Mujeres expulsadas

Tres escenas y un comentario:

La primera escena tiene ya unos veinte años o algo más. Es una tira cómica de Quino que, por desgracia, no hemos podido encontrar ni siquiera en San Google. En la primera viñeta, un matrimonio entrado en años y en kilos, está tomando café mientras él lee un periódico. En la segunda, una joven, diminuta y estilizada bailarina salta de las páginas del diario y se pone a danzar grácil sobre las puntas por entre las tazas de café, ante la mirada sorprendida y fruitiva del marido, lo que es motivo de que la dama la mire con enfado. En la siguiente viñeta, la señora ha agarrado el diario y, tras enrollarlo, ha aplastado a la pobre bailarina cual simple mosca mientras el marido mira desolado sin decir nada.

La segunda escena aparece en un cuadro de Esquivel de 1847 llamado: “Abraham expulsando a Agar e Ismael”.

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En él aparece el patriarca expulsando a Agar y al hijo de ambos, Ismael. Quien conozca mínimamente la Biblia, sabrá que Agar había sido esclava de Sara, la mujer de Abraham, quien se la cedió a su marido para que procreara con él, ya que ella era estéril. Sin embargo dice el Libro que una vez nacido Ismael, hijo de Abraham y Agar, Dios hizo un milagro para que Sara pudiera tener también un hijo, y así concibió a Isaac. Poco después, Sara manipula a su marido para que éste expulse a la esclava y al bastardo (el pretexto es lo de menos, siempre se encuentra alguno). En el cuadro de Esquivel se ve cómo el patriarca los despide amablemente con una hogaza de pan y un odre de agua por todo material para atravesar el desierto mientras Sara, pintada en segundo plano, parece disfrutar con ello.

La tercera la encontramos en una obra de la escultora Camille Claudel: “La edad madura”. En ella vemos a un hombre maduro y atormentado arrastrado por una especie de bruja, una anciana que lo envuelve entre lienzos que podrían hacer pensar en un sudario, y se lo va llevando de los brazos de una mujer joven que, arrodillada, brazos tendidos, se resiste a dejarlo ir. Para quien no conozca la historia, aquí va. Rodin era el escultor más importante en el Paris de finales del XIX. Casado con Rosa, tenía varios discípulos en su taller que le hacían diversas partes de las esculturas: pies, manos, de modo que le ayudaban mientras aprendían. Uno de los ayudantes era Camille Claudel, jovencita de familia “bien” y buena escultora ella misma. La historia es banal: la jovencita se enamora del maestro que aprovecha lo que se le ofrece tan gentilmente. La relación incluyó algún que otro aborto de Camille porque ya sabemos que las consecuencias de no poner medios (tampoco había tantos como ahora) eran para las mujeres.

La edad madura

Finalmente, la relación con la joven dejó de ser tan cómoda y el maestro no quiso arriesgar una separación de su mujer. Mira por dónde, eso coincidió con momentos en que la artista empezaba a ser reconocida como una de las grandes por los críticos más vanguardistas de su tiempo: Octave Mirbeau, Mathias Morhardt… Y sucedió entonces que le encargaron a Camille un monumento dedicado a Blanqui, para lo que ella esculpió este conjunto de “La edad madura”. ¿Cuál fue el problema? Que antes de que fuera expuesta la obra, el gran Rodin vio reflejada en ella la realidad de su relación con la joven: una relación con riesgos, frente a su elección de un matrimonio sin deseo pero cómodo socialmente lo que, a partir de la exposición de la obra, iba a ser de dominio público. Fue entonces cuando maniobró para que se deshiciera el contrato con la artista evitando que se expusiera la obra.

Terminó el contrato, terminó la relación y la artista, ante esa doble pérdida (amorosa y profesional) siempre dura para una mujer pero más aún en aquellos tiempos, cayó en un estado delirante (que hoy sabemos que no tenía por qué ser psicótico) del que no pudo reponerse nunca. No pudo porque no encontró ni en su familia, ni en los médicos que la trataron, una comprensión de lo que pasaba y nadie supo o quiso dar legitimidad a su sufrimiento. A partir de ahí pasó la vida recluida en un asilo para enfermos mentales. Su madre nunca la visitó. Su hermano, Paul, el escritor, lo hizo de vez en cuando pero, no lo olvidemos, la herencia que le hubiera correspondido a la hermana, se la quedó él.

Tres escenas, tres mujeres expulsadas del lugar al que su deseo las había llevado con el consentimiento de un hombre que, simplemente, no quiso comprometerse con las consecuencias que hubiera tenido llevar adelante su propio deseo. Alguien dirá que siempre ha habido una mala en la historia: la mujer que aplasta a la bailarina, Sara, mujer de Abraham, y Rosa, la de Rodin. Sí, es cierto que muchas mujeres colaboran con los hombres para que eso ocurra, defienden su posición como si no hubiera sitio para todos pero, en cualquier caso, ellos lo permiten y se aprovechan. Para colmo, quedan como buenos.

Eran malos tiempos para las mujeres y su deseo, pero no olvidemos dos cosas: que en el mundo entero eso sigue ocurriendo (el que nadie dé legitimidad al deseo de las mujeres) y que, si siempre supone asumir riesgos que una mujer (o un hombre) se confronte con su propio deseo, cuando no lo hace, no siempre puede culpar a otros…

Dar el paso…

“A nuestros pacientes no les falta valor…

            Como dice Lacan: ‘Su deseo es nuestra demanda’[1]. Qué dificultad la de no abandonar el camino de sus deseos, la de franquear las fronteras y descubrir por sí mismo ese saber desconocido que es el inconsciente.

            Largar las amarras y, como Cristóbal Colón, partir al descubrimiento con el riesgo de perder las referencias de tiempo y espacio. Descubrir ese ser que es lo más íntimo, ese desconocido que desafía al cero como origen”.

            Del blog de Claude Breuillot: http://psychanalysebourgogne.wordpress.com/2014/02/05/lacan-psychanalyse-le-risque-du-naufrage/

@cbreuillot – @clbr71


[1] Lacan, J « El acto psicoanalítico », inédito.

Ese luminoso objeto del deseo

“La sonrisa te aletea en la cara como una mariposa”. Este esbozo de poema lo escribió el cartero de Pablo Neruda, aquel joven moreno y tímido que, en la novela de Skármeta (1), llevaba las cartas al poeta desterrado. El joven cartero estaba enamorado de Beatriz y quería poder comunicarle su amor con palabras tan hermosas como las que usaba el poeta y ella merecía.

            “Desnuda (…)Tienes líneas de luna, caminos de manzana (…)Tienes enredaderas y estrellas en el pelo” (2), le escribía el poeta a su amada y el cartero decidió que él quería aprender a hacer metáforas como esas.

Otra Beatrice, la amada del Dante (3), tan sólo con un levísimo aleteo de sus párpados —debido seguramente al temor pudoroso que le causara la mirada persistente y algo loquiza del poeta—, deja a éste perdido de amor para siempre. Qué fuerte. No es que nos queramos poner proustianos, pero es que fue sólo por el paso repetido de los párpados y pestañas (pongamos unas cuatro veces) por un recorrido entre medio y un centímetro. Quizá pudiéramos pensar también en el delicadísimo soplo que ese aleteo repetido produjo, un nanodesplazamiento de aire que milímetro a milímetro (imaginémoslo a cámara lenta y con el sonido de unas enormes alas batiendo) llegara a los labios del Dante y, cual pócima de amor, lo dejara embelesado a perpetuidad.

            Por desgracia no hemos sabido encontrar alabanzas equivalentes dedicadas por una mujer a su amado. Los comentarios de la protagonista de “50 sombras de Grey” preferimos ni mentarlos y no somos muy duchos en poesía actual, hecha desde que las poetas ya se han soltado el pelo.

¿O será que como dice alguno, las mujeres se enamoran más por el oído que por la vista? ¿Qué al final se quedan con el feo que las hace reír? Tendríamos entonces que dedicar algún comentario a esas frases de algunos hombres, frases con burbujas, con fuegos artificiales que por el arte de birlibirloque hacen estallar en mil pedazos el diafragma de severidad de las mujeres.

Hablamos en todos los casos del amor que desea, que busca la fusión con el amado o la amada, para siempre jamás y chimpún. Bueno, en fin, Dante decía que no, que él sólo quería amar a Beatrice por puro amor, sin deseo y tal, pero no sé yo, qué quieres que te diga…

 

Escuchamos decir a algunas personas New age que no se debe desear, que no hay que apegarse, que hay que ser super zen. ¿Seguro que lo han entendido bien? Que sepamos, lo que dicen algunos orientales es que, al no existir un objeto que satisfaga para siempre, no tiene sentido aferrarse para conseguir o para no perder a alguien hasta el punto de machacarse la vida (Véase nuestra entrada “El deseo” http://wp.me/p2EKBM-6z).

Otro que no lo entendió muy bien fue el prota del film “Herida” (en Francia lo llamaron “Fatal”, mucho más apropiado). Hay que ver el lío que hizo por no poder dejar las cosas como estaban y creerse que sólo había una persona en el mundo a la que tenía que conseguir como fuera y cayera quien cayese. Sólo cuando ya lo había perdido todo pudo decir esa frase del final que es todo un testamento que nos ofrece Louis Malle en la que creemos recordar que fue su última película: “Al final, ella era igual que todas”. ¡Anda, díselo al Dante y nos deja sin La Divina Comedia!

Tomarse las cosas del amor y del deseo con filosofía, es decir, con cierta distancia, no es lo mismo que renunciar. Como dice Caro: da tanta vidilla …

 

(1) Ardiente paciencia, de Antonio Skármeta. Ed. Sudamericana,Buenos Aires 1985.

Aquí las dos páginas que nos parecen las más bellas de la novela: http://www.um.es/tonosdigital/znum11/secciones/teselas-elcartero.htm

 

(2) Poemas de Neruda http://ficus.pntic.mec.es/~jmas0085/NERUDA.HTM

 

(3) La Divina comedia, de Dante Alighieri, O.C., BAC, 1994.

¿Se vuelve a llevar el amor?

Alguien nos dijo con rotundidad: “hoy el amor está devaluado”, haciendo alusión a los encuentros amorosos en Internet. Era tan rotunda la afirmación que se nos ocurrió ponerla a prueba preguntándonos: ¿es hoy como ayer el amor, o es diferente? Y la verdad es que no se nos ocurría qué decir.

En lo accesorio, vemos que en algunas papelerías siguen existiendo esas postales representando a una pareja de novios que se miran arrobados, algunas incluso con bordados y lentejuelas. También sigue celebrándose San Valentín todos los 14 de febrero. Los de nuestra generación que vivimos el mayo del 68, considerábamos francamente cursi todo lo relacionado con dicha festividad, mientras que hace muy pocos años se puso de moda en algunos Institutos que el 14 de febrero los chicos regalen una rosa a la chica que les gusta (¡un dramón para las que no reciben rosa!).

En cuanto a la manera de emparejarse, aparte de que ahora muchas parejas optan por inscribirse bajo el rubro “De hecho”, han venido a engrosar las filas de las relaciones oficiales los homosexuales de ambos sexos que ya no tienen que disimular el amor que los anima. Entonces parecen haber cambiado algunos modos, pero no vemos que haya cambiado nada en el fondo de la cuestión.

Un experto en comunicación nos dio la idea de una posible diferencia entre el antes y el ahora, al comentar que en los chat de Internet le parecía muy curioso que cuanto más joven era la gente, más soeces eran los comentarios, más burradas se decían. Quien quiere acceder a estas charlas de chat tiene que entrar con un alias en el que muchos intentan reflejar lo que es su punto de interés al chatear, por ejemplo, uno se llama “chicofacil”, otra “besucona”; otros buscan hacerse reconocer mediante un rasgo del Ideal del Yo: “Stradivarius”, “Picasso”, “Catalana”, mientras que el resto más faltos de imaginación o de esperanza se contentan con poner un nombre de pila, seguido a veces de un número que significa los años que tienen, o los que quisieran tener, porque los chat son un carnaval en el que cada uno presenta al otro los rasgos con los que les gustaría ser mirado.

Cuando éramos niños y Madrid era Eldorado para la gente que quería trabajar, los jóvenes venían a la capital desde otras provincias con la esperanza de labrarse un porvenir y los domingos acudían al baile de la Casa Regional de su provincia: la Casa de León, la de Guadalajara, etc., lo que les permitía conocer otros jóvenes o no tan jóvenes, hacer amigos, pareja, y encontrarse ‘como en casa’ en la capital. Lo cierto es que no he visto nada más parecido a esto que el Facebook, en el que uno puede buscar gente que hable valenciano o euskera, gente de su propia ciudad o no, de su misma edad o no y, del mismo modo en que de las Casas Regionales acababan por citarse algunas parejas fuera de ellas, hoy también hay gente que se cita para conocerse fuera de la red.

Volviendo a lo que nos decía el comunicador, en la red de los adolescentes, incluso de los niños mayores, se da bastante descontrol pulsional. Lógico. De todos modos, ahora en Facebook o Tuenti ya no existe el anonimato, por lo que hay un poco más de control del que había en los antiguos chat en los que las amenazas por cuestiones de celos eran de una violencia inaudita. Una joven nos contó cómo una desconocida que se sintió abandonada en la red por algún otro joven que la prefería a ella, le dijo que ojalá el gato de la vecina estuviera jugando con el corazón de su madre. Esa desconocida merecería estar hoy en alguno de los realitys de Tele5. Quizá lo esté.

Recordemos las palabras de Freud acerca de la metamorfosis de la pubertad[1]: “El instinto sexual, hasta entonces predominantemente autoerótico, encuentra por fin, el objeto sexual. (…) Ahora aparece un nuevo fin sexual, a cuya consecución tienden de consuno todos los instintos parciales, al paso que las zonas erógenas se subordinan a la primacía de la zona genital. (…) La normalidad de la vida sexual se produce por la confluencia de las dos corrientes dirigidas sobre el objeto sexual y el fin sexual, la de ternura y la de sensualidad…“.

Pero para que haya sensualidad amorosa y sexual y no violencia descontrolada, es preciso que se hayan efectuado algunas operaciones previas al momento de pasar a tener una vida sexual con otro que esté presente, no en la red, y que estos inicios de la vida sexual no hayan pasado por demasiadas contrariedades. En efecto, hay una línea divisoria entre los jóvenes que pueden dirigirse hacia un objeto sexual en tanto sujetos deseantes, que son los que en la red pueden ofrecer frases amorosas y futuros de felicidad eterna a las chicas (lo de toda la vida), y otros que permanecen en el autoerotismo, que no llegan a tocar otra piel, una piel real, y que si la tocan lo harán con torpeza y con prisa por terminar pronto.

Si lo que se ama en el amor es verdaderamente al otro como persona… eso ya es harina de otro costal. Claro, cuando ya se lleva un tiempo de relación con alguien, se puede llegar a valorar su bondad, su inteligencia, su generosidad… También es cierto que una mujer desea de un modo diferente que un hombre y que este último, como el psicoanálisis nos enseña, lo que desea en el otro es el brillo que cree que emana de ella, no que está en ella, y que es además un brillo parcializado.

Como ejemplo de esta acción saludable que es dirigirse hacia el brillo que emerge en el campo de la mujer amada, tenemos un ejemplo literario en Gustavo Martín Garzo. En su novela “Historias de Marta y Fernando”, el protagonista define así a su novia:

“Con Marta era distinto. Ella no pertenecía a ese mundo. Era como si de pronto, en aquel paraje inclemente, hubiera aparecido una criatura preciosa, una criatura que nadie hubiera visto antes y que no se supiera de dónde venía. Que hubiera aparecido una cierva. Una cierva delicada y vivaz, con esos ojos líquidos que a cada instante parecen decir bébeme“.

La chispa que parece emerger del objeto deseado, aparece en este caso para Fernando en los ojos de Marta, y más concretamente en su cualidad de líquidos, y su herramienta de escritor le permite a Martín Garzo promover en esta frase tan breve una alta concentración pulsional; fíjense cuántas pulsiones aparecen entretejidas en ella: la pulsión de la mirada, la pulsión oral y la pulsión invocante, nada menos, para configurar con unos pocos trazos lo que Lacan llamó “objeto a” y que tiene la particularidad de ser el que causa el deseo de Fernando, siendo por lo tanto el objeto que le constituye a él, no a ella, como sujeto deseante (ya que nos quedaremos sin saber si la mujer real que inspira el personaje de Marta tenía o no ojos acuosos). ¿Está el objeto entonces en Marta o en Fernando? ¿En los ojos que le miran o en lo mirado?

En este ejemplo podemos comprobar lo que para Lacan significa sublimar, ya que para él no implica una renuncia al objeto sexual, sino que más bien al contrario, el objeto deseado puede ver dibujados sus contornos gracias a la sublimación. Cito a Lacan: “La sublimación, en efecto, no es lo que piensa el común de la gente, ni se ejerce siempre obligatoriamente en el sentido de lo sublime. El cambio de objeto no hace desaparecer, lejos de ello, el objeto sexual – el objeto sexual, acentuado como tal, puede nacer en la sublimación. El juego sexual más crudo puede ser el objeto de una poesía, sin que ésta pierda sin embargo su mira sublimante“.[2]

Imaginemos el extremo opuesto a la sublimación: Fernando decide beberse los ojos de Marta que como sabemos son líquidos y a él “le parece” que se lo piden. Sigamos imaginando que Fernando saca entonces un bisturí, se dirige a Marta y… No estamos tan lejos de la realidad. En un suceso que circuló en la prensa en los primeros años 80 y que Gustavo cita también en esta novela, un estudiante japonés decide descuartizar a su novia holandesa e írsela comiendo poquito a poco. Fue un hecho muy comentado en aquel momento entre los jóvenes estudiantes de psicoanálisis entre los que nos contábamos. El joven japonés, después de haber sido declarado demente por los holandeses, es enviado a Japón donde tras una terapia se convierte en pintor, y creo recordar que escribe también un libro titulado algo así como “Apetito”, no digan que no es genial. En fin, no sabemos si la eficacia sublimatoria de las psicoterapias niponas es alta (puesto que contamos también con el ejemplo de Yayoi Kusama a la que tanto tranquiliza hacer lunares), si pudo hacer un síntoma exitoso, o si nuestro héroe continuará almacenando en su congelador europeas o rubias, como humanos depósitos de yo qué sé qué diantres será para él lo que brilla en las europeas o rubias. Para el protagonista de la novela “El perfume” era de las pelirrojas de las que emanaba aquel aroma enervante de los sentidos.

Con el japonés estamos claramente en el territorio de las psicosis, ya que ha tomado como real ese brillo que es en gran medida imaginario y que emergía para él de algún rincón del cuerpo de la pobre holandesa. Pero sin necesidad de hablar de psicosis, Lacan, en su Seminario sobre la Angustia, comentará que los varones tendrán que renunciar a su sadismo de querer encontrar el objeto “a” en lo real del cuerpo de su pareja sexual, justamente en relación con esa manera que tiene el sádico de seguir buscando en las heridas de la piel de su pareja un objeto que, aunque brille, desde siempre está perdido. Y si los varones convierten a su compañera sexual en joyero que esconde el brillante objeto, ¿por qué no son sádicos todos los varones?

No es raro que estemos poniendo en relación el arte aquí la escritura y la pintura como fabricante de objetos de deseo, con el amor sexuado y con la angustia. No es raro, ya que el amor es un gozne, un punto de bisagra como lo es la angustia, quizá porque están animados —aunque de distinto modo—  por el mismo objeto.

Pero para hablar de amor no es necesario quedarse en la juventud; se vuelve a llevar el amor, no porque nuestros tiempos traigan nuevas/viejas formas de encuentro, sino porque en edades más maduras, tras los desengaños y ya con la mirada puesta en la vejez, el amor sigue siendo una de las añagazas con las que burlar a la muerte para que espere aún un ratito.


[1] S.Freud: “Tres ensayos para una teoría sexual”, in O.C., Tomo III, Biblioteca Nueva, Madrid 1972.

[2] J.Lacan: Seminaire “Le Sinthôme”, inédito.

La interpretación (*)

Desde la antigüedad contamos con ejemplos de interpretación mediante los cuales, a partir de las entrañas de animales o los posos del café, los antiguos adivinaban la razón del sufrimiento, o el camino a tomar. Eran interpretaciones, o más bien adivinaciones de orden chamánico.

En otro orden, los jeroglíficos egipcios fueron señalados por Freud en el momento de escribir su Interpretación de los Sueños, como más próximos al lenguaje usado por éstos para hablar de lo profundamente reprimido. Pero era el primer Freud, el de 1900 que aún soñaba con poder fabricar un catálogo del significado de los sueños que hiciera más fácil su interpretación.

            No parece, sin embargo, que este Freud sea el mismo que aquel que, también en su teoría sobre los sueños, nos muestra cómo escucha literalmente la interpretación hecha por el adivino Aristandro de un sueño de Alejandro Magno. En dicho sueño —hecho en un período en que Alejandro dudaba de si tomar la ciudad de Tiro que tenía sitiada—, un sátiro bailaba sobre su escudo. El adivino no se dejó llevar por el sentido que podía aportar la imagen, ni por lo que podía representar un sátiro en la cultura macedonia, sino que lo interpretó literalmente, con lo que el sueño se convertía en: Σάτυρος = σά Τύρος, sa Tiros = tuya es Tiro. Si bien seguramente en aquellos tiempos esto se creería una capacidad para la adivinación del futuro, Freud no se engaña y nos enseña cómo las formaciones del inconsciente, si las tomamos en su literalidad, sólo apuntan a la verdad inconsciente del sujeto, a la verdad de su deseo. En este caso, tras el deseo de Alejandro de poner la ciudad de Tiro bajo su imperio, lo que para él significara dicha posesión.

            No será ésta la última vez que Freud nos aporta una interpretación por el estilo. Muchos años después, en su artículo sobre el fetichismo nos hablará de un analizante con un curioso fetiche, ya que se sentía atraído por las mujeres que tenían un cierto brillo en la nariz: Glanz auf der Nase, un brillo que sólo él veía. Curioso pasaje éste de Freud[1] en que el equívoco se basa en la homofonía de la palabra alemana Glanz(brillo) con la inglesa Glance (mirada), lengua materna del sujeto. Mirada del paciente de Freud sobre ese presunto falo de la madre escondido tras el equívoco producido entre dos lenguas y que entre ambas pasará como de matute.

Y es que no se interpreta a partir de las asociaciones del analista, aunque éstas sirvan para orientar la cura. Tampoco se trata de explicar, ni de dar sentido, esto último al menos cuando hablamos del análisis con adultos.

Para Freud, hay que interpretar los sueños como si fueran jeroglíficos egipcios de los que no sólo puede tomarse el sentido, sino también su materialidad. Y Lacan, que tomará como base a este Freud de lo literal, dice que la interpretación no debe hacerse por el lado de la imagen, sino de lo que los franceses llaman rebus, tomando éste a la letra, es decir, tomando sus elementos por su valor fonético y no por lo que representan[2]. Por eso dice Freud que es más justo comparar el sueño con un sistema de escritura que con una lengua, y Lacan que la interpretación tiene más que ver con la escritura poética. Ambos subrayan entonces el carácter enigmático de lo que nos interesa, más la verdad medio dicha que lo verdadero, más las sombras que las luces, más el olvido que el recuerdo que apantalla.

            La interpretación a partir de Lacan y hasta los años sesenta, se parecerá más a la de Aristandro, o a la de Freud en el trabajo sobre el fetichismo que a la de los post-freudianos (que siguen intentando aportar sentido), y cobrará una forma nueva en función de la evolución de su teoría sobre el inconsciente. A partir de ahí interpretar, para un psicoanalista, será escuchar el sonido y la disposición de las letras que esconden lo pulsional, no dejándose llevar por lo icónico del sentido, ni por sus propias opiniones. Por eso Freud no se dejó deslumbrar por el brillo de aquella nariz, sino que fue capaz de encontrar tras ella una mirada pícara.

Habrá que ir más allá de la lengua, más allá de sentido, ahí donde en lo real hay un trazo ligado a un sonido en la letra ya que no es aportar sentido —como se pretende aún en tantos círculos psicoanalíticos—, lo que el analista propone con su interpretación, sino disolverlo, apuntando a producir la mayor distancia posible entre identificación y objeto, teniendo como punto de mira que siempre le faltará un significante al Otro.

Decimos que la interpretación es así hasta los años sesenta, porque Lacan en la última década de su vida empieza a preguntarse si en el trabajo con los equívocos significantes no se produce también un goce del analista. ¿Fetichizarán los analistas en su afán por los juegos de palabras, como si éstos fueran una manera más moderna de aquel clásico “devolver algo” a los analizantes? Pensamos que a esto se refiere cuando comenta en su Seminario RSI que la interpretación va más lejos que la palabra, o cuando ejecuta determinadas acciones con sus pacientes ya en los últimos años de su vida.

Esto último ha sido tomado muchas veces como una expresión de su enfermedad y su vejez, pero quizá podemos preguntarnos si lo suyo no era una nueva vuelta de tuerca en su intento de vaciar de goce el trabajo del analista y si esto no nos abre acaso a una nueva teoría sobre el inconsciente como inconsciente-real, más que como inconsciente-lenguaje.

A nosotros nos queda esa tarea.

* (Introducción al libro: Un cambio en el mundo, un cambio en el sujeto, ¿cómo interpreta hoy un psicoanalista?, Actas de las XXI Jornadas de Clínica Psicoanalítica, Ed. Acto, Barcelona 2013).


[1] S.Freud: Fetichismo, in O.C. Tomo VIII, Biblioteca Nueva, Madrid 1974, p. 2993.

[2] Por eso en algún momento de su obra, Lacan recuerda la pregunta que el gato le hace a Alicia en el País de las Maravillas: Did you say pig, or fig?, es decir que le da a elegir entre una oclusiva y una fricativa, sin que el tema tenga nada que ver con los cerdos o los higos, sino con el sonido y los órganos de la fonación.

 

Searching for Sugar man – Malik Bendjelloul – 2012

Estamos en Detroit, en un barrio duro de una ciudad dura. Son los últimos momentos de los años 60 y un joven cantante de origen mejicano, Sixto Rodríguez, va de garito en garito con la guitarra al hombro. Sus canciones hablan de amor, de justicia, de un mundo mejor, de solidaridad… Dos productores lo descubren, le graban dos discos que nadie compra y, como tantos otros músicos, desaparece

 For a blue coin, won’t you bring back
             all those colors to my dreams…

Después surgen rumores —¡ay, ese goce del rumor!— sobre el suicidio de Sixto en el escenario.

            Pero sus discos fueron llevados a Sudáfrica, la Sudáfrica del apartheid, como regalo hacia alguien. Ricos, pobres, de una y otra raza, se harán con la música de Rodríguez que transmiten la esperanza en el cambio

            Giving substance to shadows,
            giving substance ever more.

 Y, partir de ahí, las copias del disco circularán por todos lados hasta el punto de venderse mejor que Elvis Presley.

            Hace pocos años, dos de sus fan sudafricanos deciden averiguar qué ha sido del cantautor y se ponen a investigar. Finalmente encuentran a Sixto Rodríguez en la misma casa del mismo barrio de Detroit en el que vivió siempre. Desde que abandonó la música, trabajaba de obrero no cualificado en la construcción y había tenido cuatro hijas.

            Ellos lo invitan a ir a Johannesburgo y Ciudad del Cabo a dar conciertos y allí que se fue con una de sus hijas y lo que encontró no lo podía creer: miles de asistentes a sus conciertos que coreaban sus canciones de esperanza.

            Una de sus hijas dice en su entrevista que su padre no ganó dinero con eso y que seguía trabajando en su empresa. No estaba contenta. Sin embargo Sixto se llevaba algo más importante que el dinero: el saber que sus canciones habían servido para sembrar la ilusión porque hubiera un cambio social, que habían sido la música de la libertad durante muchos años oscuros. Y eso es lo que daba sentido a sus sombras (Ver la entrada “Uvas y dignidad”).

           Frente a los adoradores de ese nuevo dios —o quizá el mismo becerro de oro de siempre—, que parece que no encuentran otro sentido a la vida que el de producir dinero y que piensan que el que no actúa así es bobo, encontramos a alguien que encuentra sentido en su arte. También alguien que pudiendo haber tomado el camino oscuro de la errancia, de la droga, que tanto cita en sus letras, decide tener una vida de hombre sencilla, tener hijos, amar, trabajar…

            Curiosamente podría esperarse que las hijas fueran unas chonis de barrio y lo que sorprende al escucharlas es que son mujeres que hablan como diosas. Claro, aprendieron a hablar con las letras de su padre, con su poesía, y no con los dibujitos de la tele.

 Dicen las críticas que es una película sobre la esperanza, la inspiración y el poder de la música. Pero también es una película sobre el deseo que no se aferra a los objetos, sobre la música que habla de amor…

Of the dreams we dreamt together.
Of the love we vowed would never
melt like snowflakes in the sun.
My days now end as they begun
with thoughts of you,

and I think of you,
and think of you.

Ese luminoso objeto de deseo

“La sonrisa te aletea en la cara como una mariposa”. Este esbozo de poema lo escribió el cartero de Pablo Neruda, aquel joven moreno y tímido que, en la novela de Skármeta (1), llevaba las cartas al poeta desterrado. El joven cartero estaba enamorado de Beatriz y quería poder comunicarle su amor con palabras tan hermosas como las que usaba el poeta; palabras que ella merecía.

            “Desnuda (…)Tienes líneas de luna, caminos de manzana (…)Tienes enredaderas y estrellas en el pelo” (2), le escribía el poeta a su amada y el cartero decidió que él quería aprender a hacer metáforas como esas.

Otra Beatrice, la amada del Dante (3), tan sólo con un levísimo aleteo de sus párpados —debido seguramente al temor pudoroso que le causara la mirada persistente y algo loquiza del poeta—, deja a éste perdido de amor para siempre. Qué fuerte. No es que nos queramos poner proustianos, pero es que Dante se enamoró sólo por el paso repetido de los párpados y pestañas de Beatriz, pongamos unas cuatro veces, por un recorrido entre medio y un centímetro. Quizá pudiéramos pensar también en el delicadísimo soplo que ese aleteo repetido produjo, un nanodesplazamiento de aire que milímetro a milímetro (imaginémoslo a cámara lenta y con el sonido de unas enormes alas batiendo) llegara a los labios del Dante y, cual pócima de amor, lo dejara embelesado a perpetuidad.

            Por desgracia no hemos sabido encontrar alabanzas equivalentes dedicadas por una mujer a su amado, o a su amada. Los comentarios de la protagonista de “50 sombras de Grey” preferimos ni mentarlos y no somos muy duchos en la poesía hecha desde que las poetas se han soltado el pelo.

¿O será que como dice alguno, las mujeres se enamoran más por el oído que por la vista? ¿Que al final se quedan con el feo que las hace reír? Tendríamos entonces que dedicar algún comentario a la forma de hablar de algunos hombres, un hablar con burbujas, con fuegos artificiales que por el arte de birlibirloque hacen estallar en mil pedazos el diafragma de severidad de las mujeres.

Hablamos en todos los casos del amor que desea, que busca la fusión con el amado o la amada para siempre jamás y chimpún. Otra cosa es que luego la madurez de cada uno le haga relativizar esos presupuestos; por eso obsérvese que en el título decimos “de” deseo y no “del”. Bueno, en fin, Dante decía que no, que él sólo quería amar a Beatrice por puro amor, sin deseo y tal, pero no sé yo, qué quieres que te diga…

 Escuchamos decir a algunas personas de la onda New age que no se debe desear, que no hay que apegarse, que hay que ser super zen. ¿Seguro que lo han entendido bien? Que sepamos, lo que dicen algunos orientales es que, al no existir un objeto o una persona que satisfaga para siempre, no tiene sentido aferrarse a ellos para conseguirlos o para no perderlos hasta el punto de machacarse la vida (Véase nuestra entrada “El deseo” http://wp.me/p2EKBM-6z).

Otro que no lo entendió muy bien fue el prota del film “Herida” (en Francia lo llamaron “Fatal”, mucho más apropiado). Hay que ver el lío que hizo por no poder dejar las cosas como estaban y por creerse que sólo había una persona en el mundo a la que tenía que conseguir como fuera y cayera quien cayese. Sólo cuando ya lo había perdido todo, pudo decir esa frase del final que es todo un testamento que nos ofrece Louis Malle en la que creemos recordar que fue su última película: “Al final, ella no era distinta de las demás”. ¡Anda, díselo al Dante y nos deja sin La Divina Comedia!

Tomarse las cosas del amor y del deseo con filosofía, es decir, con cierta distancia, no es lo mismo que renunciar. Como dice Caro: da tanta vidilla …

 (1) El cartero de Neruda, de Antonio Skármeta. Ed. Debolsillo, 2009. Aquí las dos páginas que nos parecen las más bellas de la novela: http://www.um.es/tonosdigital/znum11/secciones/teselas-elcartero.htm

 (2) Poemas de Neruda http://ficus.pntic.mec.es/~jmas0085/NERUDA.HTM

 (3) La Divina comedia, de Dante Alighieri, O.C., BAC, 1994.