Champions forever (la frerocidad)

Qué gaita es eso de la rivalidad entre hermanos. La verdad es que se entiende muy bien que los niños sufran con ello porque a ver, un niño para crecer tranquilo necesita creer, al menos por algún momento, que él es el ser más maravilloso del mundo para su mamá. Ya lo de que el papá se cuele en esa dupla maravillosa sienta mal, pero los niños terminan por aceptarlo porque piensan que, al fin y al cabo, el papá es mayor e imaginan que, cuando ellos sean mayores, ya no se les pondrá nadie por delante. Y con esa fantasía tiran algunos años p’alante.

Y decimos dupla porque aunque la RAE nos dice de esta palabra que es lo que contiene dos veces una cantidad, aunque la mamá y su bebé-rorro-churumbel-su cosita-gusanito de luz de mami-tesoro divino-su ‘¡Aymineeeeennnnnnne!’, son dos personas, hay muchos momentos en que parecieran mirarse uno en el espejo del otro y que tuvieran la ilusión de ser sólo Uno y completo.

Por suerte para la mayoría de los niños y niñas esta fantasía moruna pasa pronto (cuando no pasa, o no pasa del todo, tenemos los síntomas propios de la infancia, esos que los psicólogos se empeñan en tratar para suprimir y los psiquiatras se empeñan en medicar para suprimir también, en lugar de escuchar al niño y su mamá y ver qué pasa ahí).

Por suerte también para las mamás que consiguen encontrar otros intereses, ya que el encierro en esa especie de dupla tiene también consecuencias para ella: angustia, decaimiento, incluso depresión.

Pues hay veces que la mamá sólo encuentra un verdadero interés en otra cosa fuera de su amorcito… cuanto tiene otro bebé, otro ‘¡Ayminennnnne!”. Y ahí viene la debacle para el primer hijo, sentirá que ha venido otro para quitarle su lugar de único para Mamá… y /o  para Papá.

Nadie se pelea con otro si no siente que ese otro le está robando un lugar que le pertenece, el lugar de ser Uno, completo, perfecto. Un lugar que, no sólo es totalmente imaginario, sino que además en realidad es letal. Era la del Uno la ambición de Hitler, por ejemplo, que aspiraba a dejar en el mundo germánico una sola raza. Es el del Uno el anhelo de que se hable una sola lengua, el de los uniformes, el de ‘lo que es bueno para mí tiene que serlo también para ti’, en resumen, el del Uno es el deseo de suprimir al rival y, sobre todo, la diferencia, sobre todo la que uno capta dentro de sí como aquello que no controla, cuando si fuera UNO, supuestamente la controlaría. Suprimir pues al diferente, al rival, a cualquiera que amenace esa supuesta e imaginaria posición de ser Uno, y de ahí las peleas más o menos salvajes entre hermanos, pero también entre compañeros de trabajo, que no son sino la manifestación de lo que algunos psicoanalistas franceses llaman ‘la frerocidad‘ (frère, en francés, significa hermano), fruto de no querer renunciar a ese lugar imaginario. Pelea que se da también entre amigos y por la misma razón.

Qué maravillosa es la educación y cuando ésta falla, un buen psicoanálisis, cuando consigue que un niño (o no tan niño) acepte que en lugar de ser Uno, es uno más, y puede entonces abrir el espacio de la alteridad y entonces establecer un buen lazo social, compartir, renunciar en beneficio de la colectividad, trabajar en equipo…

Los tiempos cambian que es una barbaridad, como decía aquella Zarzuela, así que aquello que Miguel Delibes llamara en su novela de 1973 “El príncipe destronado”, nombrando con ello al niño que se da cuenta de que su mamá tiene ahora otros intereses aparte de su persona, ahora que ya parece no existir en España la Literatura sino sólo el fútbol, tendríamos que darle un nuevo nombre. ¿Qué les parece “El final del Champions forever”?

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