Libro electrónico de la 12ª Feria de la Ciencia.

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¡Satúrate!

Éste es el mandato de hoy. Veamos cómo se manifiesta en el día a día.

Si ponemos en la tele uno de esos programas-reportaje en que un reportero va entrevistando ya sea a españoles que viven en el extranjero, ya sea a prostitutas o a enfermos de algo… va a llegar un momento en que nos pongamos ansiosos. ¿Por qué? Porque quien ha montado o editado el programa, lo ha hecho eliminando los espacios-tiempos ‘muertos’ —no sé cómo llamarán los técnicos del asunto a estas cosas—, es decir, todos esos momentos en que se produce una vacilación en el que habla, ese “ehhhh…. tal cosa”, o bien “bueno… a ver…”, o ese otro tiempo que tarda el entrevistado en pensar la respuesta, tiempo en el que podría estarse acariciando la barbilla mientras mira al infinito antes de responder. También parece considerarse tiempos ‘muertos’ los que van desde que el entrevistado termina su respuesta y el momento en que el periodista inicia una nueva pregunta. Al suprimir esos tiempos que podríamos llamar vacíos, se satura todo el tiempo con imágenes y palabras, lo que produce un efecto de aceleración, incluso de supresión del pensamiento que a quienes nos dedicamos a esto de escuchar cómo la gente se va cociendo tranquilamente en su propia salsa, nos produce un arrebato y una ansiedad que no puede ser.

Lo mismo ocurre desde hace unos años en un cierto cine americano. Nos dimos cuenta por primera vez en Enemigo público, del 1999, en que para producir el efecto trepidante del film, cortan todos los espacios sin acción y no dan tiempo para pensar aunque su director, Tony Scott, sabe bien cómo respetar los tiempos en otros filmes y series.

Es fácil ver también este empuje a la saturación en el tema del consumo en que ni bien has comprado el último modelo de móvil, ya sale al mercado otro y la publicidad te convence de que no puedes vivir sin la última aplicación. Por cierto, móviles que se blanden como arma contra los momentos de espera, cuando uno tiene que hacer cola, como si no pudiera haber un momento para dedicar a pensar.

Y no digamos cuando un médico al que el paciente intenta explicar lo que le ocurre, le interrumpe con un: “Responda sólo a lo que yo le pregunte”. Y como las preguntas suelen ser sobre síntomas y no del tipo: “¿Había pasado algo en su vida cuando surgió este dolor?”, pues queda suprimida la posibilidad de que un sujeto aparezca y, con ello, que un enigma en torno a la relación psique-soma quede abierto.

Circula estos días por internet un comentario titulado “LA ESCRITURA RESPONDE A UNA VOZ INTERIOR” de un tal Guillermo Jaime Etcheverry que aboga por no perder la costumbre de la escritura a mano y que, entre otras cosas con las que acuerdo algo menos, dice: “El escribir en letra de imprenta (con teclas), implica escindir lo que se piensa en letras, desguazarlo, anular el tiempo de la frase, interrumpir su ritmo y su respiración”.

Se viven tiempos en los que no se ama ni el enigma ni el afán de investigar para resolverlo. Tiempos en los que se prefiere creer en las soluciones rápidas, mágicas. No interesan los sueños enigmáticos que obliguen a cavilar porque no tengan un manual de instrucciones para darles sentido, no interesa la memoria que Dios sabe adónde podría llevar ni qué vacíos abrir. De ahí a obedecer órdenes como en la hipnosis o en las dictaduras hay sólo un paso.

El adolescente narrador de “El guardián entre el centeno” decía no entender por qué un hombre que había quedado con una bella joven, se enfadaba si ésta llegaba tarde… cuando lo importante era haber conseguido quedar con una bella. A esta verdad adolescente añadiríamos que además, en ese lapso entre la hora de la cita y la hora de llegada, es decir en ausencia de la bella, un joven empieza a hacer hipótesis sobre dicha ausencia. Uno dirá que seguramente no va a venir porque le desprecia y se ha olvidado, otro que le debe de haber sucedido un accidente y un tercero pensará que seguro que la bella se ha ido con otro.

Y es que es así, en los vacíos, en las ausencias, es donde surge la subjetividad y en ella consiste la libertad del ser humano porque se trata de los tiempos necesarios para el inconsciente. Si suprimimos los espacios de vacío, en los que no hay ningún objeto que llevarnos a la boca, a las manos, a los ojos o a algún otro lugar, suprimimos también las ocasiones de que un sujeto se produzca libremente (que es la única forma de que un sujeto se produzca). De lo contrario, nos quedaremos pegados a los enunciados de quien pregunta, de quien comenta, o a la imagen que nos satura la mirada en el cine y el mensaje, subliminal o no, que quiere transmitirnos.

Ah, ¿que la supresión de los tiempos en que se produce el sujeto se hace justamente para que el sujeto no aparezca y por lo tanto puedan venderte lo que quieran? Vale, pero eso está muy feo. ¿Podemos extrañarnos entonces de que en el informe PISA, los adolescentes españoles sean de los que menos comprensión lectora tienen? Pues claro, si se quedan pegados a lo que acaba de decir el otro, y no están acostumbrados a dejar un espacio vacío para que aparezca su propio pensamiento… Si en España no hay amor por el libre curso de la razón como lo hay en la Europa de más al norte o en la América de más al sur, si todo pensamiento libre es sospechoso de “comecocos” y de “rayar la cabeza”, si lo bueno para muchos es el eslogan, hermano pequeño del dogma…

Parece que al mundo en que vivimos hoy en día ya no se trata de encontrarle una interpretación, sino de gritar frente a él “¡sálvese quien pueda!”.