Lo in, lo a, lo ex, lo off… ¡Uffff!

Lo “in”, lo “a-“, lo “ex”. En este momento no se nos ocurre mejor forma de llamar a lo que no va bien en la vida de cada uno, o a lo que simplemente no va, que con esas partículas que son toda una amenaza de desposesión, de sustracción, de final. Proponemos dar provisionalmente estos nombres tan escuetos a esa especie de sombra que nos acompaña a cada uno.

Ante esa sombra, cada uno reaccionará de un modo. Algunos la integran como parte de sí mismos. Otros negarán todo lo que les huele a falta, a carencia, a imposibilidad. Por ejemplo, Humpty Dumpty en la novela Alicia al otro lado del espejo, inventó el in-cumpleaños (o no-cumpleaños, según las versiones), que eran todos los días que no eran el cumpleaños, astucia que le permitía no cumplir años y, de todos modos, recibir los regalos. Listo que era el famoso huevo, pero también bastante perverso, ya que para no cumplir años sólo hay una manera que es morirse, ley que implica un imposible lógico[1], el de no poder impedir que los años se cumplan si no es de ese modo, ley que Humpty Dumpty se pasa por el arco de triunfo para poder seguir manteniendo su idea. Desde luego que sólo mantendrá la idea, porque lo que es años, cumplirá uno tras otro mientras viva, como cualquier hijo de vecino.

Hace algo más de cien años, una adolescente se encontró en la ropa interior una mancha de sangre. A ella nadie le había advertido de lo que podía ocurrirle a esa edad, así que, al igual que aquel personaje de Lewis Carroll, decidió también negar que la vida seguía su curso, prefiriendo mantenerse como eterna niña para su mamá, a riesgo de quedarse atrapada al otro lado del espejo. Entonces se tumbó boca arriba en la cama y levantó las piernas para que la sangre se le quedara dentro. Ella no quería lo “no”, lo “in” que supone la vida sexual adulta, lo que no se abarca, lo que no se controla, lo que siempre parece hacernos vivir por encima de nuestras posibilidades psíquicas.

Hay también otros modos de negar lo que no se puede. No se puede ir con un coche a doscientos por hora por una autopista en la que está lloviendo y en la que hay muchas manchas de aceite. No se puede, en el sentido de que no se debe porque se corre un gran riesgo si se hace. Y cuando uno no frena con la intención, intentará frenar con los frenos del coche. Y si estos no son suficientes, terminará siendo frenado por la mediana… con los consiguientes resultados catastróficos.

Por eso nos alarma a veces la frase de muchos jóvenes y no tan jóvenes: “¡No pasa nada!”, cuando alguien les advierte de un peligro. Es una especie de santo y seña de la estupidez que les permite negar las consecuencias de sus actos temerarios. Porque en realidad, antes de que pasen las cosas, no podemos saber lo que va a pasar porque no existen los resultados previos… otro imposible lógico.

Lo que no va, lo llevamos incluido de partida en el lote desde el nacimiento, aparte de otros detalles que aparecerán después. También llevamos de fábrica la promesa de que la vida va a terminar mal. Cualquier fruta deliciosa tiene en su núcleo un hueso duro que nos impide morderla a placer y por eso desde niños aprendemos a ir mordisqueando la vida. Mordamos entonces con fruición… y con sabiduría para no dejarnos los dientes.


[1] Los imposibles lógicos es un concepto que Moustafá Safouan desarrolla en su libro Estudios sobre el Edipo.

La pulverización del discurso

Tomamos este concepto de “pulverización del discurso” de nuestro colega Guy Dana[1], psicoanalista en Paris y un gran maestro en el tratamiento de las psicosis.

Freud nos dijo que en el inconsciente no hay contradicción, así que dos pensamientos opuestos pueden coexistir.  Lacan nos advirtió que cuando un emisor lanza un mensaje, no es ese mensaje lo que percibe el receptor (y eso porque cada uno escucha del otro lo que uno ya tiene en la cabeza… o sea, que no escucha al otro verdaderamente sino lo que uno imagina que el otro ha dicho o debería decir). Sin embargo cabría esperar que en una misma frase no existan dos conceptos contradictorios, o bien ¿para qué hablarnos los unos a los otros si nunca sabremos a qué atenernos?

Tomaremos este concepto de “pulverización del discurso” para hablar de un fenómeno de entre los muchos que se vienen produciendo en el lenguaje en las últimas décadas: el lenguaje de algunos políticos.

Hoy que es el Día de la Mujer trabajadora (como si hubiera mujeres de otro tipo), recordaremos lo que dijo hace ya muchos meses un ministro español. Hablaba del aborto y decía que hoy día se produce una “violencia estructural” hacia las mujeres que las conminaba a abortar. La verdad… es que tenía razón.

En efecto, los psicoanalistas escuchamos en las consultas a muchas mujeres que vienen deprimidas o desesperadas por tener que abortar y cuando les preguntamos si quieren hacerlo, algunas dicen que quieren hacerlo a su pesar (pocas veces han venido a vernos mujeres que quisieran abortar sin ningún tipo de disgusto) y otras dicen que no, que lo que pasa es que su madre, su abuela, sus amigas, le dicen que es muy joven, y/o que un hijo ahora va a impedir que siga formándose para tener un buen trabajo en el futuro, etc. y que tienen razón, pero que ella siente un desgarro inmenso de tener que abortar y no se atreve a llevarles la contraria. En fin, que a pocas mujeres de su entorno se les ocurre preguntarle si quiere tenerlo y, en ese caso, ofrecerle su apoyo para que lo consiga, dado que toda mujer que quiera tener a su hijo, debería poder hacerlo, del mismo modo que la que quiera abortar, debería tener una ley que la ampare. Hemos escuchado incluso a una mujer decirle a su hija que si se le ocurría tenerlo, la echaría de casa. Por el estado en que vienen dichas mujeres podemos afirmar que se ejerce una violencia estructural sobre ellas.

Ahora bien, resulta que el Sr. Ministro, en lugar de implementar un Servicio de atención a las mujeres que quieren abortar, con psicólogos que las escuchen y las sostengan en su decisión, sea cual sea, aprovechó un hecho verdadero para poner dificultades a las mujeres que quieren abortar, que las hay también. Entonces, Sr. Ministro, un poco de coherencia en su discurso, ¿no? Porque si usted no quiere que se mermen los derechos de las mujeres y que no haya violencia sobre ellas, no debería quitar derechos a las que quieren abortar. Eso es borrar con el codo lo que escribe con la mano y usar violencia estructural contra las mujeres usted mismo.

Nosotros seguimos una máxima común entre los psicoanalistas que dice que una persona sana es la que mantiene una coherencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace. Usted no la mantiene entre lo que dice y lo que hace, Sr. Ministro.

Otro ejemplo de pulverización del discurso lo encontramos en el Sr. Presidente del Gobierno cuando hace unos días comentó ante los micrófonos: “Todo lo que se refiere a mí y que figura allí y a algunos compañeros míos de partido que figuran allí, no es cierto, salvo alguna cosa que es lo que han publicado los medios de comunicación”. Y añadía a continuación: “Dicho de otra manera, es total y absolutamente falso“.

Pues no, Sr. Presidente, no es dicho de otra manera, sino de la misma manera en la que empezó a hablar y que supone todo un atentado a la veracidad, a la lógica y al bien decir. A ver, tal como enseñaba Barrio Sésamo a los niños de los años 70: Todo es = todo. Si algo falta, si hay una salvedad, entonces todo no es = todo. Puede ser casi todo, pero no todo.

Podríamos citar más ejemplos, como el de la Sra. Portavoz del Gobierno: “La indemnización que se pactó fue en diferido, en forma de simulación en partes de lo que antes era una retribución, por lo que tenía que tener retención a la Seguridad Social”.

Podemos seguir por declaraciones de Ana Mato o de Ignacio González en que sostienen que apoyan la sanidad pública mientras en los hechos la privatizan…

No se trata en estos ejemplos del lenguaje de lo absurdo, como el de los Hermanos Marx que tenía la intención de hacer reír, tampoco el de los personajes de Alicia en el País de las Maravillas al otro lado del espejo, cuyo discurso angustia a más de un niño, pero que forman parte de la literatura. Ni mucho menos estamos ante un “Esto no es una pipa”, ese título del cuadro de Magritte en que aparece justamente eso, una pipa, y donde el autor nos obliga a deconstruir el lenguaje poniendo una barrera entre lo visual y lo sonoro. No, el lenguaje pulverizado es más bien la forma de expresarse de Mangeclous y otros personajes del escritor Albert Cohen, de una lógica totalmente psicótica y metonímica que, fuera de la literatura, resulta por completo inquietante.

Dice Guy Dana: El hábitat que constituye para el ser humano el lenguaje es pues determinante, pero hablar de hábitat quiere decir que el lenguaje es de hecho un orden que captura y ordena lo real. Un real que el lenguaje aleja al mismo tiempo que lo contiene

El lenguaje que inauguran los ejemplos anteriores y que va más allá de lo que desde siempre han sido las mentiras de los políticos, no constituye una barrera de confianza, de seguridad frente a lo real, frente al horror. Nos recuerda más bien esas situaciones que los psicoanalistas que trabajamos con las psicosis conocemos bien: la de un niño o niña que pregunta por qué el abuelito está pegando a la abuelita, y que su padre o su madre le dicen: “Aquí nadie está pegando a la abuelita”, mientras en el fondo de la habitación el abuelito está pegando a la abuelita. Sabemos los efectos devastadores que tiene para los niños la negación de la evidencia.

Esperemos para todos nosotros una nueva generación de “padres y madres de la Patria”, dotados de coherencia y bien decir.


[1] Guy Dana: Quelle politique pour la folie?, Ed. Stock, Paris 2010.