Trauma y otras razones

Muchas son las personas adultas (con los niños suceden otras cosas) que vienen a mi consulta con algo que les produce sufrimiento y que están convencidas de que la causa es haber sufrido un ‘trauma’ en la infancia. Alguno de los casos que trató Freud y que se hicieron famosos en sus tiempos así lo hacían ver, pero también el cine en películas como ‘Recuerda’ o ‘Marnie, la ladrona’, de Hitchcock. Forma parte entonces de la cultura popular el que una vez descubierto ese trauma inconsciente y traído a la memoria de la persona que sufre, desaparecería su sufrimiento. Bueno, pues aunque no muchas, algunas veces sí que sucede así y es cierto que en el tratamiento psicoanalítico vuelven cosas a la memoria y que, como ahora la persona ya no es un niño o una niña sino un adulto, puede procesar eso que sucedió en la infancia con las herramientas psíquicas que ha adquirido al madurar. Digamos que se ha convertido por efecto de los años y del tratamiento psicoanalítico en alguien que por fin puede confrontarse con aquello.

Sin embargo, y aunque para el cine haya sido un recurso de lo más atractivo, no siempre la causa del sufrimiento psíquico está en acontecimientos traumáticos vividos en la infancia y que no se han podido procesar bien. Muchas personas vienen porque al cumplir los cuarenta años, o los cincuenta, o los sesenta, se plantean qué ocurrió con sus ideales y con las expectativas que tenían sobre lo que iba a ser su vida y se han dado cuenta de que no tenían ya por delante para realizarlas tantos años como antes. Eso les ha deprimido y, después de haber intentado un tratamiento con antidepresivos, sin que su vida cambiara casi nada,  han llegado a la consulta del psicoanalista y consiguen encarar las cosas de otra manera.

Otras vienen con síntomas físicos para los que los médicos no han encontrado ninguna razón orgánica y quieren que cese su malestar. Otras, sobre todo mujeres, porque durante tiempo el hombre de su vida les ha prometido darles un lugar ‘oficial’ y no seguirlas manteniendo en secreto… pero ese momento parece no llegar nunca, lo que a ellas les produce angustia y, al cabo de un tiempo, depresión. O porque la relación con alguno de sus hijos va cada vez peor y no saben por qué las cosas no se enderezan.

También vienen jóvenes que no consiguen que llegue nunca ese momento de volar con sus propias alas y con mucho miedo para enfrentarse al mundo del trabajo, al mundo adulto que se presenta ante sus ojos como con reglas muy distintas de las que ellos conocen y que no saben manejar.

Una pareja que se acaba, otra que no termina de arrancar, las causas por las que una persona viene son infinitas. Eso sí, si buscamos la razón por la que sus sufrimientos, vengan o no de la infancia, no han podido ser gestionados de manera saludable, vamos a encontrarnos con situaciones que tienen que ver con la infancia aunque no sean forzosamente traumáticas.

Y ahí el psicoanálisis es como si todo el mundo pudiera tener otra oportunidad, más allá de si se tienen veinte, cincuenta o noventa años. Otra oportunidad para no amargarse la vida, para poder vivir según el propio deseo que, finalmente y aunque no sea fácil, es de lo que se trata.

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El lenguaje de hoy no es el bien decir

Es increíble cómo se nos van contagiando los nuevos modos de hablar y cómo estos nuevos modos reflejan el estado maltrecho del sujeto en la España de hoy. Y no nos referimos al discurso pulverizado de los políticos sobre el que ya escribimos en este blog (‘El lenguaje pulverizado’), sino a esos modos de hablar que se nos van inoculando sin darnos cuenta. De creer a Freud cuando decía que se empieza cediendo en las palabras y se termina cediendo en las cosas, estos modos de hablar actuales tendrán consecuencias sobre las personas.

Entre esos modos se encuentra el exceso con que se usa el infinitivo. Un ejemplo es cuando un conferenciante inicia su discurso diciendo: “Decir que voy a hablarles hoy de…”. O bien el meteorólogo cuando dice: “Comunicar que el tiempo está hoy revuelto”. Ese ‘decir’ ese ‘comunicar’ son raros y ¿son necesarios? No. ¿A qué responden? Vamos a pensarlo. El infinitivo es justamente el tiempo verbal que no señala a ninguna persona del singular ni del plural, ni tampoco el enunciado de un sujeto. ¿Se tratará entonces de eludir lo subjetivo? ¿Es que así no hay responsabilidad sobre lo dicho? ¿Será que hablar sale gratis? Pues es de lo más surrealista pensar en un altavoz que emitiera comunicados que salieran de otro altavoz a él conectado, el cual emitiera comunicados de otro altavoz… etc.

En los ejemplos anteriores lo correcto sería: “Hoy voy a hablarles de” (suponiendo que fuera necesario avisar de lo que se va a hablar en lugar de hacerlo directamente, claro)… o bien, “Les comunico que el tiempo hoy está revuelto”. Esto hace que haya alguien que se responsabiliza del enunciado, de lo que va a decir y que pone a prueba ante algunos otros el acierto en sus cálculos científicos para poder predecir el tiempo que hará. Alguien que se juega, vamos. Y no me negarán que, al menos en España, cada vez las personas se responsabilizan menos de lo que hacen y de lo que dicen y de sus consecuencias.

Otro modo moderno de hablar es decir “Voy a agarrar lo que es esa silla”, cuando lo que van a hacer es agarrar esa silla, y no ‘lo que es’ esa silla, como si fueran filósofos griegos que trataran de captar la esencia numénica de la silla. Un antiguo presidente del gobierno decía por ejemplo: “tenemos lo que es un problema económico en España”, lo que terminó puliendo aun más al decir: “tenemos lo que viene siendo un problema económico en lo que es España”. Es dramático porque no se sabe si lo que viene siendo, cuando te despiertes mañana ya no es… y yo con estos pelos…

Desde hace un par de años ocurre otro fenómeno y es que las palabras parecen haberse convertido en objetos que se pueden mover de sitio. Una estaba acostumbrada a expresiones como ‘lo dijo Blas, punto final’ o ‘lo escrito, escrito queda’, frases que mostraban el peso que tiene una palabra una vez dicha. Pero que tenga peso, no es lo mismo que ser una cosa que se traslada de un sitio a otro. Escuchamos hoy: “El ministro trasladó el sentimiento de las víctimas al Presidente del Gobierno”; aunque también podría ser: “Le trasladé a tu madre que ibas a guisar pollo”. Pero aunque la capacidad para la metáfora nos surta de tragaderas importantes en relación con el lenguaje, ¿por qué ‘trasladar’ en lugar de ese verbo magnífico que es ‘decir’? Y dónde lo trasladan, ¿en el carrito de la compra? Sugiero mejor unas parihuelas por lo enfermo que dejan al lenguaje de tan empobrecido y lerdo.

Por otro lado, es interesante y temible ver cómo el capitalismo penetra todas las estructuras y, ‘como no puede ser de otro modo’ (frase repetida por los personajes públicos desde hace unos cinco años y, ahora ya, por todos los demás bobos) también la del lenguaje. Resulta que escuchamos hoy una noticia según la cual los hermanos Wachowski, creadores de la trilogía de Mátrix, han decidido crear una nueva trilogía cinematográfica. ¡Shhhhhh!, a ver, a ver… Un director crea una película porque intenta transmitir algo personal, le sale estupenda, gran taquilla, se siente genial, ve ahí un filón y crea la segunda parte, y como sigue la racha, una tercera, luego un remake, etc. De ese modo va cumpliendo con su deseo, financiándose, haciéndose un nombre para encontrar más financiación para hacer su sueño… lo suyo, vamos. Ahora bien, si ya de entrada pensamos en crear una trilogía es que en lo que estamos pensando es sólo en el vil metal y en la fama o, por ponernos al nivel de los clásicos griegos a los que nombrábamos más arriba, en la numismática.

Porque no sabes si el film va a ser bien acogido, si va a gustar, a interesar, además te quedó algo por decir y seguro que en la próxima lo vas a expresar mejor… Es como si los Wachowski pasaran ya de ‘lo que venía siendo’ su deseo, para ‘como no podía ser de otro modo’ en Occidente, dedicarse al pensamiento único y a partir de ahora se pusieran a enlatar tres pelis por una, como los calzoncillos de Alcampo, o como quien hace churros en la feria de mi pueblo. ¿No era hacer cine lo que les gustaba? Ah, no, que estos eran de los que iban sólo a ‘la pela’, como llamábamos antes a la peseta, a la cultura del ‘pelotazo’ y tal. Oye, los Wachowski que hagan lo que les dé la gana, aquí sólo mostramos un pelín de decepción por el camino que van tomando las cosas en este mundo que es también el nuestro.

Ante tanto ramplonismo sin chispa, citamos para terminar a Rainer María Rilke, uno de esos antiguos que escribían porque les gustaba : ¿Es posible que a pesar de las invenciones y progresos, a pesar de la cultura, la religión y el conocimiento del universo, se haya permanecido en la superficie de la vida? ¿Es posible que se haya, incluso, recubierto dicha superficie -que, después de todo, aún habría sido algo-; que se la haya recubierto de un tejido increíblemente aburrido, que la hace parecerse a muebles de salón en vacaciones de verano?”.