Los hombres (y mujeres) que no amaban el inconsciente

Dice Maud Mannoni:
Si se coloca el término ‘enfermo’ en un paréntesis fenomenológico, se gana al abandonar el estudio de la enfermedad para hacer un abordaje más justo del ‘enfermo’. Pero de todos modos, no tenemos que caer en la trampa de una ideología fundada sobre criterios adaptativos.
(…) Las nociones de ‘yo fuerte y autónomo’, la creencia en la necesidad de un rol paterno (…) ‘sólido’, toda esta estrategia adulta desnaturaliza el psicoanálisis reducido así a no ser más que una herramienta al servicio de un ideal de rendimiento.
La psiquiatría y el psicoanálisis amenazan con tomar en la historia el relevo de la Policía y de la Iglesia, defensores de la moralidad, que proponen a los ‘pacientes’ valores estándar ” ( Maud Mannoni: Enfance aliénée. L’enfant, la psychose et l’institution. Denoël. Paris 1984. Traducción casera).

Aunque lo parezca, estos párrafos de Maud Mannoni, una gran psicoanalista de la segunda mitad del siglo XX y discípula de Jacques Lacan, no atacan al psicoanálisis, sino a una forma de hacer psicoanálisis que podríamos llamar, parafraseando a Stieg Larsson, la de “Los hombres (y mujeres) que no amaban el inconsciente” ni, por lo tanto, al psicoanálisis.

Y no lo aman porque en lugar de escuchar el inconsciente de las personas que sufren, ayudarles a despejar la niebla y encontrar su propio camino, ellos les aconsejan, los dirigen hacia lo que para ellos es un bien (a que se casen, a que se divorcien, a que tengan hijos, a que tengan un hobby, a que vayan al gimnasio…), les hacen creer por un lado en la fantasía de que existe el buen camino, pero además en la de que va a haber siempre alguien ahí cuando lo necesiten, o en la otra fantasía de que existe alguien que sabe lo que uno tiene que hacer o decir o qué decisiones tomar… lo que todos sabemos que es una falacia. Es decir que si tú le preguntaras a cualquiera: ¿de verdad crees que hay alguien en el mundo que sabe lo que tienes que hacer?, te diría que no, que esa creencia es infantil. Pero luego, ya metidos en harina, hay que ver qué empeño ponen algunos y algunas en que el psicoanalista, o un amigo, o su madre, les digan la solución correcta a su problema… oye y que si no se la dices ¡ se enfadan contigo un montón, como si la supieras y no se la quisieras contar !

Pero tal como sugiere Mannoni, los psicoanalistas no tenemos un nuevo ideal saludable que ofrecer a nuestros analizantes, ni a nuestra familia o amigos. Muy al contrario, pensamos que cada uno ha de encontrar su propio camino para ser lo más feliz que pueda. Los psicoanalistas, en primer lugar, sólo estamos ahí para nuestros analizantes (no los llamamos pacientes porque están activos en su proceso de cura), ya que para nuestros familiares somos familia y para nuestros amigos, amigos. Y no estamos ahí como sabios serios y reconcentrados, como fingiendo con nuestra actitud que sabemos de todito.

Y estamos para nuestros analizantes en la disposición de animarles a seguir un camino propio, para tender una mano cuando se abre un barranco al inicio o en mitad del recorrido y que puedan dar el salto al otro lado, o bien ayudarles a fabricar un puente que haga ese pasaje menos duro. Los psicoanalistas no estamos ahí para compensar nuestros complejos haciéndonos pasar por gente que lo sabe todo o casi todo.

Esto no tiene nada que ver con psicoananalistas que están siempre en silencio, o que atienden a todo el mundo y en todo momento un tiempo estándar, o que cobran una cantidad estándar, o que dan sentido a todo lo que dice el analizante, como si estuvieran dentro de su cabeza, o como si éste fuera tonto o niño, o como si hubiera que completar sus huecos. Una cosa es que el analizante lo pida, y otra cosa es que tengamos que responder a ese deseo infantil… ¡o que podamos!

Al contrario, un psicoanalista que ama el inconsciente es el que está dispuesto a dejarse sorprender por lo que aparece en cada sesión, el que deja en suspenso su propio saber para señalar al analizante que habla el saber sobre sí mismo que asoma tras sus palabras, quedando modestamente en un segundo plano, para dejar en primer plano… ¿qué? Pues el inconsciente de sus analizantes y no la supuesta sabiduría del psicoanalista.