Mentir, huir, tal vez dormitar…

Esto no es exactamente lo que dijo el bueno de Hamlet en esa escena magnífica tras el entierro de Ofelia. Los actores suelen representarlo con una calavera en la mano, y cara de circunstancias. Escena que ha dado lugar tanto a representaciones dramáticas, como a escenas hilarantes, un ejemplo de esto último está en el film: To be or not to be, de Ernst Lubitsch. Lo que el danés dijo fue exactamente lo siguiente:

“Ser o no ser, he aquí la cuestión. ¿Qué es más digno para el espíritu, sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna o tomar armas contra océanos de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas? (…) ¡Morir… dormir, tal vez soñar!” (1)

Entonces Hamlet se preguntaba si frente a un golpe de la vida hay que aguantar el sufrimiento hasta que pase… salida que puede ser masoquista, pero también la inteligente reacción de Job cuando se enfrenta a un real más fuerte que él. A veces es lo único que se puede, y si no se abandona uno mientras deja que la cosa pase, mejor. La alternativa por la que se pregunta Hamlet es luchar, hacer frente… ya, pero tanto para lo uno como para lo otro, para aguantar o para enfrentarlo, hay que tener lo que los psicoanalistas llamamos buenos amarres simbólicos, ser un adulto que conoce sus limitaciones y hace frente a las cosas.

Después es cuando viene la parte más enigmática del decir de Hamlet, ese morir, dormir… ¿Está acaso diciendo que la muerte es una salida? Pues claro, seguro, aunque es una salida cuya puerta se cierra a cal y canto nada más atravesarla. En cuanto al dormir… todo el mundo sabe que en momentos de gran tristeza, es frecuente que a la persona le entre un sueño inmenso, incluso sabemos de gente que cuando les han dado una muy mala noticia, se han metido en la cama a dormir, lo que está muy mal visto, pero en realidad es propio de sabios. Oye, si no puedes hacer frente, mejor irte a la cama que sufrir una apoplejía. Es entonces el dormir una defensa pasiva, pero defensa al fin y al cabo, cuando uno sabe que no tiene las armas necesarias para luchar. Es propio también de algunos animales hacerse el muerto para evitar una catástrofe. Es hacer una huida estratégica, confiando en su inconsciente, dándole tiempo para elaborar durante el sueño la dificultad e, incluso, para empezar a encontrarle salida al problema.

Lógico que si hablamos de dormir, hablemos también de soñar. Soñar es bárbaro para que el inconsciente vaya haciendo el trabajo de elaborar problemas. Aunque quizá Shakespeare se refiera ahí a otra manera de escapar soñando, en el sentido de fantasear que las cosas son como a cada uno le gustaría que fueran, y no como son en realidad. Es estupendo soñar despierto, aunque esta suele ser la manera más estéril de escapar, porque sólo hace que la gente se enfade con la vida y se queje y demande inútilmente a los demás, Tener sueños es como la marca de fábrica de tener deseos. siempre que se ejecuten las acciones necesarias como para que la cosa no quede sólo en un soñar.

Pero vamos a proponer otros dos modos de huir que socialmente suelen tener mala prensa: uno es la huida física y el otro la mentira. No nos vamos a referir en esta ocasión a la mentira que se dice para usar a los demás, para aprovecharse de ellos y obtener un beneficio a su costa. Tampoco hablamos de la huida que se hace por un puro escaquearse sin dar la cara, sin comprometerse, en plan jetilla y tal. Nos referiremos a la mentira y a la huida como modo de defenderse para alguien que se encuentra escaso de recursos simbólicos para hacer frente a una situación de especial dificultad.

Un ejemplo es cuando la mamá le dice al niño que no le cuente al papá que han ido a ver a tal persona. A un adulto esto le parece una bobada, pero el niño al llegar a casa y preguntarle su padre qué ha hecho, miente y se siente fatal. Para colmo, como le da vergüenza haberse dejado atrapar por el juego de mamá, y como tiene miedo de las consecuencias si papá lo sabe, se pone colorado… y ahí es donde papá le pilla en la mentira. Si el niño hubiera tenido suficientes recursos simbólicos, habría dicho a su madre que él no pensaba colaborar en algo así, o le hubiera dicho a su padre que se las arreglara con su mujer sin usarlo a él de intermediario. Pero decir eso tiene mucho telenguendengue (2), es decir, para hacerlo hay que ser capaz de confrontarse como sujetos con los demás y no temer las consecuencias de desamor que tiene el decir algo así, o bien temerlas pero arrostrarlas. Y lo cierto es que no todo el mundo puede dar así la cara y, desde luego, no a todas las edades.

Por ejemplo, ¿qué hace Hamlet cuando le pillan de noche escondido en el cementerio tras el entierro de Ofelia? Pudo pensar: me han pillado, qué vergüenza… y salir corriendo. Pero no lo hace, porque él tiene los recursos simbólicos necesarios para hacer frente a la situación y, por eso, sale del escondrijo (esconderse fue el primer modo de escapar que se le ocurrió) y dice: “¡Soy Hamlet, Príncipe de Dinamarca!”, es decir que apela a su nombre y a su posición en el linaje, dos excelentes recursos simbólicos. Otros dicen cuando los han pillado: “Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir“(3) . Claro, pero no todo el mundo tiene tantas aldabas a las que llamar para dar la cara en los malos momentos. Por eso hay mentiras y mentiras, y hay huidas y huidas. Si uno no tiene necesidad de ninguna de las dos cosas, pues mejor, porque querrá decir que ha alcanzado un interesante grado de madurez, también querrá decir que existe para él o para ella la alteridad, es decir, un reconocimiento del otro como alguien que merece no ser engañado ni manipulado. Pero eso cada uno lo alcanza cuando puede… si puede.

Fíjense que distinto hubiera sido si Clinton cuando le preguntaron si había practicado sexo con la Srta. Lewinsky, en lugar de mentir como un bellaco diciendo que no, hubiera dicho que él no respondía a preguntas sobre su intimidad. ¡Toma ya! Eso habrían sido recursos si fuera verdad, pero seguiría mintiendo. Lo malo vendría después, cuando le dijeran que eso está muy bien, pero no en el despacho oval de la Casa Blanca sino en uno de esos moteles de carretera de las películas yanquis, en un ‘telo’ argentino, en un europeo ‘meublé’ o un español ‘picadero’. Quizá ahí Clinton hubiera quedado escaso de recursos y hubiera tragado saliva, o habría salido corriendo hasta que no lo hubiera podido encontrar nadie, ni Hillary, ni siquiera él mismo se habría encontrado; o bien hubiera vuelto a mentir diciendo que no fue succión sino abducción por una extraterrestre… o quizá no, oye, quizá se hubiera quedado impávido, que esta gente tiene la piel tan gorda y dura como los elefantes de Botswana…¡ sobre todo la de la cara!.

 

(1) Traducción. de Leandro Fernández de Moratín, en Wikipedia.

(2) Maravillosa palabra cuyo significado desconocemos, pero que se presta muy bien para cualquier ocasión en que una no encuentra la palabra justa en un escrito.

(3) Célebre frase del anterior Rey de España, Juan Carlos I, cuando fue sorprendido cazando elefantes en Botswana en un momento de grave crisis en el país.

 

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¡ Respuestas, quiero respuestas !

“Citroën C4 Cactus: El coche que responde a las preguntas de hoy”.

El anuncio me dejó perpleja y, ya casi convencida de su veracidad, me dieron ganas de poner al coche a prueba preguntándole: ‘Pero, ¿a todas, todas, de verdad?’

Aunque no sé por qué me extraño, ya que la publicidad siempre ha sabido captar el espíritu de los tiempos. ¿Espíritu digo? Perdón, ha sido un desliz. En este mundo en el que son las máquinas quienes tienen las respuestas, mentar el espíritu, la psique, la subjetividad… es provocar.

¿Será la crisis económica que afecta a Europa y sobre todo al sur lo que está cambiando tanto las mentalidades? No lo creemos. En todo caso la crisis no ha hecho más que acelerar algo que ya venía ocurriendo desde que los laboratorios y sobre todo la Tecnología, vienen prometiendo satisfacer cualquier necesidad, curar cualquier enfermedad y acelerar los tiempos necesarios para cada cosa.

Cuando era niña, a última hora en la tele antes de que se terminara la programación había un espacio, no recuerdo su contenido pero sí su nombre: ‘El alma se serena’. Vale, el nombrecito era cursi, pero es que entonces se hablaba así y a nadie le daba vergüenza. Se me había perdido en algún rincón entre neuronas y de pronto el otro día me volvió a la cabeza, sin duda en algún momento de acelere (por seguir en el mundo del motor). Y es que en el mundo contemporáneo quedan muy pocos momentos para serenarnos, para estar con nosotros mismos, para pensar…

Quizá sea el psicoanálisis la única forma de terapia que respete el hecho de que todo ser humano va acompañado toda su vida por una especie de saco que lleva al hombro. Es un saco vacío o, al menos, carente: de belleza, de inteligencia, de riqueza, de buen oído musical, de amor, de verbo ágil, de fuerza, de gracia… añada cada uno aquello en lo que siente que tiene una insuficiencia o una carencia total. Y, sobre todo, el saco que llevamos colgado va bastante escaso de tiempo.

Sabemos que hay padres que cuando sus hijos les dicen que sus compañeros del cole tienen el último modelo de móvil, van y se lo compran. Que sus hijos no tengan ni media carencia, que llenen su saco de inmediato, que no sufran de insatisfacción, ese parece ser su objetivo: “¡Si lo tiene otro, por qué no lo vas a tener tú”, llenando con ello falsamente su propio narcisismo a costa de sus hijos.

Vale, pero el psicoanálisis nos enseña todos los días que quien no sufre de insatisfacción es porque sufre de angustia. Son los padres y madres quienes pueden o no transmitir a sus hijos que no pasa nada por tener el saco sólo medio lleno, por estar algo insatisfechos, ya que la insatisfacción empuja hacia los objetivos. Que si no eres el más fuerte o el más listo, sí que eres gracioso, que si no eres la más bella o la mejor en Matemáticas, sí que tienes gracia al hablar o al moverte y que merece la pena esperar un poco para obtener las cosas que de verdad importan y que no son materiales.

Son también los padres quienes transmiten, o no, que lo más importante en esta vida es de orden inmaterial (hasta la UNESCO habla del patrimonio inmaterial de la humanidad), que uno puede equivocarse sin que sea un drama y que de eso se aprende, que no se puede tener todo y que el bien común termina por ser también un bien para uno, aunque no directa ni inmediatamente. Pueden también transmitir que no hay garantías de los actos que realizamos como sujetos libres, y que eso siempre acompaña dichos actos de una cierta cuota de culpabilidad y de angustia. Y que tampoco es un drama sentirnos algo culpables por seguir adelante dejando a otro atrás cuando es necesario, y que no nos morimos por tener algo de angustia, es sólo que hay que esperar un poco a ver si eso que hemos decidido sale bien o no.

Los padres pueden transmitir esto… o bien hacer entrar a sus hijos en la escalada del consumismo que no soporta los sacos que no estén llenos ni los aplazamientos, llamarlos tontos cuando han suspendido una asignatura, compararlos con su prima que sí que es lista o baila bien… y entonces los niños no tendrán fácil no ya soportar la insatisfacción debida a un saco sólo medio lleno, sino que no podrán llegar a conocer la alegría que supone tener un objetivo para el que hay que dedicar esfuerzo y posponer su logro.