Lo sombrío de Grey…

Qué manía tienen los neuróticos, es decir, la gente corriente, la que anda por la calle, en pensar que los perversos se lo pasan pipa en el sexo y en lo demás. Deben ser auténticas oleadas de gente las que deben estar este fin de semana en las colas de los cines donde se proyecta “Cincuenta sombras de Grey”. Pensarán seguramente que si con la novela se excitaron tanto, con la peli es que eso va a parecer una orgía. Ya hablamos de esta novela en: Porno para mamás: sobre “50 sombras de Grey” http://wp.me/p2EKBM-5c

Ah, ¿que qué es un perverso? Pues para el psicoanálisis, la perversión es una estructura clínica junto con la neurosis y la psicosis. Pero contra lo que puede parecer por lo histórico de la palabra, ser perverso no tiene nada que ver con ser mala persona, sino con ciertas operaciones psíquicas en las que no vamos a entrar aquí que hacen que un niño, cuando debería aceptar que las cosas de la vida son de una determinada manera —por ejemplo, que contra lo que mamá, las abuelas y las titas dicen, él no es His majesty the baby—, pues no lo acepta y se construye una realidad a su manera, una versión propia en la que sigue siéndolo, esto por decirlo rápidamente.

Otra cosa distinta es la perversidad, que tiene más que ver con la maldad, con las ganas de hacer daño. Pero hay perversos con perversidad y otros sin ella, como cualquier hijo de vecino.

Decíamos al principio que la gente corriente cree que el perverso goza de modo inaudito del sexo. Por eso muchos se fascinan con discursos provocativos y provocadores como puede ocurrir con los seguidores de las sombras de Grey. Pues sentimos desilusionarlos, pero la verdad es que los perversos tienen una sexualidad bastante limitada cuando no francamente gris. Limitada a una escena fija que ellos tienen que repetir casi sin modificaciones para poder llegar al clímax. Uno sólo podrá conseguir erecciones si muestra su sexo por ahí, sobre todo si a las espectadoras puede suponérseles no haber visto nunca un genital masculino. Otro, sólo podrá excitarse si es golpeado o si maltrata y un tercero sólo lo hará en presencia de su fetiche preferido: lencería femenina, una pantufla, un tacón, un pelo largo… por citar sólo algunas perversiones (no confundir con cierta condición fetichista propia de lo masculino que no necesita absolutamente del fetiche para llegar al orgasmo, sino que simplemente le despierta el deseo). La pena es que haya quedado ese nombre ambiguo para esta modalidad clínica, porque esto no tiene nada que ver con la moral.

Hace poco escuché a Robert Lévy (1) decir que, además, el perverso es el que consigue hacer firmar tácitamente un contrato al otro por el que éste pensará y verá lo que el perverso quiera que piense o vea. Pero ¿qué es esto del contrato, de dónde viene?

De todos es sabido que las parejas sadomasoquistas de verdad firman un contrato en el que, quien va a ser maltratado, pone sus límites al amo o ama: qué cosas no se le pueden hacer;  y, sobre todo, pactan una palabra clave para que, en el momento de ser pronunciada por el que es maltratado, el otro cese en su maltrato. Es para evitar las muertes que se producen más veces de las que se piensa en este tipo de relaciones. Bueno, pues lo que Robert Lévy decía es que se dan también contratos virtuales que se firman inconscientemente, mediante los cuales un escritor, un cineasta, o cualquier persona, hace pasar por normales o por tiernas, situaciones que son francamente perversas.

Por no hablar aquí de ningún artista vivo, citaremos la obra autobiográfica Et nunc manet in te, de André Gide. Este autor gustaba de triscar con jovencillos —nada que oponer mientras fueran mayores de edad—, pero se casó con su prima Madeleine. La tal prima se pasó toda su vida esperando que el primo le tirara los tejos en la intimidad, pero al primo se le olvidó comentarle que sus gustos sexuales eran otros. Pensemos en que eran tiempos difíciles tanto para orientaciones sexuales diferentes, como para que una mujer pudiera plantarse. Por eso, porque no pudo plantarse, Madeleine enfermó y murió joven. De todos modos, la decisión del autor puede gustar más o menos, pero lo perverso en este caso no es nada de esto, ni siquiera lo es el que Gide finalmente y antes de quedarse viudo le hiciera un hijo a una joven. Lo perverso es que en dicha obra, el autor refiere en plan lacrimoso lo maravillosa que era su relación con su mujer cuando le limpiaba las heridas en las piernas provocadas por los problemas circulatorios, cuando le daba cremas y pomadas, cuando habla del cuerpo de su mujer dañado y enfermo “sometido” (sí, lo dice) a sus cuidados.

Es también propio del perverso la cadaverización del otro y el caso de Gide es un buen ejemplo. Por eso encontramos a tantas mujeres guapas, listas y rozagantes, que cuando empiezan una relación de pareja con un perverso (y muchas veces los maltratadores lo son), empiezan por sentirse inseguras de su inteligencia (ya que él no las encuentra tan brillantes), para seguir sintiéndose feas y desmañadas (porque eso es lo que le parece a él) y para terminar solas (porque él ya les ha convencido de lo malvada que es su familia y amistades). Y ojo que esto pasa también entre jefes y empleadas, más de lo que se cree.

Son contratos tácitos y el problema es que se firman también tácitamente. De ese modo, cualquier maltrato, violación o escarnio, puede hacerse pasar por amor, ternura y broma. De hecho en alguna cadena de televisión en España, avanzan a pasos agigantados en hacer ver a los espectadores como tierno, divertido y auténtico, lo que no es sino indestuoso o cruel. Una vez que el espectador ha firmado el contrato… traga lo que sea, hasta una madre y un hijo pre-púber o púber cantándose canciones de amor erótico mirándose a los ojos. Hemos de decir que el presentador de este programa que suele emocionarse mucho, comentó el otro día tras una de estas canciones eróticas cantadas entre madre-hijo que hay que ver lo distinto que es el sentido de estas letras cuando lo canta una pareja o unos familiares.

Pues eso, que el sexo de Grey no deja de ser eso mismo… bastante gris, monótono y aburrido, por mucho que escritoras como la autora de esta novela de moda haya conseguido excitar las ansias de tantas jovencitas… Y es que los espectadores cada vez se fijan menos en la letra pequeña antes de firmar.

1 Robert Lévy es psicoanalista y formador de psicoanalistas en Paris y en Madrid.

2 En relación con el gusto de algunas mujeres por los malotes, ver nuestra entrada King Kong y el padre de la horda en: http://wp.me/p2EKBM-a3