El lenguaje de hoy no es el bien decir

Es increíble cómo se nos van contagiando los nuevos modos de hablar y cómo estos nuevos modos reflejan el estado maltrecho del sujeto en la España de hoy. Y no nos referimos al discurso pulverizado de los políticos sobre el que ya escribimos en este blog (‘El lenguaje pulverizado’), sino a esos modos de hablar que se nos van inoculando sin darnos cuenta. De creer a Freud cuando decía que se empieza cediendo en las palabras y se termina cediendo en las cosas, estos modos de hablar actuales tendrán consecuencias sobre las personas.

Entre esos modos se encuentra el exceso con que se usa el infinitivo. Un ejemplo es cuando un conferenciante inicia su discurso diciendo: “Decir que voy a hablarles hoy de…”. O bien el meteorólogo cuando dice: “Comunicar que el tiempo está hoy revuelto”. Ese ‘decir’ ese ‘comunicar’ son raros y ¿son necesarios? No. ¿A qué responden? Vamos a pensarlo. El infinitivo es justamente el tiempo verbal que no señala a ninguna persona del singular ni del plural, ni tampoco el enunciado de un sujeto. ¿Se tratará entonces de eludir lo subjetivo? ¿Es que así no hay responsabilidad sobre lo dicho? ¿Será que hablar sale gratis? Pues es de lo más surrealista pensar en un altavoz que emitiera comunicados que salieran de otro altavoz a él conectado, el cual emitiera comunicados de otro altavoz… etc.

En los ejemplos anteriores lo correcto sería: “Hoy voy a hablarles de” (suponiendo que fuera necesario avisar de lo que se va a hablar en lugar de hacerlo directamente, claro)… o bien, “Les comunico que el tiempo hoy está revuelto”. Esto hace que haya alguien que se responsabiliza del enunciado, de lo que va a decir y que pone a prueba ante algunos otros el acierto en sus cálculos científicos para poder predecir el tiempo que hará. Alguien que se juega, vamos. Y no me negarán que, al menos en España, cada vez las personas se responsabilizan menos de lo que hacen y de lo que dicen y de sus consecuencias.

Otro modo moderno de hablar es decir “Voy a agarrar lo que es esa silla”, cuando lo que van a hacer es agarrar esa silla, y no ‘lo que es’ esa silla, como si fueran filósofos griegos que trataran de captar la esencia numénica de la silla. Un antiguo presidente del gobierno decía por ejemplo: “tenemos lo que es un problema económico en España”, lo que terminó puliendo aun más al decir: “tenemos lo que viene siendo un problema económico en lo que es España”. Es dramático porque no se sabe si lo que viene siendo, cuando te despiertes mañana ya no es… y yo con estos pelos…

Desde hace un par de años ocurre otro fenómeno y es que las palabras parecen haberse convertido en objetos que se pueden mover de sitio. Una estaba acostumbrada a expresiones como ‘lo dijo Blas, punto final’ o ‘lo escrito, escrito queda’, frases que mostraban el peso que tiene una palabra una vez dicha. Pero que tenga peso, no es lo mismo que ser una cosa que se traslada de un sitio a otro. Escuchamos hoy: “El ministro trasladó el sentimiento de las víctimas al Presidente del Gobierno”; aunque también podría ser: “Le trasladé a tu madre que ibas a guisar pollo”. Pero aunque la capacidad para la metáfora nos surta de tragaderas importantes en relación con el lenguaje, ¿por qué ‘trasladar’ en lugar de ese verbo magnífico que es ‘decir’? Y dónde lo trasladan, ¿en el carrito de la compra? Sugiero mejor unas parihuelas por lo enfermo que dejan al lenguaje de tan empobrecido y lerdo.

Por otro lado, es interesante y temible ver cómo el capitalismo penetra todas las estructuras y, ‘como no puede ser de otro modo’ (frase repetida por los personajes públicos desde hace unos cinco años y, ahora ya, por todos los demás bobos) también la del lenguaje. Resulta que escuchamos hoy una noticia según la cual los hermanos Wachowski, creadores de la trilogía de Mátrix, han decidido crear una nueva trilogía cinematográfica. ¡Shhhhhh!, a ver, a ver… Un director crea una película porque intenta transmitir algo personal, le sale estupenda, gran taquilla, se siente genial, ve ahí un filón y crea la segunda parte, y como sigue la racha, una tercera, luego un remake, etc. De ese modo va cumpliendo con su deseo, financiándose, haciéndose un nombre para encontrar más financiación para hacer su sueño… lo suyo, vamos. Ahora bien, si ya de entrada pensamos en crear una trilogía es que en lo que estamos pensando es sólo en el vil metal y en la fama o, por ponernos al nivel de los clásicos griegos a los que nombrábamos más arriba, en la numismática.

Porque no sabes si el film va a ser bien acogido, si va a gustar, a interesar, además te quedó algo por decir y seguro que en la próxima lo vas a expresar mejor… Es como si los Wachowski pasaran ya de ‘lo que venía siendo’ su deseo, para ‘como no podía ser de otro modo’ en Occidente, dedicarse al pensamiento único y a partir de ahora se pusieran a enlatar tres pelis por una, como los calzoncillos de Alcampo, o como quien hace churros en la feria de mi pueblo. ¿No era hacer cine lo que les gustaba? Ah, no, que estos eran de los que iban sólo a ‘la pela’, como llamábamos antes a la peseta, a la cultura del ‘pelotazo’ y tal. Oye, los Wachowski que hagan lo que les dé la gana, aquí sólo mostramos un pelín de decepción por el camino que van tomando las cosas en este mundo que es también el nuestro.

Ante tanto ramplonismo sin chispa, citamos para terminar a Rainer María Rilke, uno de esos antiguos que escribían porque les gustaba : ¿Es posible que a pesar de las invenciones y progresos, a pesar de la cultura, la religión y el conocimiento del universo, se haya permanecido en la superficie de la vida? ¿Es posible que se haya, incluso, recubierto dicha superficie -que, después de todo, aún habría sido algo-; que se la haya recubierto de un tejido increíblemente aburrido, que la hace parecerse a muebles de salón en vacaciones de verano?”.

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La pulverización del discurso

Tomamos este concepto de “pulverización del discurso” de nuestro colega Guy Dana[1], psicoanalista en Paris y un gran maestro en el tratamiento de las psicosis.

Freud nos dijo que en el inconsciente no hay contradicción, así que dos pensamientos opuestos pueden coexistir.  Lacan nos advirtió que cuando un emisor lanza un mensaje, no es ese mensaje lo que percibe el receptor (y eso porque cada uno escucha del otro lo que uno ya tiene en la cabeza… o sea, que no escucha al otro verdaderamente sino lo que uno imagina que el otro ha dicho o debería decir). Sin embargo cabría esperar que en una misma frase no existan dos conceptos contradictorios, o bien ¿para qué hablarnos los unos a los otros si nunca sabremos a qué atenernos?

Tomaremos este concepto de “pulverización del discurso” para hablar de un fenómeno de entre los muchos que se vienen produciendo en el lenguaje en las últimas décadas: el lenguaje de algunos políticos.

Hoy que es el Día de la Mujer trabajadora (como si hubiera mujeres de otro tipo), recordaremos lo que dijo hace ya muchos meses un ministro español. Hablaba del aborto y decía que hoy día se produce una “violencia estructural” hacia las mujeres que las conminaba a abortar. La verdad… es que tenía razón.

En efecto, los psicoanalistas escuchamos en las consultas a muchas mujeres que vienen deprimidas o desesperadas por tener que abortar y cuando les preguntamos si quieren hacerlo, algunas dicen que quieren hacerlo a su pesar (pocas veces han venido a vernos mujeres que quisieran abortar sin ningún tipo de disgusto) y otras dicen que no, que lo que pasa es que su madre, su abuela, sus amigas, le dicen que es muy joven, y/o que un hijo ahora va a impedir que siga formándose para tener un buen trabajo en el futuro, etc. y que tienen razón, pero que ella siente un desgarro inmenso de tener que abortar y no se atreve a llevarles la contraria. En fin, que a pocas mujeres de su entorno se les ocurre preguntarle si quiere tenerlo y, en ese caso, ofrecerle su apoyo para que lo consiga, dado que toda mujer que quiera tener a su hijo, debería poder hacerlo, del mismo modo que la que quiera abortar, debería tener una ley que la ampare. Hemos escuchado incluso a una mujer decirle a su hija que si se le ocurría tenerlo, la echaría de casa. Por el estado en que vienen dichas mujeres podemos afirmar que se ejerce una violencia estructural sobre ellas.

Ahora bien, resulta que el Sr. Ministro, en lugar de implementar un Servicio de atención a las mujeres que quieren abortar, con psicólogos que las escuchen y las sostengan en su decisión, sea cual sea, aprovechó un hecho verdadero para poner dificultades a las mujeres que quieren abortar, que las hay también. Entonces, Sr. Ministro, un poco de coherencia en su discurso, ¿no? Porque si usted no quiere que se mermen los derechos de las mujeres y que no haya violencia sobre ellas, no debería quitar derechos a las que quieren abortar. Eso es borrar con el codo lo que escribe con la mano y usar violencia estructural contra las mujeres usted mismo.

Nosotros seguimos una máxima común entre los psicoanalistas que dice que una persona sana es la que mantiene una coherencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace. Usted no la mantiene entre lo que dice y lo que hace, Sr. Ministro.

Otro ejemplo de pulverización del discurso lo encontramos en el Sr. Presidente del Gobierno cuando hace unos días comentó ante los micrófonos: “Todo lo que se refiere a mí y que figura allí y a algunos compañeros míos de partido que figuran allí, no es cierto, salvo alguna cosa que es lo que han publicado los medios de comunicación”. Y añadía a continuación: “Dicho de otra manera, es total y absolutamente falso“.

Pues no, Sr. Presidente, no es dicho de otra manera, sino de la misma manera en la que empezó a hablar y que supone todo un atentado a la veracidad, a la lógica y al bien decir. A ver, tal como enseñaba Barrio Sésamo a los niños de los años 70: Todo es = todo. Si algo falta, si hay una salvedad, entonces todo no es = todo. Puede ser casi todo, pero no todo.

Podríamos citar más ejemplos, como el de la Sra. Portavoz del Gobierno: “La indemnización que se pactó fue en diferido, en forma de simulación en partes de lo que antes era una retribución, por lo que tenía que tener retención a la Seguridad Social”.

Podemos seguir por declaraciones de Ana Mato o de Ignacio González en que sostienen que apoyan la sanidad pública mientras en los hechos la privatizan…

No se trata en estos ejemplos del lenguaje de lo absurdo, como el de los Hermanos Marx que tenía la intención de hacer reír, tampoco el de los personajes de Alicia en el País de las Maravillas al otro lado del espejo, cuyo discurso angustia a más de un niño, pero que forman parte de la literatura. Ni mucho menos estamos ante un “Esto no es una pipa”, ese título del cuadro de Magritte en que aparece justamente eso, una pipa, y donde el autor nos obliga a deconstruir el lenguaje poniendo una barrera entre lo visual y lo sonoro. No, el lenguaje pulverizado es más bien la forma de expresarse de Mangeclous y otros personajes del escritor Albert Cohen, de una lógica totalmente psicótica y metonímica que, fuera de la literatura, resulta por completo inquietante.

Dice Guy Dana: El hábitat que constituye para el ser humano el lenguaje es pues determinante, pero hablar de hábitat quiere decir que el lenguaje es de hecho un orden que captura y ordena lo real. Un real que el lenguaje aleja al mismo tiempo que lo contiene

El lenguaje que inauguran los ejemplos anteriores y que va más allá de lo que desde siempre han sido las mentiras de los políticos, no constituye una barrera de confianza, de seguridad frente a lo real, frente al horror. Nos recuerda más bien esas situaciones que los psicoanalistas que trabajamos con las psicosis conocemos bien: la de un niño o niña que pregunta por qué el abuelito está pegando a la abuelita, y que su padre o su madre le dicen: “Aquí nadie está pegando a la abuelita”, mientras en el fondo de la habitación el abuelito está pegando a la abuelita. Sabemos los efectos devastadores que tiene para los niños la negación de la evidencia.

Esperemos para todos nosotros una nueva generación de “padres y madres de la Patria”, dotados de coherencia y bien decir.


[1] Guy Dana: Quelle politique pour la folie?, Ed. Stock, Paris 2010.