Padre

Si buceamos un poco en los medios de comunicación, nos llegará por todos lados el tema de la paternidad. Así por ejemplo en la publicidad, podremos ver a papás que tras tomarse un antigripal son capaces de jugar con sus niños al fútbol el domingo en una pradera soleada, otros que reciben la noticia de que van a serlo cuando su chica les muestra el Predíctor positivo y alguno pone cara de hacer “glup” con gran movimiento de la nuez de Adán, y luego frente a su chica hacer como que está muy contento; y aun hay otros que contratan un seguro de vida para garantizar los futuros estudios de sus rapaces (dicho esto último sin trastienda).

Pero el hecho de la paternidad no es nada simple. Es que de pronto algo como una categoría mental te cae encima, te confunde, te asusta y no te la puedes sacudir de encima ya nunca más. En fin, de toda la vida hay algunos que se la han sacudido; famosos son aquellos que al saber que iban a ser padres decían que se bajaban a la calle a comprar tabaco y parecía que se lo iban a comprar a Cuba, porque no volvían.

Y hacían bien, porque más vale tomar las de Villadiego que tener una crisis de locura, que es lo que les ocurre a otros al vivir esta experiencia, aunque comprendemos que frente a las pobres novias embarazadas y abandonadas es una gran faena. Bueno, también es verdad que otros se hacen los despistados sólo por su santísima jeta o, como se dice ahora, by de face.

            Hace muuuuchos años, nos encontramos un día en una cena de amigos en la que casi todo el mundo acababa de vivir la experiencia de la paternidad. Y fue alucinante escuchar a los hombres —ya con alguna cervecita de más encima, porque si no, sólo dicen sobre el asunto las cosas que se esperan— contar cómo había sido el momento en que fueron padres por primera vez. Algunos había que dijeron que para ellos lo importante había sido saber que su hijo/a lo tenía todo (sic), que era normal, sano… etc. Pero escuchamos esa noche algunas cosas inolvidables que pasamos a relatar.

Uno de los hombres presentes comentó que en el momento de ver por vez primera a su primer hijo, sintió lo mismo que si fuera en un coche magnífico, por una autovía súper cómoda, a 150 Km. por hora (que en aquellos años era una barbaridad), con una cinta de los Beatles en su cassette, y de pronto surgiera un árbol en mitad de la carretera que le obligara a reaccionar dando un volantazo y que ya el resto del viaje no iba a ser igual.

Otro contó que cuando le llevaron al nido a ver a su primer hijo se quedó mudo mirándolo a través del vidrio, mientras sus familiares intentaban que dijera lo mono y lo gracioso que era. Él en realidad tenía una sola secuencia en su cabeza: “él hijo mío, yo padre suyo, él hijo mío, yo padre suyo”. Secuencia con la que intentaba inscribir este hecho puramente simbólico en su cabeza, y que a muchos nos recordará a aquel primitivísimo Johnny Weismuller diciéndole a la chica: “Tú Jane, yo Tarzán”.

Hace pocos meses escuchamos a uno de estos hombres que ya ha sido abuelo —ya dije que de aquello hacía muchos años—, contar lo que le acababa de decir su propio hijo al ser padre (sí, aquel hijo que fue al nacer como un árbol en la autopista). Dice que le dijo: “Papá, cuando vi al niño salir de su madre, pensé que yo a partir de ese momento ya toda mi vida iba a tener miedo”.

Y es que no es nada simple para un hombre. Para una mujer tampoco, pero sí un poco más, porque durante nueve meses se producirán cambios en su cuerpo que, en la mayoría de los casos, acompañarán de fantasías sobre eso que crece en su interior y así es un poco más fácil irse haciendo a la idea, es decir, gracias a la fantasía, será más fácil ir inscribiendo en forma de palabras ese hecho tan raro.

De que la paternidad es un hecho puramente simbólico —al menos en los inicios—, nos dan cuenta muy bien un par de películas que nos vienen a la cabeza ahora. Una es “Hanna y sus hermanas”, de Woody Allen. Comienza con un hipocondríaco Woody escuchando de su médico que no es un cáncer lo que tiene, sino que es estéril, lo que da lugar a una de las escenas más hilarantes del cine: la de Allen saltando por las calles contentísimo al grito de “¡ Soy estéril !”. Sigue por un cambio de parejas, ya que Allen deja a su mujer, Hanna, representada por Mia Farrow, para unirse a la hermana pequeña de ésta que era todo un desastre de chica pero más sexy. Al final del filme, frente a un espejo, la nueva pareja le dice a Woody que van a ser padres y éste pone unas caras que son de antología, pero no le dice nada a ella de su esterilidad, lo que nos permite leer que él ha aceptado que la paternidad no es un hecho puramente biológico, sino simbólico y que él está dispuesto a asumir ese embarazo y su consecuencia: ser padre de lo que venga (dicho sea de paso, inscripción simbólica que Woody no hizo con Soon-yi, la hija adoptiva de su mujer cuando estaba casada con Prévin, y por eso pasó lo que pasó, pero oiga, si no era simbólicamente su hija, ¿qué quieren?).

El otro film, actualmente en las salas, es “De tal padre, tal hijo”, del japonés Hirokazu Kore-eda. En él, a los papás de un niño monísimo de seis años, les comunica el hospital donde nació que confundieron a dos niños y que éste no es su hijo. Eso hace que el papá, un gran japopijo o gilijapo, tranquilice alguna antigua inquietud y encuentre una explicación al hecho de que su hijo no sea perfecto, por ejemplo, que no intente ganar siempre a cualquier precio como él.  Lo malo para ellos es que la otra familia, la que educa a su verdadero hijo, han hecho de éste un desvergonzado saladísimo, la verdad. Un niño que piensa, pero no por la sangre, no por los genes, sino porque la educación que le han dado es mucho más propicia a la maduración de los niños. Así vemos sucederse varias escenas y conversaciones dirigidas a que los espectadores podamos pensar si la paternidad es un hecho de sangre, como se decía antes, de genes como se dice ahora, o un hecho de amor y un acto simbólico de aceptación.

Frente a todos estos que creen que la paternidad se busca en los análisis de laboratorio, en las células, en los genes, tendríamos que recordar que hace sólo veinte años y desde los inicios de la humanidad, o bien no se sabía por qué las mujeres quedaban de pronto embarazadas, o bien se le atribuía la responsabilidad a alguna divinidad, o al paso de la joven por algún riachuelo, o roca con poderes. Y además, ¡qué caramba! San José, según dice la tradición bíblica fue el primer padre que aceptó una paternidad como un hecho simbólico, ¿no? ¿A qué entonces buscar tanto en los genes? Cierto es que lo biológico nos interesa en la clínica, pero no en sí mismo, sino solamente en relación con la manera en que cada paciente lo ubica en su vida.

Digámoslo claro, más vale que los niños sean una ricura, que suelen serlo, que trepen a las rodillas del papá mirándolo como a un héroe, que suelen hacerlo, para que el papá termine considerando la cuestión incluso como un hecho maravilloso… que lo es.

Transcribimos para terminar, un fragmento de la letra de la canción Papaoutai (homofónicamente: Papá, ¿dónde estás?) de Stromai: 

Lo creamos o no

Habrá un día que ya no se creerá en ello

Un día u otro seremos todos papás

Y de un día para el otro, habremos desaparecido

¿Seremos detestables?

¿Seremos admirables?

¿Genitores, o genios?

Di quién hace nacer irresponsables

Dinos quién, por Dios.

Todo el mundo sabe cómo se hacen los bebés
Pero nadie sabe cómo se hacen los papás.

Fresas salvajes – Ingmar Bergman 1957

El profesor Borg, físico jubilado, va a recibir un premio de la Universidad de Estocolmo. Premio que de algún modo es un caramelo envenenado, ya que con él quieren que se aleje definitivamente de la Facultad, lo que para el profesor supone acelerar en exceso el tiempo que necesita para hacerse cargo de la proximidad de su muerte.  Bergman nos hace vivir con él los días anteriores a la recepción de dicho premio, días que son una especie de memorial de su vida.

Se nos retratará al doctor como alguien bien obsesivo, puritano y falto de deseo, siendo su vida un digno ejemplo de lo que Lacan llamaba “un desierto de goce”. Tal y como le dice uno de los personajes es también un culpable de culpabilidad, como tantos otros personajes retratados por Bergman.

El film tiene una estructura irreprochable, ya que nos muestra por ejemplo, la adolescencia del profesor —con su falta de decisión, su miedo a fallar a las reglas impuestas por sus mayores, y su no lanzarse con las chicas—, como lo más opuesto a las fresas salvajes. De ahí, el film salta a la vejez. Resulta que para mostrarnos la vida de madurez del protagonista, Bergman lo hace mostrándonos cuatro rasgos del hijo del profesor, cuatro rasgos que bastan para hacernos suponer que el hijo no hace sino repetir los pasos timoratos del padre cuando tenía su edad.

Ese hijo cuarentón no ha logrado disolver aún su complejo de Edipo, lo que vemos por un lado en que sigue recibiendo dinero de su padre, ya que no quiere pagar a éste el dinero que le prestó para comprar su casa. Se ve también en que no tiene hijos porque no quiere repetir la falta de amor que él vivió en la relación con su padre, lo que nos habla de un problema en la transmisión de la paternidad y en el pago de la deuda simbólica, esa que obliga a cada ser humano a arreglárselas por sí mismo.

Curiosamente, el profesor, en su camino hacia el premio, va a detenerse a ver a su propia madre, anciana nonagenaria que sigue guardando los juguetes de sus hijos, varios de ellos ya muertos. Momento del film bastante siniestro que nos habla de niños viejos, o de viejos niños que nunca liquidaron su infancia.

Hay algo muy brillante en esta película y es que es como si Bergman quisiera responder al enigma que la Esfinge de Tebas dejó a Edipo. De ese modo, nos muestra las tres edades del hombre:

1-    La juventud: nos muestra tanto en el flash-back de la adolescencia del doctor, como en los jóvenes a los que llevan en autostop, que las mujeres prefieren al hombre que las hace reír.

2-    La madurez: vemos cómo es frecuente que en muchas parejas, se sustituya el goce sexual de la juventud, el pasarlo bien juntos, por un goce de la pelea y el odio entre ambos miembros de la pareja. Esto nos lo mostrará, tanto en el matrimonio del autostop, como en la relación que mantienen el hijo y la nuera.

3-    La vejez: dominada por un lado por el miedo a la muerte y, por otro, por el ansia que provoca la imposibilidad de recuperar lo que se perdió. La clave nos la da en el poema:

“Cuando el día muere

lo busco todavía

Voy siguiendo sus huellas… etc.”

Tomaremos la imagen del reloj sin manecillas que aparece en algún sueño del Doctor, para preguntarnos si será ése el reloj que marca la hora de la muerte de cada uno, hora que nadie sabe. Dicha ignorancia es una de las realidades que nos impone la muerte. Otra es que las cosas no vuelven y otra que uno no puede verse muerto, sólo en sueños.

Para más info sobre este film, les recomiendo: https://diegozpy.wordpress.com/2015/05/24/fresas-salvajes-ingmar-bergman/