King Kong y el padre de la horda

Desde los albores de lo que damos en llamar humano, el ser civilizado ha tenido que reprimir, es decir, pasar al olvido, todo aquello que es incompatible con los ideales sociales, incluso con la pura convivencia. Y lo reprimido vuelve muchas veces transformado en su contrario, por eso aquel que gusta de los niños de manera poco confesable, fundará una ONG en defensa de la infancia, el que quisiera buscar una joya en el interior del cuerpo de una mujer, de no querer imitar a Jack el Destripador, se hará cirujano estético, o ginecólogo, ¡incluso peluquero !, que hay que ver los tajos que pegan éstos cuando se les dice que corten sólo las puntas…
Y quedará como resto de esos afanes ocultos, una cierta atracción por lo monstruoso, lo inconfesable, lo horroroso, que se expresará tanto en la búsqueda en los periódicos de la página de Sucesos, como en el morbo de algunos realitys, etc… Podemos decir así que lo que te asusta, te gusta, y también que lo que te espanta, al mismo tiempo te fascina.
Pero hay una atracción que tiene que ver con todo esto y, al mismo tiempo, escapa de la rúbrica de la transformación en lo contrario propia de la represión. Se trata de la atracción de las mujeres, de una buena, buenísima parte de las mujeres por los hombres brutotes, autoritarios, coléricos, algo o muy bestias incluso. Que además sean violentos es sólo la guinda, pero no es necesario para que se produzca el fenómeno. Ojo, que hemos dicho atracción, deseo, no que se casen con ellos. No, muchas mujeres aun deseando al animal se casan con el hombre bueno, hogareño y sensible, pero cuando aparece el brutote, o bien se enrollan con él, o bien les cae una lagrimita pensando en las delicias sexuales que han debido perderse, mientras su Paco que la ve tristona le pregunta: “¿Qué te pasa, cari?”, y entonces ella piensa que más vale pájaro en mano que ciento volando.
¿Qué cuál es el origen de este gusto por lo atrabiliario? A ver si sabemos explicarlo. Freud inventó un mito para explicar los orígenes de la civilización. Es el mito del padre de la horda primitiva, que explica en un texto precioso llamado Tótem y tabú. En él, supone que en los orígenes de los homínidos, —pensemos en un Neanderthal, en un Cromagnon o poco más— los grupos de antropoides estaban dirigidos por un jefe, una especie de mono tremendo y violento que mantenía a todos sometidos. Todas las propiedades y mujeres eran suyas. También los hombres, por lo que quedaban feminizados por el padre. Dice el mito freudiano que un buen día, los hijos se hartaron y se pusieron de acuerdo entre ellos para matar a ese padre todopoderoso que no les dejaba gozar de nada salvo de su sometimiento al padre. Y lo hicieron, se lo cargaron.
A partir de ese momento, los hermanos se pusieron de acuerdo: cada uno tendría su/sus mujeres y sus propiedades, que serían respetados por los demás hermanos, evitando así que uno solo entre ellos alcanzara el poder absoluto. Reprimirán, pues, su ansia de poseerlo todo y aceptarán los límites del goce que les corresponde, según el acuerdo con los demás (ojo a los roldanes, urdangarines y Gürtels varios que esto les concierne).
¿Y las mujeres? Freud no dice nada de ellas, pero no parece que tuvieran ningún interés en participar del asesinato de ese padre todopoderoso. ¿Se sentirían satisfechas con él? Pensar que su silencio tiene que ver sólo con el sometimiento milenario de las mujeres, creo que sería resolver la cuestión un poco deprisita.
Y algunos milenios después llegó King Kong, y esa intuición magnífica de sus directores, Cooper y Schoedsack (hablamos de la única versión que conocemos, la de 1933), de oponer no sólo a la bestialidad de los humanos la ternura e ingenuidad de la bestia, sino al monstruo y a la rubia. En esta versión, vemos en la expresión de la chica una mezcla de éxtasis y horror que en otros filmes de monstruos no queda tan clara. A excepción de “El jovencito Frankenstein”, en la que otro monstruo hace experimentar orgasmos melódicos a su amante a la que, del miedo, se le había quedado el pelo blanco y de punta.
Pero volviendo a las mujeres y su gusto por los malotes, tras nuestras lecturas de otros autores del psicoanálisis y nuestra escucha de tantas y tantas mujeres a lo largo de los años de trabajo clínico, nos queda la idea de que este gusto tiene que ver con el Edipo femenino no del todo superado. En efecto, que ese monstruo peludo y salvaje pueda ponerle ojitos tiernos a su delicada niña, es uno de los triunfos del amor que una niña puede despertar en su padre. Ese padre que para una niña pequeña suele ser algo parecido a Dios y de quien, por eso mismo, puede llegar a sufrir las peores humillaciones cuando éste no la coloca en un buen lugar.
Una niña necesita pensar que hay alguien en el mundo sin defecto ni tacha, algo así como un papá perfeccionado, que logrará hacerla feliz cuando sea mayor. Es el tema de la promesa implícita que todo padre parece dirigir a su hija: ‘cuando seas mayor me casaré contigo y te daré un bebé como a tu mamá’, gracias a la cual las niñas son ‘buenas’, van al cole y obedecen. No obstante, no estaría mal que la madurez haga que las mujeres bajen a su padre todopoderoso del pedestal y, de paso, que dejen de pensar que algún día llegará el salvador que hará que ella no esté nunca más insatisfecha porque cerrará todos los huecos con su poder omnímodo.
El mito nos explica también el que muchas mujeres escriban a presos convictos, a los que no conocen, ofreciéndoles matrimonio. Y cuanto más grave sea el crimen que cometieron, mejor. También sería un poco rápido achacarlo al masoquismo femenino, o quizá sea que el masoquismo femenino tiene algo que ver con todo esto, pero no estoy nada segura.
Cuántas mujeres provocan a su hombre para que éste tenga accesos de cólera, simplemente para poder desearle. Como si al ponerse colérico, él demostrara que tiene algo, algún pedacito de tejido, ni bien fuera unas células de ese padre anhelado que algún día tendrá que venir para arreglar todo esto. Como decía alguien el otro día hablando de los desmanes de los políticos: “Si Morgan Freeman estuviera aquí, no pasaría esto”, lo que no deja de plantear, tras el humor, una cierta añoranza de ese padre.
Terminamos con la última frase del guión de la primera versión de King Kong. Una vez abatido el mono que se había encaramado al Empire State, uno de los personajes dice: “los aviones han matado al monstruo”, y otro le contesta: “no fueron los aviones, fue la bella quien mató a la bestia”. En fin, el cómo los hombres hacen siempre culpables a las mujeres de los dramas, parece equivalente al hecho de que las mujeres culpen siempre a los hombres de no ser tan enteritos y satisfactorios como ese padre que alguna vez vendrá.

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