‘Cinema Paradiso’ o las funciones padre y madre

Entrañable film de Tornatore sobre el cine y sobre el amor por el cine. El cine como proveedor de representaciones para un pueblito italiano sin muchas diversiones en los finales de los cuarenta, empobrecido en los medios de vida y en lo cultural. El cine como fuente de inspiración para las expresiones de Alfredo, quien se ocupa de proyectar los filmes en el Cinema Paradiso y que lo mismo responde con una frase taxativa de John Wayne que con otra de Clark Gable a Salvatore, el pequeño Totó que no hace más que incordiarle.

Pero como toda gran película, nos provee además de pequeños elementos para hacernos pensar. Nos centraremos en dos de ellos.

El primero es la relación espontánea que se establece entre Alfredo y Totó. El niño ha perdido a su papá en la guerra y anda algo perdido él mismo. Curiosamente, las frases de regaño que le dirige Alfredo son en sí mismas bastante brutales: “Si vuelves por aquí te pondré el culo colorao“. Sin embargo eso es tomado por el niño como un gesto de protección que Alfredo tiene con él.

Dice Lacan que, para que el padre funcione, es necesario que pueda articular el deseo con la ley; no se pueden decir a un niño frases pesadas o gritos, sin que el niño tenga la seguridad de que la persona que lo hace le quiere. Y es porque Alfredo quiere mucho a Totó por lo que puede decirle esas cosas. También porque le quiere mucho, le dice que se vaya del pueblo y que no se le ocurra volver nunca. Siendo como era Totó alguien muy importante en el corazón de Alfredo, éste es capaz de renunciar a su presencia con tal de que el joven tenga un buen futuro.

Era Totó un niño muy amado. Lo vemos también cuando ya cuarentón, vuelve al pueblo para acompañar el entierro de Alfredo. Es ahora un triunfador que se dedica a algo relacionado con el cine. En los días que pasa en el pueblo, tiene una conversación con su madre, una madre que lleva años sin verlo y que no le dirige ni un solo reproche. El hijo le dice:

         Te abandoné sin explicación.

A lo que ella responde:

         Yo nunca te la pedí. Lo que hacías estaba bien y basta.

Supone la aceptación de la madre de la distancia formidable que había entre la proximidad que ella hubiera deseado tener con su hijo, y la realidad de que en el pueblo, Totó no se hubiera podido realizar. Fantásticas entonces psíquicamente las dos personas que realizan las funciones de padre y de madre de Totó. Las dos funcionaron porque podían permitirse perderlo.

Nos preguntamos con frecuencia cómo podríamos transmitir a quienes nos leen que, de la aceptación de la distancia entre lo que esperamos y lo que obtenemos, entre lo que nos gustaría que nos dieran aquellos a quienes amamos y lo que en realidad nos dan, de la aceptación de esta distancia, dependerá también lo deprimidos o no que estemos. Cómo convencer a quienes nos rodean de que sólo si aceptamos perder un pedazo de algo, si llevamos deportivamente las pequeñas decepciones que los demás nos causan, nos sentiremos más ligeros de equipaje. Difícil en un mundo en el que cuesta desprenderse hasta de lo que a uno le hace daño.

El final de este filme es de los más emotivos que nunca hemos contemplado en el cine. Alfredo ha dejado en herencia a Totó el montaje de todos los recortes que tuvo que hacer a las cintas por la censura a la que le obligaba el cura del pueblo. Son recortes de las escenas con beso de los filmes que se proyectaban. Acompañados de la portentosa música de Ennio Morricone, van pasando ante nuestra mirada todos los besos de película que el cura durante años había mandado censurar a Alfredo. Veremos así el famoso beso de Raf Vallone y Silvana Mangano en ‘Arroz amargo’, el de Clark Gable y Vivien Leigh en ‘Lo que el viento se llevó’, otros de Brigitte Bardot, de Anna Magnani, del gran Marcello, y hasta dos de los cómicos Totó (el magnífico cómico italiano) y Charlot que, cual damisela, se desmaya tras el beso.

Tiene otro mérito este filme, y es el de hacernos evocar los cines de pueblo de nuestra infancia. Ese famoso ‘cine pipas’ al que se acudía en verano y en el que a veces era difícil escuchar los diálogos dado el ruido que hacíamos los chavales y chavalas al cascar las pipas de girasol, y el que hacían los que se movían entre las butacas al caminar sobre un océano de cáscaras.

Terminaremos copiando a nuestro modo la frase de alguien importante cuyo nombre no recordamos: “Vivir no es necesario, ver cine sí lo es”.

 Dedicado a mis compañeros del ‘Comicine’.

 

 

“La caza” o ¡¡¡Socorro, que vienen los protocolos de actuación!!!

La caza (The hunt), de Thomas Vinterberg, es un excelente film danés muy inteligente y adulto, en el sentido de que es capaz de insinuar, asomar, sugerir, pero dejando que sea el espectador quien saque sus propias conclusiones. Estas de abajo son las nuestras.

Nos muestra la actualidad de un pueblo danés en el que parece reinar la armonía y la alegría. Un ambiente extrovertido de machirulos cazadores-bebedores en el que todas las familias son iguales (todos en pareja con hijos, todos los hombres cazadores…), salvo una: Lucas, un divorciado que, en el fondo, produce la desconfianza o la inquietud que produce todo soltero/a o separado/a. Veremos qué consecuencias tiene esta inquietud.

Una niña de unos cinco años con un hermano mayor de unos catorce que le enseña revistas porno, cuenta a la directora de su Escuela una fantasía sexual con uno de los profes, justamente Lucas, el divorciado que es amigo de su papá. Fantasía que es tomada como realidad y que, por lo tanto, alarma a esta señora, sobre todo cuando la niña enseña a la profesora un regalo que supuestamente le ha hecho su enamorado: un corazón hecho con piececitas de colores, dentro del cual hay otro corazón más pequeño, lo que, casualmente, es el símbolo de la pederastia. A partir de ahí se ponen en marcha todos los protocolos de actuación posibles para casos de abusos con niños que son los que impone la ley del país. La exigencia de la detección precoz de problemas que tanto se lleva hoy en España, con sus consecuencias de discriminación y de ganancia para los laboratorios farmacéuticos, no está lejos de esta manera de pensar.

A partir de ahí, Lucas es rechazado por todo el mundo que se erige en juez (salvo por el padrino de su hijo que decide mirar a Lucas a través de sus propios ojos y no de los ojos del sentir “oficial”). Es incluso expulsado del trabajo, no se le permite comprar en los supermercados y, este hombre que no puede entender nada, es incluso agredido y malherido con gran violencia.

El no escapa, permanece intentando hacer todos los movimientos que realizaba antes en su vida: salir a comprar, ver a sus amigos e intentar defender su inocencia. Pero es aislado por todos… menos por su hijo que viene a pasar unos días con él. Lévy-Strauss, en su “Antropología estructural” nos comenta cómo en algunas tribus se hace morir de tristeza a algunos de sus miembros que han pecado contra las leyes. Es una muerte muy limpia que consiste simplemente en expulsar del pueblo al acusado e impedirle cualquier relación, cualquier lazo con otro ser humano. Por eso a Lucas lo vamos profundamente deprimido.

Una de las consecuencias que tiene el dejar de escuchar el caso por caso y la subjetividad de los niños con tiempo, con tranquilidad y, en lugar de esto, poner en marcha los protocolos de actuación, es que estos son una máquina que lo devora todo a su paso, incluidas las personas. Otra consecuencia de las actuaciones insensatas a partir de los protocolos, es que se borran las diferencias existentes entre fantasías y la realidad.

Se ve que la directora de la escuela y los expertos que formaron parte del tribunal que expulsó a Lucas, no habían leído la carta que Freud le dirige a Fliess en la que dice que ya no cree en su Neurotika. Con esto, Freud quería decir que hasta ese momento creía que toda neurosis había sido causada por un trauma sexual, consecuencia del abuso de un adulto hacia un niño ocurrido realmente y que, sin embargo, a partir de aquel momento se daba cuenta de que muchos niños y adultos que relatan abusos, lo que están relatando son en realidad sus fantasías inconscientes y que éstas, proceden de proyecciones sobre el adulto de su propio deseo. Pobre Lucas, la que le cayó encima. Tan majete y tan rubio como era… Esto lo decimos por aquel viejo prejuicio de que los rubios son buenos y los morenos malos. ¿Recuerdan las mujeres cómo en el cole cuando eran niñas, para representar a la Virgen María en la función de Navidad, escogían siempre a la única rubita de ojos azules de la clase? Pero a ver, a ver, a ver… ¡si la Virgen María era palestina! Por Dios cuánta estulticia, cómo no van a venir estos lodos de aquellos barros…

Volviendo a la proyección que hacen los niños y niñas de su propio deseo hacia el adulto (hablamos de deseo no genital sino amoroso y pulsional), esto se ve muy claro en el film. Se ve que es la niña quien tiene deseo de una relación especial con Lucas —no por casualidad amigo de su papá— y ha hecho una mezcla entre ese deseo y las escenas sexuales vistas en las imágenes porno que le mostraba su hermano.

¿Y qué les ocurre a esos adultos que no quieren creer en la inocencia de Lucas? Es su culpa retroactiva la que proyectan en él. Todos esos adultos, no quieren saber nada de su deseo sexual de niños y, menos aun, de su deseo sexual de niños hacia los adultos, padre o madre en general, paralelo siempre de un deseo de muerte hacia el otro padre o madre rival. Los vecinos de Lucas son todos limpios, subliman: cazan en lugar de matar, y son tiernos con los niños en lugar de iniciarlos en los placeres del sexo. A estas dos últimas cuestiones no tenemos nada que oponer.

Pero cuando uno de ellos es sospechoso de haber pasado de la ternura al sexo, se abre la veda, todo el mundo deja de sublimar y tiene que ubicarse obligatoriamente en uno de los dos bandos: o eres del bando del pederasta, o eres del de los limpios de corazón. Y a partir de ahí, pasan de la caza de animales a la caza del ser humano, comenzando a acosar a Lucas e intentando también darle pasaporte para el más allá, incluso si ya se había descubierto que todo había sido una fantasía de la niña.

Una vez (casi) todo arreglado, cuando ya su hijo adolescente se ha venido a vivir con él y él ha vuelto a la relación con su chica, se recupera la alegría del reencuentro con los machirulos. Al final del film, estos hacen una especie de comida totémica (comida en que, según el mito freudiano, los hombres se ponen de acuerdo para hacer del padre totémico el único culpable del incesto, lo que sella la alianza entre ellos como hermanos y buenos chicos). En ella se produce también una especie de rito de iniciación, cuando Lucas regala a su hijo la escopeta para que, al convertirse en cazador, pase a formar parte del grupo de machimongers que han estado a punto de matarlo, pero que han vuelto al redil de la sublimación. Todo bien edípico y antropológico.

            Flipas con el ser humano, oye, pero es que hay pocas salidas más para la masculinidad…

King Kong y el padre de la horda

Desde los albores de lo que damos en llamar humano, el ser civilizado ha tenido que reprimir, es decir, pasar al olvido, todo aquello que es incompatible con los ideales sociales, incluso con la pura convivencia. Y lo reprimido vuelve muchas veces transformado en su contrario, por eso aquel que gusta de los niños de manera poco confesable, fundará una ONG en defensa de la infancia, el que quisiera buscar una joya en el interior del cuerpo de una mujer, de no querer imitar a Jack el Destripador, se hará cirujano estético, o ginecólogo, ¡incluso peluquero !, que hay que ver los tajos que pegan éstos cuando se les dice que corten sólo las puntas…
Y quedará como resto de esos afanes ocultos, una cierta atracción por lo monstruoso, lo inconfesable, lo horroroso, que se expresará tanto en la búsqueda en los periódicos de la página de Sucesos, como en el morbo de algunos realitys, etc… Podemos decir así que lo que te asusta, te gusta, y también que lo que te espanta, al mismo tiempo te fascina.
Pero hay una atracción que tiene que ver con todo esto y, al mismo tiempo, escapa de la rúbrica de la transformación en lo contrario propia de la represión. Se trata de la atracción de las mujeres, de una buena, buenísima parte de las mujeres por los hombres brutotes, autoritarios, coléricos, algo o muy bestias incluso. Que además sean violentos es sólo la guinda, pero no es necesario para que se produzca el fenómeno. Ojo, que hemos dicho atracción, deseo, no que se casen con ellos. No, muchas mujeres aun deseando al animal se casan con el hombre bueno, hogareño y sensible, pero cuando aparece el brutote, o bien se enrollan con él, o bien les cae una lagrimita pensando en las delicias sexuales que han debido perderse, mientras su Paco que la ve tristona le pregunta: “¿Qué te pasa, cari?”, y entonces ella piensa que más vale pájaro en mano que ciento volando.
¿Qué cuál es el origen de este gusto por lo atrabiliario? A ver si sabemos explicarlo. Freud inventó un mito para explicar los orígenes de la civilización. Es el mito del padre de la horda primitiva, que explica en un texto precioso llamado Tótem y tabú. En él, supone que en los orígenes de los homínidos, —pensemos en un Neanderthal, en un Cromagnon o poco más— los grupos de antropoides estaban dirigidos por un jefe, una especie de mono tremendo y violento que mantenía a todos sometidos. Todas las propiedades y mujeres eran suyas. También los hombres, por lo que quedaban feminizados por el padre. Dice el mito freudiano que un buen día, los hijos se hartaron y se pusieron de acuerdo entre ellos para matar a ese padre todopoderoso que no les dejaba gozar de nada salvo de su sometimiento al padre. Y lo hicieron, se lo cargaron.
A partir de ese momento, los hermanos se pusieron de acuerdo: cada uno tendría su/sus mujeres y sus propiedades, que serían respetados por los demás hermanos, evitando así que uno solo entre ellos alcanzara el poder absoluto. Reprimirán, pues, su ansia de poseerlo todo y aceptarán los límites del goce que les corresponde, según el acuerdo con los demás (ojo a los roldanes, urdangarines y Gürtels varios que esto les concierne).
¿Y las mujeres? Freud no dice nada de ellas, pero no parece que tuvieran ningún interés en participar del asesinato de ese padre todopoderoso. ¿Se sentirían satisfechas con él? Pensar que su silencio tiene que ver sólo con el sometimiento milenario de las mujeres, creo que sería resolver la cuestión un poco deprisita.
Y algunos milenios después llegó King Kong, y esa intuición magnífica de sus directores, Cooper y Schoedsack (hablamos de la única versión que conocemos, la de 1933), de oponer no sólo a la bestialidad de los humanos la ternura e ingenuidad de la bestia, sino al monstruo y a la rubia. En esta versión, vemos en la expresión de la chica una mezcla de éxtasis y horror que en otros filmes de monstruos no queda tan clara. A excepción de “El jovencito Frankenstein”, en la que otro monstruo hace experimentar orgasmos melódicos a su amante a la que, del miedo, se le había quedado el pelo blanco y de punta.
Pero volviendo a las mujeres y su gusto por los malotes, tras nuestras lecturas de otros autores del psicoanálisis y nuestra escucha de tantas y tantas mujeres a lo largo de los años de trabajo clínico, nos queda la idea de que este gusto tiene que ver con el Edipo femenino no del todo superado. En efecto, que ese monstruo peludo y salvaje pueda ponerle ojitos tiernos a su delicada niña, es uno de los triunfos del amor que una niña puede despertar en su padre. Ese padre que para una niña pequeña suele ser algo parecido a Dios y de quien, por eso mismo, puede llegar a sufrir las peores humillaciones cuando éste no la coloca en un buen lugar.
Una niña necesita pensar que hay alguien en el mundo sin defecto ni tacha, algo así como un papá perfeccionado, que logrará hacerla feliz cuando sea mayor. Es el tema de la promesa implícita que todo padre parece dirigir a su hija: ‘cuando seas mayor me casaré contigo y te daré un bebé como a tu mamá’, gracias a la cual las niñas son ‘buenas’, van al cole y obedecen. No obstante, no estaría mal que la madurez haga que las mujeres bajen a su padre todopoderoso del pedestal y, de paso, que dejen de pensar que algún día llegará el salvador que hará que ella no esté nunca más insatisfecha porque cerrará todos los huecos con su poder omnímodo.
El mito nos explica también el que muchas mujeres escriban a presos convictos, a los que no conocen, ofreciéndoles matrimonio. Y cuanto más grave sea el crimen que cometieron, mejor. También sería un poco rápido achacarlo al masoquismo femenino, o quizá sea que el masoquismo femenino tiene algo que ver con todo esto, pero no estoy nada segura.
Cuántas mujeres provocan a su hombre para que éste tenga accesos de cólera, simplemente para poder desearle. Como si al ponerse colérico, él demostrara que tiene algo, algún pedacito de tejido, ni bien fuera unas células de ese padre anhelado que algún día tendrá que venir para arreglar todo esto. Como decía alguien el otro día hablando de los desmanes de los políticos: “Si Morgan Freeman estuviera aquí, no pasaría esto”, lo que no deja de plantear, tras el humor, una cierta añoranza de ese padre.
Terminamos con la última frase del guión de la primera versión de King Kong. Una vez abatido el mono que se había encaramado al Empire State, uno de los personajes dice: “los aviones han matado al monstruo”, y otro le contesta: “no fueron los aviones, fue la bella quien mató a la bestia”. En fin, el cómo los hombres hacen siempre culpables a las mujeres de los dramas, parece equivalente al hecho de que las mujeres culpen siempre a los hombres de no ser tan enteritos y satisfactorios como ese padre que alguna vez vendrá.

Hannah Arendt – Margarethe Von Trotta 2012

Magnífico film sobre el significado del verbo “pensar”. Pensar como actividad que fabrica seres humanos, sujetos, frente a la ‘obediencia debida’ que defiende Eichmann que convierte al obediente en objeto de otro que piensa por él. Al menos eso es lo que algunos pretenden, ya que elegir se elige siempre, aunque lo que se elija sea seguir, obedecer o someterse a otro, y la elección no es sino un acto subjetivo.

            El pensamiento es una actividad libre, propia de sujetos. Es algo que a una persona le permite confrontarse con los demás sujetos como diciendo “éste o ésta soy y pienso esto”. Pero como bien nos muestra el film, el pensamiento es también algo que, de llevarlo lejos, a uno lo deja solo.

            En efecto, es mucho más fácil pensar como piensa el conjunto, compartir los ideales de los vecinos, de los amigos, del medio social bienpensante en el que cada uno se desenvuelve, identificarse con la gente cuyo pensamiento es prêtàporter. Que alguien sea independiente en el análisis que hace de las cosas, puede ser insoportable para la gente estúpida, por ejemplo, porque estos siempre tienen que apoyarse en lo que dicen los demás y eso los condena a envidiar y denostar a quienes piensan por sí mismos.

            Uno de los monumentos que aparece en el film, es una conversación, o una clase que da Hannah, en la que viene a decir que la existencia de la solución final, rompe el pensamiento automático que hasta entonces mantenía todo ser humano, según el cual el bien algún día será recompensado; el actuar con justeza o con justicia, obtendrá sus merecimientos en el futuro. Pues no, viene a decir Arendt. En un campo de exterminio, si tú te comportabas estupendamente, si hacías el trabajo que te pedían, si obedecías en todo, podías ser machacado vilmente ya que no había pacto posible del agresor con las víctimas. Ese es, justamente, uno de los modos que usaron los nazis para deshumanizar a sus víctimas que nunca sabían lo que podían esperar, con lo que la confianza básica en el otro, quedaba aniquilada. Eso le ocurre también a la víctima de un perverso no nazi.

            Hannah Arendt dijo lo que pensaba que era fruto de su finísimo análisis y le costó la exclusión por parte de los suyos. Pero hay muy poca gente que esté dispuesta a llevar lejos su pensamiento, porque es más cómodo pensar en bloque. Así, cuando ella dice que los nazis no pudieron actuar solos, es acusada de ir en contra del pueblo judío. ¡Pero si ella sólo hablaba de los dirigentes, y no daba la razón a los nazis! Pero la gente no quiere molestarse en ir más allá, y sobre todo cuando la masa se aúna en contra de alguien en un grito inflamado.

            Si hubiéramos sido personajes de esa época, por ejemplo, si fuéramos alguno de los amigos o amigas que frecuentaban la casa de la filósofa, hubiéramos pensado que tanta inquina y tanta violencia contra ella, quizá venía propulsada también por la envidia que podía producirle al personal la relación abierta que mantenía con su marido, y su libertad sexual que si bien no proclamaba a los cuatro vientos, tampoco ocultaba. O por ser mujer, o por ser judía, o por ser una intelectual de éxito, o por poder escribir y publicar, o por haber decidido no tener hijos —lo que no suele ser perdonable entre la gente bienpensante. En cualquier caso, en ella aparecía la diferencia dentro de la diferencia, lo que la hacía particularmente insufrible a muchos de sus contemporáneos.

            Finalmente, no podemos dejar de envidiar a esos alumnos de la filósofa, nosotros que hemos sido tan carentes en las aulas…

 

 

Searching for Sugar man – Malik Bendjelloul – 2012

Estamos en Detroit, en un barrio duro de una ciudad dura. Son los últimos momentos de los años 60 y un joven cantante de origen mejicano, Sixto Rodríguez, va de garito en garito con la guitarra al hombro. Sus canciones hablan de amor, de justicia, de un mundo mejor, de solidaridad… Dos productores lo descubren, le graban dos discos que nadie compra y, como tantos otros músicos, desaparece

 For a blue coin, won’t you bring back
             all those colors to my dreams…

Después surgen rumores —¡ay, ese goce del rumor!— sobre el suicidio de Sixto en el escenario.

            Pero sus discos fueron llevados a Sudáfrica, la Sudáfrica del apartheid, como regalo hacia alguien. Ricos, pobres, de una y otra raza, se harán con la música de Rodríguez que transmiten la esperanza en el cambio

            Giving substance to shadows,
            giving substance ever more.

 Y, partir de ahí, las copias del disco circularán por todos lados hasta el punto de venderse mejor que Elvis Presley.

            Hace pocos años, dos de sus fan sudafricanos deciden averiguar qué ha sido del cantautor y se ponen a investigar. Finalmente encuentran a Sixto Rodríguez en la misma casa del mismo barrio de Detroit en el que vivió siempre. Desde que abandonó la música, trabajaba de obrero no cualificado en la construcción y había tenido cuatro hijas.

            Ellos lo invitan a ir a Johannesburgo y Ciudad del Cabo a dar conciertos y allí que se fue con una de sus hijas y lo que encontró no lo podía creer: miles de asistentes a sus conciertos que coreaban sus canciones de esperanza.

            Una de sus hijas dice en su entrevista que su padre no ganó dinero con eso y que seguía trabajando en su empresa. No estaba contenta. Sin embargo Sixto se llevaba algo más importante que el dinero: el saber que sus canciones habían servido para sembrar la ilusión porque hubiera un cambio social, que habían sido la música de la libertad durante muchos años oscuros. Y eso es lo que daba sentido a sus sombras (Ver la entrada “Uvas y dignidad”).

           Frente a los adoradores de ese nuevo dios —o quizá el mismo becerro de oro de siempre—, que parece que no encuentran otro sentido a la vida que el de producir dinero y que piensan que el que no actúa así es bobo, encontramos a alguien que encuentra sentido en su arte. También alguien que pudiendo haber tomado el camino oscuro de la errancia, de la droga, que tanto cita en sus letras, decide tener una vida de hombre sencilla, tener hijos, amar, trabajar…

            Curiosamente podría esperarse que las hijas fueran unas chonis de barrio y lo que sorprende al escucharlas es que son mujeres que hablan como diosas. Claro, aprendieron a hablar con las letras de su padre, con su poesía, y no con los dibujitos de la tele.

 Dicen las críticas que es una película sobre la esperanza, la inspiración y el poder de la música. Pero también es una película sobre el deseo que no se aferra a los objetos, sobre la música que habla de amor…

Of the dreams we dreamt together.
Of the love we vowed would never
melt like snowflakes in the sun.
My days now end as they begun
with thoughts of you,

and I think of you,
and think of you.

Shame – Steve Mc Queen, 2011

¿Vergüenza por qué? Quizá el título podamos unirlo a esa escena en que, recién llegada Sissi a la casa de su hermano, éste con el bate de béisbol penetra la bufanda. Quizá nos habla de la probable historia de abusos sexuales de un hermano sobre su hermana algo menor, en un momento familiar de inmigración, soledad, frío afectivo y adolescencia… Hermano que en estos casos, frecuentemente, ha sustituido al padre en el Edipo de la niña por excesiva distancia de éste con su hija.

Brandon (Michael Fassbender) quiere salir de esa relación, pero Sissi (Carey Mulligan) no puede permitírselo porque la familia se ha vuelto a Irlanda y ella está sola en Nueva York y en una dependencia total de él que parece ser su única persona de referencia (padre, madre, amante) y del que no se ha podido separar. De ahí la repetición de los cortes en el antebrazo, frecuentes en ciertas adolescentes: cortar en la metonimia donde la metáfora de la separación no es posible.

“Quiero despertarme en una ciudad que no duerme”, canta Sissi que nos dice que vive como dormida en medio de gente en vigilia. Pero no termina de despertar. Nos habla de su desubicación, incluso de su atopía. Sissi tiene un problema con los límites, con las fronteras, actúa por impulsos en lugar de pensar. Y busca ser reconocida, no sólo querida: “Lo que pueda lograr todo depende de ti New York, New York”. La gran manzana, la gran tentación, la gran promesa para inmigrantes. Pero antes que de la ciudad, Sissi depende de su hermano.

Brandon no puede más con esta dependencia. Tener que marcar fronteras infructuosamente con su hermana, hace que él no pueda plantearse relaciones en las que el amor y el sexo estén unidos. Es una versión moderna de la división que algunos hombres que lo llevan mal con la represión, hacen entre la madre y la prostituta, siendo esta última cualquier mujer con la que tengan relaciones sexuales aunque no cobre por ello, y la primera, esa santa a la que cantaba Manolo Escobar (“mi hija, mi madre y mi esposa”), a la que no se puede ni tocar. El protagonista está pues condenado a relaciones sórdidas, al goce violento, a estar solo, a la desesperación. El sexo para él es pura descarga de tensión, de angustia, en un escenario en el que un objeto de desecho deambula entre los personajes sin terminar de engancharse del todo a ninguno.

El director sabe que está tratando un tema delicado y que hace gozar con el sufrimiento a los espectadores, por eso tanto en la escena con las prostitutas, como en el suicidio de Sissi, suprime el sonido. Es de agradecer.

Cuando el protagonista tiene la relación sexual con las dos prostitutas, hay un momento en que su rostro es la imagen misma de la muerte. Pocas veces en cine hemos visto una cara de desesperación y de estar perdido como ésa. También en la escena del final, con el telón de fondo de las instalaciones portuarias que son lo único, o al menos lo más sórdido del mar. Aunque es también de ahí de donde se suele partir para iniciar una nueva vida, como señala Paz Sánchez (http://www.tupsicoanalista.es/).

Actor y actriz magníficamente elegidos para una historia dura.

La carroza de oro o las nuevas chicas de empresa – (Basado en “La carroza de oro”, de Jean Renoir, 1953)

En “La carroza de oro”, la Colombina al principio se vuelve loquita por el brillo del parné y los hombres que la rodean están dispuestos a masoquearse primero ellos mismos con su mecanismo, y a matarse entre sí después por el brillo de la hembra.

La Colombina duda después entre el brillo del parné y el más matizado de los músculos de sus tres pretendientes, pero no hace sino inquietarse cada vez más ella misma con su carisma.

Finalmente, La Colombina decide tomar el camino de su realización personal, abandonando el de la riqueza y el de representar el objeto de deseo para un hombre y ser madre de sus hijos. Consigue de paso salvar el pellejo al asociarse con Su Eminencia el Sr. Obispo que, a cambio de recibir la carroza de oro, consiente en defender a la Colombina y su reputación ante todo el mundo.

Es indudable que Renoir fue un revolucionario porque en esos años pensar que una mujer podía elegir su destino lo era, aunque (y no es por chauvinismo) Cervantes en el episodio de Marcela y el joven suicida en El Quijote, lo dejó aun más claro que Renoir y muchísimo antes.

Pero Renoir presenta la disyuntiva trabajo/amor en la vida de una mujer como “la bolsa o la vida”. Sin embargo hoy día, una mujer que se realiza como persona, puede también arreglárselas para ser abrazada por un hombre y caminar con él en la vida… todo un arte. Hay mujeres que lo quieren todo, todo y todo, es decir, un puesto alto en la administración o en la empresa, o ser una política a tiempo completo, trabajos todos ellos incompatibles con la crianza en los años claves de ésta.

No obstante, hace ya años que viene existiendo un nuevo modelo de mujer bien curioso y bien desagradable: la mujer de empresa. Son mujeres de treintaytantos o cuarentaypocos años (las que tienen más edad ya empinan el codo con los antidepresivos) que han hecho carreras en relación con la economía y la empresa. Tienen puestos jugosos en grandes empresas con personal a su cargo. Si dicho personal es masculino, procuran humillarlos y dejarles muy clarito quién manda. Si el personal a su cargo es femenino… ¡ay!, echaos a temblar jóvenes promesas.

Estas jóvenes jefas han decidido tenerlo todo, es decir, familia y cargo en la empresa. Para tener familia les basta con tener un marido que colabore en la economía familiar (por el dinero, ya que por lo que es el marido, últimamente ya no es necesario para las que eligen ser fertilizadas por donante anónimo) y suficiente servicio para que se ocupe de los niños. Sus permisos por maternidad no suelen durar más de un mes y medio porque tienen pánico de que las releguen en la empresa por poco productivas.

Su culpabilidad por el abandono en que tienen a sus hijos es tan alta que necesitan que las mujeres a su cargo en la empresa, sobre todo si tienen hijos, renuncien a cualquier vida que no sea la laboral, para que no les muestren como en espejo que hay otras posibilidades. De ese modo les pondrán reuniones absurdas a la hora de salir por las tardes y las obligarán a quedarse hasta la hora de cenar trabajando. Si se quedan embarazadas, procurarán recordarles que ellas sólo se tomaron un mes de baja por maternidad y que no esperan algo distinto de sus empleadas. Si estas últimas se toman sus cuatro meses de rigor, las culpabilizarán con frases como “claro, tus compañeros tienen ahora que cargar con tu trabajo”, o “por tu culpa, fulanita sale a las tantas”. Ni hablemos del horario de lactancia, ya que todo el mundo sabe que las jefas (o más bien sus criadas) alimentaron a sus hijos con biberón. Una de sus frases preferidas: “Yo, nada más tener a mi hijo me saqué un MBA y seguí rindiendo en el trabajo al nivel de siempre”. Claro que luego en la intimidad confiesan: “me costó mucho que mi hijo quisiera venir a mis brazos”.

Nos cuentan que en una gran empresa que presume de sensible a la hora de la conciliación, acaban de crear la “Sala de lactancia”, con silloncitos y una nevera para guardar la leche que las mujeres se sacan para no reventar en alguna reunión. Algunas mujeres intentan utilizarla, puesto que ya está operativa, pero no pueden “porque aún no ha llegado la circular comunicándolo”. Alucinas.

Estas mujeres, por muchos años que tengan son aún niñas; y lo son en lo siguiente: cuando ellas dijeron que querían estudiar teatro, psicología o historia, sus padres les dijeron que ni hablar, que mejor una carrera que sirviera para algo. Entonces ellas, en lugar de aprovechar este momento de conflicto para salir de la infancia confrontándose con la demanda de sus padres diciéndoles que no y siguiendo su propio camino, deciden creer que los padres siempre saben qué es lo mejor, como los niños, vamos (Mirar la entrada “El buen camino”).

Así, sin haber superado el miedo a que los padres las abandonen, los han sustituido por su jefa a la que no paran de intentar demostrarle que lo primero es el trabajo, o ser buenas para la jefa, y que siempre están ahí disponibles para la empresa y sus jefes… no para su propia vida.

Esto no se soluciona del todo con guarderías en los lugares de trabajo, o con bajas de un año, aunque ayudaría. De poco sirve poner más tiempo de baja maternal si las mujeres no se la toman por su infantilismo, aunque a las mujeres adultas les vendría de maravilla.

Y, por supuesto, si ellas han renunciado a ser adultas, no les va a venir una empleada sonriente a decirles que se puede hacer de otro modo, es decir, comprometiéndose con la palbra que emplearon para decir que querían un marido, una familia, hijos….

Menuda oportunidad desperdiciada para ensayar una manera singular de estar como mujer en el mundo y no como pseudo-hombres vergonzantes…

El amor según Hanecke

La película, como dice Luis Revenga (@LRevenga ), es puro desenlace. Desenlace que se anuncia desde el inicio pero cuyo momento definitivo parece no llegar nunca. No hay un solo golpe bajo, y el primer 90% del film sólo contiene una metáfora, lo que lo hace inquietante; es la metáfora del grifo abierto. Por lo demás el film es casi pura metonimia, pura realidad, transcurso de la vida que corre y se escapa, igual que el agua que fluye del grifo sin que nadie le ponga un tope, siendo el tope de la metáfora lo que permite respirar a los seres pensantes.

Antes de que la esposa caiga enferma, viene a visitarles el pianista, ahora famoso, y que fue su alumno de piano. El joven les ofrece regalarles el disco del concierto, pero la mujer lo rechaza; tampoco quiere que su marido lo compre. ¿Qué significa esa negativa? ¿Es una manera de anticipar el final, un modo melancólico de empezar a cerrar la vida? Ella empieza también a hacer caer los semblantes, por eso ya no está dispuesta a aguantar al yerno. Sic transit gloria mundi.

No nos gusta la metáfora de la paloma; no está a la altura de Hanecke, a no ser que en el guión aparezca como alucinación y, en ese caso, no esté bien construido fílmicamente. Sí nos gusta la de la postal llena de estrellitas que él le envía de niño a su madre pidiéndole que lo rescate del campamento. Al relatar este recuerdo que la esposa dice no haber escuchado nunca, se materializa aun más ese real de la falta de auxilio para él, que ha decidido esclavizarse a esa mujer que tanto sufre y que no quiere seguir viva. Ese real de la soledad absoluta, puesto que en algunos momentos de la vida y frente a lo real, ya no hay quien nos rescate.

Desde el estreno del film, asistimos a numerosas discusiones, desde los partidarios de ese tipo de final para quien sufre, a quien piensa que Hanecke es un psicópata que busca para sus personajes salidas fáciles. Por eso nos parece lo mejor salirnos un poco de lo que el director nos cuenta, para tratar a los personajes como si fueran vecinos nuestros frente a los que pensamos qué haríamos nosotros en su lugar.

Hemos de partir de la base de que la esposa no quiere de ningún modo seguir vegetando —que eso no es vivir— y sufriendo de ese modo. Lo sabemos porque en primer lugar lo dice explícitamente: “prométeme que no me llevarás a un hospital”; después, mientras puede mover la silla de ruedas, intenta tirarse por la ventana. Cuando ya no puede moverse se niega a comer y a beber para poder morir.

OPCIÓN 1: Que hicieran lo que dice la hija, es decir, que la madre vaya a una residencia asistida donde el marido podría ir en las horas de visita. Desde el punto de vista de la higiene es estupendo. Hay dos problemas. El primero es que supondría considerar a esa señora como un objeto ya que no se le permitiría decidir sobre su vida, y ese es un tipo de violencia que se suele ejercer con los débiles, ancianos y niños. El segundo es que el marido no sabe qué hacer con su vida sin su mujer y necesita tiempo para tomar una decisión, sabiendo que tiene una edad en la que no le queda mucho por delante. Esta es la opción que adoptaría cualquier persona moderna: la muerte hay que alejarla de los territorios de lo vivo para que no incordie y no nos recuerde adónde va a parar la gloria del mundo.

OPCIÓN 2: Si el marido hubiera querido respetar la voluntad de su mujer (lo hizo) y la cabeza pudiera funcionarle bien aunque su mujer esté tan mal, habría llamado a una de las asociaciones que hay de muerte digna, donde no sólo se acompaña al moribundo con química, sino también con palabras, y también al familiar que queda.

OPCIÓN 3: Es la que Hanecke nos cuenta. El marido no puede superar que su compañera de tantos años se venga abajo y, mientras se esclaviza más allá de sus fuerzas físicas y psíquicas al cuidado de su mujer, se va dando tiempo para concluir, tiempo que en él se eterniza más allá de lo sensato, incluso patológicamente. Al mismo tiempo eso le hace sufrir más al darse cuenta, por un lado del sufrimiento de su esposa, y por otro, al haberse condenado a la soledad de peor rostro. Más tiempo, más tiempo: el precintar todas las rendijas del dormitorio, del que ha dejado la ventana abierta, servirán para prolongar un poco el tiempo de poder quedarse en la casa para comprender y decidir cuál será la conclusión para él. Es una opción melancólica.

Todo el mundo conoce personas que se han consagrado a su pareja u otro familiar enfermos y que lo han hecho por amor. Algunos lo hacen con alegría porque mantienen mientras tanto su vida social y tienen hijos, nietos, amigos que les arropan como pueden en esa situación. Esos familiares vienen a decirles: tu decisión sacrificada tiene sentido en nuestro mundo. Pero en el film estamos fuera del ámbito de la familia mediterránea. Aunque transcurra en Paris, no olvidemos que el director es alemán y esas relaciones que vemos entre la hija y sus padres nos habla más de la frialdad de la familia protestante que de la calidez del sur de Europa. La amabilidad de los porteros españoles y su entrega solidaria, no hace sino subrayar la falta de calor familiar.

LA HIJA: Muy interesante la conversación última entre padre e hija. La hija —muy de hoy— se empeña, como la mayoría de los hijos, en llevar a sus padres a una vida mejor a latigazos. Lo que no quita cierta sensatez en sus palabras (al mostrarle que él no es omnipotente), aunque mal expresada. Pero el padre —que sólo en ese momento del film parece tenerlos bien puestos— sabe ponerla contra las cuerdas: ¿Estás dispuesta a ocuparte de ella? En ese caso comprométete con tus palabras y, si no, te callas. Gran momento de un director psicoanalizado.

La hija quiere una casa en el centro de Paris, ¡nada menos! Y la madre en su media lengua le dice que esa es la casa de la abuela y que podrá quedársela cuando ella muera. Pero la hija no puede comprenderla porque para eso es necesario acompañar más a la gente que no habla bien. Al final consigue la casa y es tremenda esa imagen de la hija cuando llega sola a la casa desierta y se sienta desolada.

Muy interesante el cotejo a que nos obliga Hanecke entre el compromiso de alguien con una persona a la que ama (aunque aquí lo lleve a cabo de manera patológica), y el cinismo de la hija que está dispuesta a aguantar situaciones de infidelidad pública y continuada de su marido para poder mantener su estatus.

LA CONCLUSIÓN: Tras unos días en la casa, el marido ha tomado una decisión y puede salir de ella. Lo vemos vacilante hasta que una ¿alucinación, fantasía? de su mujer, le dice que se ponga el abrigo para salir. A partir de ahí, Hanecke no nos cuenta más sobre el marido. Y nos da igual. Era otra cosa lo que estaba en juego en el film.

 

 

 

 

 

La impudicia del capital (de ‘El tercer hombre’ a ‘Un dios salvaje’)

– Viena 1947, el novelista Holly Martins (Joseph Cotten) llega a la Viena dividida tras la guerra buscando a Harry Lime (Orson Welles), amigo de la infancia que le ha ofrecido trabajo. Al llegar se encuentra con que su amigo es perseguido ya que dirige el mercado negro de medicamentos que se adulteran para ganar más dinero, lo que ha producido la muerte a varios niños. Harry Lime pasa todo el film huyendo y escondido. No hay ninguna duda: Harry ha de esconderse porque lo que hace no sólo es ilegal, sino que su actividad repugna absolutamente a todos los personajes que con él se cruzan en la cinta. Tampoco creemos equivocarnos mucho si pensamos que repugna a todos los espectadores que desde hace más de sesenta años siguen viendo la película. Para eso el director de El tercer hombre, Carol Reed, ha hecho que los espectadores nos identifiquemos con el novelista que le persigue, incluso con la policía, es decir, con quienes le censuran.

– Nueva York, 2011, dos parejas se encuentran en la casa de una de ellas para solucionar el problema surgido entre sus hijos, uno de los cuales ha pegado al otro. Durante noventa minutos pasamos por situaciones hilarantes y también tremendas. Uno de los personajes, interpretado por Christoph Waltz, es un abogado cuyo móvil está sonando constantemente y que mantiene conversaciones con su bufete y clientes sin pudor ninguno. Una de las conversaciones la mantiene con un cliente, dirigente de un laboratorio que ha sacado un medicamento que se ha demostrado gravemente dañino para muchas personas. En cada conversación con dicho cliente su postura es clara: hay que enfocar las cosas en los medios de comunicación de modo tal que el laboratorio pueda seguir vendiendo el medicamento sin problemas. Lo más curioso del tema es que el abogado puede hablar prácticamente sin pudor delante de las otras tres personas presentes que tampoco parecen inmutarse en exceso.

¿Cuál es entonces la diferencia entre ambos filmes? Desde luego la obra maestra del cine británico no puede compararse al film de Polanski, por bueno que éste sea. Además, hay un tema común: siempre habrá desalmados a quienes no preocupe dañar la salud de los demás con tal de no perder ni un dólar de beneficio.

La diferencia está en que en El tercer hombre dicha actividad está “reprimida”; reprimida en todos los sentidos, por un lado el policial, es decir que se persigue por la ley y, por otro, censurado por las personas de bien que en algún punto del proceso de su educación, se prohibieron a sí mismas ese tipo de actividades y ha llegado un momento en que incluso les repugna a su moral personal, pudiendo llegar a sostener que no se trata de ganar más dinero a cualquier precio. Y porque esta actividad está “reprimida”, Harry es el malo de la historia.

Sin embargo en Un dios salvaje, vemos cómo la sociedad occidental ha sacado de las sombras de la represión comportamientos francamente delictivos en un  “todovalismo” posmoderno, de modo que cualquier delincuente puede hablar de sus fechorías en la casa de personas de bien, sin que a nadie le tiemble el pulso o sin que se le quede la cara de horror que se le quedó en El tercer hombre al personaje interpretado por Joseph Cotten cuando le contó la policía a qué actividades se dedicaba su viejo amigo Harry.

Por eso en Un dios salvaje, el abogado no es el malo. Curiosamente el malo viene a ser el niño que ha pegado al otro, cuando en realidad al final del film se ve en una escena a ambos niños reconciliarse. Ahí está claro que Polanski no se moja en absoluto desde el punto de vista moral, cosa que sí hizo Carol Reed, y no nos invita a identificarnos con ninguno de los personajes.

Quizá este último film nos muestra las grandes, las inmensas tragaderas que tiene occidente que incluso llega a borrar las fronteras entre lo que está bien y lo que está francamente mal.

Mystic River – Clint Eastwood 2003

Mystic River es dura, intensa, llena de matices y de profundidad. Clint Eastwood se atreve aquí con el tema de los abusos a menores y las consecuencias traumáticas que este hecho tiene para la mente de un niño, incapaz aún para elaborar simbólicamente la invasión de la sexualidad adulta en su vida, hecho comparado por algunos con un “asesinato del alma”.

Pero no sólo habla de esto; también de la ética más allá de las leyes escritas, de pactos traicionados y pactos sostenidos, de los fantasmas personales como cristales turbios que conforman una realidad personal y, más en filigrana, de cómo los pequeños hechos de dicha realidad son capaces de torcer cualquier programa que uno pudiera hacer sobre su vida futura.

El film empieza con una pelota que, lanzada por algún niño, se cuela por una alcantarilla. Magnífica metáfora de lo que ocurre con la infancia de los niños cuando los adultos los invaden, los aplastan con su sexualidad de adultos. Inicio que se abrocha con la última frase y la última imagen del film: “La última vez que vi a Dave fue yéndose en ese coche”.

Son tres amigos de unos diez años los que juegan en la calle: Dave Boyle, el abusado, se convertirá en un adulto como un gran peluche que nos deja ver que algo de la infancia quedó bloqueado. Su papel lo hace Tim Robbins que consigue un aspecto de niño grande, desarticulado y triste. Con el tiempo, Jimmy Markum (Sean Penn) se hará delincuente, aunque se reformará al encontrar el amor. El tercer amigo, Sean Devine (Kevin Bacon), se hará policía, quizás buscando un escudo para evitar que le sucediera lo que a su amigo Dave.

La inteligencia con la que trata el guión el tema espinoso de los abusos a niños, volvemos a verla cuando Jimmy se refiere a cómo dichos abusos interrumpen la progresiva maduración sexual, diciendo que su primera mujer era muy brava hasta el punto de que pocos chicos se atrevían a acercarse a ella, y que si él hubiese subido en aquel coche —en el que obligaron a subir a su amigo Dave— nunca se hubiera atrevido a abordarla, es decir, a dar pruebas de su virilidad. Hoy en día vemos a muchos jóvenes que son capaces de decir a las chicas muchas cosas en los chat, pero que se inhiben de hacerlo en persona, es decir, en el momento de dar una prueba de virilidad.

Otro de los puntos que más me interesa en Mystic River, es las referencias que hace a lo difícil que es escuchar. Veamos algunas:

  •  Cuando Dave está contando a su mujer lo que le ocurrió de niño, ésta le interrumpe diciendo “¡Pero eso fue cuando eras pequeño!” y él le responde “¿Es que no puedo contar lo que ha pasado?” Y seguidamente dice: “Uno se siente muy solo cuando le hacen daño”; y yo añadiría: y cuando el otro no nos puede escuchar se redobla la soledad.
  • Jimmy intenta hablar en la escena del río, al final; contar a los hermanos Savage el drama que estaba en el origen de todo aquello que estaban viviendo. Sin embargo aquellos hombres que hacían honor a su apellido siendo los más duros del pueblo, no le dejan hablar: aquello es demasiado duro para sus oídos.
  • Otra manera de no tener que escuchar, es cuando el poli negro dice que el asesino de la hija de Jimmy tiene que ser Dave, ya que da el perfil: blanco, de treinta y tantos años y abusado de niño. Esa manera de no escuchar, es muy frecuente hoy en día. Se trata de una pretendida búsqueda de objetividad y cientificismo que consiste en encontrar los perfiles, y a partir de ahí dejar de escuchar a las personas y de seguir haciéndose preguntas. Por eso a los psicólogos todo el mundo nos pregunta: “¿Cuál es el perfil del hombre maltratador?”, o bien “¿Cuál es el perfil del niño que sufre acoso?”; y si se lo contestara, se quedarían tan anchos, en lugar de escuchar uno por uno a las personas que les pasa eso, para aprender más acerca de lo singular.

Esta película, como otras de Clint Eastwood, rebosa de espíritu yanqui. Por eso, en el fondo, hay una gran desconfianza hacia la ley escrita, y la gente se toma la justicia por su mano, lo que parece bastante consensuado entre todos. La esposa de Jimmy hace todo un discurso en el que si por un lado es impecable en su papel de esposa que sostiene la actuación de su marido en lugar de criticarle, por otro vemos bien que hace toda una apología de la ley no escrita para resolver los problemas.

Terminaré con mis preguntas a propósito del comportamiento de otra de las esposas del film: la esposa de Dave, quien denuncia a su marido justamente a Jimmy quien de seguro iba a matarle, en lugar de denunciarle a la policía si es que ella creía de verdad que lo había hecho él. No podemos saber qué le pasó por la cabeza a esta mujer, porque esto es un guión de cine. Si fuera una historia de la vida real, yo me preguntaría en qué fantasmagoría comienza a meterse esta persona a partir de saber que han matado a la hija de Jimmy y hacerse ella la fantasía de que ha sido su propio marido quien la ha asesinado. ¿Acaso se identificó ella con la víctima porque le hubiera gustado tener un marido más viril?