Dar el paso…

“A nuestros pacientes no les falta valor…

            Como dice Lacan: ‘Su deseo es nuestra demanda’[1]. Qué dificultad la de no abandonar el camino de sus deseos, la de franquear las fronteras y descubrir por sí mismo ese saber desconocido que es el inconsciente.

            Largar las amarras y, como Cristóbal Colón, partir al descubrimiento con el riesgo de perder las referencias de tiempo y espacio. Descubrir ese ser que es lo más íntimo, ese desconocido que desafía al cero como origen”.

            Del blog de Claude Breuillot: http://psychanalysebourgogne.wordpress.com/2014/02/05/lacan-psychanalyse-le-risque-du-naufrage/

@cbreuillot – @clbr71


[1] Lacan, J « El acto psicoanalítico », inédito.

¿Mujeres poderosas?

Están por todos lados: en las tertulias de la tele y la radio, en los realitys, en la cola del puesto del pescado y, por supuesto, en las reuniones de nuestras comunidades de vecinos; son compañeras de trabajo, vecinas e, incluso familiares nuestras. Muchos dirán que son mujeres al fin empoderadas tras milenios de opresión, otros dirán que son mujeres libres. Lo que está claro es que hoy día muchas son las mujeres que creen que hablar interrumpiendo cuando otro habla, hacerlo en un tono más alto que el de los demás y, sobre todo, dejar escapar impulsivamente insultos o simplemente frases que molestan a otros, es sinónimo de mujer de hoy cuando, en realidad, esa actitud las hace energúmenas de hoy.

         ¿Pero cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Podremos aplicar al estudio de un modo actual de ser mujer algunas ideas que nos aporta el psicoanálisis?

         Comencemos por el prejuicio número uno: el pensar que el hecho de que una mujer no tenga pene, quiere decir que le falta algo. A ver, a ver, vamos despacito. Las personas que sostienen esto, ¿dirían también que al elefante le faltan plumas? No, ¿verdad? Y ¿por qué? Pues porque el elefante es una especie que tiene trompa, orejas como edredones de grandes y colmillos potentes… pero nadie espera que tenga plumas como un pájaro. Pues lo mismo ocurre con las mujeres… que las mujeres tienen ovarios, les crecen las mamas para poder alimentar a sus crías, y poseen también un recinto mullido llamado útero para acoger a los embriones y que allí se desarrollen, al que se llega por un conducto llamado vagina que es el lugar adecuado no sólo para que salgan las crías una vez desarrolladas, sino para que entre el órgano masculino y haga las delicias de la susodicha y el susodicho, haya o no después descendencia.

         Ah, ¿que nos decís que el elefante es de otra especie y la mujer de otro género? ¡Ay listillos, que ya estáis reivindicando… ! Vale, esperad un poquito.

                  Cierto que durante milenios, el no tener pene la mujer, ha sido motivo para que se la considerara un ser de segunda. Aristóteles, filósofo y todo oiga, se preguntaba si una mujer tiene alma, lo que es grave porque, si no la tiene, entonces es un animal. Y ya sabemos las perrerías que se le pueden hacer a un animal…

¿Y cuál es la razón de este prejuicio que hace de la mujer un ser carente? Pues es la siguiente: hay un momento en que los bebés, niños y niñas, advierten una diferencia en su cuerpo y en el de los demás bebés. Por supuesto son demasiado pequeños, no por la edad o por el tamaño, sino porque su registro simbólico no está aún desarrollado y por eso no pueden entender el concepto de “diferencia” en estado puro. Sí que pueden ver desigualdades: este tiene el pelo largo, esta otra los ojos verdes y aquel de allá un instrumento entre las piernas. Pero una desigualdad no es lo mismo que una diferencia. Si un canguro macho no tiene bolsa marsupial, a nadie se le ocurre pensar que es un ser carente, sino que pensarán que es un macho y que por eso no debe tenerla (aquí sí que son de la misma especie ¿eeeehhhh?). Sin embargo, al mirar a un hombre y a una mujer, un bebé pensará que a uno de los dos le falta algo. Es simplemente una manera infantil de mirar la vida que, en algunos casos, se corrige más tarde, cuando hay un acceso pleno a lo simbólico (a las metáforas, por ejemplo).

¿Nos damos cuenta entonces de que quienes consideran a la mujer un ser de segunda, están a la altura mental del bebé?

         Por suerte llegó Lacan y, con él, la cuestión de la diferencia de los sexos dio un giro espectacular, al no hacer depender por completo de la anatomía la cuestión de estar en posición masculina o en posición femenina. Se trata entonces de acceder a una posición, no de tener un género o una identidad, y ni siquiera de una posición que se adquiera de una vez por todas y chimpún. Lacan partirá de la base de que a todos, hombres y mujeres, nos falta eso que nos hace estar vivos porque su falta nos pone a buscarlo como posesos. Todos buscamos lo que nos falta para ser por completo felices, tanto los hombres como las mujeres, otra cosa es que lo consigamos. Todos somos carentes. Es cierto que la manera masculina de buscar, suele incluir el hecho de querer que los demás admiren su poder (económico, político, familiar) y que quienes están en posición masculina gastan mucha energía en reivindicar (tanto hombres como mujeres).

         Hace muchos años nos contaron una anécdota, que aunque no reproduciremos fielmente, nos servirá para contar otra forma de reivindicar que no es masculina, sino a nuestro entender, femenina. Ocurrió en Italia. Una gran empresa hacía vertidos contaminantes y no había manera de evitarlo con las reivindicaciones habituales. Entonces un grupo de ecologistas empezó a comprar acciones de modo individual, unas poquitas aquí, otras allá, y al cabo de unos años se juntaron con las suficientes como para intervenir en decisiones importantes, por ejemplo, qué hacer con los residuos químicos. No reivindicaron, simplemente actuaron y empezaron a abrir agujeritos en ese mamotreto de empresa para hacerles ver que, ellos también, estaban incompletos. ¡Y sin gastar energía, oiga!

         Con esto no queremos decir que toda mujer deba de andar silenciosa y discreta por la vida, como aquella sobrina del cura que sólo salía anochecido porque le daba vergüenza. No; cada una y cada uno que ande como pueda. Tampoco es que los hombres por ser gay o por ir con pendientes estén en posición femenina, ¡no por Dios! Al menos desde el psicoanálisis, el estar en posición femenina o masculina, dependerá del modo en que cada uno intente hacer, que no siempre hacer-se, con lo que le falta.

¿Se vuelve a llevar el amor?

Alguien nos dijo con rotundidad: “hoy el amor está devaluado”, haciendo alusión a los encuentros amorosos en Internet. Era tan rotunda la afirmación que se nos ocurrió ponerla a prueba preguntándonos: ¿es hoy como ayer el amor, o es diferente? Y la verdad es que no se nos ocurría qué decir.

En lo accesorio, vemos que en algunas papelerías siguen existiendo esas postales representando a una pareja de novios que se miran arrobados, algunas incluso con bordados y lentejuelas. También sigue celebrándose San Valentín todos los 14 de febrero. Los de nuestra generación que vivimos el mayo del 68, considerábamos francamente cursi todo lo relacionado con dicha festividad, mientras que hace muy pocos años se puso de moda en algunos Institutos que el 14 de febrero los chicos regalen una rosa a la chica que les gusta (¡un dramón para las que no reciben rosa!).

En cuanto a la manera de emparejarse, aparte de que ahora muchas parejas optan por inscribirse bajo el rubro “De hecho”, han venido a engrosar las filas de las relaciones oficiales los homosexuales de ambos sexos que ya no tienen que disimular el amor que los anima. Entonces parecen haber cambiado algunos modos, pero no vemos que haya cambiado nada en el fondo de la cuestión.

Un experto en comunicación nos dio la idea de una posible diferencia entre el antes y el ahora, al comentar que en los chat de Internet le parecía muy curioso que cuanto más joven era la gente, más soeces eran los comentarios, más burradas se decían. Quien quiere acceder a estas charlas de chat tiene que entrar con un alias en el que muchos intentan reflejar lo que es su punto de interés al chatear, por ejemplo, uno se llama “chicofacil”, otra “besucona”; otros buscan hacerse reconocer mediante un rasgo del Ideal del Yo: “Stradivarius”, “Picasso”, “Catalana”, mientras que el resto más faltos de imaginación o de esperanza se contentan con poner un nombre de pila, seguido a veces de un número que significa los años que tienen, o los que quisieran tener, porque los chat son un carnaval en el que cada uno presenta al otro los rasgos con los que les gustaría ser mirado.

Cuando éramos niños y Madrid era Eldorado para la gente que quería trabajar, los jóvenes venían a la capital desde otras provincias con la esperanza de labrarse un porvenir y los domingos acudían al baile de la Casa Regional de su provincia: la Casa de León, la de Guadalajara, etc., lo que les permitía conocer otros jóvenes o no tan jóvenes, hacer amigos, pareja, y encontrarse ‘como en casa’ en la capital. Lo cierto es que no he visto nada más parecido a esto que el Facebook, en el que uno puede buscar gente que hable valenciano o euskera, gente de su propia ciudad o no, de su misma edad o no y, del mismo modo en que de las Casas Regionales acababan por citarse algunas parejas fuera de ellas, hoy también hay gente que se cita para conocerse fuera de la red.

Volviendo a lo que nos decía el comunicador, en la red de los adolescentes, incluso de los niños mayores, se da bastante descontrol pulsional. Lógico. De todos modos, ahora en Facebook o Tuenti ya no existe el anonimato, por lo que hay un poco más de control del que había en los antiguos chat en los que las amenazas por cuestiones de celos eran de una violencia inaudita. Una joven nos contó cómo una desconocida que se sintió abandonada en la red por algún otro joven que la prefería a ella, le dijo que ojalá el gato de la vecina estuviera jugando con el corazón de su madre. Esa desconocida merecería estar hoy en alguno de los realitys de Tele5. Quizá lo esté.

Recordemos las palabras de Freud acerca de la metamorfosis de la pubertad[1]: “El instinto sexual, hasta entonces predominantemente autoerótico, encuentra por fin, el objeto sexual. (…) Ahora aparece un nuevo fin sexual, a cuya consecución tienden de consuno todos los instintos parciales, al paso que las zonas erógenas se subordinan a la primacía de la zona genital. (…) La normalidad de la vida sexual se produce por la confluencia de las dos corrientes dirigidas sobre el objeto sexual y el fin sexual, la de ternura y la de sensualidad…“.

Pero para que haya sensualidad amorosa y sexual y no violencia descontrolada, es preciso que se hayan efectuado algunas operaciones previas al momento de pasar a tener una vida sexual con otro que esté presente, no en la red, y que estos inicios de la vida sexual no hayan pasado por demasiadas contrariedades. En efecto, hay una línea divisoria entre los jóvenes que pueden dirigirse hacia un objeto sexual en tanto sujetos deseantes, que son los que en la red pueden ofrecer frases amorosas y futuros de felicidad eterna a las chicas (lo de toda la vida), y otros que permanecen en el autoerotismo, que no llegan a tocar otra piel, una piel real, y que si la tocan lo harán con torpeza y con prisa por terminar pronto.

Si lo que se ama en el amor es verdaderamente al otro como persona… eso ya es harina de otro costal. Claro, cuando ya se lleva un tiempo de relación con alguien, se puede llegar a valorar su bondad, su inteligencia, su generosidad… También es cierto que una mujer desea de un modo diferente que un hombre y que este último, como el psicoanálisis nos enseña, lo que desea en el otro es el brillo que cree que emana de ella, no que está en ella, y que es además un brillo parcializado.

Como ejemplo de esta acción saludable que es dirigirse hacia el brillo que emerge en el campo de la mujer amada, tenemos un ejemplo literario en Gustavo Martín Garzo. En su novela “Historias de Marta y Fernando”, el protagonista define así a su novia:

“Con Marta era distinto. Ella no pertenecía a ese mundo. Era como si de pronto, en aquel paraje inclemente, hubiera aparecido una criatura preciosa, una criatura que nadie hubiera visto antes y que no se supiera de dónde venía. Que hubiera aparecido una cierva. Una cierva delicada y vivaz, con esos ojos líquidos que a cada instante parecen decir bébeme“.

La chispa que parece emerger del objeto deseado, aparece en este caso para Fernando en los ojos de Marta, y más concretamente en su cualidad de líquidos, y su herramienta de escritor le permite a Martín Garzo promover en esta frase tan breve una alta concentración pulsional; fíjense cuántas pulsiones aparecen entretejidas en ella: la pulsión de la mirada, la pulsión oral y la pulsión invocante, nada menos, para configurar con unos pocos trazos lo que Lacan llamó “objeto a” y que tiene la particularidad de ser el que causa el deseo de Fernando, siendo por lo tanto el objeto que le constituye a él, no a ella, como sujeto deseante (ya que nos quedaremos sin saber si la mujer real que inspira el personaje de Marta tenía o no ojos acuosos). ¿Está el objeto entonces en Marta o en Fernando? ¿En los ojos que le miran o en lo mirado?

En este ejemplo podemos comprobar lo que para Lacan significa sublimar, ya que para él no implica una renuncia al objeto sexual, sino que más bien al contrario, el objeto deseado puede ver dibujados sus contornos gracias a la sublimación. Cito a Lacan: “La sublimación, en efecto, no es lo que piensa el común de la gente, ni se ejerce siempre obligatoriamente en el sentido de lo sublime. El cambio de objeto no hace desaparecer, lejos de ello, el objeto sexual – el objeto sexual, acentuado como tal, puede nacer en la sublimación. El juego sexual más crudo puede ser el objeto de una poesía, sin que ésta pierda sin embargo su mira sublimante“.[2]

Imaginemos el extremo opuesto a la sublimación: Fernando decide beberse los ojos de Marta que como sabemos son líquidos y a él “le parece” que se lo piden. Sigamos imaginando que Fernando saca entonces un bisturí, se dirige a Marta y… No estamos tan lejos de la realidad. En un suceso que circuló en la prensa en los primeros años 80 y que Gustavo cita también en esta novela, un estudiante japonés decide descuartizar a su novia holandesa e írsela comiendo poquito a poco. Fue un hecho muy comentado en aquel momento entre los jóvenes estudiantes de psicoanálisis entre los que nos contábamos. El joven japonés, después de haber sido declarado demente por los holandeses, es enviado a Japón donde tras una terapia se convierte en pintor, y creo recordar que escribe también un libro titulado algo así como “Apetito”, no digan que no es genial. En fin, no sabemos si la eficacia sublimatoria de las psicoterapias niponas es alta (puesto que contamos también con el ejemplo de Yayoi Kusama a la que tanto tranquiliza hacer lunares), si pudo hacer un síntoma exitoso, o si nuestro héroe continuará almacenando en su congelador europeas o rubias, como humanos depósitos de yo qué sé qué diantres será para él lo que brilla en las europeas o rubias. Para el protagonista de la novela “El perfume” era de las pelirrojas de las que emanaba aquel aroma enervante de los sentidos.

Con el japonés estamos claramente en el territorio de las psicosis, ya que ha tomado como real ese brillo que es en gran medida imaginario y que emergía para él de algún rincón del cuerpo de la pobre holandesa. Pero sin necesidad de hablar de psicosis, Lacan, en su Seminario sobre la Angustia, comentará que los varones tendrán que renunciar a su sadismo de querer encontrar el objeto “a” en lo real del cuerpo de su pareja sexual, justamente en relación con esa manera que tiene el sádico de seguir buscando en las heridas de la piel de su pareja un objeto que, aunque brille, desde siempre está perdido. Y si los varones convierten a su compañera sexual en joyero que esconde el brillante objeto, ¿por qué no son sádicos todos los varones?

No es raro que estemos poniendo en relación el arte aquí la escritura y la pintura como fabricante de objetos de deseo, con el amor sexuado y con la angustia. No es raro, ya que el amor es un gozne, un punto de bisagra como lo es la angustia, quizá porque están animados —aunque de distinto modo—  por el mismo objeto.

Pero para hablar de amor no es necesario quedarse en la juventud; se vuelve a llevar el amor, no porque nuestros tiempos traigan nuevas/viejas formas de encuentro, sino porque en edades más maduras, tras los desengaños y ya con la mirada puesta en la vejez, el amor sigue siendo una de las añagazas con las que burlar a la muerte para que espere aún un ratito.


[1] S.Freud: “Tres ensayos para una teoría sexual”, in O.C., Tomo III, Biblioteca Nueva, Madrid 1972.

[2] J.Lacan: Seminaire “Le Sinthôme”, inédito.

La interpretación (*)

Desde la antigüedad contamos con ejemplos de interpretación mediante los cuales, a partir de las entrañas de animales o los posos del café, los antiguos adivinaban la razón del sufrimiento, o el camino a tomar. Eran interpretaciones, o más bien adivinaciones de orden chamánico.

En otro orden, los jeroglíficos egipcios fueron señalados por Freud en el momento de escribir su Interpretación de los Sueños, como más próximos al lenguaje usado por éstos para hablar de lo profundamente reprimido. Pero era el primer Freud, el de 1900 que aún soñaba con poder fabricar un catálogo del significado de los sueños que hiciera más fácil su interpretación.

            No parece, sin embargo, que este Freud sea el mismo que aquel que, también en su teoría sobre los sueños, nos muestra cómo escucha literalmente la interpretación hecha por el adivino Aristandro de un sueño de Alejandro Magno. En dicho sueño —hecho en un período en que Alejandro dudaba de si tomar la ciudad de Tiro que tenía sitiada—, un sátiro bailaba sobre su escudo. El adivino no se dejó llevar por el sentido que podía aportar la imagen, ni por lo que podía representar un sátiro en la cultura macedonia, sino que lo interpretó literalmente, con lo que el sueño se convertía en: Σάτυρος = σά Τύρος, sa Tiros = tuya es Tiro. Si bien seguramente en aquellos tiempos esto se creería una capacidad para la adivinación del futuro, Freud no se engaña y nos enseña cómo las formaciones del inconsciente, si las tomamos en su literalidad, sólo apuntan a la verdad inconsciente del sujeto, a la verdad de su deseo. En este caso, tras el deseo de Alejandro de poner la ciudad de Tiro bajo su imperio, lo que para él significara dicha posesión.

            No será ésta la última vez que Freud nos aporta una interpretación por el estilo. Muchos años después, en su artículo sobre el fetichismo nos hablará de un analizante con un curioso fetiche, ya que se sentía atraído por las mujeres que tenían un cierto brillo en la nariz: Glanz auf der Nase, un brillo que sólo él veía. Curioso pasaje éste de Freud[1] en que el equívoco se basa en la homofonía de la palabra alemana Glanz(brillo) con la inglesa Glance (mirada), lengua materna del sujeto. Mirada del paciente de Freud sobre ese presunto falo de la madre escondido tras el equívoco producido entre dos lenguas y que entre ambas pasará como de matute.

Y es que no se interpreta a partir de las asociaciones del analista, aunque éstas sirvan para orientar la cura. Tampoco se trata de explicar, ni de dar sentido, esto último al menos cuando hablamos del análisis con adultos.

Para Freud, hay que interpretar los sueños como si fueran jeroglíficos egipcios de los que no sólo puede tomarse el sentido, sino también su materialidad. Y Lacan, que tomará como base a este Freud de lo literal, dice que la interpretación no debe hacerse por el lado de la imagen, sino de lo que los franceses llaman rebus, tomando éste a la letra, es decir, tomando sus elementos por su valor fonético y no por lo que representan[2]. Por eso dice Freud que es más justo comparar el sueño con un sistema de escritura que con una lengua, y Lacan que la interpretación tiene más que ver con la escritura poética. Ambos subrayan entonces el carácter enigmático de lo que nos interesa, más la verdad medio dicha que lo verdadero, más las sombras que las luces, más el olvido que el recuerdo que apantalla.

            La interpretación a partir de Lacan y hasta los años sesenta, se parecerá más a la de Aristandro, o a la de Freud en el trabajo sobre el fetichismo que a la de los post-freudianos (que siguen intentando aportar sentido), y cobrará una forma nueva en función de la evolución de su teoría sobre el inconsciente. A partir de ahí interpretar, para un psicoanalista, será escuchar el sonido y la disposición de las letras que esconden lo pulsional, no dejándose llevar por lo icónico del sentido, ni por sus propias opiniones. Por eso Freud no se dejó deslumbrar por el brillo de aquella nariz, sino que fue capaz de encontrar tras ella una mirada pícara.

Habrá que ir más allá de la lengua, más allá de sentido, ahí donde en lo real hay un trazo ligado a un sonido en la letra ya que no es aportar sentido —como se pretende aún en tantos círculos psicoanalíticos—, lo que el analista propone con su interpretación, sino disolverlo, apuntando a producir la mayor distancia posible entre identificación y objeto, teniendo como punto de mira que siempre le faltará un significante al Otro.

Decimos que la interpretación es así hasta los años sesenta, porque Lacan en la última década de su vida empieza a preguntarse si en el trabajo con los equívocos significantes no se produce también un goce del analista. ¿Fetichizarán los analistas en su afán por los juegos de palabras, como si éstos fueran una manera más moderna de aquel clásico “devolver algo” a los analizantes? Pensamos que a esto se refiere cuando comenta en su Seminario RSI que la interpretación va más lejos que la palabra, o cuando ejecuta determinadas acciones con sus pacientes ya en los últimos años de su vida.

Esto último ha sido tomado muchas veces como una expresión de su enfermedad y su vejez, pero quizá podemos preguntarnos si lo suyo no era una nueva vuelta de tuerca en su intento de vaciar de goce el trabajo del analista y si esto no nos abre acaso a una nueva teoría sobre el inconsciente como inconsciente-real, más que como inconsciente-lenguaje.

A nosotros nos queda esa tarea.

* (Introducción al libro: Un cambio en el mundo, un cambio en el sujeto, ¿cómo interpreta hoy un psicoanalista?, Actas de las XXI Jornadas de Clínica Psicoanalítica, Ed. Acto, Barcelona 2013).


[1] S.Freud: Fetichismo, in O.C. Tomo VIII, Biblioteca Nueva, Madrid 1974, p. 2993.

[2] Por eso en algún momento de su obra, Lacan recuerda la pregunta que el gato le hace a Alicia en el País de las Maravillas: Did you say pig, or fig?, es decir que le da a elegir entre una oclusiva y una fricativa, sin que el tema tenga nada que ver con los cerdos o los higos, sino con el sonido y los órganos de la fonación.

 

La pulverización del discurso

Tomamos este concepto de “pulverización del discurso” de nuestro colega Guy Dana[1], psicoanalista en Paris y un gran maestro en el tratamiento de las psicosis.

Freud nos dijo que en el inconsciente no hay contradicción, así que dos pensamientos opuestos pueden coexistir.  Lacan nos advirtió que cuando un emisor lanza un mensaje, no es ese mensaje lo que percibe el receptor (y eso porque cada uno escucha del otro lo que uno ya tiene en la cabeza… o sea, que no escucha al otro verdaderamente sino lo que uno imagina que el otro ha dicho o debería decir). Sin embargo cabría esperar que en una misma frase no existan dos conceptos contradictorios, o bien ¿para qué hablarnos los unos a los otros si nunca sabremos a qué atenernos?

Tomaremos este concepto de “pulverización del discurso” para hablar de un fenómeno de entre los muchos que se vienen produciendo en el lenguaje en las últimas décadas: el lenguaje de algunos políticos.

Hoy que es el Día de la Mujer trabajadora (como si hubiera mujeres de otro tipo), recordaremos lo que dijo hace ya muchos meses un ministro español. Hablaba del aborto y decía que hoy día se produce una “violencia estructural” hacia las mujeres que las conminaba a abortar. La verdad… es que tenía razón.

En efecto, los psicoanalistas escuchamos en las consultas a muchas mujeres que vienen deprimidas o desesperadas por tener que abortar y cuando les preguntamos si quieren hacerlo, algunas dicen que quieren hacerlo a su pesar (pocas veces han venido a vernos mujeres que quisieran abortar sin ningún tipo de disgusto) y otras dicen que no, que lo que pasa es que su madre, su abuela, sus amigas, le dicen que es muy joven, y/o que un hijo ahora va a impedir que siga formándose para tener un buen trabajo en el futuro, etc. y que tienen razón, pero que ella siente un desgarro inmenso de tener que abortar y no se atreve a llevarles la contraria. En fin, que a pocas mujeres de su entorno se les ocurre preguntarle si quiere tenerlo y, en ese caso, ofrecerle su apoyo para que lo consiga, dado que toda mujer que quiera tener a su hijo, debería poder hacerlo, del mismo modo que la que quiera abortar, debería tener una ley que la ampare. Hemos escuchado incluso a una mujer decirle a su hija que si se le ocurría tenerlo, la echaría de casa. Por el estado en que vienen dichas mujeres podemos afirmar que se ejerce una violencia estructural sobre ellas.

Ahora bien, resulta que el Sr. Ministro, en lugar de implementar un Servicio de atención a las mujeres que quieren abortar, con psicólogos que las escuchen y las sostengan en su decisión, sea cual sea, aprovechó un hecho verdadero para poner dificultades a las mujeres que quieren abortar, que las hay también. Entonces, Sr. Ministro, un poco de coherencia en su discurso, ¿no? Porque si usted no quiere que se mermen los derechos de las mujeres y que no haya violencia sobre ellas, no debería quitar derechos a las que quieren abortar. Eso es borrar con el codo lo que escribe con la mano y usar violencia estructural contra las mujeres usted mismo.

Nosotros seguimos una máxima común entre los psicoanalistas que dice que una persona sana es la que mantiene una coherencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace. Usted no la mantiene entre lo que dice y lo que hace, Sr. Ministro.

Otro ejemplo de pulverización del discurso lo encontramos en el Sr. Presidente del Gobierno cuando hace unos días comentó ante los micrófonos: “Todo lo que se refiere a mí y que figura allí y a algunos compañeros míos de partido que figuran allí, no es cierto, salvo alguna cosa que es lo que han publicado los medios de comunicación”. Y añadía a continuación: “Dicho de otra manera, es total y absolutamente falso“.

Pues no, Sr. Presidente, no es dicho de otra manera, sino de la misma manera en la que empezó a hablar y que supone todo un atentado a la veracidad, a la lógica y al bien decir. A ver, tal como enseñaba Barrio Sésamo a los niños de los años 70: Todo es = todo. Si algo falta, si hay una salvedad, entonces todo no es = todo. Puede ser casi todo, pero no todo.

Podríamos citar más ejemplos, como el de la Sra. Portavoz del Gobierno: “La indemnización que se pactó fue en diferido, en forma de simulación en partes de lo que antes era una retribución, por lo que tenía que tener retención a la Seguridad Social”.

Podemos seguir por declaraciones de Ana Mato o de Ignacio González en que sostienen que apoyan la sanidad pública mientras en los hechos la privatizan…

No se trata en estos ejemplos del lenguaje de lo absurdo, como el de los Hermanos Marx que tenía la intención de hacer reír, tampoco el de los personajes de Alicia en el País de las Maravillas al otro lado del espejo, cuyo discurso angustia a más de un niño, pero que forman parte de la literatura. Ni mucho menos estamos ante un “Esto no es una pipa”, ese título del cuadro de Magritte en que aparece justamente eso, una pipa, y donde el autor nos obliga a deconstruir el lenguaje poniendo una barrera entre lo visual y lo sonoro. No, el lenguaje pulverizado es más bien la forma de expresarse de Mangeclous y otros personajes del escritor Albert Cohen, de una lógica totalmente psicótica y metonímica que, fuera de la literatura, resulta por completo inquietante.

Dice Guy Dana: El hábitat que constituye para el ser humano el lenguaje es pues determinante, pero hablar de hábitat quiere decir que el lenguaje es de hecho un orden que captura y ordena lo real. Un real que el lenguaje aleja al mismo tiempo que lo contiene

El lenguaje que inauguran los ejemplos anteriores y que va más allá de lo que desde siempre han sido las mentiras de los políticos, no constituye una barrera de confianza, de seguridad frente a lo real, frente al horror. Nos recuerda más bien esas situaciones que los psicoanalistas que trabajamos con las psicosis conocemos bien: la de un niño o niña que pregunta por qué el abuelito está pegando a la abuelita, y que su padre o su madre le dicen: “Aquí nadie está pegando a la abuelita”, mientras en el fondo de la habitación el abuelito está pegando a la abuelita. Sabemos los efectos devastadores que tiene para los niños la negación de la evidencia.

Esperemos para todos nosotros una nueva generación de “padres y madres de la Patria”, dotados de coherencia y bien decir.


[1] Guy Dana: Quelle politique pour la folie?, Ed. Stock, Paris 2010.

Psicoanálisis y felicidad

El psicoanálisis no es una disciplina de la felicidad, pero tampoco una cultura de la infelicidad. Un psicoanálisis es lo que permite “al sujeto situarse en una posición tal que las cosas, misteriosamente y casi milagrosamente, le salen bien, las toma por el lado bueno”. Lleva su tiempo poder elegir este lugar, poder abandonar aquel en el que uno está siendo golpeado. ¿Por qué tendría que gustarle a nadie seguir siendo golpeado?

Cita de Lacan del Seminario de la Ética, dentro de un texto de Marie-Jose Latour en la revista L’en-je lacanien, érès 2012.