Elegy

2 de diciembre de 2016, cita en ALICANTE con el cine, el psicoanálisis y la cultura: https://cinepsicoanalisisycultura.wordpress.com

Fue una presentación muy discutida y en la que aprendimos mucho. Mi texto apareció después en: http://wp.me/p2EKBM-2P

Cine psicoanalisis y cultura.

Presentación: 11 de junio de 2010.

Presentan:

Mª Cruz Estada, Jorge Camón y Paz Sánchez. Psicoanalistas. José María López y Lola Monleón. Psicólogos. Madrid.

Coordina: Lola Fabregat. Orihuela.

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Inhibiciones, bloqueos y otras hierbas

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El otro día, una persona me hablaba de lo bloqueada que estaba para escribir algo que había comenzado con mucho entusiasmo hacía unos meses. Decía que cada vez que se ponía delante del ordenador, lo que llevaba hecho hasta entonces le parecía pobre, escaso, mezquino… en fin, me bloqueo sólo de intentar recordar todos los sinónimos de la chatura literaria que empleó.

A mí se me ocurrió contarle el día que perdí mi inhibición (toda pérdida tiene su primer día que suele coincidir con el de una ganancia). Fue gracias a la intervención de un buen amigo. Resulta que este amigo y maestro me invitó hace ya bastantes años a presentar una ponencia en Paris en un congreso de psicoanálisis. Le dije que ni loca, que menudo susto, que bastante tenía con presentar cosas en España.

Me dijo que claro, que lo entendía, que hacía bien en no aceptar, porque en cuanto empezara a hablar allí, ¡¡¡ todo el mundo se iba a dar cuenta de que yo no era ni Freud ni Lacan !!!

A partir de ahí me di cuenta de que no podía seguir comparando lo que yo hago con ningún ideal porque, si así fuera, no podría avanzar y eso, sobre todo, porque lo que importa es hacerlo para mí, por el deseo de hacerlo, no para que otro me mire arrobado. Es a los bebés a quienes miramos arrobados. Uno tiene que seguir madurando que es lo mismo que decir que, si quiere andar bien oreado por la vida, tiene que salir cuanto antes de ese lugar donde sólo espera ser el objeto que fascine al otro, y empezar a ser para uno mismo.

La intervención de mi amigo me ayudó mucho a poder mostrar aquí, en Paris y donde sea, que eso que digo en una conferencia, en un artículo, en un libro, habla del punto al que yo he sido capaz de llegar hasta ese momento y que mañana llegaré más lejos si me sigo esforzando, pero nunca, nunca, nunca, conseguiré llegar a la altura de mi ideal. Y eso por una sencilla razón que la misma palabra “ideal” ya indica: que pertenece sólo al mundo de las ideas y nunca a la realidad.

Con el ideal sucede como con la famosa zanahoria/señuelo a la que siempre aludimos: que cuanto más nos acercamos más se aleja, así que más vale pasarlo bien con lo que somos capaces de hacer en cada momento porque compararnos con el ideal sólo va a bloquearnos, a inhibirnos y, en resumidas cuentas, a amargarnos y atormentarnos.

Y ahora un comentario para psicoanalistas: ¿alguna vez habíais pensado que el Yo ideal (el Ideal Ich freudiano), no es más que un objeto perfecto para ser gozado por el Otro? Pues menudo dramón.

(Tomé la imagen prestada en el blog: http://dixitdigital.com.ar)

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Formación en Psicoanálisis 2016-2017

La Asociación Análisis Freudiano forma psicoanalistas. Y lo hace no sólo mediante cursos de teoría psicoanalítica sino, sobre todo, a partir de dispositivos que acerquen la experiencia del inconsciente a quien quiera aproximarse a este trabajo de escuchar y curar mediante la palabra. Es por ello que propone Seminarios, Talleres, Grupos de supervisión y Grupos de lectura, además de los llamados ‘dispositivos sobre la práctica’, en los que la teoría y la clínica vayan anudándose para cada uno según unos tiempos lógicos que son los del inconsciente.

Más información en este enlace:

Actividades de la Asociación Análisis Freudiano 2016-17

 

Violencias

Gato come pájaroLo leemos, lo vemos todos los días: una diputada laborista británica muerta a tiros, un pueblo indígena esquilmado de sus medios de vida por intereses… quizá británicos. Un hombre se hace estallar en Alemania tras haberle sido denegado el asilo; refugiados a miles que malviven expulsados por el odio sin ser acogidos… también a causa del odio. Un joven trastornado se carga a varios menores en Munich y otro desesperado se lleva por delante a más de ochenta personas con un gran camión en Niza mientras otro hace lo mismo en Afganistán (a éste los telediarios le conceden menos tiempo). Más cerca aún, jóvenes extranjeras liberadas —y otras no, las más— del infierno de la trata.

¿Podemos seguir sosteniendo que los atacantes están locos, que son retrasados mentales, más allá de que alguno lo sea? ¿No será que a algunos medios y a quienes les pagan, les gusta explicar problemas complejos con explicaciones simples y falsas como esa de la locura? ¿Podemos seguir achacando en exclusiva en otras ocasiones a la pobreza y a la falta de oportunidades la violencia de los jóvenes? ¿Es mucha de esta violencia efecto del fanatismo religioso o ideológico? Y aunque varias de estas cuestiones fueran ciertas, ¿por qué quedarnos en lo que ya todo el mundo sabe? ¿Por qué no miramos a la violencia de frente a ver si nos cuenta algo distinto?

Está bien, es cierto que hay personas que sólo encuentran una salida a su angustia en acciones criminales; son las menos y las que menos víctimas producen. Pero para llegar a un pasaje al acto asesino, violento, tiene que haber habido previamente un fracaso de la palabra y de la ética que acompaña a la palabra cuando ésta no es un simple bla bla bla.

No nos ocuparemos hoy aquí de la violencia que viene como resultado de la opresión por las ideas, o por la falta de recursos. Hay una violencia que no puede explicarse ni desde la locura, ni desde las carencias, la ideología o las creencias. Aunque quizá sí que podamos emparejarla con las certezas.

Nos referimos a esa violencia de quien se ha saltado los goznes de la ética. Es como si en algún momento de su primera juventud, algunas personas se hubieran dicho algo así: “En esta vida sólo hay dos bandos: los que pueden y tienen (poder, dinero) y los que no pueden ni tienen. Tengo que elegir y elijo ser de los primeros. Y eso implica ir a machete”. Entre estos hay mucha gente, desde los que nunca han trabajado porque eligieron entrar en un partido político con posibilidades para medrar y han hecho ahí su carrera sin saber nada del mundo laboral… y a veces ni del mundo real en general, hasta los que ganan una cantidad indecente de dinero por pelotazos varios sin que nada parezca bastarles caiga quien caiga a la hora de conseguir más. También los políticos jugados en un mundo de intereses entre los que no se cuenta el mejorar la vida de todo el mundo, sino un barrer para los suyos desaforadamente.

Que uno persiga su deseo es necesario para andar equilibrado por la vida. El problema es cuando el deseo se desliga de la ética, siendo la ética en este caso la conciencia de las limitaciones autoimpuestas por el hecho de que el otro existe y tiene sus derechos.

En la Facultad de Psicología, estudiábamos el concepto de anomía de Emil Durkheim. Se refería a las conductas desviadas de algunos indivíduos que habrían perdido sus valores por falta de esperanza, por lo que las leyes sociales se demostraban insuficientes para producir una regulación, y eso acabaría destruyendo el orden social.

Claro, la tesis de Durkheim era que dicha anomía conducía al suicidio por un exceso de insatisfacción. Pero ¿qué ocurre cuando quienes pierden la capacidad de ponerse límites son los poderosos? Porque lo cierto es que, en este momento, hay una anomía que vendría de los poderosos para quienes no parece existir ningún compromiso entre sus palabras según las cuales lo hacen todo por su pueblo, y sus actos. Son ellos los que desregulan, los que explotan a los demás sin que les tiemble el pulso, sin noción ninguna de intercambio, de negociación, de perder para ganar, de nada que suponga una merma de lo que consideran suyo por derecho.

Si leemos a Freud en “El malestar en la cultura”, entenderemos por qué el estado de desesperación en que los poderosos han sumido al pueblo llano en tantos países con esta última crisis, no sólo no ha hecho que reflexionen y que se frenen en sus ansias de más poder y dinero, sino que, al contrario, tal como Freud dice, ese estado de desamparo del otro parece excitar sus ansias violentas. Un ejemplo de esto último lo vimos en la televisión hace un par de meses, cuando esos jóvenes forofos futboleros alemanes humillaban a mendigas romanís en la Plaza Mayor de Madrid tirándoles monedas al suelo y obligándolas a obedecer a sus órdenes jocosas.

De esa violencia no habla nadie: de la de los poderosos que llevan a la ruina a países para que a ellos no les falte el petróleo, de los que disfrutan provocando caídas de bolsa, de los que se lo llevan crudo en las finanzas.

Pueden llevarse más y más y mucho más, y llevar a la humanidad a la ruina mientras esquilman a la tierra de sus bienes naturales —la pulsión de muerte se disfraza con frecuencia de simple búsqueda de placer—, pero el psicoanálisis nos enseña algo que no podemos olvidar: que como el verdadero objeto no existe, como ese objeto que vendría a obturar definitivamente nuestra falta produciéndonos una satisfacción total y definitiva no existe, ese camino loco nunca tendrá fin.

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¿Niños o trastornados?

(Publicado en el Huffington Post, el 24 de febrero de 2016: huff.to/1T6nIYY )

niña soplando

El principal problema que encontramos hoy en día en los niños y adolescentes es que están muy mal educados. Yo comprendo que esto no es lo que se espera que diga alguien que, como yo, ha pasado los últimos treinta y seis años trabajando en su cura, pero lo cierto es que se trata del problema más frecuente.

Actualmente, los padres y madres tienen mucho miedo de educar o, mejor dicho, de sufrir las consecuencias que tiene el hecho de educar. Hemos escuchado muchas veces a padres que afirman carecer del valor de decir no a sus hijos -¡a veces de ocho o nueve años!-, porque éstos los miran enfurruñados o porque los amenazan o, lo que es tremendo, porque si les impiden algo, no parecen felices. Y entonces, los niños y niñas, en lugar de crecer como seres humanos, se crecen, lo cual no es lo mismo. Se crecen, aumentan las peleas, las rabietas, y entonces, llega un profe del colegio que sugiere que puede tener un trastorno. Y ahí ya la hemos fastidiado, porque los padres acudirán con él o ella a un psicólogo educado en una multiplicidad de técnicas de curar, a un psiquiatra joven que sabe mucho de química y de trastornos, y entonces diagnosticarán eso: un trastorno.

Evidentemente, hay otro tipo de problemas más graves: psicosis infantiles, autismos, etc, pero esos problemas los ha habido siempre y, por supuesto, hay que prestarles toda la atención del mundo y medicarlos. Pero la cuestión hoy en día es que problemas pasajeros que son propios de las vicisitudes del crecimiento, al ser convertidos en trastornos, aumentan. De la misma manera que aumenta la clientela de los laboratorios farmacéuticos que tendrán un filón asegurado desde prácticamente el nacimiento hasta la tumba. Desde el punto de vista económico, es impecable y ésta, y no otra, es la razón de que en los últimos DSM haya crecido el número de trastornos posibles, al mismo tiempo tiempo que crece la prescripción de medicamentos a los niños y niñas desde bien pequeños.
Eso ocurre con la complicidad de algunos profesores que, gracias a la medicación, tienen que hacer menos esfuerzo para mantener tranquila a su clase. O de los padres que, cuando lo que ocurre es que su pequeño o pequeña tiene un trastorno, ya no tienen que cuestionar nada de su vida familiar.

Pero nada de esto puede solucionarse sin tomar en consideración el tiempo. Sí, el tiempo que es necesario para que un niño se vaya haciendo mayor, el tiempo para pasar los padres tiempo con ellos charlando de las vidas de cada uno, el tiempo para escuchar a los niños y adolescentes que vienen a nuestras consultas, sin tener que hacer que sus palabras se ciñan al protocolo de preguntas que es obligado hacerles, y el tiempo que necesita una terapia psíquica para que pueda ser considerada como tal.

Que al paciente se le diga que hable de todo lo que se le pase por la cabeza y se le dé tiempo para ello (como ocurre en algunas consultas privadas y en algunas públicas), inaugura un principio de algo diferente, donde sus síntomas ya no van a ser algo extraño a su vida y a su devenir como sujeto, ya no van a ser el signo de que son unos trastornados (que es lo que se dice de quien tiene trastornos). No, los síntomas estarán engarzados con su historia, con su historia personal, familiar y social, y se van a ir modificando y desapareciendo a medida en que –y esto dependiendo de la edad del niño o niña– se vaya construyendo un armazón simbólico hasta entonces frágil, o bien se vaya deconstruyendo su cotidianeidad, su vida familiar, escolar y social.

Esta desaparición de los síntomas a medida que se van cocinando en su propia salsa, a medida que van hablando sobre las cosas que les suceden en la vida, no es lo mismo que suprimir la angustia que viene acompañando a los síntomas a base de medicación, sin intentar saber e intentar modificar lo que está pasando. Desde luego que la medicación es a veces una gran ayuda, pero nunca debería sustituir la palabra verdadera, esa con la que el niño va contándonos su niño secreto, que tanto sabe del sufrimiento, o esa que va sirviendo para apuntalar a un ser humano que es demasiado frágil para soportar todos los tsunamis vitales.
Lo que se considera progreso no siempre lo es: maestros y padres más tranquilos teniendo que hacer menos esfuerzo para educar. Medicinas para el dolor de vivir. Si no, piensen en aquel personaje de la literatura española para niños de mitad del siglo XX que aparece en el libro ‘Cuchifritín, el hermano de Celia‘ (http://www.casadellibro.com/libro-cuchifritin-el-hermano-de-celia-2-ed/9788420696720/74080)  y que fue lectura de tantos españoles. Cuchifritín era un niño muy revoltoso que desesperaba a sus padres y lo ponía todo patas arriba, pero a nadie se le ocurría decir que ese niño tenía un ‘Trastorno de hiperactividad con o sin déficit de atención’, el famoso TDAH (http://www.infocop.es/view_article.asp?id=6012&cat=47), ni mucho menos se le ocurría a nadie medicarle. Sólo lo educaban. En esos tiempos, el niño era sólo un niño: revoltoso, movido, inquieto, como se decía entonces, pero nunca un trastornado. Y nadie tenía miedo de educarle, de decirle que no, de dejarlo castigado en su cuarto sin postre y soportar su cara enfurruñada.

La disminución del tiempo para escuchar al niño se corresponde con el hecho de que el destino de los tratamientos psicológicos está cada vez más en manos de gestores y no de psiquiatras y psicólogos. Estos últimos, los facultativos clínicos, tienen cada vez peor formación en lo relativo al arte de escuchar, aunque cada vez conocen más técnicas psíquicas fáciles de aprender para alguien sin experiencia, técnicas que no dejan lugar a la escucha verdadera. Además, pierden su tiempo de trabajo en responder a las peticiones de evaluación e informes de los gestores de la salud cuyo poder es cada vez más abusivo. De este modo, el mundo de la empresa y sus valores, como la eficacia a corto plazo y la rentabilidad, priman sobre otras consideraciones. Eso es muy grave siempre que se trata de seres humanos pero, sobre todo, en edades en las que se está configurando lo que será un ser humano adulto digno de ese nombre.

(Pueden leer en este mismo blog la entrada “Hiperactividad”: http://wp.me/p2EKBM-3e )