¡Satúrate!

Éste es el mandato de hoy. Veamos cómo se manifiesta en el día a día.

Si ponemos en la tele uno de esos programas-reportaje en que un reportero va entrevistando ya sea a españoles que viven en el extranjero, ya sea a prostitutas o a enfermos de algo… va a llegar un momento en que nos pongamos ansiosos. ¿Por qué? Porque quien ha montado o editado el programa, lo ha hecho eliminando los espacios-tiempos ‘muertos’ —no sé cómo llamarán los técnicos del asunto a estas cosas—, es decir, todos esos momentos en que se produce una vacilación en el que habla, ese “ehhhh…. tal cosa”, o bien “bueno… a ver…”, o ese otro tiempo que tarda el entrevistado en pensar la respuesta, tiempo en el que podría estarse acariciando la barbilla mientras mira al infinito antes de responder. También parece considerarse tiempos ‘muertos’ los que van desde que el entrevistado termina su respuesta y el momento en que el periodista inicia una nueva pregunta. Al suprimir esos tiempos que podríamos llamar vacíos, se satura todo el tiempo con imágenes y palabras, lo que produce un efecto de aceleración, incluso de supresión del pensamiento que a quienes nos dedicamos a esto de escuchar cómo la gente se va cociendo tranquilamente en su propia salsa, nos produce un arrebato y una ansiedad que no puede ser.

Lo mismo ocurre desde hace unos años en un cierto cine americano. Nos dimos cuenta por primera vez en Enemigo público, del 1999, en que para producir el efecto trepidante del film, cortan todos los espacios sin acción y no dan tiempo para pensar aunque su director, Tony Scott, sabe bien cómo respetar los tiempos en otros filmes y series.

Es fácil ver también este empuje a la saturación en el tema del consumo en que ni bien has comprado el último modelo de móvil, ya sale al mercado otro y la publicidad te convence de que no puedes vivir sin la última aplicación. Por cierto, móviles que se blanden como arma contra los momentos de espera, cuando uno tiene que hacer cola, como si no pudiera haber un momento para dedicar a pensar.

Y no digamos cuando un médico al que el paciente intenta explicar lo que le ocurre, le interrumpe con un: “Responda sólo a lo que yo le pregunte”. Y como las preguntas suelen ser sobre síntomas y no del tipo: “¿Había pasado algo en su vida cuando surgió este dolor?”, pues queda suprimida la posibilidad de que un sujeto aparezca y, con ello, que un enigma en torno a la relación psique-soma quede abierto.

Circula estos días por internet un comentario titulado “LA ESCRITURA RESPONDE A UNA VOZ INTERIOR” de un tal Guillermo Jaime Etcheverry que aboga por no perder la costumbre de la escritura a mano y que, entre otras cosas con las que acuerdo algo menos, dice: “El escribir en letra de imprenta (con teclas), implica escindir lo que se piensa en letras, desguazarlo, anular el tiempo de la frase, interrumpir su ritmo y su respiración”.

Se viven tiempos en los que no se ama ni el enigma ni el afán de investigar para resolverlo. Tiempos en los que se prefiere creer en las soluciones rápidas, mágicas. No interesan los sueños enigmáticos que obliguen a cavilar porque no tengan un manual de instrucciones para darles sentido, no interesa la memoria que Dios sabe adónde podría llevar ni qué vacíos abrir. De ahí a obedecer órdenes como en la hipnosis o en las dictaduras hay sólo un paso.

El adolescente narrador de “El guardián entre el centeno” decía no entender por qué un hombre que había quedado con una bella joven, se enfadaba si ésta llegaba tarde… cuando lo importante era haber conseguido quedar con una bella. A esta verdad adolescente añadiríamos que además, en ese lapso entre la hora de la cita y la hora de llegada, es decir en ausencia de la bella, un joven empieza a hacer hipótesis sobre dicha ausencia. Uno dirá que seguramente no va a venir porque le desprecia y se ha olvidado, otro que le debe de haber sucedido un accidente y un tercero pensará que seguro que la bella se ha ido con otro.

Y es que es así, en los vacíos, en las ausencias, es donde surge la subjetividad y en ella consiste la libertad del ser humano porque se trata de los tiempos necesarios para el inconsciente. Si suprimimos los espacios de vacío, en los que no hay ningún objeto que llevarnos a la boca, a las manos, a los ojos o a algún otro lugar, suprimimos también las ocasiones de que un sujeto se produzca libremente (que es la única forma de que un sujeto se produzca). De lo contrario, nos quedaremos pegados a los enunciados de quien pregunta, de quien comenta, o a la imagen que nos satura la mirada en el cine y el mensaje, subliminal o no, que quiere transmitirnos.

Ah, ¿que la supresión de los tiempos en que se produce el sujeto se hace justamente para que el sujeto no aparezca y por lo tanto puedan venderte lo que quieran? Vale, pero eso está muy feo. ¿Podemos extrañarnos entonces de que en el informe PISA, los adolescentes españoles sean de los que menos comprensión lectora tienen? Pues claro, si se quedan pegados a lo que acaba de decir el otro, y no están acostumbrados a dejar un espacio vacío para que aparezca su propio pensamiento… Si en España no hay amor por el libre curso de la razón como lo hay en la Europa de más al norte o en la América de más al sur, si todo pensamiento libre es sospechoso de “comecocos” y de “rayar la cabeza”, si lo bueno para muchos es el eslogan, hermano pequeño del dogma…

Parece que al mundo en que vivimos hoy en día ya no se trata de encontrarle una interpretación, sino de gritar frente a él “¡sálvese quien pueda!”.

12 pensamientos en “¡Satúrate!

  1. Que curiosas que son las culturas:: en Inglaterra, no en Estados Unidos, está bien visto que cuando uno habla: actores, conferenciantes, dialogantes, tengan segundos de ehhh… (ver el cine inglés). Se considera que este balbuceo del cual han hecho cátedras algunos actores, es un segundo de pensamiento , de encontrar las palabras adecuadas (no confundir con el obsesivo), de no hablar precipitadamente. pero como dice Mª Cruz vivimos en un tiempo de: inmediatez, impulsividad y del hacer sin antes pensar…

  2. En el teatro, en la técnica Meisner de interpretación, los actores trabajan con la escucha y el dejarse provocar por lo que dice el otro, es decir, ante un comentario del primer interlocutor, el segundo nunca responde rápidamente sino que repite en voz alta la frase que le ha dicho el primero y luego se queda con ella mentalmente hasta que se le ocurre una respuesta, dándose un tiempo para pensar, y así se van alternando las intervenciones de ambos, siempre a partir de lo que ha dicho el anterior y de un tiempo de recepción-pensamiento-respuesta. Esta técnica prepara al actor para estar siempre activo ante lo que ocurre en el escenario, además de consciente de lo que les está pasando a los demás actores y en la escena, y permite una reacción más eficaz ante los imprevistos.
    Muy interesante el artículo, Mª Cruz.

  3. Si nos detuviésemos a pensar advertiríamos la trampa. Notaríamos la mano que mueve los hilos y nos provoca ese estado de ansiedad inducido. Pensar nos vuelve peligrosos y nos saca de los moldes. ¿A quiénes se aplicarían entonces las sacrosantas reglas del marketing/mercado? En pocas décadas (¿un par?) dejamos de lado los valores del ser para ser esclavos del tener.
    Como siempre, María-Cruz, me invitas a la reflexión; una cualidad interesante en estos tiempos efímeros. Eso se debe a tu pluma inspirada, lo corroboro una vez más. Gracias.

  4. La inspiración /triunfo de la razón / viene de la emoción /que produce el descosido /transido/ de las mentes devastadas /como si nada/ que me encuentro en el trabajo… ¡Carajo!. Una broma rapera flojilla, por seguir con el tema de ayer. Gracias por tu comentario, Verónica.

  5. Maria Cruz, comparto tus apreciaciones sobre cómo se posiciona el sujeto en los tiempos actuales, su falta de involucración. Es un tema que preocupa mucho a los analistas argentinos, y a mi personalmente.

  6. Muy buen artículo, felicidades, sin duda no nos gustan los tiempos muertos, tendemos a rellenar todo el ocio, tiempo libres o “tiempos muertos” con cosas, sensaciones o distracciones… porque el tiempo muerto hace que nos tengamos que mierar a nosotros mismos o que nuestra mente empiece a contarnos miles de historias (casi todas muy poco reales) sobre tal o cual tema…

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