Racismo

En realidad, hablar de racismo es quedarnos un poco cortos, ya que  quien rechaza a quien pertenece a otra raza siente, en el fondo, un rechazo hacia cualquier diferencia, a toda diferencia. Y, si hablamos de diferencias, estamos obligados a hablar de la primera que perciben los bebés: la diferencia de los sexos, aunque ellos en edad tan temprana no son capaces de verla como tal diferencia sino como desigualdad (como ya explicamos en ‘Mujeres poderosas’: http://wp.me/p2EKBM-9W ). Diferencia entre los sexos que estará en el origen de cualquier otra diferencia posteriormente percibida, en el caso de que el bebé vaya desarrollándose bien. Vemos entonces que el racismo como rechazo del diferente (de raza, de religión, de sexo, de modo de vida), no es algo que viene de nacimiento, sino que comienza por un prejuicio infantil y, mientras en algunos la diferencia va introduciéndose en su psique y eso les hace más saludables, en otros es un rasgo que no madura, como ocurre con cualquier otra dificultad psíquica.

Es curioso, pero las personas racistas, suelen ser también creyentes en los ‘vasos comunicantes’. ¿Recuerdan aquellos vasos que estudiábamos en la clase de Física del bachillerato, comunicados por su base y que tenían la propiedad de llenarse al mismo nivel sólo con que se echara líquido en uno de ellos? Pues hay personas que no se dan cuenta de que entre ellos y los demás  hay un vacío y no un canal de comunicación. Un vacío que hace que no podamos saber lo que piensa el otro, ni lo que le conviene, ni lo que debería hacer y eso porque el otro es eso: otro. Alguien diferente que va a sentirse feliz optando por cosas que no son las que creemos nosotros que los van a hacer más felices. Esa distancia, el respeto por el espacio psíquico de los demás, tan útil para las relaciones sociales, para que los demás se sientan escuchados y respetados en sus elecciones, viene también de la posibilidad de aceptar las diferencias. El aceptar esa distancia parte también de la aceptación del otro como diferente, que no es que sea mejor o peor, sino diferente. Y esto que parece tan fácil de entender, tan evidente, pues no lo es en absoluto.

         Y de ahí viene toda la tontería. Conocemos a alguien que compró un piso para poder alquilarlo y ahorrar así para su jubilación. Era un piso construido bajo la burbuja inmobiliaria, y por lo tanto con defectos que no se notaban a simple vista. Uno de los promotores parece que quiso borrar de algún modo su vergüenza y entonces le dijo al comprador:

—En realidad este es un piso para panchitos[1]—, a lo que el comprador respondió con ironía:

—Me está usted asustando, ¿tan malo es lo que he comprado?

Porque ¿qué quiere decir un piso para panchitos, sino que ellos quizá no puedan defenderse de los abusos como un español?

         Quizá podríamos decir de este modo de hablar que es una banalización del racismo —al modo en que Hannah Arendt hablaba de la banalización del mal—, como lo es también casi cualquier conversación con un taxista de Madrid que parece el gremio que menos soporta la inmigración.

         Parece imposible que la entrada en el siglo XXI, con la de siglos que la humanidad ha existido y le podían haber servido para conseguir mejores sistemas políticos y económicos, ¡por aquello de la experiencia, vaya!, no haya conseguido armar al ser humano de elementos simbólicos suficientes como para poder tolerar lo que es una realidad: la diferencia que salta ante nuestros ojos a cada rato: de sexo, de color, de religión, de ideología, incluso entre seguidores de un equipo de fútbol que hay que ver lo cafres que se ponen con los seguidores de otro equipo.

Y no digamos nada cuando aparece una diferencia dentro de otra diferencia, por ejemplo una mujer o un africano que además sean minusválidos físicos.

         Por desgracia, esta inmadurez, o dificultad psíquica que tanta gente tiene con respecto a la diferencia (que es un hecho que sólo se puede entender desde el registro simbólico y por lo tanto su no entendimiento denota cierta fragilidad mental), da lugar a otros fenómenos indeseables como son los nacionalismos: esa exaltación melancólica de las raíces, de lo que no se mueve, de lo que es idéntico y, por lo tanto, genera identidad, esa identidad que es una forma de idealismo preñado de pulsión de muerte.


[1] Nombre que en la España actual se da a los inmigrantes latinoamericanos de piel oscura, al compararlos con los cacahuetes tostados que aquí se llaman así .

9 pensamientos en “Racismo

  1. Falso.
    Las investigaciones en neuropsicología han mostrado que lo primero que los bebés saben diferenciar son los rostros, independientemente de que sean de hombres o mujeres. Además, el psicoanálisis de enfoque freudiano demuestra que los bebés no diferencian entre los sexos y creen que todos somo machos, hasta que se dan cuenta de que las niñas no tienen pene.

    • Dave, te agradezco el comentario. En realidad, lo primero que los bebés distinguen (que no diferencian) son las manchas de los ojos y después de la boca de quien tienen enfrente (teorías de Spitz). Después vendrá el darse cuenta de que las niñas no tienen pene, lo que no les hará caer en la diferencia de los sexos (que sólo puede ser simbólica), sino que les hace creer -según esa teoría de la universalidad del pene que pareces conocer- que las mujeres lo tenían pero se lo han quitado por no haber sido buenas. De ahí el rechazo de muchos, muchísimos hombres hacia las mujeres y el considerarlas malas. Es difícil poder concebir la diferencia como tal, ya que son necesarias herramientas simbólicas que no están al alcance de muchos.

      • Sobre el rechazo que muchos hombres sentirían por las mujeres hay diversidad de teorías, aun al interior del psicoanálisis, pasando por la represión de una envidia y por una frustración infantil en medio de un Edipo matrifocalizado.

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