Mujeres expulsadas

Tres escenas y un comentario:

La primera escena tiene ya unos veinte años o algo más. Es una tira cómica de Quino que, por desgracia, no hemos podido encontrar ni siquiera en San Google. En la primera viñeta, un matrimonio entrado en años y en kilos, está tomando café mientras él lee un periódico. En la segunda, una joven, diminuta y estilizada bailarina salta de las páginas del diario y se pone a danzar grácil sobre las puntas por entre las tazas de café, ante la mirada sorprendida y fruitiva del marido, lo que es motivo de que la dama la mire con enfado. En la siguiente viñeta, la señora ha agarrado el diario y, tras enrollarlo, ha aplastado a la pobre bailarina cual simple mosca mientras el marido mira desolado sin decir nada.

La segunda escena aparece en un cuadro de Esquivel de 1847 llamado: “Abraham expulsando a Agar e Ismael”.

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En él aparece el patriarca expulsando a Agar y al hijo de ambos, Ismael. Quien conozca mínimamente la Biblia, sabrá que Agar había sido esclava de Sara, la mujer de Abraham, quien se la cedió a su marido para que procreara con él, ya que ella era estéril. Sin embargo dice el Libro que una vez nacido Ismael, hijo de Abraham y Agar, Dios hizo un milagro para que Sara pudiera tener también un hijo, y así concibió a Isaac. Poco después, Sara manipula a su marido para que éste expulse a la esclava y al bastardo (el pretexto es lo de menos, siempre se encuentra alguno). En el cuadro de Esquivel se ve cómo el patriarca los despide amablemente con una hogaza de pan y un odre de agua por todo material para atravesar el desierto mientras Sara, pintada en segundo plano, parece disfrutar con ello.

La tercera la encontramos en una obra de la escultora Camille Claudel: “La edad madura”. En ella vemos a un hombre maduro y atormentado arrastrado por una especie de bruja, una anciana que lo envuelve entre lienzos que podrían hacer pensar en un sudario, y se lo va llevando de los brazos de una mujer joven que, arrodillada, brazos tendidos, se resiste a dejarlo ir. Para quien no conozca la historia, aquí va. Rodin era el escultor más importante en el Paris de finales del XIX. Casado con Rosa, tenía varios discípulos en su taller que le hacían diversas partes de las esculturas: pies, manos, de modo que le ayudaban mientras aprendían. Uno de los ayudantes era Camille Claudel, jovencita de familia “bien” y buena escultora ella misma. La historia es banal: la jovencita se enamora del maestro que aprovecha lo que se le ofrece tan gentilmente. La relación incluyó algún que otro aborto de Camille porque ya sabemos que las consecuencias de no poner medios (tampoco había tantos como ahora) eran para las mujeres.

La edad madura

Finalmente, la relación con la joven dejó de ser tan cómoda y el maestro no quiso arriesgar una separación de su mujer. Mira por dónde, eso coincidió con momentos en que la artista empezaba a ser reconocida como una de las grandes por los críticos más vanguardistas de su tiempo: Octave Mirbeau, Mathias Morhardt… Y sucedió entonces que le encargaron a Camille un monumento dedicado a Blanqui, para lo que ella esculpió este conjunto de “La edad madura”. ¿Cuál fue el problema? Que antes de que fuera expuesta la obra, el gran Rodin vio reflejada en ella la realidad de su relación con la joven: una relación con riesgos, frente a su elección de un matrimonio sin deseo pero cómodo socialmente lo que, a partir de la exposición de la obra, iba a ser de dominio público. Fue entonces cuando maniobró para que se deshiciera el contrato con la artista evitando que se expusiera la obra.

Terminó el contrato, terminó la relación y la artista, ante esa doble pérdida (amorosa y profesional) siempre dura para una mujer pero más aún en aquellos tiempos, cayó en un estado delirante (que hoy sabemos que no tenía por qué ser psicótico) del que no pudo reponerse nunca. No pudo porque no encontró ni en su familia, ni en los médicos que la trataron, una comprensión de lo que pasaba y nadie supo o quiso dar legitimidad a su sufrimiento. A partir de ahí pasó la vida recluida en un asilo para enfermos mentales. Su madre nunca la visitó. Su hermano, Paul, el escritor, lo hizo de vez en cuando pero, no lo olvidemos, la herencia que le hubiera correspondido a la hermana, se la quedó él.

Tres escenas, tres mujeres expulsadas del lugar al que su deseo las había llevado con el consentimiento de un hombre que, simplemente, no quiso comprometerse con las consecuencias que hubiera tenido llevar adelante su propio deseo. Alguien dirá que siempre ha habido una mala en la historia: la mujer que aplasta a la bailarina, Sara, mujer de Abraham, y Rosa, la de Rodin. Sí, es cierto que muchas mujeres colaboran con los hombres para que eso ocurra, defienden su posición como si no hubiera sitio para todos pero, en cualquier caso, ellos lo permiten y se aprovechan. Para colmo, quedan como buenos.

Eran malos tiempos para las mujeres y su deseo, pero no olvidemos dos cosas: que en el mundo entero eso sigue ocurriendo (el que nadie dé legitimidad al deseo de las mujeres) y que, si siempre supone asumir riesgos que una mujer (o un hombre) se confronte con su propio deseo, cuando no lo hace, no siempre puede culpar a otros…