Violencias

Gato come pájaroLo leemos, lo vemos todos los días: una diputada laborista británica muerta a tiros, un pueblo indígena esquilmado de sus medios de vida por intereses… quizá británicos. Un hombre se hace estallar en Alemania tras haberle sido denegado el asilo; refugiados a miles que malviven expulsados por el odio sin ser acogidos… también a causa del odio. Un joven trastornado se carga a varios menores en Munich y otro desesperado se lleva por delante a más de ochenta personas con un gran camión en Niza mientras otro hace lo mismo en Afganistán (a éste los telediarios le conceden menos tiempo). Más cerca aún, jóvenes extranjeras liberadas —y otras no, las más— del infierno de la trata.

¿Podemos seguir sosteniendo que los atacantes están locos, que son retrasados mentales, más allá de que alguno lo sea? ¿No será que a algunos medios y a quienes les pagan, les gusta explicar problemas complejos con explicaciones simples y falsas como esa de la locura? ¿Podemos seguir achacando en exclusiva en otras ocasiones a la pobreza y a la falta de oportunidades la violencia de los jóvenes? ¿Es mucha de esta violencia efecto del fanatismo religioso o ideológico? Y aunque varias de estas cuestiones fueran ciertas, ¿por qué quedarnos en lo que ya todo el mundo sabe? ¿Por qué no miramos a la violencia de frente a ver si nos cuenta algo distinto?

Está bien, es cierto que hay personas que sólo encuentran una salida a su angustia en acciones criminales; son las menos y las que menos víctimas producen. Pero para llegar a un pasaje al acto asesino, violento, tiene que haber habido previamente un fracaso de la palabra y de la ética que acompaña a la palabra cuando ésta no es un simple bla bla bla.

No nos ocuparemos hoy aquí de la violencia que viene como resultado de la opresión por las ideas, o por la falta de recursos. Hay una violencia que no puede explicarse ni desde la locura, ni desde las carencias, la ideología o las creencias. Aunque quizá sí que podamos emparejarla con las certezas.

Nos referimos a esa violencia de quien se ha saltado los goznes de la ética. Es como si en algún momento de su primera juventud, algunas personas se hubieran dicho algo así: “En esta vida sólo hay dos bandos: los que pueden y tienen (poder, dinero) y los que no pueden ni tienen. Tengo que elegir y elijo ser de los primeros. Y eso implica ir a machete”. Entre estos hay mucha gente, desde los que nunca han trabajado porque eligieron entrar en un partido político con posibilidades para medrar y han hecho ahí su carrera sin saber nada del mundo laboral… y a veces ni del mundo real en general, hasta los que ganan una cantidad indecente de dinero por pelotazos varios sin que nada parezca bastarles caiga quien caiga a la hora de conseguir más. También los políticos jugados en un mundo de intereses entre los que no se cuenta el mejorar la vida de todo el mundo, sino un barrer para los suyos desaforadamente.

Que uno persiga su deseo es necesario para andar equilibrado por la vida. El problema es cuando el deseo se desliga de la ética, siendo la ética en este caso la conciencia de las limitaciones autoimpuestas por el hecho de que el otro existe y tiene sus derechos.

En la Facultad de Psicología, estudiábamos el concepto de anomía de Emil Durkheim. Se refería a las conductas desviadas de algunos indivíduos que habrían perdido sus valores por falta de esperanza, por lo que las leyes sociales se demostraban insuficientes para producir una regulación, y eso acabaría destruyendo el orden social.

Claro, la tesis de Durkheim era que dicha anomía conducía al suicidio por un exceso de insatisfacción. Pero ¿qué ocurre cuando quienes pierden la capacidad de ponerse límites son los poderosos? Porque lo cierto es que, en este momento, hay una anomía que vendría de los poderosos para quienes no parece existir ningún compromiso entre sus palabras según las cuales lo hacen todo por su pueblo, y sus actos. Son ellos los que desregulan, los que explotan a los demás sin que les tiemble el pulso, sin noción ninguna de intercambio, de negociación, de perder para ganar, de nada que suponga una merma de lo que consideran suyo por derecho.

Si leemos a Freud en “El malestar en la cultura”, entenderemos por qué el estado de desesperación en que los poderosos han sumido al pueblo llano en tantos países con esta última crisis, no sólo no ha hecho que reflexionen y que se frenen en sus ansias de más poder y dinero, sino que, al contrario, tal como Freud dice, ese estado de desamparo del otro parece excitar sus ansias violentas. Un ejemplo de esto último lo vimos en la televisión hace un par de meses, cuando esos jóvenes forofos futboleros alemanes humillaban a mendigas romanís en la Plaza Mayor de Madrid tirándoles monedas al suelo y obligándolas a obedecer a sus órdenes jocosas.

De esa violencia no habla nadie: de la de los poderosos que llevan a la ruina a países para que a ellos no les falte el petróleo, de los que disfrutan provocando caídas de bolsa, de los que se lo llevan crudo en las finanzas.

Pueden llevarse más y más y mucho más, y llevar a la humanidad a la ruina mientras esquilman a la tierra de sus bienes naturales —la pulsión de muerte se disfraza con frecuencia de simple búsqueda de placer—, pero el psicoanálisis nos enseña algo que no podemos olvidar: que como el verdadero objeto no existe, como ese objeto que vendría a obturar definitivamente nuestra falta produciéndonos una satisfacción total y definitiva no existe, ese camino loco nunca tendrá fin.

Guardar

Guardar

Guardar