¡BASTA YA! Llamada del colectivo de los 39, del 1 de noviembre de 2014 (En francés en: http://www.hospitalite-collectif39.org/?CA-SUFFIT )

Los hechos están ahí y son tozudos: mientras crece la demanda de tratamiento —sobre todo para los niños—, los medios humanos son cada vez más escasos: disminución de puestos de enfermería, marginalización escandalosa de los psicólogos, escasez de psiquiatras (públicos y privados).

La formación de los enfermeros es claramente insuficiente y, para los residentes de psiquiatría es reductora, simple y engañosa, ya que se toma raramente en cuenta la complejidad de la disciplina. Sólo raramente se les permite elegir sus opciones teóricas, desarrollar un pensamiento crítico indispensable. Todos los estudiantes sufren un formateo en el que reina la dimensión binaria y reductora de la atención, por lo que ya no está a la orden del día ayudar al paciente a comprender lo que le ocurre. Se les enseña a tratar una enfermedad y no a curar a un ser cuyo sufrimiento representa también una protesta que es necesario acoger.

Lo mismo ocurre con la formación de los educadores y de los trabajadores sociales dispensada en los Institutos Regionales del Trabajo Social, formación sometida a los dictámenes de la “calidad” y el “buen trato”, reductora, operativa y completamente inapropiada para la dimensión relacional del encuentro educativo.

Además, en la vida cotidiana de los servicios (públicos o privados), no queda ya tiempo para la transmisión del saber-hacer, para las reuniones de equipo, los intercambios informales a propósito de los pacientes. A cambio, hay que consagrar el tiempo a rellenar casillas con “grandes y pequeñas cruces”, cumplir obligaciones tan ineptas como estériles para que sea respetada una pseudo-calidad, justo la que impone la Alta Autoridad de Salud (HAS), institución antidemocrática que impone sin restricción protocolos extraños a la cultura de los equipos terapéuticos, que tiraniza con su preocupación por la homogeneidad y maestría de todos los actores, incluida la jerarquía hospitalaria. Como organismo burocrático de alto nivel, “elabora” sus protocolos de tratamiento para todos.

Pero en psiquiatría la preocupación por lo homogéneo es antiterapéutica, ya que lo esencial de la práctica tiene su fundamento en el carácter singular del encuentro terapéutico: cada acto de tratamiento debe mantener un carácter específico que tome en cuenta el contexto, la historia, lo que dice el paciente de la relación que tiene con su sufrimiento.

De hecho, es la burocracia a las órdenes del poder político quien decide: el desconocimiento y la estupidez intentan imponer a los profesionales mediante leyes, circulares y decretos, kits de buena gestión, de buena conducta, de ayuda a la gestión de los seres humanos, ya sea a quienes tratan como a los tratados. Como si estuvieran en lo mejor de un mundo robotizado y sometidos a los dictados de un poder todopoderoso, cuyo brazo armado son los directores de las Agencias Regionales de Salud —ARS— con poder ahora exorbitante pero que será aumentado con el proyecto de ley de salud.

Cómo asombrarse entonces del agobio de las familias ante el aislamiento y el encierro (físico, psíquico, simbólico) en los cuales sus seres cercanos se encuentran relegados a lo largo del desarrollo de tratamientos caóticos, construidos sobre una multiplicidad de personas que tratan y que están superpuestas sin un lazo verdadero entre ellas. Cómo no comprender la cólera o la falta de recursos de las familias frente a la escasez de respuestas que se les aporta, o las soluciones fatalistas, culpabilizantes o perentorias que se les dirigen.

Los pacientes dicen que están infantilizados, poco o nada escuchados, medicados en exceso, etiquetados, sometidos a lo arbitrario, con pérdida de la libertad de circular y amenazados permanentemente con el cuarto de aislamiento.

Los hechos están ahí: antes raramente se usaban los cuartos de aislamiento y de inmovilización de los pacientes, pero ahora se convierten en una herramienta banal de un medio que ya no sabe o no puede hacer las cosas de otro modo. Esta banalización inaceptable encuentra su justificación desculpabilizadora en los “protocolos de aislamiento”.

El paso que se ha dado desde la “hospitalización obligatoria” al “tratamiento sin consentimiento” ha permitido la extensión ambulatoria de la obligación hasta el domicilio de los pacientes. Los jueces y los abogados presentes desde entonces permanentemente en el interior de los hospitales, avalan a pesar suyo la aceleración de las medidas de restricción bajo todas sus formas, cuando estos profesionales del derecho deberían haber defendido las libertades fundamentales. La mayor parte del tiempo, la restricción no es imputable sólo al paciente, sino una construcción social y clínica.

Todo ello en un contexto en el que la ley HPST (Hospital, Pacientes, Salud, Territorio), denunciada antes de 2012 por la oposición de entonces, sigue existiendo con el actual gobierno. Esta ley organiza el hospital moderno según la ideología del hospital-empresa, planteando el marco de este encuentro inaudito e imposible entre la salud pública y la lógica neoliberal de la gestión y del lucro.

¿Qué decir entonces del sector psiquiátrico, esa “utopía necesaria” que ha permitido sacar a los pacientes de los manicomios y que ha propuesto una continuidad de los tratamientos de proximidad? Todos están de acuerdo en mantenerla. Pero al mismo tiempo que declara la importancia de este dispositivo, la Sra. Marisol Touraine quiere triplicar la población abarcada por un sector: de 70.000 habitantes a 200.000. Si los parlamentarios votan este texto (inscrito en la futura ley de salud pública), el sector corre el riesgo de convertirse en una entidad de gestión, un instrumento para cuadricular que anula, por lo tanto, las razones mismas de su existencia.

En Psiquiatría Infantil, la situación es muy preocupante. Por un lado, no podemos seguir aceptando una lista de espera de varios meses para una consulta, o entre dos y tres años (!) para la admisión de un niño en una estructura especializada —cuando ésta existe…— Lo insoportable roza lo absurdo.

Por otro lado, la política de la incapacidad, a pesar de algunos raros avances sociales, produce efectos perversos mayores. Actualmente vivimos una paradoja doble: con una discapacidad, los niños muy enfermos acceden con dificultad a los tratamientos, mientras que un gran número de simples “desviados” del sistema escolar son estigmatizados como discapacitados.

Pero ¿por qué es necesario tener una discapacidad a golpe de diagnósticos psiquiátricos y de certificados médicos, para poder beneficiarse de refuerzos puramente pedagógicos del tipo de ayuda de un adulto no cualificado, como un Auxiliar de Vida Escolar, o clases especiales? Los niños agitados, los repetidores, los indisciplinados, etc… (con frecuencia provenientes de las poblaciones más precarias) se ven así “psiquiatrizados” mediante la generosa “discapacidad”. Rechazamos los mecanismos de recuperación de la clínica psiquiátrica a través de una política de la discapacidad que transforma a los marginales en anormales.

Entonces, ¿en nombre de qué imperativos se organiza meticulosamente desde hace años esta política destructiva? ¿Imperativos financieros, teóricos, sociales, económicos, segregativos? Y ¿en nombre de qué deberíamos aceptarlos?

¿Por qué tendríamos que callar nuestras convicciones? Todo tratamiento requiere tiempo: tiempo para pensar, para hablar, para anudar lazos. Tiempo para comprender, tiempo para que cada colectivo ponga en marcha sus propias herramientas de evaluación y no pierda ese tiempo precioso en responder a las órdenes de la Alta Autoridad de la Salud (HAS), de la que la mayoría de sus trabajadores reconocen que la dimensión clínica se da de tortas con la práctica. Tiempo para una formación apropiada para nuestras prácticas, sin pasar bajo las horcas caudinas de formaciones obligatorias que ponen en marcha la desaparición de la dimensión singular de cada acto de tratamiento.

La Alta Autoridad de Salud (HAS), por su colusión entre una pseudo-gestión en nombre de la ciencia y una pseudociencia en nombre de la gestión, a base de controles incesantes y de acreditaciones orientadas al apoyo, está despolitizando las cuestiones de la salud apartándolas del debate de nuestras democracias.

En las instancias políticas, en la ciudad, en nuestros servicios, los espacios de debate y de contradicción se han convertido en escasos; el absurdo y la violencia se convierten sin embargo en frecuentes. ¡Abramos urgentemente ese debate público, nacional, ciudadano! ¡Organicemos la defensa masiva que se impone! ¡Con todos los refractarios a la resignación! ¡Con todos aquellos que no quieren cesar de reinventarse, de soñar, de crear! ¡Con todas las asociaciones sindicales, científicas y políticas concernidas!

Para que la democracia recupere sus derechos. Para que pueda elaborarse la escritura de una ley marco de la psiquiatría. Una ley de la que todos: pacientes, familias, equipos de tratamiento, tienen una necesidad inmediata para permitir una revisión de las prácticas de la psiquiatría.

Traducción de María-Cruz Estada no revisada por los autores.

Nadando en la ambulancia

Es que no nos escuchamos, oye. Y si nos escuchamos, entonces es que no advertimos que toda frase debería manifestar una coherencia interna. En el cole ya nos lo enseñaban: si estás hablando de mujeres, tienes que ponerlo todo en femenino y en plural, si es sólo de una, en femenino singular; y lo mismo si se trata del masculino y de los verbos y sus tiempos.

Hay veces que un pulpo nada en un garaje, pero aunque nos parezca absurdo la cosa es coherente, ya que estamos hablando de lo desconcertada que se siente una persona por encontrarse en un lugar poco habitual, o porque nadie se está comportando a su alrededor como acostumbra. Entonces no nos extraña que alguien diga: “Me sentí como un pulpo en un garaje”, pues eso, desconcertado, pasmado o, como dicen los culturetas ahora: siderado (¡toma ya galicismo!).

Ahora bien, convertir la frase de toda la vida: “Fulano nada en la abundancia”, que a todos nos hace recordar al tío del Pato Donald bañándose en dólares de oro, en “Fulano nada en la ambulancia” que se escucha últimamente por Madrid, ya pasa de castaño a oscuro, oiga. Porque ¿qué pasó, es que llegaron los bomberos y después de cerrar herméticamente las puertas de la ambulancia le enchufaron la manguera supersónica? Ahí no hay metáfora que valga, sino un gran desatino.

Las lenguas evolucionan—y no estamos poniendo título a un film porno—, evolucionan que es una barbaridad y, si a veces lo hacen con total desatino como acabamos de ver, otras lo hacen de un modo asombrosamente coherente.

Entre las últimas queremos destacar tres frases que nos parecen particularmente expresivas. Una consiste en decir de una mujer a quien alguien encuentra poco atractiva para los hombres: “a esa no la tocan ni con un palo”. Es interesante porque une en una sola sentencia el sexo y la agresividad, lo que une y lo que separa, el deseo y la muerte, como si el creador o la creadora de la frase tuviera un íntimo saber sobre esos dos polos que están en la base de cualquier comportamiento humano.

La segunda que queremos comentar es la evolución de la palabra “bodorrio”. Antes un bodorrio era una boda de tres al cuarto, de medio pelo, de chicha y nabo. Bodorrio siempre fue una palabra despectiva. No entendemos entonces por qué ha pasado a significar “boda por todo lo alto”. ¿Será que cualquier boda, por mucho boato, por mucho brillo que tenga, siempre será un bodorrio comparado con el ideal de la joven desposada? ¿Por qué será que lo que triunfa en esta evolución de la frase es algo de la verdad del matrimonio, del “no es para tanto”? Pura sabiduría popular.

Pues eso mismo ocurre en la última que queremos comentar. Veamos. Hace años había dos frases que se aplicaban a la pareja amorosa. Una era: “Fulano le tiró los tejos a Fulana”, lo que era lo mismo que decir que había intentado seducirla. La otra frase: “Zutano y Perengana se tiraron los trastos a la cabeza”, quería decir que es como si esa pareja hubiera pasado de arrojarse insultos a arrojarse a la cabeza cualquier objeto a su alcance, es decir, que se habían peleado.

Bueno, pues la lengua ha evolucionado hacia la transparencia de la verdad verdadera y es así como ahora todo el mundo dice: “Fulano le tiró los trastos a mengana”, y cuando mostramos nuestro disgusto porque siempre nos pareció que eran un chico y una chica encantadores, nos dicen que no, que es que la sedujo. Se ha suprimido la cabeza de la frase de los trastos para que pueda significar lo más antitético a lo que significaba antes. Ya, pero entonces para decir que alguien sedujo a otro, se usa la misma expresión que antes se empleaba para decir que lo había agredido. Chusco, ¿no? Oye, ¿y por qué no dejamos a las parejas un poquito más de tiempo para el embeleso con aquello de los tejos? ¡Que siempre habrá tiempo para que se tiren los trastos, caramba… !

Educación y psicoanálisis: Confusión de lengua entre el colegio y el niño. Desconfianza y neoliberalismo.

Minientrada

Un trabajo para pensar en la Escuela.

psychanalyse_bourgogne

Claude Breuillot, Psychanalyste Analyse Freudienne @anfreudienne

PSYCHANALYSE ET EDUCATION
SIN DESEO NO HAY EDUCACION

ALICANTE ESPAGNE NOVEMBRE 2014

Blog: psychanalysebourgogne.wordpress.com Twitter:@cbreuillot
Pegaso o el niño violento.

Constatamos hoy que los conocimientos de los docentes sobre la infancia se basan en un etiquetado que incluye entre otras cosas los más variados diagnósticos de fobia escolar, hiperactividad, falta de atención, etc.
Voy a intentar en algunas líneas demostrar cómo el discurso de la escuela puede, de forma involuntaria o no, generar violencia en una familia, y crear a partir del parvulario una sucesión de incomprensiones que podrán conducir, con el tiempo, a un rechazo de la escuela, un rechazo del deseo de aprender en este lugar, a la descortesía y al desapego escolar.
Pegaso, acaba de entrar en la escuela de párvulos. Tiene 3 años y mucha energía.
A su maestra le parece que solo hace lo que le apetece: o se…

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