Chicote: pesadilla en la educación *

Chicote se lo ha ganado. Y no es cosa del guión, porque aquí no hay guión que valga. Él es como un Lucky Luke de hoy que en lugar de llegar montado sobre Jolly Jumper, llega a pie a los restaurantes que tiene que reflotar, llevando como única arma sus batas estampadas y coloridas… Bueno, como única arma no, ya que posee y usa la más importante de todas: la palabra; una palabra que maneja con verdadera autoridad.

         Y lo que se ha ganado Chicote no es ni más ni menos que el respeto de los niños españoles, tan faltos como están de una verdadera autoridad. Lo supimos al poco de empezar el programa por los comentarios que nos hacían nuestros pacientes más jóvenes. Uno de ellos nos decía que él a sus padres no los respetaba porque no le decían la verdad, le levantaban todos los castigos para no tener que fastidiarse ellos y, al preguntarle si respetaba a alguien, dijo que a Chicote. Otro, iniciando la adolescencia, nos comentó que él ya no creía en nadie (es lo suyo) y añadió:

—Bueno, sí, en uno: en Chicote. ¡Ah… y también en Jesucristo!

Ya se imaginan que no tuvimos más remedio que ver el programa y lo cierto es que nos encantó, seguramente por la misma razón por la que les gusta a los niños (otras veces es peor porque nuestros pacientes nos hablan de espeluznes como Scream o Pesadilla en Elm Street y a veces hay que verlas si queremos enterarnos de qué va la vaina que tanto los mueve).

La trama es siempre la misma: Chicote llega a un restaurante de algún rincón de España, pide algunos platos de la carta y empieza a probarlos. Y ahí, con su voz rasgada empieza a hacer llover las críticas: que si esto está pasado, que si estas patatas zapateras, que si habrá que aprender a nadar en aceite… aunque a veces también reconoce los méritos. Y las críticas las hace sin ánimo de hacer daño, ni de poner su imagen por encima, no; él dice lo que ve, apoyándose en la autoridad que le dan el programa y su mucha experiencia en los fogones (qué importante es tener un sostén simbólico para poder ejercer la autoridad).

Después comienza a charlar con los hermanos Dalton gastronómicos, es decir, todos los que trabajan ahí: cocineros, camareros, dueños. Claro, es la vida misma, así que nos encontramos con un despliegue psicopatológico abundante en el que predominan los narcisistas incapaces de reconocer que no lo hacen correctamente, los jefes que quieren el amor de sus empleados y por ello son incapaces de hacerlos trabajar bien, o los jetas infantiloides que piensan que yendo de buen rollito, o siendo cariñosos con los clientes, ya les puedes hacer tragar puro guano. A todos ellos, Chicote les dirá cómo se dirige el trabajo en una cocina implantando una jerarquía hasta entonces inexistente o laxa, les enseñará a crear una carta exquisita y mandará a un equipo de decoradores a rediseñar el local. Bueno, a veces también los regaña a tope, pero hay una base importante y es que los regañados saben que lo que Chicote dice no es para conseguir sus propios intereses (más allá de su interés de que el programa pite bien), sino para que el local funcione. Fundamental.

Pero volviendo al tema inicial que es el porqué los niños españoles no dejan de hablarnos de Chicote a los psicoanalistas, pensamos que tiene que ver con el modo en que éste ejerce la autoridad. Es una autoridad que se basa en la palabra, pero una palabra veraz, directa, sin semblantes. Y la autoridad que él recomienda a los dueños o a los jefes de cocina es la que él ejerce: la de la prohibición y no el impedimento. ¿Qué quiere decir esto?

Que podemos prohibir a un niño que abra determinado mueble de la casa y explicárselo diciéndole, por ejemplo, que lo que hay dentro concierne sólo a los mayores, lo que al niño le dará unas ganas importantes de abrirlo, pero también aprenderá lo que es la confianza depositada en él. O bien, podemos decirle que dentro hay un perro rabioso, lo que hará que no lo abra. O podemos cortarle las manos para que no pueda hacerlo más (esto suma el problema de la metonimia, pero eso lo dejaremos para otra entrada).

Prohibírselo supone el ejercicio de la autoridad e implicará que el niño cavile sobre los motivos que le dan los padres, o sobre qué habrá ahí tan interesante, o sobre qué pasaría si abre sólo un poquito. También implicará que si abre, luego se sentirá culpable, o pensará que los padres se han dado cuenta… todo ello son maneras de hacer trabajar la subjetividad, puesto que es el conflicto lo que desde los primeros meses de vida genera el pensamiento y hace madurar las mentes por llevarlas hacia la simbolización (ver la entrada: http://wp.me/p2EKBM-3p). También hace que los niños digan a veces cosas desagradables que hieren un poco el narcisismo de los padres que se pretenden maravillosos.

Impedírselo, sin embargo, es el ejercicio del autoritarismo. El autoritarismo no es sólo imponer la autoridad por la fuerza propia; en el ejemplo que hemos puesto, la fuerza la tendría el perro rabioso, pero es lo mismo: impedir sin consecuencias. Los padres de ese modo no se mojan, no se comprometen con su función, no están ya obligados a explicar mil veces y responder a los “¿Pero por qué no puedo?” con argumentos. Es como si el perro estuviera allí porque sí, y como si los padres no tuvieran ninguna responsabilidad en ello. Eso los pone del lado de los niños, como si dijeran a sus hijos: “fíjate qué fastidio, que no podemos abrir porque hay un perro rabioso”. Cierto es que las personas con autoridad, cuando están ya hartos de argumentar, han de ser capaces de decir un “Ya basta” o un “Se acabó”.Pero cuando los padres no asumen su función, dejan solos a los niños. Es una forma de abandono.

Lo diremos con palabras prestadas, estos padres infantiles: “Querían elogiar la vida, no querían el dolor que es necesario para vivir, para sentir y para amar”[1]. Porque amar a los hijos implica educarlos y, para educar, hay que acostumbrar a los niños y niñas a asumir una jerarquía. No somos todos iguales. Quienes han decidido traerlos al mundo, o acogerlos, o adoptarlos que para el caso es lo mismo, han asumido subir de generación, lo que es un hecho simbólico. Antes eran hijos e hijas independientemente de la edad que tuvieran, ahora son padres y madres y tienen que comprometer sus actos con el deseo que los colocó en esa posición.

Ahora bien, si los pequeños aún no saben hablar, más vale poner un candado doble en el armario donde se guardan la lejía o el aceite. Si ese impedimento se acompaña de palabras, poco a poco los niños y niñas irán adaptándose a lo que quiere decir prohibir y no necesitaràn de candados ni de perros rabiosos.

En resumen, el ejercicio de la autoridad implica el compromiso de unos padres o de unos gobernantes adultos, ayuda a los niños y a los ciudadanos a ir hacia la simbolización y, por lo tanto a crecer como sujetos, y eso implica una pérdida para los padres y gobernantes (pérdida de la fama de ser los mejores del mundo, por ejemplo). Es de orden ético.

Sin embargo, el ejercicio del impedimento es más bien de orden moral (en España tenemos ahora muestras abundantes de esto), supone unos padres y gobernantes infantilizadores que sólo persiguen sus propios intereses, que tratan a los niños y gobernados como cosas, engañándolos o impidiéndoles sin apelación posible, no les ayudan a crecer como sujetos y sólo piensan en sostener su fama para, en el caso de los padres, mirarse en el espejo cada noche sintiéndose buen padre o madre y, en el caso de la política, ganando las próximas elecciones. Encontramos una frase maravillosa de James Freeman Clarke que dice “Un político piensa en la próxima elección. El hombre de Estado en la próxima generación” que nos parece que resume bien lo que queremos decir.

Y ahí sigue Chicote, dando más sentido que nunca a la canción de Lucky Luke: I’m a poor lonesome cowboy, and a long way from home. Y es que en este mundo neoliberal, individualista y egoísta a ultranza, cada vez es más solitario el ejercicio de una verdadera autoridad[2].


* Chicote es un excelente cocinero español contratado en un programa de televisión llamado ‘Pesadilla en la cocina’ en el que se dedica a reflotar restaurantes de capa caída.

[1] (Del blog: http://veronicaboletta.wordpress.com/2014/03/09/domingos-musicales-ella/ )

[2] La idea del impedimento versus prohibición, la tomamos de: “Les couleurs de l’inceste. Se déprendre du maternel”, de J-P Lebrun.

‘Cinema Paradiso’ o las funciones padre y madre

Entrañable film de Tornatore sobre el cine y sobre el amor por el cine. El cine como proveedor de representaciones para un pueblito italiano sin muchas diversiones en los finales de los cuarenta, empobrecido en los medios de vida y en lo cultural. El cine como fuente de inspiración para las expresiones de Alfredo, quien se ocupa de proyectar los filmes en el Cinema Paradiso y que lo mismo responde con una frase taxativa de John Wayne que con otra de Clark Gable a Salvatore, el pequeño Totó que no hace más que incordiarle.

Pero como toda gran película, nos provee además de pequeños elementos para hacernos pensar. Nos centraremos en dos de ellos.

El primero es la relación espontánea que se establece entre Alfredo y Totó. El niño ha perdido a su papá en la guerra y anda algo perdido él mismo. Curiosamente, las frases de regaño que le dirige Alfredo son en sí mismas bastante brutales: “Si vuelves por aquí te pondré el culo colorao“. Sin embargo eso es tomado por el niño como un gesto de protección que Alfredo tiene con él.

Dice Lacan que, para que el padre funcione, es necesario que pueda articular el deseo con la ley; no se pueden decir a un niño frases pesadas o gritos, sin que el niño tenga la seguridad de que la persona que lo hace le quiere. Y es porque Alfredo quiere mucho a Totó por lo que puede decirle esas cosas. También porque le quiere mucho, le dice que se vaya del pueblo y que no se le ocurra volver nunca. Siendo como era Totó alguien muy importante en el corazón de Alfredo, éste es capaz de renunciar a su presencia con tal de que el joven tenga un buen futuro.

Era Totó un niño muy amado. Lo vemos también cuando ya cuarentón, vuelve al pueblo para acompañar el entierro de Alfredo. Es ahora un triunfador que se dedica a algo relacionado con el cine. En los días que pasa en el pueblo, tiene una conversación con su madre, una madre que lleva años sin verlo y que no le dirige ni un solo reproche. El hijo le dice:

         Te abandoné sin explicación.

A lo que ella responde:

         Yo nunca te la pedí. Lo que hacías estaba bien y basta.

Supone la aceptación de la madre de la distancia formidable que había entre la proximidad que ella hubiera deseado tener con su hijo, y la realidad de que en el pueblo, Totó no se hubiera podido realizar. Fantásticas entonces psíquicamente las dos personas que realizan las funciones de padre y de madre de Totó. Las dos funcionaron porque podían permitirse perderlo.

Nos preguntamos con frecuencia cómo podríamos transmitir a quienes nos leen que, de la aceptación de la distancia entre lo que esperamos y lo que obtenemos, entre lo que nos gustaría que nos dieran aquellos a quienes amamos y lo que en realidad nos dan, de la aceptación de esta distancia, dependerá también lo deprimidos o no que estemos. Cómo convencer a quienes nos rodean de que sólo si aceptamos perder un pedazo de algo, si llevamos deportivamente las pequeñas decepciones que los demás nos causan, nos sentiremos más ligeros de equipaje. Difícil en un mundo en el que cuesta desprenderse hasta de lo que a uno le hace daño.

El final de este filme es de los más emotivos que nunca hemos contemplado en el cine. Alfredo ha dejado en herencia a Totó el montaje de todos los recortes que tuvo que hacer a las cintas por la censura a la que le obligaba el cura del pueblo. Son recortes de las escenas con beso de los filmes que se proyectaban. Acompañados de la portentosa música de Ennio Morricone, van pasando ante nuestra mirada todos los besos de película que el cura durante años había mandado censurar a Alfredo. Veremos así el famoso beso de Raf Vallone y Silvana Mangano en ‘Arroz amargo’, el de Clark Gable y Vivien Leigh en ‘Lo que el viento se llevó’, otros de Brigitte Bardot, de Anna Magnani, del gran Marcello, y hasta dos de los cómicos Totó (el magnífico cómico italiano) y Charlot que, cual damisela, se desmaya tras el beso.

Tiene otro mérito este filme, y es el de hacernos evocar los cines de pueblo de nuestra infancia. Ese famoso ‘cine pipas’ al que se acudía en verano y en el que a veces era difícil escuchar los diálogos dado el ruido que hacíamos los chavales y chavalas al cascar las pipas de girasol, y el que hacían los que se movían entre las butacas al caminar sobre un océano de cáscaras.

Terminaremos copiando a nuestro modo la frase de alguien importante cuyo nombre no recordamos: “Vivir no es necesario, ver cine sí lo es”.

 Dedicado a mis compañeros del ‘Comicine’.