La pulverización del discurso

Tomamos este concepto de “pulverización del discurso” de nuestro colega Guy Dana[1], psicoanalista en Paris y un gran maestro en el tratamiento de las psicosis.

Freud nos dijo que en el inconsciente no hay contradicción, así que dos pensamientos opuestos pueden coexistir.  Lacan nos advirtió que cuando un emisor lanza un mensaje, no es ese mensaje lo que percibe el receptor (y eso porque cada uno escucha del otro lo que uno ya tiene en la cabeza… o sea, que no escucha al otro verdaderamente sino lo que uno imagina que el otro ha dicho o debería decir). Sin embargo cabría esperar que en una misma frase no existan dos conceptos contradictorios, o bien ¿para qué hablarnos los unos a los otros si nunca sabremos a qué atenernos?

Tomaremos este concepto de “pulverización del discurso” para hablar de un fenómeno de entre los muchos que se vienen produciendo en el lenguaje en las últimas décadas: el lenguaje de algunos políticos.

Hoy que es el Día de la Mujer trabajadora (como si hubiera mujeres de otro tipo), recordaremos lo que dijo hace ya muchos meses un ministro español. Hablaba del aborto y decía que hoy día se produce una “violencia estructural” hacia las mujeres que las conminaba a abortar. La verdad… es que tenía razón.

En efecto, los psicoanalistas escuchamos en las consultas a muchas mujeres que vienen deprimidas o desesperadas por tener que abortar y cuando les preguntamos si quieren hacerlo, algunas dicen que quieren hacerlo a su pesar (pocas veces han venido a vernos mujeres que quisieran abortar sin ningún tipo de disgusto) y otras dicen que no, que lo que pasa es que su madre, su abuela, sus amigas, le dicen que es muy joven, y/o que un hijo ahora va a impedir que siga formándose para tener un buen trabajo en el futuro, etc. y que tienen razón, pero que ella siente un desgarro inmenso de tener que abortar y no se atreve a llevarles la contraria. En fin, que a pocas mujeres de su entorno se les ocurre preguntarle si quiere tenerlo y, en ese caso, ofrecerle su apoyo para que lo consiga, dado que toda mujer que quiera tener a su hijo, debería poder hacerlo, del mismo modo que la que quiera abortar, debería tener una ley que la ampare. Hemos escuchado incluso a una mujer decirle a su hija que si se le ocurría tenerlo, la echaría de casa. Por el estado en que vienen dichas mujeres podemos afirmar que se ejerce una violencia estructural sobre ellas.

Ahora bien, resulta que el Sr. Ministro, en lugar de implementar un Servicio de atención a las mujeres que quieren abortar, con psicólogos que las escuchen y las sostengan en su decisión, sea cual sea, aprovechó un hecho verdadero para poner dificultades a las mujeres que quieren abortar, que las hay también. Entonces, Sr. Ministro, un poco de coherencia en su discurso, ¿no? Porque si usted no quiere que se mermen los derechos de las mujeres y que no haya violencia sobre ellas, no debería quitar derechos a las que quieren abortar. Eso es borrar con el codo lo que escribe con la mano y usar violencia estructural contra las mujeres usted mismo.

Nosotros seguimos una máxima común entre los psicoanalistas que dice que una persona sana es la que mantiene una coherencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace. Usted no la mantiene entre lo que dice y lo que hace, Sr. Ministro.

Otro ejemplo de pulverización del discurso lo encontramos en el Sr. Presidente del Gobierno cuando hace unos días comentó ante los micrófonos: “Todo lo que se refiere a mí y que figura allí y a algunos compañeros míos de partido que figuran allí, no es cierto, salvo alguna cosa que es lo que han publicado los medios de comunicación”. Y añadía a continuación: “Dicho de otra manera, es total y absolutamente falso“.

Pues no, Sr. Presidente, no es dicho de otra manera, sino de la misma manera en la que empezó a hablar y que supone todo un atentado a la veracidad, a la lógica y al bien decir. A ver, tal como enseñaba Barrio Sésamo a los niños de los años 70: Todo es = todo. Si algo falta, si hay una salvedad, entonces todo no es = todo. Puede ser casi todo, pero no todo.

Podríamos citar más ejemplos, como el de la Sra. Portavoz del Gobierno: “La indemnización que se pactó fue en diferido, en forma de simulación en partes de lo que antes era una retribución, por lo que tenía que tener retención a la Seguridad Social”.

Podemos seguir por declaraciones de Ana Mato o de Ignacio González en que sostienen que apoyan la sanidad pública mientras en los hechos la privatizan…

No se trata en estos ejemplos del lenguaje de lo absurdo, como el de los Hermanos Marx que tenía la intención de hacer reír, tampoco el de los personajes de Alicia en el País de las Maravillas al otro lado del espejo, cuyo discurso angustia a más de un niño, pero que forman parte de la literatura. Ni mucho menos estamos ante un “Esto no es una pipa”, ese título del cuadro de Magritte en que aparece justamente eso, una pipa, y donde el autor nos obliga a deconstruir el lenguaje poniendo una barrera entre lo visual y lo sonoro. No, el lenguaje pulverizado es más bien la forma de expresarse de Mangeclous y otros personajes del escritor Albert Cohen, de una lógica totalmente psicótica y metonímica que, fuera de la literatura, resulta por completo inquietante.

Dice Guy Dana: El hábitat que constituye para el ser humano el lenguaje es pues determinante, pero hablar de hábitat quiere decir que el lenguaje es de hecho un orden que captura y ordena lo real. Un real que el lenguaje aleja al mismo tiempo que lo contiene

El lenguaje que inauguran los ejemplos anteriores y que va más allá de lo que desde siempre han sido las mentiras de los políticos, no constituye una barrera de confianza, de seguridad frente a lo real, frente al horror. Nos recuerda más bien esas situaciones que los psicoanalistas que trabajamos con las psicosis conocemos bien: la de un niño o niña que pregunta por qué el abuelito está pegando a la abuelita, y que su padre o su madre le dicen: “Aquí nadie está pegando a la abuelita”, mientras en el fondo de la habitación el abuelito está pegando a la abuelita. Sabemos los efectos devastadores que tiene para los niños la negación de la evidencia.

Esperemos para todos nosotros una nueva generación de “padres y madres de la Patria”, dotados de coherencia y bien decir.


[1] Guy Dana: Quelle politique pour la folie?, Ed. Stock, Paris 2010.

Esquizofrenias, Psicosis, su tratamiento… Un libro recomendable

Comentario del libro “Tratamientos de Esquizofrenias, Psicosis y otras Yerbas”, de Laura Lueiro y Sergio Rodríguez.

Psicosis, Esquizofrenia, Hitler, Paranoia “Tratamientos de Esquizofrenias, Psicosis y otras Yerbas” es el libro que acaban publicar Laura Lueiro y Sergio Rodríguez a través de Lugar Editorial. Como lo sugiere el título se trata de un trabajo eminentemente clínico en el cual los autores dan cuenta de su vasta experiencia en dicho campo. La variedad de casos, presentados con la lógica de quienes se han atrevido a navegar en la intensidad de transferencias turbulentas dan vida al trabajo teórico que no se relaja haciendo la plancha en lugares comunes. Centrándose en la enseñanza de Jacques Lacan y Sigmund Freud, los autores no son mezquinos con psicoanalistas agudos que han dejado su marca en ellos: Ferenczi, Abraham, Deutsch, Ulloa, Rodrigué y otros. Bleger ocupa un lugar especial, ya que la lectura que hace Sergio de “Simbiosis y ambigüedad” valiéndose del aparato conceptual lacaniano, al ubicar la lógica discursiva que determina dichos fenómenos es realmente aguda y novedosa.

Permite, entre otras cosas, analizar las psicosis como un objeto que va produciéndose transgeneracionalmente y trabajar los casos sin quedar atrapado en el encorsetamiento de las estructuras clínicas (neurosis, perversión y psicosis) como les sucede a algunos lacanianos.

Tampoco falta la lectura atenta de autores valiosos por fuera del psicoanálisis como el epistemólogo Gregory Bateson, el neurólogo Oliver Sacks y los neurobiólogos Eric Kandel y Antonio Damasio. Estos últimos permiten a los autores incurrir audazmente en un campo en el que pocos han ingresado y nadie lo ha hecho con tanta pertinencia: la articulación entre el psicoanálisis lacaniano y la neurobiología en un movimiento que enriquece a ambas disciplinas.

La lectura atenta y rigurosa del texto “Para un tratamiento posible de las psicosis” los guía en la explicación del funcionamiento paranoico donde la metáfora delirante es producto de la forclusión del nombre del padre. Y dando un paso más Rodríguez incursiona en un terreno en el que Lacan apenas dijo algo, proponiendo una hipótesis sólidamente fundamentada y ejemplificada: que en la esquizofrenia lo que está forcluido es la estructura significante. No se olvidan para ello de visitar uno de los capítulos, a mi juicio, fundamentales de la metapsicología freudiana: aquel en el que el maestro vienés articula la representación Cosa, la representación palabra y la representación objeto.

Tiene un lugar destacado a la hora de revisitar la clínica y la teoría dos de las herramientas más novedosas y eficaces dejadas por Lacan para el desarrollo de sus discípulos: los discursos y los nudos. Estas herramientas se destacan, a mi parecer, por acentuar la apertura del campo psicoanalítico, cuyo surco novedoso se abre camino entre la psicología y la sociología, haciendo estallar la falsedad del límite entre el individuo y la sociedad a lo que nos condenan las teorías deudoras de una topología esférica. Ni individuos formando sociedades ni sociedades determinando individuos. El agujero real que lalengua deposita en la cultura es trauma y llamado al sujeto, que determinado por las cadenas significantes que lo habitan se ve conminado a producir una respuesta desde el deseo inconciente y los goces que lo tensan.

Hitler y su articulación con el pueblo y la cultura alemana es un caso paradigmático que los psicoanalistas despejan con una sutileza encomiable. Otro famoso, esta vez de cabotaje, abordado también en el libro es el odontólogo Ricardo Barreda y su desestabilización paranoica.

Habiendo presentado las esquizofrenias y las paranoias no voy a dejar de mencionar otros fenómenos clínicos que se trabajan en el libro: melancolías, adicciones, suicidios, perversiones, uso de psicofármacos y otros que los clínicos “psi” se encuentran en su trabajo cotidiano.

Antes de terminar esta presentación y recomendar realmente éste libro quiero hacer referancia al último tópico señalado en el título: las Otras Yerbas.

¿Qué hace semejante sintagma en un título que comienza prometiendo “rigurosidad científica”? ¿es producto del relajamiento de los autores por efecto de haber fumado alguna yerba? ¿o aludirá acaso a una producción eminentemente argentina como es la yerba mate? ¿o será acaso que de cuestiones del “mate” de los seres hablantes se trata?

Pues estas otras yerbas son el quid de la cuestión de la clínica actual y futura que no deja de interrogar a quienes trabajan seriamente en el psicoanálisis y/o el campo de la salud mental.

Hace rato que se viene hablando, según la capilla a la que se pertenezca, de borderlines, locuras, pre-psicosis, trastornos límites, trastornos narcisistas, etc… También fenómenos nuevos en su intensidad y extensión como las adicciones, anorexias, bulimias, despersonalizaciones, etc.. cuestionan permanentemente la práctica y la teoría de quienes nos dedicamos al tratamiento de los efectos del malestar en la cultura. El aparente “fuera de lugar” del sintagma “Otras yerbas” indica el punto de fuga de cualquier teorización. Allí donde lo inclasificable e incalculable desbarata cualquier esquema se encuentra lo real de la vida, como lo llamaba Lacan. De nada sirve inventar nuevas clasificaciones, estructuras o trastornos que intenten suturar dicha brecha. Nutrirse de esa apertura real haciendo lo simbólico para producir nuevos imaginarios que enriquezcan la vida es el guante que recogieron los autores, en éste caso, para mejorar la práctica y la teoría psicoanalíticas. Gustosamente me arriesgo a sostener la apuesta de que la lectura de esta obra abrirá las mentes y espíritus de aquellos que la lleven a cabo.

Vía blog de Alejandro del Carril

Hiperactividad – Déficit de atención

Ya desde la guardería, incluso en el parque adonde acuden los padres y madres con los niños, escuchamos con frecuencia decir “este niño es hiperactivo”, a veces de niños pequeñísimos. Y lo dicen sin sonrojarse ni nada. Si se nos ocurre mirar hacia el niño, veremos a un chavalín, o a una nena despiertos, inquietos, curiosos, incluso algunos francamente traviesos, incluso un poco insufribles. Pero nunca, en esos casos en que lo hemos escuchado en el terreno social, y casi nunca en el profesional, hemos visto que dicho niño o niña fueran hiperactivos.

Y es que a la gente le parece que hablar normal y ser prudentes es un desdoro, que les hace parecer incultos, y por eso ya no se puede decir: “qué niño más travieso”, que parece anticuado hablar así, sino que se usa la palabra como si fueran acciones, insultando, diagnosticando, amenazando, y usando términos que son diagnósticos. Pero esos mismos padres y madres, o profesionales de la educación, seguramente no dirían con esa facilidad y en un parque delante de todo el mundo: este niño es un tuberculoso, o canceroso. ¿Por qué entonces se permiten diagnosticar sobre características psíquicas o del carácter? ¿Y por qué los psicólogos y psiquiatras españoles han vuelto sus ojos hacia la psiquiatría americana, en lugar de hacerlo, como antes, a la europea, que considera cualquiera de estas manifestaciones como un síntoma de algo que merece la pena ser explorado, y no como un trastorno a diagnosticar y medicar?

Qué problema, además, diagnosticar con tanta soltura, cuando desde los laboratorios farmacéuticos lo que se pretende es vender su sustancia Ritalina, comercializada con diversos nombres en distintos países (en España el extendido Concerta). Y qué daño se hace a los niños a los que se empieza a medicar bien pequeños. Eso sí, qué tranquilos quedan sus profes sin tanto revoltoso en su clase, y qué relajados sus padres que pueden dormir tranquilos. Y no digamos algunas madres con toques de lo que se suele diagnosticar como Munchausen, de esas que se muestran encantadas de victimizarse ante otras mamás por tener un hijo o hija enfermos.

A los psicoanalistas, a los psicólogos y psiquiatras, nos llegan muchas veces menores que han sido diagnosticados previamente por sus profes de guardería, del colegio, por sus familiares o vecinos. Y lo que nos encontramos en un noventa por ciento de las ocasiones son niños faltos de educación, a los que sus padres tienen miedo de limitar y, si lo hacen, sólo es con amenazas, y no con razonamientos. España es un país en el que no es fácil hablar sin proferir amenazas, pegar gritos o sentar cátedra. El amor por los razonamientos, por el sonido y el “tempo” de las palabras que los mayores emplean, cuando hay costumbre de ello en una familia, produce niños y niñas con capacidad de razonar y por lo tanto, con facilidad para dejar que pase un tiempo entre el momento de la ocurrencia y el de la acción. Ya es bastante difícil para un niño tener que aguantarse las ganas de hacer todo lo que se le pasa por la cabeza, pero si además no se le ha acostumbrado a pensar, a dudar, a resolver esas dudas con pensamiento, no habrá ningún motivo para que no lo actúe todo. Tengamos en cuenta, además, que tanto en la infancia como en la adolescencia, ellos están fraguándose como sujetos, discriminándose de sus mayores, y pasan por momentos de gran rebeldía, de oponerse a todo. Sí, es una pesadez, y para algunos padres una auténtica pesadilla, pero forma parte de los contratiempos de ser padres o de ser profesores.¿Es que los mayores no estamos dispuestos a pagar el precio por nuestras elecciones? ¿Y cómo queremos entonces que los niños paguen siendo disciplinados?

Evidentemente, no es sólo la falta de educación la causa de que algunos niños sean en exceso inquietos. Otras veces los niños, con su exceso de actividad (obsérvese que me niego a usar el habitual término diagnóstico), lo que intentan inconscientemente es sacar de su depresión a una madre o un padre hundidos en la tristeza. Otras, encontramos en la historia familiar a personas fallecidas por las que no se ha podido hacer el duelo, y un niño al que se le ha encomendado la tarea (inconscientemente, por supuesto), de representar a ese fallecido y volverlo a la vida. Ese niño, o esa niña, a los que se les ha echado una auténtica losa encima al encomendarles representar a un muerto, si tienen ni bien sea un adarme de salud mental, harán todo lo posible para demostrar que ellos no son un muerto, que están bien vivos, y lo demostrarán agitándose (es famoso el caso de Salvador Dalí, al que sus padres pusieron el nombre de un hermano muerto, y que con su modo de hacer estrafalario, él decía que se esforzaba en no ser el Salvador muerto).

Y en estos casos, y otros que hemos encontrado en nuestra carrera profesional, en los que se aprende mucho sólo de escuchar a los niños y sus padres, ¿de verdad se trata de medicar a los niños, de silenciarlos, o bien de hacerlos hablar a ellos y a sus familias de las circunstancias en las que todos están metidos sin darse bien cuenta del porqué, y permitirles con el solo uso de la palabra salir de ese estado?

Finalmente, hay algunos casos de niños que debutan muy temprano con sintomatología psicótica que a veces se manifiesta con lo que puede parecer a simple vista hiperactividad, pero que en realidad es una imposibilidad para incorporar cualquier tipo de restricción impuesta por la educación, no por rebeldía, sino porque no pueden incorporar en su mente esas restricciones. Muchos de esos niños son mal diagnosticados de Hiperactividad, por no querer los profesionales arriesgar una hipótesis de Psicosis, y son medicados con Concerta, en lugar de tratarlos ayudándolos mediante la palabra para evitar que la Psicosis vaya para adelante.

En cuanto al Déficit de atención -salvo en algunos casos de debilidad mental u otros problemas más graves en que la hiperactividad es simplemente un síntoma, no un trastorno-, lo hemos comprobado siempre en niños y niñas con un mundo interior muy rico, que han tenido que enfrentarse a duelos tempranos (por una muerte familiar, por una enfermedad grave, por manifestar una diferencia física con los niños de su edad), los han resuelto bien y eso les ha dejado un poso de profundidad interior que hace que muchas veces atiendan más a su interior (mucho más interesante para ellos) que a lo que sus profesores o padres les están diciendo. Ocurre también en niños y niñas muy “acosados” por sus mayores que les reclaman que respondan a sus expectativas. Padres y madres poco relajados que no conciben que sus hijos e hijas no cumplan a rajatabla sus propios ideales, lo que provoca a veces simplemente que sus hijos mientan, pero otras veces un repliegue al interior de éstos ya que, como nos dijo Freud hace más de cien años, la interioridad, el pensamiento consciente o inconsciente, no son sino lugares de resistencia, para mantenerse libres frente al entorno.

Esto es desesperante para los mayores, sí, en efecto, lo es. Nos solidarizamos con ellos. Pero ¿seguro que hay que diagnosticar como trastorno y medicar estos casos? ¿No sería mejor relajarse un poco de tanta expectativa sobre los hijos? Y en el caso de los profesores, ¿no sería mejor poder aceptar las diferencias y encontrar modos de hacerse con ellas, alimentándolas y sacándoles partido? ¡¡¡Señores y señoras, son gajes del oficio!!!