Los Centros Médico PsicoPedagógicos en Francia

Me parece importante firmar esta petición que desde la Asociación Análisis Freudiano/Analyse Freudienne hemos lanzado en Change.org: https://www.change.org/p/agn%C3%A8s-buzyn-manifeste-pour-la-pr%C3%A9servation-des-cmpp-et-la-libert%C3%A9-d-exercice-de-ses-acteurs

Es importante porque supone defender la libertad de los y las profesionales de la salud mental y de las y los pacientes que serán escuchados en su singularidad, y no como cerebros enfermos a los que se aplica la misma terapia que a otras personas que tienen los mismos síntomas, como si los síntomas no tuvieran que ver con la subjetividad de cada uno y cada una. En cuanto a los y las profesionales, se trata de defender su capacidad para elegir cómo tratar a quien viene a consultarles en función de lo que escuchan de ellos, y no en función de lo que un manual o una autoridad que no los conoce ni escucha, dice que hay que hacer con ellos y ellas.

Por otro lado, lo que está ocurriendo en Francia ahora, es una tendencia generalizada en todo el mundo occidental que ahora llama hiperactivos o trastornados de oposición a quienes antes llamaba “niños” o “adolescentes”, y cree que tiene depresión quien solamente está triste o está en duelo, un mundo que está hiperdiagnosticado e hipermedicalizado. Defender los CMPP franceses es luchar porque esto no termine por ocurrir en España más de lo que está ya pasando.

Esto de abajo es la traducción del texto del mensaje publicado en Change.org en francés.

MANIFIESTO PARA LA PRESERVACION DE LOS CENTROS MÉDICO-PSICOPEDAGÓGICOS Y LA LIBERTAD DE EJERCICIO DE SUS PROFESIONALES
 
La Alta Autoridad de Salud de Francia (HAS) acaba de publicar una guía sobre los Trastornos Específicos del Lenguaje y de los Aprendizajes (TSLA), que promulga una verdad de Estado: los trastornos “dis” (dislexia, discalculia, disgrafía… etc.), los TSLA, serían consecuencia de trastornos cognitivos específicos del neurodesarrollo.

La Alta Autoridad de Salud de Francia, establece en dicha guía “protocolos de cuidados”, a los que todo profesional o estructura debe conformarse a fin de respetar el pliego de condiciones, corriendo el riesgo de no ser reconocido por las Agencias Regionales de Salud que financian y controlan la aplicación de estas directivas. La organización tecnocrática de esta planificación de los cuidados excluye toda opinión o toda práctica distinta de las prescritas por la HAS, la cual tiende a uniformizar progresivamente y controlar soberanamente la totalidad del campo de los cuidados psíquicos.

Los profesionales de los Centros Médico Psico Pedagógicos, por la historia y las prácticas específicas de estas instituciones —junto con la Educación Nacional, por ejemplo— han adquirido un saber sobre el trabajo con los niños y los padres a los que reciben en ellas. Esta guía de la HAS desprecia este saber, niega su libertad de elección de tratamiento y su responsabilidad. Reduce a los profesionales de los CMPP al papel de técnicos que sólo sirven para ejecutar procedimientos formateados por “expertos” cuya ideología tecnocrática se inspira en la Organización Científica del Trabajo del taylorismo o de las prácticas neo-empresariales. Los niños son reducidos ahí a su trastorno, o a ser cerebros dañados, lo que está lejos de cualquier dimensión subjetiva y significante.

Nosotros nos oponemos a estas guías unívocas y exclusivas que no sostienen ninguna complejidad ni controversia, ninguna pluralidad de las prácticas y diversidad de las referencias. La aplicación de estas guías y de estos recorridos de cuidados, firman la sentencia de la desaparición programada de los CMPP. Pedimos que la libertad y la responsabilidad clínica de los profesionales sean respetadas, que se reconozca la pluralidad de enfoques y abordajes, y que estos profesionales puedan ejercer su oficio sin ser confundidos con ejecutantes de una ideología oficial, autoritaria y absoluta.

Reaccionemos hoy a lo que se presenta como inevitable, puesto que mañana será demasiado tarde.

 

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Trauma y otras razones

Muchas son las personas adultas (con los niños suceden otras cosas) que vienen a mi consulta con algo que les produce sufrimiento y que están convencidas de que la causa es haber sufrido un ‘trauma’ en la infancia. Alguno de los casos que trató Freud y que se hicieron famosos en sus tiempos así lo hacían ver, pero también el cine en películas como ‘Recuerda’ o ‘Marnie, la ladrona’, de Hitchcock. Forma parte entonces de la cultura popular el que una vez descubierto ese trauma inconsciente y traído a la memoria de la persona que sufre, desaparecería su sufrimiento. Bueno, pues aunque no muchas, algunas veces sí que sucede así y es cierto que en el tratamiento psicoanalítico vuelven cosas a la memoria y que, como ahora la persona ya no es un niño o una niña sino un adulto, puede procesar eso que sucedió en la infancia con las herramientas psíquicas que ha adquirido al madurar. Digamos que se ha convertido por efecto de los años y del tratamiento psicoanalítico en alguien que por fin puede confrontarse con aquello.

Sin embargo, y aunque para el cine haya sido un recurso de lo más atractivo, no siempre la causa del sufrimiento psíquico está en acontecimientos traumáticos vividos en la infancia y que no se han podido procesar bien. Muchas personas vienen porque al cumplir los cuarenta años, o los cincuenta, o los sesenta, se plantean qué ocurrió con sus ideales y con las expectativas que tenían sobre lo que iba a ser su vida y se han dado cuenta de que no tenían ya por delante para realizarlas tantos años como antes. Eso les ha deprimido y, después de haber intentado un tratamiento con antidepresivos, sin que su vida cambiara casi nada,  han llegado a la consulta del psicoanalista y consiguen encarar las cosas de otra manera.

Otras vienen con síntomas físicos para los que los médicos no han encontrado ninguna razón orgánica y quieren que cese su malestar. Otras, sobre todo mujeres, porque durante tiempo el hombre de su vida les ha prometido darles un lugar ‘oficial’ y no seguirlas manteniendo en secreto… pero ese momento parece no llegar nunca, lo que a ellas les produce angustia y, al cabo de un tiempo, depresión. O porque la relación con alguno de sus hijos va cada vez peor y no saben por qué las cosas no se enderezan.

También vienen jóvenes que no consiguen que llegue nunca ese momento de volar con sus propias alas y con mucho miedo para enfrentarse al mundo del trabajo, al mundo adulto que se presenta ante sus ojos como con reglas muy distintas de las que ellos conocen y que no saben manejar.

Una pareja que se acaba, otra que no termina de arrancar, las causas por las que una persona viene son infinitas. Eso sí, si buscamos la razón por la que sus sufrimientos, vengan o no de la infancia, no han podido ser gestionados de manera saludable, vamos a encontrarnos con situaciones que tienen que ver con la infancia aunque no sean forzosamente traumáticas.

Y ahí el psicoanálisis es como si todo el mundo pudiera tener otra oportunidad, más allá de si se tienen veinte, cincuenta o noventa años. Otra oportunidad para no amargarse la vida, para poder vivir según el propio deseo que, finalmente y aunque no sea fácil, es de lo que se trata.

Hiperactividad – Déficit de atención

Ya desde la guardería, incluso en el parque adonde acuden los padres y madres con los niños, escuchamos con frecuencia decir “este niño es hiperactivo”, a veces de niños pequeñísimos. Y lo dicen sin sonrojarse ni nada. Si se nos ocurre mirar hacia el niño, veremos a un chavalín, o a una nena despiertos, inquietos, curiosos, incluso algunos francamente traviesos, incluso un poco insufribles. Pero nunca, en esos casos en que lo hemos escuchado en el terreno social, y casi nunca en el profesional, hemos visto que dicho niño o niña fueran hiperactivos.

Y es que a la gente le parece que hablar normal y ser prudentes es un desdoro, que les hace parecer incultos, y por eso ya no se puede decir: “qué niño más travieso”, que parece anticuado hablar así, sino que se usa la palabra como si fueran acciones, insultando, diagnosticando, amenazando, y usando términos que son diagnósticos. Pero esos mismos padres y madres, o profesionales de la educación, seguramente no dirían con esa facilidad y en un parque delante de todo el mundo: este niño es un tuberculoso, o canceroso. ¿Por qué entonces se permiten diagnosticar sobre características psíquicas o del carácter? ¿Y por qué los psicólogos y psiquiatras españoles han vuelto sus ojos hacia la psiquiatría americana, en lugar de hacerlo, como antes, a la europea, que considera cualquiera de estas manifestaciones como un síntoma de algo que merece la pena ser explorado, y no como un trastorno a diagnosticar y medicar?

Qué problema, además, diagnosticar con tanta soltura, cuando desde los laboratorios farmacéuticos lo que se pretende es vender su sustancia Ritalina, comercializada con diversos nombres en distintos países (en España el extendido Concerta). Y qué daño se hace a los niños a los que se empieza a medicar bien pequeños. Eso sí, qué tranquilos quedan sus profes sin tanto revoltoso en su clase, y qué relajados sus padres que pueden dormir tranquilos. Y no digamos algunas madres con toques de lo que se suele diagnosticar como Munchausen, de esas que se muestran encantadas de victimizarse ante otras mamás por tener un hijo o hija enfermos.

A los psicoanalistas, a los psicólogos y psiquiatras, nos llegan muchas veces menores que han sido diagnosticados previamente por sus profes de guardería, del colegio, por sus familiares o vecinos. Y lo que nos encontramos en un noventa por ciento de las ocasiones son niños faltos de educación, a los que sus padres tienen miedo de limitar y, si lo hacen, sólo es con amenazas, y no con razonamientos. España es un país en el que no es fácil hablar sin proferir amenazas, pegar gritos o sentar cátedra. El amor por los razonamientos, por el sonido y el “tempo” de las palabras que los mayores emplean, cuando hay costumbre de ello en una familia, produce niños y niñas con capacidad de razonar y por lo tanto, con facilidad para dejar que pase un tiempo entre el momento de la ocurrencia y el de la acción. Ya es bastante difícil para un niño tener que aguantarse las ganas de hacer todo lo que se le pasa por la cabeza, pero si además no se le ha acostumbrado a pensar, a dudar, a resolver esas dudas con pensamiento, no habrá ningún motivo para que no lo actúe todo. Tengamos en cuenta, además, que tanto en la infancia como en la adolescencia, ellos están fraguándose como sujetos, discriminándose de sus mayores, y pasan por momentos de gran rebeldía, de oponerse a todo. Sí, es una pesadez, y para algunos padres una auténtica pesadilla, pero forma parte de los contratiempos de ser padres o de ser profesores.¿Es que los mayores no estamos dispuestos a pagar el precio por nuestras elecciones? ¿Y cómo queremos entonces que los niños paguen siendo disciplinados?

Evidentemente, no es sólo la falta de educación la causa de que algunos niños sean en exceso inquietos. Otras veces los niños, con su exceso de actividad (obsérvese que me niego a usar el habitual término diagnóstico), lo que intentan inconscientemente es sacar de su depresión a una madre o un padre hundidos en la tristeza. Otras, encontramos en la historia familiar a personas fallecidas por las que no se ha podido hacer el duelo, y un niño al que se le ha encomendado la tarea (inconscientemente, por supuesto), de representar a ese fallecido y volverlo a la vida. Ese niño, o esa niña, a los que se les ha echado una auténtica losa encima al encomendarles representar a un muerto, si tienen ni bien sea un adarme de salud mental, harán todo lo posible para demostrar que ellos no son un muerto, que están bien vivos, y lo demostrarán agitándose (es famoso el caso de Salvador Dalí, al que sus padres pusieron el nombre de un hermano muerto, y que con su modo de hacer estrafalario, él decía que se esforzaba en no ser el Salvador muerto).

Y en estos casos, y otros que hemos encontrado en nuestra carrera profesional, en los que se aprende mucho sólo de escuchar a los niños y sus padres, ¿de verdad se trata de medicar a los niños, de silenciarlos, o bien de hacerlos hablar a ellos y a sus familias de las circunstancias en las que todos están metidos sin darse bien cuenta del porqué, y permitirles con el solo uso de la palabra salir de ese estado?

Finalmente, hay algunos casos de niños que debutan muy temprano con sintomatología psicótica que a veces se manifiesta con lo que puede parecer a simple vista hiperactividad, pero que en realidad es una imposibilidad para incorporar cualquier tipo de restricción impuesta por la educación, no por rebeldía, sino porque no pueden incorporar en su mente esas restricciones. Muchos de esos niños son mal diagnosticados de Hiperactividad, por no querer los profesionales arriesgar una hipótesis de Psicosis, y son medicados con Concerta, en lugar de tratarlos ayudándolos mediante la palabra para evitar que la Psicosis vaya para adelante.

En cuanto al Déficit de atención -salvo en algunos casos de debilidad mental u otros problemas más graves en que la hiperactividad es simplemente un síntoma, no un trastorno-, lo hemos comprobado siempre en niños y niñas con un mundo interior muy rico, que han tenido que enfrentarse a duelos tempranos (por una muerte familiar, por una enfermedad grave, por manifestar una diferencia física con los niños de su edad), los han resuelto bien y eso les ha dejado un poso de profundidad interior que hace que muchas veces atiendan más a su interior (mucho más interesante para ellos) que a lo que sus profesores o padres les están diciendo. Ocurre también en niños y niñas muy “acosados” por sus mayores que les reclaman que respondan a sus expectativas. Padres y madres poco relajados que no conciben que sus hijos e hijas no cumplan a rajatabla sus propios ideales, lo que provoca a veces simplemente que sus hijos mientan, pero otras veces un repliegue al interior de éstos ya que, como nos dijo Freud hace más de cien años, la interioridad, el pensamiento consciente o inconsciente, no son sino lugares de resistencia, para mantenerse libres frente al entorno.

Esto es desesperante para los mayores, sí, en efecto, lo es. Nos solidarizamos con ellos. Pero ¿seguro que hay que diagnosticar como trastorno y medicar estos casos? ¿No sería mejor relajarse un poco de tanta expectativa sobre los hijos? Y en el caso de los profesores, ¿no sería mejor poder aceptar las diferencias y encontrar modos de hacerse con ellas, alimentándolas y sacándoles partido? ¡¡¡Señores y señoras, son gajes del oficio!!!

Quiénes van al psicoanalista

Al psicoanalista vienen muchas personas que orientaron su vida de un modo mientras eran adolescentes o muy jóvenes, y que cuando están ya cerca de los treinta años o de los cuarenta, se dan cuenta de que, aunque aparentemente han hecho lo que debían, el camino que siguen no es del todo suyo, que no se sienten contentos ni cómodos con la vida que llevan, que la alegría parece haber escapado por la ventana, pero no se encuentran con fuerzas para salir de ahí ellos solos y cambiar el rumbo. También personas que creyeron que el futuro les entregaría una vida estupenda según sus merecimientos… y encuentran al contrario que la vida no da nada si uno no hace lo necesario. A todos ellos, el psicoanálisis los sostiene en su búsqueda o en su decisión de poner los pies en su verdadero camino que es un camino del que nadie puede saber nada porque no se ha recorrido aún.

Vienen también personas que tienen una vida lo bastante satisfactoria, pero a quienes de pronto les surge un síntoma que les produce mucha inquietud, o bien que les impide realizar sus tareas cotidianas con facilidad. Se encuentran en este grupo quienes de pronto empiezan a tener lo que se llama fobias, que no es sino un miedo irrefrenable a subir en ascensor, o en avión, o a los perros, o a las cucarachas… a cualquier cosa se le puede tener ese tipo de miedo, incluso a cosas que para otros son bonitas. Pero también podemos poner aquí los tics, los síntomas físicos como jaquecas repentinas a las que el médico de cabecera o los especialistas no encuentran motivo, problemas de la piel; o bien el fracaso continuado en el emprendimiento de proyectos. También podemos situar aquí a personas que acaban siempre sintiéndose excluidos, o peleándose con sus amigos, sus compañeros de trabajo, la familia… aunque ellos sienten que se comportan correctamente con los demás. El psicoanálisis les ayuda en unos casos a sostenerse sin necesidad de hacer síntomas y en otros a ver más claramente la realidad sin filtros deformantes.

Vienen por supuesto niños y niñas traídos por sus padres. Menores casi siempre muy despiertos, pero que han empezado a desarrollar o bien algún síntoma (el fracaso escolar, hacerse pipí en la cama, no poder comer de nada, no querer salir de casa por miedo a algún animal… etc.), o bien algún comportamiento como la agresividad contra los mayores o contra los hermanos pequeños, que ha conseguido alterar ya sea la vida del menor, o la de la familia. El psicoanálisis ayuda a los padres a ayudar a su hijo o hija a clausurar etapas infantiles, y otras veces ayuda a los hijos e hijas a encontrar su propio lugar sin necesidad de tantos problemas.

Por supuesto vienen también adolescentes que mantienen una relación de excesivo encono con sus mayores y no por eso terminan de encontrarse bien en su piel, o los que se quedan pegados al ordenador o al móvil hasta el punto de perder su vida social, o no animarse a establecer relaciones afectivas. En general los que no pueden tirar para adelante en realizaciones de “adulto”. Hay también jóvenes que encuentran problemas a la hora de atravesar fronteras vitales y permanecen inhibidos, por ejemplo ante la salida del colegio (y por eso se eternizan en terminar sus estudios), o ante la terminación de los estudios previos a la vida laboral (y por eso les queda esa tonta asignatura que no les deja tener el título), o ante el tener que terminar una relación afectiva que no va bien (y por eso aguantan carros y carretas que les hacen sentir mal), problemas estos últimos que tienen que ver con el vacío que se abre ante todo el mundo frente una nueva etapa. No todo el mundo gestiona igual de bien los vacíos, pero el psicoanálisis les sirve para encontrar una mano que les sostiene en el salto a lo nuevo.

Vienen personas a quienes de pronto parece que la vida les hizo un movimiento extraño y ellos no entienden lo que pasa ni lo que están viviendo. El psicoanálisis les ayuda a evitar que caigan en crisis innecesarias, ayudándoles a reunir las herramientas necesarias para que, llegado el momento, puedan luchar con las solas armas del pensamiento y la palabra.

Y por supuesto vienen personas mayores, a veces muy mayores, que han perdido las ganas de seguirse sosteniendo saludables y con proyectos, que empiezan a abandonarse y, por lo tanto, a deprimirse, lo que se suele convertir en un infierno para ellas… y para sus familias. El psicoanálisis les ayuda a recordar cómo era cuando se sostenían sobre sus propios pies y les ayuda a recuperar el amor por sí mismas y la confianza en lo que aún puedan recorrer.