarlo con las reivindicaciones habituales. Entonces un grupo de ecologistas empezó a comprar acciones de modo individual, unas poquitas aquí, otras allá, y al cabo de unos años se juntaron con las suficientes como para intervenir en decisiones importantes, por ejemplo, qué hacer con los residuos químicos. No reivindicaron, simplemente actuaron y empezaron a abrir agujeritos en ese mamotreto de empresa para hacerles ver que, ellos también, estaban incompletos. ¡Y sin gastar energía, oiga!

         Con esto no queremos decir que toda mujer deba de andar silenciosa y discreta por la vida, como aquella sobrina del cura que sólo salía anochecido porque le daba vergüenza. No; cada una y cada uno que ande como pueda. Tampoco es que los hombres por ser gay o por ir con pendientes estén en posición femenina, ¡no por Dios! Al menos desde el psicoanálisis, el estar en posición femenina o masculina, dependerá del modo en que cada uno intente hacer, que no siempre hacer-se, con lo que le falta.

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¡Te quito del Facebook, te borro del Whatsapp!

Hay que ver los disgustos que se lleva la gente con las redes sociales. Y es que parecen haber sido creadas para dinamitar el paseo por la senda de flores y de buen entendimiento que todo el mundo imagina que va a encontrar en las relaciones de pareja.

            Bueno, en realidad todo empezó con la existencia de los móviles. Una conocida nos contaba que desde que su marido se la pegó con otra con la que comenzaba a hablar por el móvil en cuanto salía de su casa, cada vez que veía a un hombre hablando por él a la salida del trabajo, le salía un sarpullido.

            “¿Y a ti por qué te ha etiquetado ésa?”, le dijo Maripi a su novio cuando lo vio en el Facebook de otra, con su nombre debajo de una foto de las de copa de cubata en la mano, cigarrillo aburrido en la comisura de los labios y ojillos a media asta… con una mano femenina agarrándolo del cuello. Fiestuqui a la que ella no había sido invitada, por cierto, y a la que no sabía que él había ido.

            Daniela le tiene prohibido a su novio que le envíe Whatsapp al móvil a las horas en que ella está estudiando. Como no le hace caso, ella decide no contestar si la Whatsappea. Lo malo es que también le envían mensajes los del grupo de amigos del verano y, como éstos no lo hacen para charlar, sino para cosas puntuales como quedar en qué día se hará una fiesta, apenas la desconcentran del estudio y entonces ella va y les responde. ¡Dios santo!, resulta que como Whatsapp es un chivato, el novio vio que ella se había conectado a la hora en que a él no le permitía enviarle mensajes y se enfadó. Desde entonces, Daniela lo tiene claro. Cuando quiere contestar un Whatsapp sin que el novio sepa que se ha conectado, empieza por salirse de Whatsapp, sigue por desconectar los datos (internet), envía el mensaje, aunque éste se quede a la espera de que vuelva a conectarse, se vuelve a meter en los datos, el mensaje se envía automáticamente pero no queda registrado. Y ya puede volver tranquilamente a Whatsapp. Es un poco laborioso, nos dice, pero todo sea porque su novio que es algo celosillo no lo tome a mal, porque lo cierto es que ponerse a contarle la realidad a su amor, y explicarle que ella no es propiedad de nadie y que por eso decide qué mensajes son o no son respondibles mientras estudia, y que él haría mejor confiando en ella que es una persona fiable, mientras que se lo cuenta y le convence le llevaría mucho más tiempo que hacer toda esa maniobra… y mañana tiene un examen de mates.

            David tuvo la mala idea de poner bajo la foto de su Facebook que sentimentalmente estaba libre. La que le montó su Celia fue tremenda, dado que llevaban ya cuatro meses saliendo. Otros ponen muchas fotos de fiestas con chicas abrazándolos, gran juerga, luces de discoteca… pero ninguna chica en concreto. Y es que algunos chavales, incluso hombres adultos, consideran una especie de desdoro reconocer que han elegido a una chica, a una sola entre todas las posibles. Es un síntoma neurótico propio de los varones que, a partir de reconocerse en pareja, dejan de ser el machirulo universal que no está marcado por el deseo ni por lo tanto por la falta, insignia ‘machimonger’ con la que algunos gustaban de mostrarse, para ahora tener que asumir ese momento de bajar la cabeza y aceptar que uno es igualito a los demás.

            Mónica anda con la mosca tras la oreja. Resulta que en el Facebook de su novio Iván, aparecen últimamente multitud de “Me gusta”, cada vez que Iván sube una foto o escribe algún texto (malillos, la verdad). Y todos esos “Me gusta” vienen de una sola persona, una chica con la que supuestamente tanto ella como su novio tienen poca relación. Mónica no piensa parar hasta hacerse con el Facebook del novio de esa chica e inundarlo de “Me gusta”.

            En fin, muchas son las cuitas que estas redes provocan en los jóvenes y en los no tan jóvenes. La siguiente anécdota que contamos para terminar, estamos convencidos de que no es real, sino un chiste aunque podría ser cierto, pero es tan bueno que aquí va: mientras la novia va al baño, el novio le espía el móvil (moneda corriente en la España de hoy). Cuando ella vuelve le dice: “Oye, ¿quién es Movistar * y por qué sabe tu saldo?”.

 * Movistar es el nombre de la Compañía Telefónica Nacional de España.

REVISTA ANALYSE FREUDIENNE PRESSE

L’interprétation, son acte, ses effets

Revista Analyse freudienne presse n° 20

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Desde su primera aparición en la obra de Freud La interpretación de los sueños, la noción de interpretación es objeto de reformulaciones que dan testimonio de la evolución permanente de este concepto que está en el centro mismo de la práctica y de la teoría y en la articulación entre ambas. Diversas modalidades dan cuenta de lo que se entiende por este término de interpretación: la escansión, la intervención, el silencio, la sesión de duración variable… La interpretación tiene que ver con la dimensión del acto analítico. Habría que interrogarse de nuevo por los referentes que permiten una interpretación de las palabras de los analizantes y de cuestionar sus fallos. La interpretación en psicoanálisis se distingue de todas las demás formas de interpretar: no dice la verdad, se distingue radicalmente de cualquier interpretación psicologizante, no puede reducirse a una serie de buenas palabras, buenos consejos como los de un almanaque, y se resuelve aun menos en el único registro del sentido. Si «el arte puede cambiar el mundo», ¿podrá el arte de la interpretación cambiar el mundo del analizante?

Encuentre todos los números de la revista Analyse freudienne presse, dirigida por Chantal Hagué y Robert Lévy haciendo clic aquí.

Culpas, deudas y el pobre Edipo

Al pobre Edipo le cayó la china, o la perra gorda —como decíamos de la moneda de veinticinco céntimos en la época en que aún existía la peseta. Y es que él pertenecía a una estirpe de lo más griego que había en Grecia, la de los Labdácidas, sobre la que recaía el peso de una deuda antigua. Y ya sabemos lo que pasaba en aquellos tiempos con las deudas: que si no las saldaba el que la había contraído, recaían sobre todos sus descendientes. Por eso él termina tan hecho polvo y sus hijos tan hechos fosfatina, hasta el punto de haber dicho aquello tan horroroso de “Me funai”: ojalá no hubiera nacido.

Aunque aquello tuviera mucho de mito en su modo de expresión, lo cierto es que la historia de la humanidad está llena de ejemplos donde esto se cumple, no por ninguna maldición ni mal de ojo, sino porque los acontecimientos que han hecho marca en una generación y no se han podido elaborar psíquicamente, se transmiten a la siguiente. Eso ocurre, por ejemplo, con los exilios, con las guerras, con los actos poco honrosos de los abuelos que aún avergüenzan a los nietos. Recordamos a un profesor de Semíticas de la Universidad que nos comentó que atribuía la enorme cantidad de matrículas en esa especialidad (hace ya años), a una vuelta de lo reprimido de aquel momento en que los Reyes Católicos expulsaron a árabes y judíos de nuestro territorio y, a los que quedaron, les obligaron a silenciar sus creencias y costumbres.

Cuando cuentan los curas que Cristo vino a redimir las culpas de la humanidad, muchos niños preguntan cuáles pueden ser las culpas de un niño pequeño, y entonces le responden que el pecado original. Claro, los niños se quedan pasmados, porque se supone que ese pecado fue el de Adán y Eva, aunque ante la contundencia de la respuesta, se lo toman como artículo de fe y chimpún. Pero no deja de tener interés la cuestión, porque a partir de que algunos Padres de la Iglesia le dieron relieve a la redención de Cristo, lo cierto es que el ser humano de Occidente, del Occidente cristiano, en general se siente menos cargado de deudas ajenas y transmitidas, y más responsable de sus propias pifias. No hace falta ser creyente para ello, ni haber tenido una educación cristiana, sino que eso está en la sociedad, en el discurso, y lo aprendemos desde niños sin darnos cuenta.

         Eso sí, algunos parecen haberlo aprendido desde la cuna y en jueves (no sabemos por qué se ha perdido esa expresión que decía que lo que te habías aprendido en jueves ya no se te olvidaba), y por eso cada vez que les dicen: “Mire usted cómo anda esto de mal”, ellos siguen diciendo que la culpa no es de ellos, sino del anterior gobierno.

        Frente a ese sacudirse las culpas, habría que recordarles que si la redención de Cristo se dice que vino a lavar las culpas pasadas, no puede hacer nada contra el hecho de que somos responsables del lugar en el que nos han puesto nuestro deseo y nuestra palabra.

SALUD Y SALUD MENTAL (En la semana de la salud mental)

10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental… ¿Pero qué es eso de la salud mental? Mejor dicho, ¿qué es eso de la salud?

Mercedes García Laso ( http://psicosobreruedas.wordpress.com  @garcialaso) nos envía las siguientes reflexiones:

¿Por qué que te falte una pierna no es una enfermedad y que te falte insulina sí? Es más, por tener diabetes necesariamente no estás enfermo. Y sin embargo, con un catarro sí, aunque a la vez te consideres sano… todo un lío, que se complica mucho más si nos adentramos en lo “psi”, porque, por mucho que se empeñen los mercados, el sustrato biológico de los llamados“trastornos mentales” dista mucho de estar claro. Y me viene ahora una frase de Krishnamurti: “no es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”.

No quiero entrar en discusiones conceptuales, simplemente os dejo estos interrogantes para que os lleven a  otros interrogantes, y dos definiciones de la OMS: “La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.

“La salud mental se define como un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad”.

Una mujer que acaba de dar a luz no está obviamente enferma, como tampoco un anciano por no poder correr como antes y por tener dolorcillos al levantarse.

Una amiga enfermera me acaba de rebatir que una persona con diabetes no sea un enfermo. Y yo le he respondido dos cosas: 1ª que un amigo mío que se pincha no se considera para nada como tal; y 2º, que entonces yo también soy una enferma –él tiene una lesión en el páncreas y yo en el cerebro. Hemos concluido que “salud”, “enfermedad” y “discapacidad” son sólo términos (y además muy imbricados entre sí).

Son muy interesantes las reflexiones de Mercedes, ya que intenta introducir la subjetividad en lo que son definiciones socio-médicas de la salud, la enfermedad y la discapacidad. En efecto, también es enferma la persona con hipocondría, aunque físicamente no tenga ninguna dolencia. En los últimos años se da un gran esfuerzo en las organizaciones que se ocupan de la salud, por ser “objetivas”, lo que es tremendo, porque dicha objetividad la consiguen a fuerza de eliminar lo más posible la subjetividad, es decir, lo que funda la humanidad de los seres humanos, valga la redundancia. Por eso muchos son los médicos actualmente que cuando el paciente intenta contar lo que le ocurre, le dicen: “No, no, ya le pregunto yo”, es decir, no me cuente su sufrimiento, que a mí me interesan sólo sus síntomas.

Seguramente tiene algo que ver en todo esto el negocio tan suculento que hacen los laboratorios, para quienes cuanto más atomizadas estén las enfermedades, más medicamentos podrán inventar para curarlas. Si las curan, claro. Y también las familias atosigantes que aprovechan las enfermedades de algunos de sus miembros para intentar apoderarse de su destino.

Por otro lado, desde siempre se ha dado una tendencia a confundir la enfermedad con el enfermo. Por eso no es lo mismo tener una diabetes, con la que la persona se medica, cuida su alimentación y hace una vida lo más normal que puede, que ser un diabético y dedicar todo el día a pensarse como tal, relacionarse con los demás como tal, etc.

Y en cuanto a la Salud Mental ocurre lo mismo: puede que los médicos hayan dado un diagnóstico de Trastorno bipolar, de Psicosis, de Paranoia. Vale, ellos necesitan dar un diagnóstico porque se lo piden en el Hospital, y también tienen que rellenar multitud de papeles, evaluaciones, aplicar protocolos, lo que no les deja tiempo para estudiar más a fondo las enfermedades de sus pacientes. Y algunos lo dan también porque se angustian si no tienen un diagnóstico que dar, claro, como si tuvieran que dar algo. Pero que el médico haya dado ese diagnóstico no quiere decir que esa persona no pueda llevar su vida adelante. Sobre todo cuando, además de su eventual tratamiento médico, puedan encontrarse con un psicólogo, o psicoanalista, que les ayude a sostenerse sin hacer crisis.

Lo importante, en cualquier caso, es no dejar que las enfermedades invadan la vida entera, por mucho espacio que ocupen los tratamientos que a veces son tan necesarios.