SALUD Y SALUD MENTAL (En la semana de la salud mental)

10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental… ¿Pero qué es eso de la salud mental? Mejor dicho, ¿qué es eso de la salud?

Mercedes García Laso ( http://psicosobreruedas.wordpress.com  @garcialaso) nos envía las siguientes reflexiones:

¿Por qué que te falte una pierna no es una enfermedad y que te falte insulina sí? Es más, por tener diabetes necesariamente no estás enfermo. Y sin embargo, con un catarro sí, aunque a la vez te consideres sano… todo un lío, que se complica mucho más si nos adentramos en lo “psi”, porque, por mucho que se empeñen los mercados, el sustrato biológico de los llamados“trastornos mentales” dista mucho de estar claro. Y me viene ahora una frase de Krishnamurti: “no es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”.

No quiero entrar en discusiones conceptuales, simplemente os dejo estos interrogantes para que os lleven a  otros interrogantes, y dos definiciones de la OMS: “La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.

“La salud mental se define como un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad”.

Una mujer que acaba de dar a luz no está obviamente enferma, como tampoco un anciano por no poder correr como antes y por tener dolorcillos al levantarse.

Una amiga enfermera me acaba de rebatir que una persona con diabetes no sea un enfermo. Y yo le he respondido dos cosas: 1ª que un amigo mío que se pincha no se considera para nada como tal; y 2º, que entonces yo también soy una enferma –él tiene una lesión en el páncreas y yo en el cerebro. Hemos concluido que “salud”, “enfermedad” y “discapacidad” son sólo términos (y además muy imbricados entre sí).

Son muy interesantes las reflexiones de Mercedes, ya que intenta introducir la subjetividad en lo que son definiciones socio-médicas de la salud, la enfermedad y la discapacidad. En efecto, también es enferma la persona con hipocondría, aunque físicamente no tenga ninguna dolencia. En los últimos años se da un gran esfuerzo en las organizaciones que se ocupan de la salud, por ser “objetivas”, lo que es tremendo, porque dicha objetividad la consiguen a fuerza de eliminar lo más posible la subjetividad, es decir, lo que funda la humanidad de los seres humanos, valga la redundancia. Por eso muchos son los médicos actualmente que cuando el paciente intenta contar lo que le ocurre, le dicen: “No, no, ya le pregunto yo”, es decir, no me cuente su sufrimiento, que a mí me interesan sólo sus síntomas.

Seguramente tiene algo que ver en todo esto el negocio tan suculento que hacen los laboratorios, para quienes cuanto más atomizadas estén las enfermedades, más medicamentos podrán inventar para curarlas. Si las curan, claro. Y también las familias atosigantes que aprovechan las enfermedades de algunos de sus miembros para intentar apoderarse de su destino.

Por otro lado, desde siempre se ha dado una tendencia a confundir la enfermedad con el enfermo. Por eso no es lo mismo tener una diabetes, con la que la persona se medica, cuida su alimentación y hace una vida lo más normal que puede, que ser un diabético y dedicar todo el día a pensarse como tal, relacionarse con los demás como tal, etc.

Y en cuanto a la Salud Mental ocurre lo mismo: puede que los médicos hayan dado un diagnóstico de Trastorno bipolar, de Psicosis, de Paranoia. Vale, ellos necesitan dar un diagnóstico porque se lo piden en el Hospital, y también tienen que rellenar multitud de papeles, evaluaciones, aplicar protocolos, lo que no les deja tiempo para estudiar más a fondo las enfermedades de sus pacientes. Y algunos lo dan también porque se angustian si no tienen un diagnóstico que dar, claro, como si tuvieran que dar algo. Pero que el médico haya dado ese diagnóstico no quiere decir que esa persona no pueda llevar su vida adelante. Sobre todo cuando, además de su eventual tratamiento médico, puedan encontrarse con un psicólogo, o psicoanalista, que les ayude a sostenerse sin hacer crisis.

Lo importante, en cualquier caso, es no dejar que las enfermedades invadan la vida entera, por mucho espacio que ocupen los tratamientos que a veces son tan necesarios.

El cuerpo, ese extraño que somos

Cuando nace un bebé, nace a un mundo que está ya organizado por las palabras. Palabras que organizan también las relaciones entre las personas, porque cuando uno se llama Jefe, hay que obedecerle, y cuando se llama hermano, es alguien con quien en principio vas a poder contar en los malos momentos.

Pero es necesario que alguien hable a ese bebé, porque como decimos los psicoanalistas, un niño no aprende a hablar, sino que aprende a responder. De ese modo, las palabras no sólo van a regular sus relaciones con los demás seres humanos, sino que también van a modelar y a marcar su cuerpo.

Y lo sigue haciendo toda la vida, ya que cuando alguien nos cae mal, decimos: “no lo trago”, o bien “me pone del hígado”, o llamamos “corazón” a alguien a quien amamos, o “mi mano derecha” a quien colabora con nosotros.

Sin embargo, nuestro cuerpo no deja de sernos siempre extraño de algún modo. Lo es cuando se enferma, o cuando en la pubertad, en ese recinto hasta entonces tranquilizador, empiezan a despuntar goces ignorados. Lo es también cuando la persona bella siente que no lo es lo bastante, o cuando una enfermedad hace que no se pueda coincidir con el ideal de belleza o de fuerza que se creía que uno mismo habría de ser.

Muchos dicen que somos sólo cuerpo. Bien. Cierto es que, al final, todo puede reducirse a reacciones bioquímicas. Pero no olvidemos que dichas reacciones, si bien en alguna medida son autónomas (es decir, que si falta una sustancia o hay una pieza malformada, esa persona va a tener problemas con seguridad), también en buena medida están comandadas por el lenguaje. Por eso hay palabras que nos hacen enfermar, pero también palabras que nos curan, nos alivian, nos dan esperanza…

Sobre ese extraño que, sin embargo, somos, Marcel Proust dice lo siguiente:

Es en la enfermedad donde nos damos cuenta de que no vivimos solos, sino encadenados a un ser de otro reino, del que nos separa un abismo, que no nos conoce y del que es imposible hacernos entender: nuestro cuerpo. A cualquier bandido que encontráramos en un camino, quizá llegáramos a sensibilizarlo al menos por su propio interés, si no por desgracia nuestra. Pero pedir piedad a nuestro cuerpo, es como intentar razonar con un pulpo, para quien nuestras palabras no pueden tener más sentido que el ruido del agua, y con el que nos espantaría estar condenados a vivir.

M.Proust: À la recherche du temps perdu, tomo 7: “Le coté de Guermantes”-2, Gallimard, Paris 1946-47, p.245. La traducción es nuestra.