¿Resignación, aceptación, asimilación…?

pintura-japonesa-viejo-ayudadoEn el colegio no había semana que no nos torturaran la mente con la Historia del Santo Job: que si tenía una gran paciencia, que si sufría sin quejarse, que si amaba tanto a Dios que estaba dispuesto a aguantarlo todo… y que en eso no se parecía nada a nosotros, niños y niñas díscolos y desagradecidos con todo lo que la vida nos proporcionaba. Eso hacía que tuviéramos un poco de manía al santo, igual que se la teníamos al primito Felipe o a la primita Mariloli con quienes también nos comparaban todo el rato porque no llevábamos como ellos los calcetines subidos hasta la rodilla, sino hechos un gurruño disforme en los tobillos, o porque nuestras trenzas mostraban un deshilachado nada propio de una niña formal.

Pero hace algunos años, buscando una cita para un trabajo, nos dio por leer la historia de Job en la Biblia y nos encantó. No tenía nada que ver con lo que nos habían contado en la infancia… como suele pasar con casi todo.

Resulta que Job que era un hacendado riquísimo, por lo que daba gracias a Dios a todas horas, es puesto a prueba por Satán tras una conversación con Dios en la que le apuesta a éste que si le caían al riquísimo unos cuantos males encima, dejaría de ser tan piadoso. Prueba que Dios acepta en dos etapas: en la primera le dice a Satán que puede tocar los bienes de Job, pero no su persona. Después de arruinarlo y acabar con sus hijos, el pobre Job sigue alabando a Dios. Entonces Dios permite a Satán que toque su salud, pero no su vida, y ahí es donde lo llena de llagas purulentas y enfermedades de pies a cabeza. Lo que Job hace entonces es dirigirse a Dios para preguntarle por qué le envía a él todos esos males y no a los malvados. Pero Dios no le contesta, claro, porque ¿qué va a decir? Pero Job sigue sin maldecirlo y, lo que es más importante para nosotros (me refiero a los psicoanalistas), tampoco se pasa el día quejándose ni entregándose a su desgracia. Digo que nos interesa porque eso le permitiría hacer el duelo en lugar de proporcionarle una buena depresión.

Una pequeña digresión, porque llegan a verle tres amigos y lo ven tan depauperado que pasan tres días a su lado en silencio. Ejemplo debería tomar toda esa gente que cada vez que se les cuenta un problema se empeñan en darte la solución que por supuesto es la suya, o decirte que tú eres fuerte para soportarlo, o que tienes que mantenerte firme para sostener a los demás. Bueno, luego los amigos de Job metieron bastante la pata, pero a nosotros hoy nos interesan esos primeros tres días de acompañamiento silencioso.

Los finales del siglo XX y los inicios del XXI con sus adelantos técnicos y científicos, nos han hecho creer, al menos a los habitantes del llamado mundo occidental, que tenemos derecho a elegir nuestro destino; y eso porque durante muchos años algunas generaciones de algunos segmentos sociales hemos podido hacerlo más o menos. Sin hambre, sin penalidades, con longevidad. Por eso, creyendo que las vacas orondas iban a durarnos para siempre, nos hemos empeñado en ser nosotros mismos y en no formar parte de la caterva que tenía que salir a matar al oso para poder comérselo y abrigarse, o más tarde de las miríadas de personas con los pulmones negros de pasar el día en las minas o las fábricas. Estos años nos han hecho creer que somos los únicos responsables de nuestra vida… pero no contábamos con la crisis, con la desaparición de la ingenuidad del poder que ahora por fin ha logrado tenerlo todo calculado y controlado desde las finanzas, la justicia y los medios, con la vejez que nos ha pillado a traición… en fin, no contábamos con lo real y, de ello, con lo que menos contamos es con la muerte. Pero estas cosas ocurren y Job lo sabe.

Creímos también que ya no habría imposibles y eso nos obliga a hacer miles de cosas cada día hasta el agotamiento, como si el día durara cuarenta horas, o nos hace creer que vamos a curarnos de todo, lo que hace que nos desesperemos al creer que es culpa nuestra no lograr lo imposible.

Job sabía que todo podía ser peor frente a lo Real. Que él podía trabajar mucho, orar mucho, pero que si te cae un tsunami de cualquier tipo, real o metafórico, te has jorobado. Que él lo llamara Dios a ese Real es lo de menos[1]. Es que existe lo Real de la genética, de los contagios, de los límites del reloj, del deseo por alguien, el de una vida… etc. Él hacía dos cosas frente a su desgracia. Por un lado le pregunta a Dios a ver por qué si él cumple con el pacto le envía eso —como para decirle que si quiere cambian el pacto, pero que el otro, por mucho Dios que sea, lo cumpla—; y le pide que si quiere su muerte pues que lo mate de una vez pero que no juegue con él, es decir, él intenta lo que puede para estar bien, como un enfermo tendrá que ser disciplinado con su alimentación y medicación, o un deportista con sus entrenamientos, porque pueden rezar mucho o ser muy amables, pero si no se medican o entrenan, pierden. Y por otro lado, sabiendo que ya ha hecho todo lo que podía hacer, simplemente espera -imagino que rogando que no le cayera algo peor, porque sabía que eso podía ocurrir, no forzosamente por mala fe o por algo personal, sino porque puede pasar y entonces pasa. El era un minimalista. Ser minimalistas como Job supondría no seguir reivindicando por comparar nuestra vida al ideal que fantaseamos que debería ser, quizá porque estamos convencidos de que nuestro ego no merece menos que dicha vida ideal. Como dijo Freud: “… todo daño inferido a nuestro omnipotente y despótico yo es, en el fondo, un crimen de lesa majestad[2]. Qué diferencia con los primeros años del Siglo XX que vivieron nuestros abuelos, y no digamos más atrás, ya que estoy segura de que para mucha gente, poder comer y abrigarse era ya motivo para echar cohetes.

Ahora bien, tampoco vemos en Job esa actitud de aceptar, asimilar y resignarse que algunos pretenden ser la más madura o la más cristiana o la más zen y que ahora viene con aroma oriental y new age. ¿Por qué hay que aceptar los males, ni mucho menos ese latiguillo que se escucha hoy de que han venido PARA algo? ¡No señor, hay cosas que no vienen para nada! Pero vienen. Otra cosa es no negar que eso ha ocurrido, reconocer que puede venir y que está ahí… un poco como Alien.

De todos modos, al conversar con Dios Job no lo hace en un tono reivindicativo, y simplemente con pensamiento y palabra intenta trabajarse un nuevo acuerdo con Dios, igual que el enfermo maduro se trabaja su salud en lo que puede y espera a que todo pase para seguir viviendo su vida lo mejor posible, sin perder demasiado tiempo en lamentarse. No entregarse al lamento evita las depresiones y agiliza los duelos.

No aceptar la desgracia no es estarse peleando todo el día sino, tras ocuparse de aminorarla,  dedicarse a otra cosa, lo que es distinto de aceptar, asumir, resignarse. Hay que intentar conectar el deseo con algo, como se pueda, generar proyectos, conectar con gente no envidiosa, alegre. Al fin y al cabo, sabemos desde Freud[3] que la manera natural y espontánea de terminar los duelos es cuando nuestra líbido, nuestro deseo, se liga a cosas nuevas y eso lo hace cada uno cuando puede, porque el proceso de duelo es inconsciente. Pero podemos ayudarle un poco.

También tenemos la frase de Freud: “Setenta años me enseñaron a aceptar la vida con serena humildad”[4]. Claro, pero eso no es resignarse, sino saber que la vida es así y que no tienes a quién quejarte porque te va a dar igual. Pero ojo que la humildad de Freud no era quedarse en su sillón como un pajarito mortecino, sino seguir produciendo hasta el último aliento, es decir, ligando su líbido a lo que a él más le hacía desear: su producción teórica y su clínica.

Eso no quiere decir que el que enferma o el que envejece, o el que pierde algo muy valioso no pueda estar triste. Claro que lo estará. De hecho hay golpes bajos de la vida como el de hacerse viejo que es como salir a un escenario a vivir y que te tiren un tomatazo en plena cara. Pero tristeza no es depresión. A la tristeza tendremos que hacerle un hueco en nuestra vida y, a base de intentar ligar nuestra líbido a cosas deseables, esperar a que pase. Pero no es una enfermedad, sino el sentimiento que nos produce una pérdida o un fracaso.

Hay otra frase de Freud que nos interesa para nuestra reflexión. Es un texto que escribe durante la Primera Guerra Mundial y dice así (sugiero que donde dice muerte, leamos cualquier tipo de desgracia): “¿No deberemos de confesar que con nuestra actitud civilizada ante la muerte nos hemos elevado una vez más muy por encima de nuestra condición y deberemos, por tanto, renunciar a la mentira y declarar la verdad? ¿No sería mejor dar a la muerte, en la realidad y en nuestros pensamientos, el lugar que le corresponde y dejar volver a la superficie nuestra actitud inconsciente ante la muerte, que hasta ahora hemos reprimido tan cuidadosamente? Esto no parece constituir un progreso, sino más bien, en algunos aspectos, una regresión; pero ofrece la ventaja de tener más en cuenta la verdad y hacer de nuevo más soportable la vida. Soportar la vida es, y será siempre, el deber primero de todos los vivientes. La ilusión pierde todo valor cuando nos lo estorba”[5].

Job le hace un lugar al imposible, a la falta en todas sus dimensiones. Por eso resiste. No era un melancólico que cree ser nada y tener la culpa de todo. Es alguien que sabe que es un hombre justo, pero que puede sucederle algo malo igual que a uno injusto.

 

 

[1] Fue Lacan quien apuntó que Dios y el inconsciente son lo Real (nota para iniciados).

[2] S. Freud: Consideraciones sobre la guerra y la muerte, O.C., Biblioteca Nueva, Madrid 1972, p. 2115.

[3] S. Freud: Duelo y melancolía, O.C., Biblioteca Nueva, Madrid 1972.

[4] Entrevista realizada a Freud al final de su vida y que puede encontrarse en Internet.

[5] S. Freud: Consideraciones sobre la guerra y la muerte, O.C., Biblioteca Nueva, Madrid 1972, p. 2117.

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Inhibiciones, bloqueos y otras hierbas

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El otro día, una persona me hablaba de lo bloqueada que estaba para escribir algo que había comenzado con mucho entusiasmo hacía unos meses. Decía que cada vez que se ponía delante del ordenador, lo que llevaba hecho hasta entonces le parecía pobre, escaso, mezquino… en fin, me bloqueo sólo de intentar recordar todos los sinónimos de la chatura literaria que empleó.

A mí se me ocurrió contarle el día que perdí mi inhibición (toda pérdida tiene su primer día que suele coincidir con el de una ganancia). Fue gracias a la intervención de un buen amigo. Resulta que este amigo y maestro me invitó hace ya bastantes años a presentar una ponencia en Paris en un congreso de psicoanálisis. Le dije que ni loca, que menudo susto, que bastante tenía con presentar cosas en España.

Me dijo que claro, que lo entendía, que hacía bien en no aceptar, porque en cuanto empezara a hablar allí, ¡¡¡ todo el mundo se iba a dar cuenta de que yo no era ni Freud ni Lacan !!!

A partir de ahí me di cuenta de que no podía seguir comparando lo que yo hago con ningún ideal porque, si así fuera, no podría avanzar y eso, sobre todo, porque lo que importa es hacerlo para mí, por el deseo de hacerlo, no para que otro me mire arrobado. Es a los bebés a quienes miramos arrobados. Uno tiene que seguir madurando que es lo mismo que decir que, si quiere andar bien oreado por la vida, tiene que salir cuanto antes de ese lugar donde sólo espera ser el objeto que fascine al otro, y empezar a ser para uno mismo.

La intervención de mi amigo me ayudó mucho a poder mostrar aquí, en Paris y donde sea, que eso que digo en una conferencia, en un artículo, en un libro, habla del punto al que yo he sido capaz de llegar hasta ese momento y que mañana llegaré más lejos si me sigo esforzando, pero nunca, nunca, nunca, conseguiré llegar a la altura de mi ideal. Y eso por una sencilla razón que la misma palabra “ideal” ya indica: que pertenece sólo al mundo de las ideas y nunca a la realidad.

Con el ideal sucede como con la famosa zanahoria/señuelo a la que siempre aludimos: que cuanto más nos acercamos más se aleja, así que más vale pasarlo bien con lo que somos capaces de hacer en cada momento porque compararnos con el ideal sólo va a bloquearnos, a inhibirnos y, en resumidas cuentas, a amargarnos y atormentarnos.

Y ahora un comentario para psicoanalistas: ¿alguna vez habíais pensado que el Yo ideal (el Ideal Ich freudiano), no es más que un objeto perfecto para ser gozado por el Otro? Pues menudo dramón.

(Tomé la imagen prestada en el blog: http://dixitdigital.com.ar)

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Violencias

Gato come pájaroLo leemos, lo vemos todos los días: una diputada laborista británica muerta a tiros, un pueblo indígena esquilmado de sus medios de vida por intereses… quizá británicos. Un hombre se hace estallar en Alemania tras haberle sido denegado el asilo; refugiados a miles que malviven expulsados por el odio sin ser acogidos… también a causa del odio. Un joven trastornado se carga a varios menores en Munich y otro desesperado se lleva por delante a más de ochenta personas con un gran camión en Niza mientras otro hace lo mismo en Afganistán (a éste los telediarios le conceden menos tiempo). Más cerca aún, jóvenes extranjeras liberadas —y otras no, las más— del infierno de la trata.

¿Podemos seguir sosteniendo que los atacantes están locos, que son retrasados mentales, más allá de que alguno lo sea? ¿No será que a algunos medios y a quienes les pagan, les gusta explicar problemas complejos con explicaciones simples y falsas como esa de la locura? ¿Podemos seguir achacando en exclusiva en otras ocasiones a la pobreza y a la falta de oportunidades la violencia de los jóvenes? ¿Es mucha de esta violencia efecto del fanatismo religioso o ideológico? Y aunque varias de estas cuestiones fueran ciertas, ¿por qué quedarnos en lo que ya todo el mundo sabe? ¿Por qué no miramos a la violencia de frente a ver si nos cuenta algo distinto?

Está bien, es cierto que hay personas que sólo encuentran una salida a su angustia en acciones criminales; son las menos y las que menos víctimas producen. Pero para llegar a un pasaje al acto asesino, violento, tiene que haber habido previamente un fracaso de la palabra y de la ética que acompaña a la palabra cuando ésta no es un simple bla bla bla.

No nos ocuparemos hoy aquí de la violencia que viene como resultado de la opresión por las ideas, o por la falta de recursos. Hay una violencia que no puede explicarse ni desde la locura, ni desde las carencias, la ideología o las creencias. Aunque quizá sí que podamos emparejarla con las certezas.

Nos referimos a esa violencia de quien se ha saltado los goznes de la ética. Es como si en algún momento de su primera juventud, algunas personas se hubieran dicho algo así: “En esta vida sólo hay dos bandos: los que pueden y tienen (poder, dinero) y los que no pueden ni tienen. Tengo que elegir y elijo ser de los primeros. Y eso implica ir a machete”. Entre estos hay mucha gente, desde los que nunca han trabajado porque eligieron entrar en un partido político con posibilidades para medrar y han hecho ahí su carrera sin saber nada del mundo laboral… y a veces ni del mundo real en general, hasta los que ganan una cantidad indecente de dinero por pelotazos varios sin que nada parezca bastarles caiga quien caiga a la hora de conseguir más. También los políticos jugados en un mundo de intereses entre los que no se cuenta el mejorar la vida de todo el mundo, sino un barrer para los suyos desaforadamente.

Que uno persiga su deseo es necesario para andar equilibrado por la vida. El problema es cuando el deseo se desliga de la ética, siendo la ética en este caso la conciencia de las limitaciones autoimpuestas por el hecho de que el otro existe y tiene sus derechos.

En la Facultad de Psicología, estudiábamos el concepto de anomía de Emil Durkheim. Se refería a las conductas desviadas de algunos indivíduos que habrían perdido sus valores por falta de esperanza, por lo que las leyes sociales se demostraban insuficientes para producir una regulación, y eso acabaría destruyendo el orden social.

Claro, la tesis de Durkheim era que dicha anomía conducía al suicidio por un exceso de insatisfacción. Pero ¿qué ocurre cuando quienes pierden la capacidad de ponerse límites son los poderosos? Porque lo cierto es que, en este momento, hay una anomía que vendría de los poderosos para quienes no parece existir ningún compromiso entre sus palabras según las cuales lo hacen todo por su pueblo, y sus actos. Son ellos los que desregulan, los que explotan a los demás sin que les tiemble el pulso, sin noción ninguna de intercambio, de negociación, de perder para ganar, de nada que suponga una merma de lo que consideran suyo por derecho.

Si leemos a Freud en “El malestar en la cultura”, entenderemos por qué el estado de desesperación en que los poderosos han sumido al pueblo llano en tantos países con esta última crisis, no sólo no ha hecho que reflexionen y que se frenen en sus ansias de más poder y dinero, sino que, al contrario, tal como Freud dice, ese estado de desamparo del otro parece excitar sus ansias violentas. Un ejemplo de esto último lo vimos en la televisión hace un par de meses, cuando esos jóvenes forofos futboleros alemanes humillaban a mendigas romanís en la Plaza Mayor de Madrid tirándoles monedas al suelo y obligándolas a obedecer a sus órdenes jocosas.

De esa violencia no habla nadie: de la de los poderosos que llevan a la ruina a países para que a ellos no les falte el petróleo, de los que disfrutan provocando caídas de bolsa, de los que se lo llevan crudo en las finanzas.

Pueden llevarse más y más y mucho más, y llevar a la humanidad a la ruina mientras esquilman a la tierra de sus bienes naturales —la pulsión de muerte se disfraza con frecuencia de simple búsqueda de placer—, pero el psicoanálisis nos enseña algo que no podemos olvidar: que como el verdadero objeto no existe, como ese objeto que vendría a obturar definitivamente nuestra falta produciéndonos una satisfacción total y definitiva no existe, ese camino loco nunca tendrá fin.

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¿Niños o trastornados?

(Publicado en el Huffington Post, el 24 de febrero de 2016: huff.to/1T6nIYY )

niña soplando

El principal problema que encontramos hoy en día en los niños y adolescentes es que están muy mal educados. Yo comprendo que esto no es lo que se espera que diga alguien que, como yo, ha pasado los últimos treinta y seis años trabajando en su cura, pero lo cierto es que se trata del problema más frecuente.

Actualmente, los padres y madres tienen mucho miedo de educar o, mejor dicho, de sufrir las consecuencias que tiene el hecho de educar. Hemos escuchado muchas veces a padres que afirman carecer del valor de decir no a sus hijos -¡a veces de ocho o nueve años!-, porque éstos los miran enfurruñados o porque los amenazan o, lo que es tremendo, porque si les impiden algo, no parecen felices. Y entonces, los niños y niñas, en lugar de crecer como seres humanos, se crecen, lo cual no es lo mismo. Se crecen, aumentan las peleas, las rabietas, y entonces, llega un profe del colegio que sugiere que puede tener un trastorno. Y ahí ya la hemos fastidiado, porque los padres acudirán con él o ella a un psicólogo educado en una multiplicidad de técnicas de curar, a un psiquiatra joven que sabe mucho de química y de trastornos, y entonces diagnosticarán eso: un trastorno.

Evidentemente, hay otro tipo de problemas más graves: psicosis infantiles, autismos, etc, pero esos problemas los ha habido siempre y, por supuesto, hay que prestarles toda la atención del mundo y medicarlos. Pero la cuestión hoy en día es que problemas pasajeros que son propios de las vicisitudes del crecimiento, al ser convertidos en trastornos, aumentan. De la misma manera que aumenta la clientela de los laboratorios farmacéuticos que tendrán un filón asegurado desde prácticamente el nacimiento hasta la tumba. Desde el punto de vista económico, es impecable y ésta, y no otra, es la razón de que en los últimos DSM haya crecido el número de trastornos posibles, al mismo tiempo tiempo que crece la prescripción de medicamentos a los niños y niñas desde bien pequeños.
Eso ocurre con la complicidad de algunos profesores que, gracias a la medicación, tienen que hacer menos esfuerzo para mantener tranquila a su clase. O de los padres que, cuando lo que ocurre es que su pequeño o pequeña tiene un trastorno, ya no tienen que cuestionar nada de su vida familiar.

Pero nada de esto puede solucionarse sin tomar en consideración el tiempo. Sí, el tiempo que es necesario para que un niño se vaya haciendo mayor, el tiempo para pasar los padres tiempo con ellos charlando de las vidas de cada uno, el tiempo para escuchar a los niños y adolescentes que vienen a nuestras consultas, sin tener que hacer que sus palabras se ciñan al protocolo de preguntas que es obligado hacerles, y el tiempo que necesita una terapia psíquica para que pueda ser considerada como tal.

Que al paciente se le diga que hable de todo lo que se le pase por la cabeza y se le dé tiempo para ello (como ocurre en algunas consultas privadas y en algunas públicas), inaugura un principio de algo diferente, donde sus síntomas ya no van a ser algo extraño a su vida y a su devenir como sujeto, ya no van a ser el signo de que son unos trastornados (que es lo que se dice de quien tiene trastornos). No, los síntomas estarán engarzados con su historia, con su historia personal, familiar y social, y se van a ir modificando y desapareciendo a medida en que –y esto dependiendo de la edad del niño o niña– se vaya construyendo un armazón simbólico hasta entonces frágil, o bien se vaya deconstruyendo su cotidianeidad, su vida familiar, escolar y social.

Esta desaparición de los síntomas a medida que se van cocinando en su propia salsa, a medida que van hablando sobre las cosas que les suceden en la vida, no es lo mismo que suprimir la angustia que viene acompañando a los síntomas a base de medicación, sin intentar saber e intentar modificar lo que está pasando. Desde luego que la medicación es a veces una gran ayuda, pero nunca debería sustituir la palabra verdadera, esa con la que el niño va contándonos su niño secreto, que tanto sabe del sufrimiento, o esa que va sirviendo para apuntalar a un ser humano que es demasiado frágil para soportar todos los tsunamis vitales.
Lo que se considera progreso no siempre lo es: maestros y padres más tranquilos teniendo que hacer menos esfuerzo para educar. Medicinas para el dolor de vivir. Si no, piensen en aquel personaje de la literatura española para niños de mitad del siglo XX que aparece en el libro ‘Cuchifritín, el hermano de Celia‘ (http://www.casadellibro.com/libro-cuchifritin-el-hermano-de-celia-2-ed/9788420696720/74080)  y que fue lectura de tantos españoles. Cuchifritín era un niño muy revoltoso que desesperaba a sus padres y lo ponía todo patas arriba, pero a nadie se le ocurría decir que ese niño tenía un ‘Trastorno de hiperactividad con o sin déficit de atención’, el famoso TDAH (http://www.infocop.es/view_article.asp?id=6012&cat=47), ni mucho menos se le ocurría a nadie medicarle. Sólo lo educaban. En esos tiempos, el niño era sólo un niño: revoltoso, movido, inquieto, como se decía entonces, pero nunca un trastornado. Y nadie tenía miedo de educarle, de decirle que no, de dejarlo castigado en su cuarto sin postre y soportar su cara enfurruñada.

La disminución del tiempo para escuchar al niño se corresponde con el hecho de que el destino de los tratamientos psicológicos está cada vez más en manos de gestores y no de psiquiatras y psicólogos. Estos últimos, los facultativos clínicos, tienen cada vez peor formación en lo relativo al arte de escuchar, aunque cada vez conocen más técnicas psíquicas fáciles de aprender para alguien sin experiencia, técnicas que no dejan lugar a la escucha verdadera. Además, pierden su tiempo de trabajo en responder a las peticiones de evaluación e informes de los gestores de la salud cuyo poder es cada vez más abusivo. De este modo, el mundo de la empresa y sus valores, como la eficacia a corto plazo y la rentabilidad, priman sobre otras consideraciones. Eso es muy grave siempre que se trata de seres humanos pero, sobre todo, en edades en las que se está configurando lo que será un ser humano adulto digno de ese nombre.

(Pueden leer en este mismo blog la entrada “Hiperactividad”: http://wp.me/p2EKBM-3e )

De algunas prisiones

Pongo aquí el enlace a un comentario visto en el excelente blog “No, gracias”. http://www.nogracias.eu/2015/12/12/el-hospital-y-la-vida/

Dada la importancia que concedemos a la buena escucha (http://wp.me/p2EKBM-7B ), pensamos que merece la pena leerlo porque entre líneas se vislumbra una escucha, la del médico que lo escribe, que lejos de ceñirse a protocolos de actuación -que es según ya dijimos aquí http://wp.me/p2EKBM-aR (y salvo honrosas excepciones) la lacra de la Psiquiatría y Psicología-, escarba para tocar a un sujeto atormentado tras sus síntomas, y darle la mano para ayudarle a salir de su prisión.

Psiquiátrico de Ravenna 2Un médico que no se deja engañar por los síntomas apresurándose a medicarlos para suprimirlos, sino que tiene esa pasión por saber más que debería tener cualquier persona de ciencia y, gracias a ella, mira detrás a ver qué es lo que ha podido causar ese síntoma y, si es algo de orden psíquico o social remitirlo a quien se ocupe de escuchar y tratar ese tipo de problemas.

Mujeres expulsadas

Tres escenas y un comentario:

La primera escena tiene ya unos veinte años o algo más. Es una tira cómica de Quino que, por desgracia, no hemos podido encontrar ni siquiera en San Google. En la primera viñeta, un matrimonio entrado en años y en kilos, está tomando café mientras él lee un periódico. En la segunda, una joven, diminuta y estilizada bailarina salta de las páginas del diario y se pone a danzar grácil sobre las puntas por entre las tazas de café, ante la mirada sorprendida y fruitiva del marido, lo que es motivo de que la dama la mire con enfado. En la siguiente viñeta, la señora ha agarrado el diario y, tras enrollarlo, ha aplastado a la pobre bailarina cual simple mosca mientras el marido mira desolado sin decir nada.

La segunda escena aparece en un cuadro de Esquivel de 1847 llamado: “Abraham expulsando a Agar e Ismael”.

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En él aparece el patriarca expulsando a Agar y al hijo de ambos, Ismael. Quien conozca mínimamente la Biblia, sabrá que Agar había sido esclava de Sara, la mujer de Abraham, quien se la cedió a su marido para que procreara con él, ya que ella era estéril. Sin embargo dice el Libro que una vez nacido Ismael, hijo de Abraham y Agar, Dios hizo un milagro para que Sara pudiera tener también un hijo, y así concibió a Isaac. Poco después, Sara manipula a su marido para que éste expulse a la esclava y al bastardo (el pretexto es lo de menos, siempre se encuentra alguno). En el cuadro de Esquivel se ve cómo el patriarca los despide amablemente con una hogaza de pan y un odre de agua por todo material para atravesar el desierto mientras Sara, pintada en segundo plano, parece disfrutar con ello.

La tercera la encontramos en una obra de la escultora Camille Claudel: “La edad madura”. En ella vemos a un hombre maduro y atormentado arrastrado por una especie de bruja, una anciana que lo envuelve entre lienzos que podrían hacer pensar en un sudario, y se lo va llevando de los brazos de una mujer joven que, arrodillada, brazos tendidos, se resiste a dejarlo ir. Para quien no conozca la historia, aquí va. Rodin era el escultor más importante en el Paris de finales del XIX. Casado con Rosa, tenía varios discípulos en su taller que le hacían diversas partes de las esculturas: pies, manos, de modo que le ayudaban mientras aprendían. Uno de los ayudantes era Camille Claudel, jovencita de familia “bien” y buena escultora ella misma. La historia es banal: la jovencita se enamora del maestro que aprovecha lo que se le ofrece tan gentilmente. La relación incluyó algún que otro aborto de Camille porque ya sabemos que las consecuencias de no poner medios (tampoco había tantos como ahora) eran para las mujeres.

La edad madura

Finalmente, la relación con la joven dejó de ser tan cómoda y el maestro no quiso arriesgar una separación de su mujer. Mira por dónde, eso coincidió con momentos en que la artista empezaba a ser reconocida como una de las grandes por los críticos más vanguardistas de su tiempo: Octave Mirbeau, Mathias Morhardt… Y sucedió entonces que le encargaron a Camille un monumento dedicado a Blanqui, para lo que ella esculpió este conjunto de “La edad madura”. ¿Cuál fue el problema? Que antes de que fuera expuesta la obra, el gran Rodin vio reflejada en ella la realidad de su relación con la joven: una relación con riesgos, frente a su elección de un matrimonio sin deseo pero cómodo socialmente lo que, a partir de la exposición de la obra, iba a ser de dominio público. Fue entonces cuando maniobró para que se deshiciera el contrato con la artista evitando que se expusiera la obra.

Terminó el contrato, terminó la relación y la artista, ante esa doble pérdida (amorosa y profesional) siempre dura para una mujer pero más aún en aquellos tiempos, cayó en un estado delirante (que hoy sabemos que no tenía por qué ser psicótico) del que no pudo reponerse nunca. No pudo porque no encontró ni en su familia, ni en los médicos que la trataron, una comprensión de lo que pasaba y nadie supo o quiso dar legitimidad a su sufrimiento. A partir de ahí pasó la vida recluida en un asilo para enfermos mentales. Su madre nunca la visitó. Su hermano, Paul, el escritor, lo hizo de vez en cuando pero, no lo olvidemos, la herencia que le hubiera correspondido a la hermana, se la quedó él.

Tres escenas, tres mujeres expulsadas del lugar al que su deseo las había llevado con el consentimiento de un hombre que, simplemente, no quiso comprometerse con las consecuencias que hubiera tenido llevar adelante su propio deseo. Alguien dirá que siempre ha habido una mala en la historia: la mujer que aplasta a la bailarina, Sara, mujer de Abraham, y Rosa, la de Rodin. Sí, es cierto que muchas mujeres colaboran con los hombres para que eso ocurra, defienden su posición como si no hubiera sitio para todos pero, en cualquier caso, ellos lo permiten y se aprovechan. Para colmo, quedan como buenos.

Eran malos tiempos para las mujeres y su deseo, pero no olvidemos dos cosas: que en el mundo entero eso sigue ocurriendo (el que nadie dé legitimidad al deseo de las mujeres) y que, si siempre supone asumir riesgos que una mujer (o un hombre) se confronte con su propio deseo, cuando no lo hace, no siempre puede culpar a otros…

Lo sombrío de Grey…

Qué manía tienen los neuróticos, es decir, la gente corriente, la que anda por la calle, en pensar que los perversos se lo pasan pipa en el sexo y en lo demás. Deben ser auténticas oleadas de gente las que deben estar este fin de semana en las colas de los cines donde se proyecta “Cincuenta sombras de Grey”. Pensarán seguramente que si con la novela se excitaron tanto, con la peli es que eso va a parecer una orgía. Ya hablamos de esta novela en: Porno para mamás: sobre “50 sombras de Grey” http://wp.me/p2EKBM-5c

Ah, ¿que qué es un perverso? Pues para el psicoanálisis, la perversión es una estructura clínica junto con la neurosis y la psicosis. Pero contra lo que puede parecer por lo histórico de la palabra, ser perverso no tiene nada que ver con ser mala persona, sino con ciertas operaciones psíquicas en las que no vamos a entrar aquí que hacen que un niño, cuando debería aceptar que las cosas de la vida son de una determinada manera —por ejemplo, que contra lo que mamá, las abuelas y las titas dicen, él no es His majesty the baby—, pues no lo acepta y se construye una realidad a su manera, una versión propia en la que sigue siéndolo, esto por decirlo rápidamente.

Otra cosa distinta es la perversidad, que tiene más que ver con la maldad, con las ganas de hacer daño. Pero hay perversos con perversidad y otros sin ella, como cualquier hijo de vecino.

Decíamos al principio que la gente corriente cree que el perverso goza de modo inaudito del sexo. Por eso muchos se fascinan con discursos provocativos y provocadores como puede ocurrir con los seguidores de las sombras de Grey. Pues sentimos desilusionarlos, pero la verdad es que los perversos tienen una sexualidad bastante limitada cuando no francamente gris. Limitada a una escena fija que ellos tienen que repetir casi sin modificaciones para poder llegar al clímax. Uno sólo podrá conseguir erecciones si muestra su sexo por ahí, sobre todo si a las espectadoras puede suponérseles no haber visto nunca un genital masculino. Otro, sólo podrá excitarse si es golpeado o si maltrata y un tercero sólo lo hará en presencia de su fetiche preferido: lencería femenina, una pantufla, un tacón, un pelo largo… por citar sólo algunas perversiones (no confundir con cierta condición fetichista propia de lo masculino que no necesita absolutamente del fetiche para llegar al orgasmo, sino que simplemente le despierta el deseo). La pena es que haya quedado ese nombre ambiguo para esta modalidad clínica, porque esto no tiene nada que ver con la moral.

Hace poco escuché a Robert Lévy (1) decir que, además, el perverso es el que consigue hacer firmar tácitamente un contrato al otro por el que éste pensará y verá lo que el perverso quiera que piense o vea. Pero ¿qué es esto del contrato, de dónde viene?

De todos es sabido que las parejas sadomasoquistas de verdad firman un contrato en el que, quien va a ser maltratado, pone sus límites al amo o ama: qué cosas no se le pueden hacer;  y, sobre todo, pactan una palabra clave para que, en el momento de ser pronunciada por el que es maltratado, el otro cese en su maltrato. Es para evitar las muertes que se producen más veces de las que se piensa en este tipo de relaciones. Bueno, pues lo que Robert Lévy decía es que se dan también contratos virtuales que se firman inconscientemente, mediante los cuales un escritor, un cineasta, o cualquier persona, hace pasar por normales o por tiernas, situaciones que son francamente perversas.

Por no hablar aquí de ningún artista vivo, citaremos la obra autobiográfica Et nunc manet in te, de André Gide. Este autor gustaba de triscar con jovencillos —nada que oponer mientras fueran mayores de edad—, pero se casó con su prima Madeleine. La tal prima se pasó toda su vida esperando que el primo le tirara los tejos en la intimidad, pero al primo se le olvidó comentarle que sus gustos sexuales eran otros. Pensemos en que eran tiempos difíciles tanto para orientaciones sexuales diferentes, como para que una mujer pudiera plantarse. Por eso, porque no pudo plantarse, Madeleine enfermó y murió joven. De todos modos, la decisión del autor puede gustar más o menos, pero lo perverso en este caso no es nada de esto, ni siquiera lo es el que Gide finalmente y antes de quedarse viudo le hiciera un hijo a una joven. Lo perverso es que en dicha obra, el autor refiere en plan lacrimoso lo maravillosa que era su relación con su mujer cuando le limpiaba las heridas en las piernas provocadas por los problemas circulatorios, cuando le daba cremas y pomadas, cuando habla del cuerpo de su mujer dañado y enfermo “sometido” (sí, lo dice) a sus cuidados.

Es también propio del perverso la cadaverización del otro y el caso de Gide es un buen ejemplo. Por eso encontramos a tantas mujeres guapas, listas y rozagantes, que cuando empiezan una relación de pareja con un perverso (y muchas veces los maltratadores lo son), empiezan por sentirse inseguras de su inteligencia (ya que él no las encuentra tan brillantes), para seguir sintiéndose feas y desmañadas (porque eso es lo que le parece a él) y para terminar solas (porque él ya les ha convencido de lo malvada que es su familia y amistades). Y ojo que esto pasa también entre jefes y empleadas, más de lo que se cree.

Son contratos tácitos y el problema es que se firman también tácitamente. De ese modo, cualquier maltrato, violación o escarnio, puede hacerse pasar por amor, ternura y broma. De hecho en alguna cadena de televisión en España, avanzan a pasos agigantados en hacer ver a los espectadores como tierno, divertido y auténtico, lo que no es sino indestuoso o cruel. Una vez que el espectador ha firmado el contrato… traga lo que sea, hasta una madre y un hijo pre-púber o púber cantándose canciones de amor erótico mirándose a los ojos. Hemos de decir que el presentador de este programa que suele emocionarse mucho, comentó el otro día tras una de estas canciones eróticas cantadas entre madre-hijo que hay que ver lo distinto que es el sentido de estas letras cuando lo canta una pareja o unos familiares.

Pues eso, que el sexo de Grey no deja de ser eso mismo… bastante gris, monótono y aburrido, por mucho que escritoras como la autora de esta novela de moda haya conseguido excitar las ansias de tantas jovencitas… Y es que los espectadores cada vez se fijan menos en la letra pequeña antes de firmar.

1 Robert Lévy es psicoanalista y formador de psicoanalistas en Paris y en Madrid.

2 En relación con el gusto de algunas mujeres por los malotes, ver nuestra entrada King Kong y el padre de la horda en: http://wp.me/p2EKBM-a3