Óvulos congelados y pasta gansa

La noticia saltaba esta semana: en USA, Facebook y Google, en un aparente gesto a favor de las mujeres, están dispuestos a pagar a sus empleadas los más de 15.000 euros que cuesta la congelación de óvulos y los 4.000 que cuesta por año su almacenamiento, para que éstas puedan posponer su maternidad hasta más allá de los cuarenta y, de ese modo, ser competitivas en el mercado laboral.

¿Pero es que nos hemos vuelto locos? Y no lo decimos porque a alguien se le ocurra la idea (si vieran las que se me ocurren a mí…), sino porque va y la dice, y seguro que sin sonrojo ni nada. Otra cosa que nos inquieta: ¿Habrá alguna mujer que pique?

En fin, aquel a quien se le ha ocurrido no es que esté loco, sino que es un listillo (por hablar suavecito) que colabora en el hecho de que el capitalismo feroz cada vez penetre más capas de nuestras vidas. Pues ahora ha penetrado hasta el útero mismo de las mujeres. ¡Qué bárbaro, qué ímpetu!

El día 27 de septiembre de 2014 en Babelia, Antonio Muñoz Molina comentaba: “… el gran edificio de la civilización se asienta sobre un cierto número de ficciones, o más bien flota precariamente por encima de ellas, como esos personajes de los dibujos animados que seguían corriendo en línea recta al llegar a un precipicio, y solo se caían al mirar hacia abajo y descubrir que avanzaban sobre el vacío“.

Muy cierto. Y la ficción principal que un ser humano alimenta desde que aprende a hablar y por lo tanto a pedir, es que existe un ‘objeto’, llamémoslo así, que puede llegar a llenarlo y hacerle feliz para siempre. Durante siglos el objeto que más brilló fue el alimento —pensemos en las grandes hambrunas de que nos habla la historia—, en otras épocas la conquista o la defensa de territorios; lo muestran tantos films del oeste en que vemos a los colonos venidos de Europa intentando arrebatar tierras indias y a sus nativos defendiéndolas de aquellos. Sexo y libertad pareciera haber sido el punto de mira para muchos jóvenes del momento durante las décadas de los sesenta a los ochenta del siglo pasado. Lástima que la cultura no parece haber merecido nunca esa categoría.

Pero desde hace tiempo un ‘objeto’ parece haberse enseñoreado de las pobres mentes del mundo occidental y cristiano: el dinero. Con sus sinónimos: la pasta gansa, la guita, la lana, los reales, las perrinas, los aurelios… Y sus servidores: la rentabilidad, la eficacia, las ratios, los shares, las primas, las tarjetas opacas… Pero no el dinero que sirve para comprar lo necesario para vivir, o para regalar, incluso para hacerse algún que otro autorregalo de esos que tan bien sientan de vez en cuando. No, el dinero que tanto importa ahora es el que sirve sólo para ser acumulado, para que algunos se sientan poderosos, o los más listos, o los amos. Es un dinero buscado por sí mismo y no por lo que se puede conseguir al ponerlo en circulación y en intercambio.

El dinero es una ficción, desde luego, pero ¿saben por qué? Porque no hay objeto que valga ni en el macrocosmos ni en el microcosmos para llenar por completo a un ser humano. Por eso alguien puede seguir acumulando y nunca encontrará el momento de parar porque el vacío vital siempre estará por llenar (y cuando está lleno es porque se está muerto). Entonces, quienes toman la vía de la acumulación (los donjuanes que acumulan mujeres, los tiranos que acumulan territorios, los financieros que acumulan capital o los adictos de cualquier cosa) nunca se sacian.

Intentar colmarlo es sólo uno de los modos de hacer con el vacío existencial, el modo más tontorrón. Ese vacío nos permite desear, por aquella perogrullada de que uno sólo puede desear lo que no tiene, es decir, a partir de un vacío. Entonces, aunque el vacío tenga tan mala prensa en Occidente, es lo que nos mantiene vivos, incluso lo que nos mantiene alegres porque vivir con deseo alegra. Pero sólo nos mantiene alegres si nos dedicamos a trotar suavemente en calesita por el borde. Si pretendemos ir en bólido no. Entonces es cuando, como dice Muñoz Molina, algunos siguen corriendo más allá del borde del precipicio.

Un sistema justo e igualitario con los sexos no es el que somete el cuerpo de la mujer a un estrés suplementario al permitirle ser madre cuando el cuerpo está ya de capa caída. O el que somete a los niños a tener padres viejos. Es el que le permite ser madre de joven sin que ello suponga graves problemas en su vida. Aunque, señoras, tampoco es obligatorio ser madres si una tiene tanto afán por subir en el escalafón y aunque no lo tenga. Recordemos que los hijos, además de necesitar a padres con ganas y fuerzas para sostenerlos… ¡tampoco son el objeto que llena!, aunque pueda dar muchas alegrías. Y por cierto, tener un puesto alto en lo profesional, tampoco es ese objeto, aunque a algunas y algunos les haga estar más contentos. Recordemos: el objeto NO existe, sólo existen los señuelos.

Esto de los óvulos, aunque no en relación con el dinero sino con la preservación de la imagen, era el tema de un cómic de Claire Brétécher llamado “Le destin de Monique” que tiene más de veinticinco años. En él, una actriz se entera de que está embarazada días antes de que le ofrezcan el papel de su vida. Entonces congela su óvulo fecundado al que llama “Monique” (no le cabe duda de que será niña y servirá para darle brillo a ella) y, como esa obra la convierte en una actriz famosa, va retrasando su maternidad por no querer afear su cuerpo y que nada le impida seguir siendo la número uno. Finalmente, ya de muy anciana, decide implantarse el óvulo, pero un traspiés hace que la probeta donde se encuentra caiga al suelo. Cuando salió, esta historieta daba mucha risa (a mí no, la verdad), pero una vez más la realidad supera la ficción y son las empresas punteras de Internet las que han hecho posible ese rictus de horror que se nos ha quedado a algunos.

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